diumenge, 29 de juny de 2014

LOS LÍMITES DE LA REPÚBLICA (I)



El gran problema de la República es que todo el mundo la concibe como la solución a unos males que sólo se está dispuesto a tolerar en cualquier otro régimen. Unos males que ha de curar como por arte de ensalmo, razón por la cual nunca puede cubrir las expectativas en ella depositadas. Un segundo problema es que hay en España tantas repúblicas como cabezas, sin querer entender que, de ser algo, no puede ser sino la construcción colectiva del marco de convivencia en el que deberán resolverse dichos problemas, no la solución per se de éstos.

Con tales mimbres, el cesto republicano fue construyéndose históricamente como el remedio contra todos los males, emblematizados en unas monarquías corruptas y retrógradas que, por más méritos que hicieran para merecer tal consideración, no dejaban de ser el reflejo de una sociedad mezquina, atrasada y fanática. Derrocar a un rey no cambia a la sociedad, sino que la pone, en todo caso, frente a sí misma. Y para una república se requiere el arraigo social previo del concepto de ciudadanía; una exigencia sine qua non que nunca acabó de consolidarse por estos pagos, y que cuando lo hizo, fue bajo formas particularistas y unilateralizadas, tendiendo más a la versión de «súbdito rebotado» que al concepto de ciudadanía en sí. Quizás porque la Ilustración pasó de puntillas y de largo…

Puede que este requisito de interiorización del concepto de ciudadanía lo sea no sólo para un régimen republicano, sino también para cualquier otra forma de estado democrático, como una monarquía constitucional. Pero culturalmente no es lo mismo. Y el concepto de ciudadanía es cultural; aunque se proyecte políticamente, requiere de un substrato cultural anterior del que surgir y del que se nutre. En una república es una condición necesaria sine qua non, mientras que en una monarquía constitucional es una condición suficiente para que ésta sea una democracia, pero no necesaria; puede también pervivir sin ella. En España, por ejemplo, con casi cuarenta años de democracia bajo un régimen de monarquía constitucional, el concepto de ciudadanía no ha arraigado sino de forma incipiente y sesgada. Seguimos siendo súbditos que queremos que nos arreglen nuestros problemas, sin que estemos dispuestos a abordarlos y resolverlos nosotros mismos. Y esto, se mire como se mire, es en el fondo una concepción de base nuclearmente monárquica.

Quizás por esto sea preferible que los fervores republicanos se aplaquen y nos dediquemos más bien a la construcción social y cultural del concepto de ciudadanía para que, cuando llegue el momento, que llegará sin duda, la III República española sea posible y definitiva. Porque sin ciudadanía no hay república.

Cierto que si mañana o cualquier año de estos hay que votar en referéndum entre monarquía y república, yo lo haré por la república. Soy constitutiva y genéticamente republicano. Pero la república no nos hará sabios. Sólo, en todo caso, cuando seamos sabios nos la podremos permitir. Por ello, y mientras tanto, si la república ha de consistir en vestir a la mona de seda, tal vez mejor que sigamos con la mona coronada.


dissabte, 28 de juny de 2014

EL CURIOSO IMPERTINENTE, FRENTE A FRENTE



Se trata de una figura ampliamente arraigada en la tradición literaria occidental, y aun en la oriental, cuyas máximas expresiones corrieron a cargo de Boccaccio y de Cervantes. Este último le dedicó los capítulos XXXIII a XXXV de la primera parte del Quijote, a lo largo de las cuales se produce el más que conocido incidente con los cueros de vino.

Como es sabido –transijamos en que sea así- la trama del curioso impertinente consiste en una forma especial de triángulo amoroso, aquella en que el adulterio es el resultado de un forzamiento artificioso del contexto que constituye la realidad. Efectivamente, en el triángulo formado por Anselmo, Camila y Lotario, jamás los dos últimos hubieran incurrido en adulterio de no haber mediado la impertinente curiosidad del primero, obsesionado por unos celos formales que, al final, la falsificación de la realidad acaba convirtiendo en materialmente fundamentados cuando, precisamente, éste abandona toda sospecha de cuernos a la vista de la ficción urdida por los amantes de la cual ha sido testigo.
Del curioso impertinente se pueden, ciertamente, decir muchas cosas.

El artículo completo, publicado en Catalunyavanguardista, AQUÍ

diumenge, 22 de juny de 2014

¿INICIOS O INDICIOS DE UN NUEVO REINADO?



Ahora que han pasado ya unos días desde la coronación del nuevo rey, tal vez sea el momento de plantear las serias dudas que a uno le sugieren ciertos hechos y ciertas actitudes relacionadas con los inicios de este reinado. ¿Inicios o indicios? Es como para planteárselo.

