dimecres, 19 d’agost de 2015

BIKING AROUND: EL PANTANO Y EL GAIÀ


El embalse de Gaià (desde la presa) y el río en su desmbocadura
 
Hasta hace muy poco, y desde el año 1975, del río Gaià podía decirse que nacía en las sierras de Queralt y la Brufaganya, y moría en el embalse que lleva su nombre. Sí, tal vez lo de «río» sea algo pretencioso para un caudal medio de 0.57m3/s a lo largo de 59km que, si descontamos los 11km que van del embalse hasta su desembocadura originaria, en Tamarit, se quedan en cuarenta y ocho. Ello no obstante, hay a lo largo todo de su recorrido, con caudal y si él, parajes realmente maravillosos e interesantes, tanto desde el punto de vista natural como de la actividad humana a lo largo de la historia, que lo hacen un entorno ideal para las más variadas rutas en BTT.
Que un río, por menor que sea, pero de caudal constante, muera en un pantano después del cual sólo queda un cauce seco, se le antoja a uno una salvajada aberrante, inédita hasta donde le consta, sin que sea preciso para tal consideración ser ningún ecologista furibundo. La presa de Gaià, situada a unos cuatro kilómetros arriba de la población del Catllar, la construyó ENPETROL –Empresa Nacional de Petróleos, hoy REPSOL- para cubrir las necesidades de agua de la refinería que por entonces empezó a entrar en servicio en las proximidades de Tarragona. Afortunadamente, la arrogancia tecnocrática tuvo su contrapunto, ya que las filtraciones debidas a las características del terreno –según me comentó un ingeniero compañero mío en el instituto donde trabajaba por entonces- impidieron que el pantano supere el 30% de su capacidad teórica, gracias a lo cual los acuíferos de la zona no se secarao completamente.
 
Tiene uno también la impresión, tal vez errónea, que la presa está a mayor altitud que los máximos niveles de la cuenca, y esta sería otra razón por la cual nunca acaba de llenarse. Aunque tal extremo, con las aguas desbordándose por laterales, nunca se ha dado. En realidad, el nivel del agua nunca ha llegado, ni de lejos, al de las compuertas. La vez que lo he visto al nivel más alto fue después de unas semanas de intensas lluvias torrenciales en los noventa. El agua llegó a anegar completamente los pinares circundantes, pero las compuertas de la presa seguían viéndose muy a lo alto. Como anécdota, guardo la sensación, a la par de horror y de perplejidad, de los domingueros y su prole bañándose y con colchones de playa sorteando las copas de los pinos que asomaban. Ignorancia y temeridad van parejas con frecuencia.

Las tenaces y perseverantes protestas de grupos ecologistas consiguieron que, finalmente y al cabo de treinta y cinco años, se mantuviera el caudal ecológico del río, que llega hoy hasta un par de kilómetros más allá del Catllar, y que tras los trabajos de limpieza del cauce seco –muy deteriorado- que se están llevando lentamente a cabo, acabará volviendo a desembocar donde siempre, en Tamarit. Agua, ya digo, no es que baje mucha, pero, sobre todo en las zonas donde se acumula, da paisajes verdaderamente pintorescos. Sobre todo porque el agua, en zona seca como esta, es siempre agradable de ver, y codiciada.
 
 
Distintas imágenes del curso del Gaia: El Catllar y Vespella de Gaià
 
Como decía, el nacimiento oficial del Gaià se sitúa en Santa Coloma de Queralt, donde se configura con las aguas que bajan de las sierras de Queralt y la Brufaganya, este último un hermoso donde la tradición sitúa el retiro del anacoreta Sant Magí, a la sazón copatrón de Tarragona y cuya festividad se celebra precisamente hoy, 19 de agosto. En su curso alto, circula forma bonitos meandros circulando a través de gargantas cuya frondosidad hace que con frecuencia su escaso caudal no sea visible a simple vista. Su curso está rodeado de castillos; fue frontera de hecho durante la Alta Edad Media, marcando los límites de la expansión cristiana, tras la cual se extendía una especie de terra nulius hasta las cercanías de Tortosa, unos cien kilómetros al sudoeste, donde empezaban los dominios musulmanes. Unos no poblaban la zona, probablemente por falta de demografía, sobre todo después de las incursiones de Almazor, y los otros porque su época expansiva ya había pasado.
Imágenes del alto Gaia: meandros entre Santes Creus y Aigua Múrcia, y cerca del Pont d'Armentera

