dilluns, 10 d’agost de 2015

BIKING AROUND: EL FALSO MENHIR (EL MÈDOL)





41º 08.261' N
01º 20.336' E

Alguien podría pensar que se trata de un recinto construido para la celebración de ceremonias rituales alrededor en un menhir de diecisiete metros de altura. Se equivocaría. Aun así, el error estaría a primera vista justificado. «El Mèdol» es en realidad una antigua cantera romana, y el supuesto menhir, la aguja de piedra que los romanos dejaron allí para que se supiera el nivel original del suelo. El encanto evocador se evapora con la quimera del templo megalítico con su menhir central, pero vuelve inmediatamente a poco que nos detengamos a observarlo con detenimiento. Más técnicamente, es perfectamente reseguible el método de extracción de los bloques de piedra mediante troncos de madera que, al mojarse, se dilataban y la cuarteba cuarteaban.

Es una de mis ruinas romanas favoritas. Y aunque cerca del punto de origen, apenas 2,5 kilómetros, con frecuencia me desvío ligeramente de la ruta y me detengo unos instantes a contemplarlo en mis salidas BeTeTeras. Forma parte del conjunto monumental de Tarragona declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad.

Desde su interior, al cual hoy en día no se puede acceder, en parte justificadamente dada la irreprimible pulsión de tantos visitantes por dejar allí los continentes de los consumibles que traen consigo, uno experimentaba la sensación de estar en un espacio cargado de historia entre colosales muros de piedra, y también, sin duda alguna, de sufrimiento. No eran precisamente obreros sindicados los que trabajaban allí. Hoy se ha de contentar con observarlo. La prohibición de entrar en el recinto se compensa con la modernidad de un circuito establecido alrededor del contorno superior de todo el perímetro del recinto -de unos quinientos metros-, con las debidas explicaciones en carteles y unas cuantas plataformas de observación. 

Para una mejor visualización desde estas nuevas atalayas, se optó por cortar la mayor parte de la densa vegetación que constituía en sí misma un pequeño microclima típicamente mediterráneo: los altísimos pinos y cipreses que, en busca de la luz, superaban en altura a la aguja de piedra fueron arrancados -se dejaron algunos como muestra- y la mayor parte de arbustos y vegetación de sotobosque fue también eliminada. Paisajísticamente no ha quedado tan mal, hay que reconocerlo, y no se tocó una piedra. 

Pero ha perdido una buena parte del sobrecogimiento que infundía antes. Ahora es más aséptico. Y uno, algo reacio a ciertas adecuaciones y reconstrucciones de vestigios antiguos para solaz de turistas ociosos, y que piensa que las ruinas son las ruinas así como los parques temáticos son los parques temáticos, tratándose en ambos casos de cosas de naturaleza muy distinta, alberga sus dudas sobre la idoneidad de la reciente reforma. A lo mejor es que, en el fondo, como el Hiperión de Hölderlin, cuya imagen de Grecia era la de las ruinas de Grecia, y ni se le hubiera pasado por la cabeza su reconstrucción porque eran precisamente su vestigio y su legado, no veo nada claras ciertas adaptaciones y concesiones a la modernidad. Pero mejor no seguir por ahí porque se me va la mano; se me va la mano pensando en reconstrucciones de monumentos antiguos que parecen haber sido llevadas a cabo por auténticos desalmados, y no es este el caso del Mèdol. Vaya, que sigue valiendo la pena acercarse por ahí, aunque gracias a los guarros de siempre ahora no se pueda entrar en el recinto interior.

Tampoco está de más recordar que la exuberante vegetación que hasta hace poco había allí, no se ve en las fotos de los años treinta del siglo XX, cuando, debido a la buena sonoridad de las paredes de piedra que circundan el recinto, se habían celebrado conciertos en su interior.

El Mèdol fue la principal cantera que abasteció de material de construcción a la ciudad durante los seis siglos presencia de romana. Su abandono, como no podía ser de otra manera, coincide con el inicio de la decadencia. Fundada por los Escipiones a finales del siglo III a.C., sobre lo que había sido la ciudad ibérica de Kosse,  Tarraco fue capital  de la Hispania Citerior, primero, y de la Tarraconense después, durante la época imperial. Históricamente es también la sede episcopal primada de las Españas y, en palabras de Araguren, la única ciudad española visitada con certeza por San Pablo. Algo, por cierto, nada inverosímil si atendemos al contexto de la época.

El Mèdol vivió en activo lo que duró el esplendor romano. Se abandonó cuando ya no se construía -la burbuja del tocho parece ser endémica- porque no había nada que construir, hacia finales del siglo III, principios del IV. Luego vino la decadencia, y con ella las invasiones, las epidemias, las hambrunas y los saqueos -el primero fue hacia el 250-. La población de Tarraco disminuyó hasta quedarse en cuadro, los supervivientes se amontonaron en torno a lo que había sido la parte monumental y la ciudad nunca volvió a ser lo que había sido. No precisaba ya de canteras, calzadas ni acueductos; bastaba con sobrevivir.

Tarraco mantuvo una cierta importancia durante la época visigoda, hasta quedar prácticamente despoblada tras el saqueo árabe, que tuvo lugar entre el 713 y el 714. No parece que los árabes llegaran a instalarse nunca -se habla de Tarrquna muy inciertamente-, pero se llevaron un buen botín en forma de columnas de los templos romanos que, a día de hoy, siguen plenamente funcionales en la mezquita de Córdoba. No sé cómo lo verán ustedes, pero a mí me da que el Mèdol, con sus silencios, sabe mucho de todo esto. A lo mejor, después de todo, sí tiene algo de recinto mágico.

Y para acabar, una posible fantasía verosímil. Verán. La ruta por tierra de las piedras hasta Tarraco era a través de la Vía Augusta, a más o menos 12 kilómetros. Pero parece ser que la mayoría del material se transportaba por mar; hasta donde me consta, se ingora dónde se embarcaba con rumbo al puerto de Tarraco. Pues bien, en el extremo oriental de la playa larga, cuando empiezan las rocas y uno se adentra en el bosque costero, afortunadamente intocado hasta ahora, y del que ya les hablaré en otra ocasión, aparecen unas formaciones rocosas tocando al mar que más bien parecen cinceladas por el hombre; ángulos demasiado precisos, superficies demasiado planas, sugerencias de entradas... ¿Sería aquello el pequeño puerto para llevar la piedra del Mèdol por mar a la ciudad? Bueno, pues dejémoslo así. Yo me lo creeré. Y próximamente les mostraré las imágenes. Ustedes, si lo ven alguna vez, júzguenlo.








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