Más allá del lamentable y bochornoso espectáculo que se nos ha ofrecido, todos hemos podido ver vídeos con actitudes por parte de la policía, no ya chulescas, sino simplemente propias de una dictadura y que causarían rubor en cualquier país civilizado.

Hemos visto como, ante la provocación de un transeúnte a una mujer que llevaba una insignia republicana, la policía se llevó por delante a la mujer.

Hemos sabido que la policía entró en los pisos cuyos balcones mostraban banderas republicanas, que fueron requisadas.

Hemos sabido que en ninguno de estos casos se trató de acciones por cuenta propia motivadas por un supuesto exceso de celo policial, sino que para el día de marras, estaban oficialmente prohibidas la exhibición pública de motivos republicanos o cualesquiera otros símbolos o acciones que desentonaran en el general ambiente de adhesión incondicional y absoluta a la monarquía borbónica.

Que se haya tratado de incidentes puntuales o no, es lo de menos. Lo que no es lo de menos, en cambio, es que en democracia se prohíba la manifestación pública de cualquier símbolo republicano hasta el punto de que llevarlo en la solapa sea motivo de escarnio en forma de detención o multa. Porque así funcionan las dictaduras, no las democracias. La responsable del dispositivo fue la vicepresidenta del gobierno.

También hemos tenido conocimiento de que el día antes de la coronación, el futuro monarca inauguró en Madrid un monumento a los policías nacionales víctimas del terrorismo en el cual, en la más pura tradición, figuraban todos los nombres de las víctimas. Una tradición que acaso hubiera sido aconsejable eludir, por decencia democrática, puesto que el primero de la lista era ni más ni menos que Melitón Manzanas. Ni siquiera el mínimo decoro, ni sentido de la oportunidad política, de haber empezado, por ejemplo, dicha lista con las víctimas a partir de la fecha de las primeras elecciones democráticas o de la proclamación de la constitución, que es cuando en rigor, podemos hablar de terrorismo, en la medida que se ejercía la violencia contra un estado de derecho. No antes. O simplemente, haberse ahorrado la lista nominal. Que Melitón Manzanas figure como una víctima más del terrorismo es un insulto a muchas otras víctimas, relacionadas o no en la lista, que cayeron por defender la democracia y la libertad de expresión. Incluidas las propias víctimas del interfecto.

También hemos tenido la oportunidad de ver como el presidente Mariano, en prácticamente todas sus intervenciones desde el primer día, se ha esforzado en resaltar la "normalidad" del proceso y que la constitución "funciona", que todo está controlado y que aquí no pasa nada. A uno esto le sugiere ciertas suspicacias, porque cuando se resalta con tanto fervor lo que se supone evidente, acaso sea porque tal evidencia no resulte tan palmaria. ¿Qué diríamos de alguien que estuviera constantemente diciendo "...no, si es que yo a mis padres les quiero mucho"? ¿O de un asiduo a las corridas de toros que afirmara que no soporta ver sufrir a los animales?

Y finalmente, la mayor no de las dudas, sino de las perplejidades ¿No estábamos en una monarquía constitucional? ¿No es en una monarquía constitucional la jefatura del estado un cargo desprovisto de responsabilidades políticas ejecutivas, legislativas y judiciales? A qué viene entonces tanto sarao sobre si Felipe VI va a impulsar una reforma de la constitución o tanto escudriñar en sus ideas y talante contrastándolo con su padre? ¿No reinaba el rey pero no gobernaba?

Me temo que vamos a tener una nueva corte de los milagros con sus camarillas. Y eso por no hablar de los cambios que se rumorean, precisamente, en TVE y en un sentido muy concreto ¿Me siguen?

Mal empezamos, muy mal.
 

dijous, 19 de juny de 2014

PABLO IGLESIAS Y "PODEMOS": ¿FENÓMENO O NOÚMENO?



Puede que hoy tocara hablar de fútbol o de coronaciones reales. Todo llegará. De momento voy a proseguir con Pablo Iglesias y “PODEMOS”. Básicamente porque pienso que la superficialidad analítica hoy rampante nos está impidiendo ver lo subyacente al problema, lo esencial, lo fundante. Nos hemos acostumbrado, sobre todo desde el poder, y desde el discurso que proyectan sus sicofantes, a fundar la realidad por decreto. Y estamos tan imbuidos de posmodernismo en lo referente a la verdad, a derecha y a izquierda, que nos hemos olvidado de la vieja teoría aristotélica sobre la adecuación que ésta requiere respecto a los estados de cosas para merecer tal condición.

