divendres, 28 d’agost de 2015

DE CABALLEROS Y DE RUFIANES



En ajedrez de competición por equipos, el orden de tablero que ocupa cada jugador viene determinado por su posición en el ranking ELO. No sé cómo funcionará ahora, pero antes, nunca se alteraba dicho orden de clasificación; ni ningún jugador, por pudor, dignidad y vergüenza, lo hubiera permitido. Se evitaban así las triquiñuelas propias del inescrupuloso que quiere ganar a toda costa aunque no sea acreedor a ello; una variante de biotipo humano que, todo hay que decirlo, es endémico en todo los sectores y contra el cual, también hay que decirlo, son cada vez más necesarios todo tipo de prevenciones.

Así las cosas, se hubiera considerado oprobioso que, siendo notorio que los números uno y dos del equipo X eran mucho mejores que sus homólogos del equipo Y, Y-1 e Y-2 se desplazaran a tableros inferiores para asegurarse contrincantes de menor nivel y pusieran en los primeros a un par de pardillos porque, total, allí no había manera de ganar. Al menos era así cuando el ajedrez era un deporte de caballeros. Hoy en día, ya digo, no lo sé. Otro día les contaré lo que hacen determinados tipejos que juegan al ajedrez por internet…

Mutatis mutandi, algún tipo de criterio análogo rige igualmente en otros ámbitos. En fútbol, un delantero centro está para lo que está, y si le toca recibir leña de algún defensa psicópata, ajo y agua. Porque ¿qué diría el respetable si el delantero no quiere jugar en su puesto por miedo a los defensas y en su lugar se pone al portero reserva? ¿O quién escucharía a los teloneros si actuaran después de los Rolling y no antes? Y es que el telonero es el telonero, los Rollings son los Rollings, y a quien Dios se la dé, que San Pedro se la bendiga.

Aunque no les guste a algunos, hay un orden natural y jerárquico en las cosas, y las funciones de los elementos que componen un determinado conjunto vienen determinadas por la posición que ocupan en él. Una posición cuya praxis se rige por un código, escrito o no escrito, que a veces requiere tener que dar la cara.

En la empresa funciona también así, o debería. El mayor problema de las famosas tarjetas black no era, contra lo que se suele decir, ni su opacidad ni la discrecionalidad dispositiva que facultaba a sus titulares. No, aun siendo por supuesto una práctica repugnante, limitarse a rasgarse las vestiduras por esto es simplemente superficial, una frivolidad. La cuestión de fondo es que no se lo ganaban, porque ni ejercían sus responsabilidades, ni daban la cara; era una regalía sin más, con casi toda seguridad a cambio precisamente de que no ejercieran y, cuando fuera el caso, miraran hacia otro lado.

Lo mismo en política. Si alguien pone a un testaferro para que haga de monigote en el lugar que, por acreditación, dignidad y responsabilidad le correspondería, no sólo está haciendo dejación de sus responsabilidades –podría largarse si tan menesteroso anda de redaños- sino que está incurriendo en algo mucho peor, porque al eludir dar la cara como le corresponde, quedándose con las prebendas propias de las responsabilidades de que abdica, manifiesta una actitud que no puede calificarse sino de rufianesca donde las haya. Como el as del equipo de ajedrez que evita al contrincante de su talla y pone en su lugar a un pardillo para que lo crujan, mientras él se ceba con un principiante y reivindica para sí el mérito de la victoria conjunta, y las prebendas que de ella se desprenden. ¿No les suena esto familiar en relación a ciertas circunstancias que concurren en una lista que se presenta a las elecciones que próximamente vamos a tener en Cataluña? Por supuesto, cualquier parecido con la realidad…


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