dimarts, 9 de juny de 2015

VACUNAR O NO VACUNAR: LA INDISCRIMINADA HORIZONTALIDAD DE LA INFORMACIÓN (II de IV)



Los padres del niño que se negaron a vacunar, muy bien podrían ser seguidores de las teorías psicológicas y educativas, hoy en tan en boga, que postulan la construcción por parte de uno mismo de su propio conocimiento a partir de la información ilimitada, pero también indiscriminada, a la que se tiene acceso gracias a internet. No digo que lo sean conscientemente, es un extremo que ignoro, pero sí digo que, como el personaje de Molière, acaban de descubrir que hablaban en prosa. Me refiero a teorías, o más bien tendencias, como las que hoy en día circulan sobre la trivialización del conocimiento y la no necesidad de su transmisión, en aras a otros «proyectos» educativos y comunicativos «innovadores», que primarían la espontaneidad, la creatividad imaginativa o la inteligencia emocional y/o múltiple, supuestamente mucho más adecuados para alcanzar la plena realización personal del individuo, que las ajados saberes tematizados que nos la legado nuestra sociedad histórica: el pensamiento lógico y la ciencia.

Para poder recibir y aprehender una cierta información, es necesaria una formación previa. Este es el principio fundamental negado por la tendencia hoy dominante, y de ahí su aversión a lo que tradicionalmente se ha denominado la «formación integral», que proporciona un cierto «criterio» con independencia de la especialidad que uno tenga. Una formación integral que, ciertamente, no permite pontificar sobre cualquier cosa, muy al contrario, más bien sobre casi nada, pero que, llegado el caso, permite establecer ciertas cautelas y saber distinguir entre el saber más o menos fundamentado y la mera charlatanería. De ahí que, dicho genéricamente, a un médico, no por el hecho de serlo, se le deba eximir de tener una cierta formación en otras materias, por más alejadas que estén de su práctica profesional y de los conocimientos y formación que esta requiera. Lo mismo para un matemático, un historiador, un economista, un arquitecto, un albañil o un vendedor de seguros. Esta era precisamente la aspiración ilustrada, hoy tan denostada.

Cierto que hay limitaciones, tanto desde la perspectiva individual como de la especie humana en general. No podemos saber de todo ni saberlo todo, como especie, ni tampoco cada uno de nosotros puede saber todo lo que se sabe. Individualmente, además, están las variaciones de rigor; no todos tenemos las mismas capacidades, intereses, destrezas ni oportunidades. Bien. Puede que un electricista no requiera, para su práctica profesional, conocer los principios teóricos que la hacen posible; no así un ingeniero. Pero ambos, a lo mejor casi igualmente ignorantes en medicina o astrofísica, sí deberían saber distinguir, puede que a distintos niveles, pero discriminar al fin y al cabo, por sus respectivos discursos, a un médico de un curandero, o a Stephen Hawking de Erich von Daniken.

La nivelación no es, ciertamente, culpa de internet. Afirmar esto sería una estupidez de la misma envergadura que defender dicha nivelación. El problema es más bien otro, que corre, eso sí, parejo a la implantación de internet: la negación de la necesidad de una formación integral que aporte criterio y la inevitable condición de autoridad, ergo de jerarquía, implícita a la fundamentación de todo conocimiento. La ignorancia, por un lado, y la barbarie de la hiperespecialización, por el otro, impiden con frecuencia disponer de tal criterio. El conocimiento, nos guste o no, no es democrático ni fácilmente adquirible; no todo vale y no todos los gatos son pardos, ni de noche ni de día. Porque para discriminar se requiere una formación previa: una cosa es la Astrología, una pseudociencia, por más conocimientos astronómicos que se precisen para su ejercicio; otra muy distinta, por ejemplo la historia de la Astrología. Lo mismo que ser religioso o conocer la historia de las religiones.

Admitamos que muchas veces, ello no obstante, tanto la sofisticación del supuesto discurso como la desfachatez en la impostura del charlatán pueden inducir a dudas, ora en el electricista, ora en el ingeniero. Bien, pues a falta de criterio, para esto está precisamente la homologación del conocimiento, la autoridad debidamente jerarquizada. Es precisamente lo que reconocemos cuando vamos al médico para saber qué tenemos –ojo, no qué nos pasa-. Lo que nos pasa ya lo sabemos, pero a qué se debe y qué nos depara, no; eso nos lo dice el médico.

Y esa es la autoridad que discrimina  entre un médico y alguien que te diga que ejerce la «biomedicina», o que mientras Stephen Hawking tiene el título universitario homologado de Física, von Daniken no acabó el instituto y su vida profesional anterior a sus éxitos editoriales consistió en trabajar de camarero. Pero si busco en internet cualquier concepto físico relacionado, por ejemplo, con la posibilidad de vida extraterrestre, Hawking y von Daniken aparecerán en un mismo plano horizontal, indiferenciados… a menos que se tenga la suficiente formación integral que permita descartar de entrada al segundo, incluso si no dispongo de suficiente formación específica como para acabar – o ni empezar, en ocasiones- de entender al primero. Lo mismo si busco en google, por ejemplo, algo así como «Platón y la Atlántida» o «constructores extraterrestres de las pirámides»…

Ignoro la formación de los padres del infortunado niño que ha contraído la difteria; se trata de algo demasiado frecuente como para que esto tenga ahora mismo relevancia; es una tendencia por ahora imparable, y propiciada, además, precisamente por aquellos que más deberían estarla combatiendo: sus potenciales víctimas.

Cuando estas tendencias se encontraban todavía en sus inicios, recuerdo que un día, en el instituto, una compañera me comentó, azorada, lo que le había ocurrido en la clase de Lengua Castellana. Un alumno había escrito en la pizarra «bujero», en lugar de «agujero». La profesora le corrigió: “No se escribe –ni se dice- «bujero», sino «agujero»”. El alumno reaccionó mal: “En mi casa lo dicen así”, objetó. Y cuando mi amiga le corrigió nuevamente, diciéndole que en su casa lo decían mal, la réplica del alumno se tornó definitivamente desafiante: “¿Me estás diciendo que en mi casa hablan mal?”

El chaval se ofendió porque se enteró de que hablaba mal. ¡Gloria al chaval! Hoy se jactaría de ello. Los padres antivacuna no son sino un resultado de esta tendencia hegemónica: ignorancia más información indiscriminada, sin formación previa ni criterio.
Esperemos que el niño se recupere. Y que partir de ahora sus padres accedan a vacunarlo y sean más prudentes en sus imaginativas aventuras pseudocientíficas, sobre todo a la hora de dar pábulo a charlatanes ignaros. Porque disponer de formación también comporta, ante la consciencia de su carencia para discernir con criterio, someterse a la autoridad. Por más reaccionario que sea esto de aceptar los dictados de la autoridad médica competente, y por más vulgar que resulte esto de vacunar.

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