Sólo se encuentra lo que se busca, decía Heidegger, según creo recordar. Cierto que podemos a veces buscar cosas inencontrables, pero ese es otro tema. Lo que no buscamos no lo podemos encontrar ni aun que «esté» delante de nuestras narices, sencillamente porque no «existe» para nosotros. Una perversión de esto sería cuando no queremos dar con algo y, por lo tanto, no lo buscamos; entonces ni nos damos por enterados aunque se tope con nosotros de bruces. Porque no lo queremos ver.

Un inciso. Voy a utilizar los términos fenómeno y noúmeno en un sentido que no comparto, sino que será el de los manuales más ad usum, pero creo que puede servir. Desde mi lectura de Kant, toda la bibliografía que se ha generado sobre la «cosa en sí» es superflua. Para Kant, y así lo dice, de lo que estamos tratando es de fenómenos, no de cosas en sí. Su utilización de este término es lo que se conoce como un contraconcepto expositivo o un concepto límite, que refiere a aquello de lo que no estamos hablando, sencillamente porque no podemos hablar de ello. El sentido que aquí tomaré para «noúmeno» o «cosa en sí» es el de la «cosa» en su existencia pura independiente de cualquier representación, que a nosotros se nos representa como «fenómeno». Dicho en otras palabras, lo que subyace a nuestra representación de aquello, lo que sea.

Aquí, con el advenimiento del pensamiento único, se decretó en su momento el final de la historia, de la lucha de clases y de las ideologías. El supuesto pragmatismo del pensamiento único no se fundamentaba sino en su carácter de «único», en tanto que vencedor en la contienda ideológica, y pasando por tanto, de ser una ideología más a ser «La Ideología», desde la cual se prescriben las reglas del juego a todos los niveles del discurso, a la vez que se proscriben otras por «ideológicas». Obsérvese el matiz, nada baladí: las ideologías han desaparecido, pero pueden persistir contumazmente ciertos modus operandi –o discursos vicarios- propios de esta anacrónica manera de pensar de acuerdo con una concepción general equivocada de la realidad. Porque la realidad es la que es y punto: la que hemos determinado.

La cosa en sí que sería la sociedad humana se manifiesta fenoménicamente, nos es dada como representación en distintas facetas o proyecciones que no son sino la forma en que dicha realidad se nos ofrece. Ello presupone, ciertamente, que, además de al final de la historia, de las ideologías y de la consiguiente polémica sobre la sociedad, de su estructura y sus modelos de organización, hemos llegado al conocimiento nouménico de la sociedad. Y aquí sí que serviría también la noción de noúmeno como conocimiento intelectivo en estado puro. Curiosa convergencia, por cierto. De ahí, cualquier discurso aplicado o análisis cuyo modus operandi desentone, se refuta remitiéndolo al falso  noúmeno del que se le considera una simple aplicación.

En términos kunhianos diríamos que se estaría despachando una determinada afirmación o explicación sobre un enigma, simplemente tildándola de «galileana», desde los aristotélicos, si este fuera el pensamiento único o, aquí, paradigma. Y si lo que aparece es una «anomalía» que apunta contra la línea de flotación del paradigma, lo mismo. El problema es que aquí no estamos con una anomalía respecto a un determinado paradigma científico, sino en otro ámbito, que sin ser ni más complejo ni más difícil, todo lo contrario, sí es, ello no obstante, mucho más pantanoso y escabroso. Por eso he preferido no poner como analogía al modelo kunhiano.

Pero el hecho de que hayamos dictado por decreto la realidad, no quita que ésta siga allí, indiferente a nuestras especulaciones «pragmáticas». En este sentido, PODEMOS no es sino un fenómeno que nos indica que algo está fallando en el conocimiento final del noúmeno que se había decretado; de que algo está fallando…

Claro que también hay una segunda posibilidad; que no queramos ver o buscar lo que realmente subyace a los relativos desajustes que el diseño del pensamiento único no había previsto y, ni aun evidentes, sigamos obviándolos. Ya sea porque no encajan en el modelo, o porque estén metadiscursivamente proscritos –se esté en nómina o no-.

No estaríamos entonces ante un supuesto de incompetencia, sino de incoherencia lógica e inmoralidad ideológica, por prescripción evitativa de la subsiguiente proscripción que cae sobre el transgresor.

Cierto, más fácil dejarlo en que PI cobró de Venezuela; mucho más fácil y resultón. Buenos y malos… Claro. Y los niños vienen de París traídos por una solícita cigüeña…
Por eso hablaremos de fútbol y de coronaciones otro día, hoy no tocaba.
¡Ah! que me perdone Kant...

dimarts, 17 de juny de 2014

¿QUIÉN TEME A PABLO IGLESIAS?


