divendres, 12 de juny de 2015

MUNDANEANDO, CIUDADANEANDO



Una cosa es creer algo, y otra creerse algo. No es exactamente lo mismo creer una cosa que creerse una cosa. Que se lo pregunten sino a C’s, que parecen creer en algunas y creerse otras. El partido de Rivera parece creer en las virtudes de un pacto cuyas condiciones a la baja van a incidir positivamente en la voluntad regeneradora de la vida política por parte de Susana Díaz y del PSOE andaluz –¿Son sólo pardillos o también quieren tirar del momio?-; lo mismo en aquellos lugares donde ha investido al candidato del PP, muy especialmente en la Comunidad de Madrid, aupando a Cristina Cifuentes.

Parecen creerse también que dichos pactos no les van a pasar factura, y que van a ser inmunes a la dinámica absorbente, con riesgo de centrifugación, en que se van a ver envueltos por los poderosos aparatos de ambos partidos, tan avezados en este tipo de lides. Es verdad que no van a participar en gobiernos de coalición, sino que se han limitado a facilitar la investidura de la lista más votada. En lugar de marca blanca del PP, ahora serán la marca blanca del poder; como el famoso FPD, el Partido Liberal Alemán, que durante decenios dio sus voto indistintamente al SPD o a la CDU, según quien estuviera en condiciones de facilitarle mayores cuotas de poder. A eso se le llama ejercer de bisagra. Es legítimo, pero tiene sus límites y sus riesgos. A ver cómo lo entiende el electorado. Porque programa, lo que es programa ¿Lo tiene C’s?

Le sorprende a uno también que el pacto firmado en Andalucía prevé la creación de algo así como setenta «embajadas» andaluzas en el mundo, en el mejor estilo de las «embajadas» catalanas de la Generalitat. Y más sorprende aún que al ser preguntado «Niño» Ribera por qué razones las acepta para Andalucía y las rechaza para Cataluña, su respuesta fue que Andalucía no busca con ellas la independencia, mientras que Cataluña sí. Y más allá de que uno crea recordar que la posición de C’s era que toda proyección exterior debe hacerse bajo cobertura estatal, lo cierto es que sigue siendo un argumento políticamente muy endeble. Porque por esta misma regla de tres, Ribera podría sostener también que Andalucía se dote de un ejército propio, mientras que Cataluña, no. O si me lo permiten, que si uno manifiesta su intención de no divorciarse, se permita el adulterio. Y ello me parece a mí que equivale a no haber entendido nada, o a haberlo entendido demasiado bien, es decir, pasándose diez pueblos. Porque las cosas se pueden entender más o menos, pero nunca, nunca, demasiado bien.

Claro que a lo mejor, resulta que C’s tendrá una cuota entre los representantes diplomáticos andaluces destinados al exterior, y eso siempre suena bien. ¿Pero para hacer qué? Uno no puede olvidar lo que le comentó Muñoz Molina durante una cena en Pamplona, con motivo de una conferencia que dio en dicha ciudad, a la cual fui amablemente invitado por Alberto. Sí, el Profesor Atticus. Pues nada, resulta que en la época que Muñoz Molina estuvo en el Instituto Cervantes de Nueva York, la Junta de Andalucía pergeñó una campaña para difundir la Semana Santa andaluza en el barrio de Harleem ¿Se imaginan la reacción de los habitantes del tradicional barrio negro de Nueva York, ante casullas y capirotes como las del Ku Klux Klan? Pues eso. 
Una vez más, parece que lo que ha habido sea más bien un intercambio de cromos. Como siempre.

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