 
El Gaià, en blanco y negro, a su paso por Vilabella (Els set ponts), bajo el puente del ferrocarril
 
 
Como cauce fluvial, queda configurado claramente a partir del Pont d’Armentera, donde hay abundantes restos del acueducto romano que suministraba agua potable a la Tarraco romana. Las mismas aguas que, ya en las cercanías de Tarragona, pasaban por el famoso acueducto del Pont del Diable. Al profano puede parecerle un contrasentido que, pasando el río Francolí a un kilómetro del acueducto, y siendo de mayor caudal que el Gaià –aunque tampoco vayamos a imaginarnos ahora el Amazonas-, los romanos trajeran el agua del Gaià, y de tan lejos. Simplemente no eran tontos. Aunque el Pont del Diable no esté en la cuenca del Gaià, llevaba sus aguas, por estolo incluimos aquí.
 

En su ruta hacia el pantano –o hacia el mar- el Gaià transcurre después por las poblaciones de Santes Creus –con su monasterio cisterciense-, Vila Rodona, Aigua Múrcia, Vilabella, Vespella de Gaià… Después del pantano, pasa, actualmente ya con caudal constante, por El Catllar, ya en el tramo denominado del bajo Gaià. Entre esta última población y Ardenya, a unos cuatro o cinco kilómetros, pierde su caudal a medio camino entre ambos. Luego La Riera de Gaià, La Nou de Gaià y, finalmente, Tamarit, en cuya playa desemboca.
El castillo de Tamarit

El tramo de cauce seco, actualmente entre Ardenya y Tamarit, tiene algún espacio húmedo. Especial mención merece La Resclosa, situada poco después de La Riera; una esclusa cuyos orígenes deben ser probablemente medievales, que recoge la aguas sobrantes de la comunidad de regantes de la población. Se extiende, entre antes y después de la pequeña presa, unos trescientos metros, y constituye un espacio húmedo con permanente presencia de patos, culebras de agua, tortugas de río autóctonas, carpas…
La resclosa
 

Más allá de una poza en el cauce de unos cinco metros de diámetro, situada entre Ferrán y el castillo de Montoliu –quedan cuatro piedras en lo alto de la cima, circundada por una urbanización-, el siguiente, y último espacio húmedo de aguas freáticas que se encuentra en el último tramo hasta la desembocadura, de unos cuatrocientos metros, con abundante fauna autóctona, aunque de vez en cuando se observa alguna tortuga de Florida –Traquemis scripta elegans- abandonada allí a su suerte por sus desprensivos propietarios.

El tramo final del Gaià
 

A pocos metros de la antigua estación de Tamarit –hoy en desuso-, se encuentran los interesantes restos de una antigua canalización por el método del sifón. Se trataba de recoger el agua del río por el margen derecho, para desviarla mediante un pequeño puentecillo al margen izquierdo para regadío. La canalización superior ha desaparecido, pero la construcción que desviaba el agua en la orilla derecha, no.
 


El sifón

 
Se supone que las aguas recogidas se utilizaban para regar las huertas que se crearon sobre la antigua laguna de Tamarit, que fue desecada a finales del siglo XVIII con el objetivo de convertirla en terrenos cultivables. Lógicamente,la fecha de construcción del suministro de regadío es coetánea a la desecación de la laguna y su conversión en huertas.

Y nada. A lo largo del Gaià y sus alrededores, desde Tamarit hasta Santes Creus, se pueden hacer las más variadas rutas en BTT, de toda distancia y complejidad según la preparación y las ganas de cada cual. Francamente recomendable.



 
 

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