dilluns, 8 de juny de 2015

VACUNAR O NO VACUNAR (I de IV)



Después de veintiocho años y considerándose erradicada, se ha producido un caso de difteria en un niño cuyos padres se negaron a vacunar porque habían leído en internet que las vacunas son un engaño urdido para mayor lucro de las industrias farmacéuticas; además, dijeron, se habían enterado, también por internet, que la vacuna de la difteria contiene mercurio. Si, a lo mejor, en lugar de mercurio hubieran leído que la vacuna contuviera Flores de Bach, su opción hubiera sido otra. Porque como todo el mundo sabe, el mercurio es malo y la Flores de Bach buenas. El caso es que, como buenos padres y ciudadanos conscientes y responsables, propios de la sociedad de la información, y del conocimiento que ya no es necesario transmitir porque está en internet al alcance de todo el mundo, ejercieron su neoepistemológicamente fundamentado derecho a rechazar que su vástago fuera vacunado. El niño contrajo la difteria y sigue aún hoy debatiéndose entre la vida y la muerte. Posteriormente, los padres han afirmado haberse sentidos engañados por internet y los «antivacunas».
A uno, determinadas actitudes le recuerdan aquel chiste malo que circulaba hace tiempo. Va un tipo por la calle blandiendo un extraño artefacto que emite un raro sonida, arriba y abajo... Cuando alguien le pregunta qué está haciendo, responde: "Ahuyentar rinocerontes, es un invento mío ara ahuyentar rinocerontes". "Pero  hombre, si aquí no hay rinocerontes", le comenta burlonamente el otro. "¿Lo ve? Precisamente". El problema lo hubiera sido de aparecer algún rinoceronte, y algo así ocurre con los antivacunas. Pero dejémonos de bromas.
El caso invita a reflexionar sobre varios temas. Sobre la desjerarquizada horizontalidad propia de la información contenida en internet, y la mostración de su eventual peligrosidad, así como de muchas de las milongas que se nos están vendiendo, hasta el no menos trivial debate sobre el derecho de uno a rechazar que se le administre una vacuna, a él o a sus hijos, sin más, porque me da la gana, o a la obligación del Estado a imponerla en aras a lo que el conocimiento indica como una razonable medida para el bien común. También, por supuesto, por el cuestionamiento, fundamentado o no a partir de cualesquiera convicciones, de los conocimientos a partir de los cuales se infieren las virtudes de la aplicación de medidas universales y obligatorias para el conjunto de la sociedad.
Tenemos, pues, como mínimo, tres ámbitos distintos sugeridos. El primero sería el debate sobre el acceso a la información y al conocimiento a partir de la horizontalidad propia de internet, tan glorificada por pedagogos, sociólogos y pseudo-neo-epistemólogos. El segundo, sobre los derechos individuales y su eventual colisión con los colectivos: el eventual derecho a negarse, como es el caso, a ser vacunado, con independencia de cualquier otra consideración. Y finalmente, el tercero incidiría en el cuestionamiento del estado de conocimientos “oficial”, cuya crítica lo situaría como «interesado» y, en cualquier caso, no neutral; consideración que motivaría la «decisión», de negarse a ser vacunado, digámoslo así, en defensa propia, ante algo que se entiende como perjudicial para uno. De cada uno de estos tres ámbitos hablaremos en sucesivas entregas.

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