divendres, 7 d’agost de 2015

LECTURAS ESTIVALES: «LA TABERNA ERRANTE» (GILBERT K. CHESTERTON)







Tengo para mí que Monty Python le debe a Chesterton mucho más de lo que en principio podría suponerse. Al menos en lo que respecta a la vis cómica y al aparente desatino argumental. Claro que luego, en Chesterton hay mucho más, pero tampoco Monty Python se queda en la simple comicidad.

«La Taberna Errante», «The flying inn» en su título original en inglés, podría ser perfectamente un argumento para una película de Monty Python. El cacique local de un pueblo costero cercano a Londres, lord y parlamentario, es un fanático intolerante cuyo objetivo fundamental es acabar con las tabernas, tradicionales lugares de diversión del pueblo, objetivo para la realización del cual no repara en hacer uso abusivo de su situación de poder. Su abolicionismo alcohólico, como su vegetarianismo, no lo es tanto por su convicción, que lo es en el sentido individual, sino por su función social: los ricos han de poder distinguirse de los pobres, y para ello han de cortar con todo lo que les une como humanos. Si los pobres comen carne, los ricos no; si los pobres beben alcohol... que se les prohíba beberlo. Porque a eso no están dispuestos a renunciar. No el pobre lord Ivywood, que se lo cree de verdad, si no los de su clase.

En sus delirios antialcohólicos y vegetarianos, nuestro Torquemada inglés adopta a un charlatán turco que va de profeta del islamismo; un chalado, sin más, convencido de que el Islam es el origen de todo y que el cristianismo es el resultado de una tradición de mala interpretación de las verdades islámicas originarias. Las clases altas asisten a sus conferencias y, aunque algo perplejas, nadie se  molesta en desmentir al charlatán ni en oponerse a la islamización de Inglaterra.

Pero Ivywood comete un error: ordena quemar la taberna "El viejo navío", con los licores que contiene en su interior. Inmejorable la descripción que nos hace Chesterton de la hoguera purificadora y de su inquisidor.

"Y durante varias horas, se quedó de pie en el césped, regalándose los oídos con el ruido de las botellas que se rompían y de los toneles que se despanzurraban, embriagándose con los goces de los fanáticos, que eran los únicos que conocía su extraña naturaleza, incapaz de apreciar los manjares, niel vino, ni las mujeres"...
 
Pero dos individuos consiguen escapar con un barril de ron, un monumental queso de bola y el letrero de la taberna -un poste de madera con un tablero colgante donde había un «grotesco» navío azul pintado-. Estos individuos eran Humphrey Hump -de apellido cómico en el original inglés-, el dueño de la taberna, y de un curioso personaje, Patrick Dalroy, un irlandés excapitán de la armada británica, conocido también como "el rey de Ítaca" por su reciente participación en una guerra liderando a «un país griego» frente al imperio otomano. Pese a sus continuas victorias, el rey de Ítaca se vio obligado a aceptar el arbitraje de las potencias europeas, cuyo ministro plenipotenciario era ni más ni menos que Ivywood, que, ante la exigencia del turco Omán Pachá, imponen a Ítaca que arranque todos sus viñedos -porque el vino está prohibido por el profeta y es una ofensa al Islam, en cualquier parte del mundo que esté la plantación-. Así se había llegado a la paz, eso sí, también Inglaterra aceptó que Omán Pachá no devolviera a las jóvenes griegas secuestradas por los turcos y metidas en harenes o serrallos... en aras a la paz. De vuelta a Pebblewick, donde se había criado pese a ser irlandés, Dalroy vuelve a la taberna de Pump, su amigo y, en cierto modo, tutor.

El error que había cometido el fanático Ivywood era de índole legal. Se prohibía vender alcohol a cualquier establecimiento que no tuviera el debido letrero en la entrada. Dalroy y Hump se hacen con un asno y un carro -después con un auto- y se llevan su preciada mercancía, el monumental queso de bola, el barril de ron y el poste con el letrero, que van poniendo en los más variados lugares de la geografía inglesa, todos ellos con las tabernas cerradas, plantando en el suelo el poste y ofreciendo al paisanaje queso y ron. Surge con ello la leyenda de la taberna errante, que aparece y desaparece por más que Ivywood movilice cielo y tierra para intentar detenerlos. Es especialmente interesante el episodio donde nuestros taberneros justicieros llegan  a un valle controlado por un curandero que produce una leche que asegura que alarga la vida y que ha convertido a todo la población del lugar en una especie de secta religiosa. La leche no tiene nada de especial, simplemente está mezclada con agua.

También tiene su interés la conversión de las farmacias elegantes en lugares de consumo de alcohol por parte de las clases altas, que acaba por llevar a la insurrección general.

La cosa se va complicando cada vez más, y así como en "El hombre que fue Jueves" nos encontramos ante una conspiración anarcoide en los subterráneos de Londres, donde todos son infiltrados de la policía, aquí la conspiración es la de islamizar Inglaterra. En sus delirios, Ivywood ha traído no sólo al profeta loco, sino también a Omán Pachá, el antiguo enemigo de Dalroy, cuyos esbirros se introducen en la policía y el ejército. Hasta parece que Ivywood pretende dotarse de un harén, pese a su manifiesto desinterés por las mujeres. Aun así, la aristocrática y bella Lady Joan, una de las elegidas para el harén, duda entre Ivywood, más acorde con su posición social, y su también amigo de la infancia Patrick Dalroy.

El desenlace vendrá de la mano de Dalroy, que ayudado por Pump y por un parlamentario británico poeta y primo de Ivywood, encabezará una insurrección popular contra la prohibición de las tabernas y se enfrentará al poder turco que aporta Omán Pachá en ayuda de Ivywood. Dalroy mata a Pachá en singular duelo a espada y la insurrección triunfa. El irlandés se queda con la guapa lady Joan y Ivywood queda convertido en un inofensivo niño sólo pendiente de sus juguetes. Triunfa pues el bien.

En medio de un argumento inverosímilmente disparatado y tan en la línea de Chesterton, tenemos obra rabiosamente actual, y no sólo en su literalidad, sino también en su generalidad. Desde la fácil prédica que obtienen los ignorantes que, al añadirle el fanatismo a su ignorancia, se convierten en profetas, hasta la pusilanimidad con que reacciona la gente más culta y preparada ante semejantes aberraciones, pasando por la intolerancia y el afán de prohibicionismo, todo ello es, sigue siendo, como quizás lo fue desde siempre, un retrato de la actualidad con respecto a la cual las analogías son tan escandalosamente evidentes. 

¿Quién puede no ver entre los múltiples personajes que aparecen al pedagogo, al psicólogo, al anti-tabaco, al imam, al extremista fanatizado, al inquisidor, al hipócrita, al pusilánime, al conformista... y, en suma, a todos aquellos que, como dice el propio Chesterton, sólo saben regalarse con el goce de los fanáticos, es decir, fastidiando al prójimo conminándole e imponiéndole lo que ha de hacer, lo que ha de ser y lo que ha de sentir.

O como dijo Borges a propósito de Chesterton, a veces tener razón sólo sirve para privarte del placer de tenerla, pues hubiera sido más deseable equivocarse...

De las lecturas estivales hasta ahora, sin duda esta es la mejor. Ahora un par de ligeras, y luego acometeré "El Laberinto Mágico", de Max Aub. Ya les contaré...

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