La saña con que determinados medios de la derecha montaraz se están cebando con el líder de PODEMOS, Pablo Iglesias, con la inescrupulosa utilización del torticerismo informativo más abyecto incorporada, la verdad es que da que pensar. Y hasta hace que un personaje como Pablo Iglesias, que en principio no le parece a uno sino la expresión más prístina de esa izquierda anti ilustrada, neocristiana milenarista y étnica, más próxima a la doctrina social de la Iglesia que a una reformulación seria y alternativa del modelo de gestión económico, acabe cayendo bien ante la vesania que se está vertiendo contra él. ¿Es eso lo que pretenden?

En principio, uno comparte la tesis, bastante difundida, según la cual PODEMOS es, en realidad, o puede ser, un buen negocio para el PP. La incorporación de toda la simbología de los escraches, los okupas, los anti sistema y su estética neosesentayochista así parece augurarlo. Y la importancia que le han dado, también. En realidad, me preguntaría dos cosas, la primera, si no se estará sobredimensionando un fenómeno que puede tener mucho de delicuescente; la segunda, si verdaderamente, ante el hecho de que esté siendo objeto de ataques tan furibundos como ramplones, se está pretendiendo objetivamente construir una izquierda a medida de la derecha y, en este sentido, fácilmente desacreditable ante la mayoría de la población, o si, por el contrario, tal vesania es más bien subjetiva y se corresponde a un tropismo de la derechona más casposa, es decir, a una reacción que le pide el cuerpo, y que, ante la mansedumbre de la izquierda más reciente, se había olvidado de que, pese a todo el pensamiento único, los problemas siguen ahí.

Que yo pueda pensar que, en realidad, PODEMOS sea el correlato del pensamiento único no tiene aquí la menor importancia, porque de lo que estamos hablando es de la percepción que de ello tiene la derecha. En resumen, tengo la impresión que han visto en PODEMOS a la anti España rediviva, y que esto les aterra más que cualquier otra cosa, incluso que el independentismo del pobre Mas. Porque ya sabemos que aquello de “antes una España roja que rota” es puro teatrillo; una milonga detrás de la cual se agazapa la permanencia de un orden económico y social concretos. Que la izquierda se haya olvidado de Marx no implica que los intereses de la derecha hayan cambiado. Y si para mantener un determinado status quo hay que cuartear la patria, pues la cuartean y punto.

Pero sí, el nerviosismo ante el aparente auge de PODEMOS es evidente entre ciertos sectores. Ya digo, ignoro si es objetivo o subjetivo, pero haberlo, lo hay.

Ayer, sin ir más lejos, fui testigo de esta campaña anti imagen orquestada contra Pablo Iglesias, en uno de estos nauseabundos programas de tertulia de una cadena ligada a uno de los rotativos con más difusión del país. Un programa de esos que uno en principio miraba de vez en cuando por el interés antropológico que le despertaban –algún día escribiré un libro que se llamará “Antropología de la derechona”-, pero que ahora, tras la irrupción de PODEMOS, trascienden lo meramente antropológico para adquirir evidente interés político, a la vez que indicativos de una bajeza moral propia de gañanes y unas prácticas periodísticas simplemente repugnantes.

El programa en cuestión consistió en les declaraciones y entrevista, alternados con los rasgados de vestiduras de rigor por parte de los tertulianos, a una pobre infeliz, supuesta ex alumna de Pablo Iglesias, cuyo nombre no se dio –se la llamó, simplemente, María- y cuyo rostro permaneció oculto en todo momento –era una entrevista en la calle-, por miedo a las represalias de su ex profesor, considerado ya de entrada peligrosamente vengativo. En realidad, lo único que vimos de la tal María fue su «pechonalidad». Lo que decía de él no tenía el menor interés, los tópicos de siempre. Lo que sí tuvo interés, en mi opinión, es el montaje del programa, que merece ciertamente pasar a la historia universal de la infamia como exponente del periodismo tendencioso más cutre y abyecto.

Cierto que hace ya un tiempo que vienen metiéndose con Pablo Iglesias, cuya meteórica carrera política se inició, por cierto, haciendo de tertuliano en programas como este. Pero hasta ahora se habían metido más en lo ideológico, que si Chávez, que si Cuba, que si bolivariano, que si defensor de los ayatolás iraníes… Ayer, en cambio, la cosa pasó ya a la desacreditación profesional como docente universitario.  Que favorece a los alumnos correligionarios suyos, la peor de las acusaciones. Y lo que no se puede admitir es la cutrez de unas difamaciones sin la menor garantía de fiabilidad, proferidas desde una prácticas profesionales hediondas y, lo peor de todo, que las acusaciones que se vertían contra él son, con las honrosas excepciones de rigor, práctica común entre el profesorado universitario de toda laya y jaez.

Lo dicho ¿Quién teme a Pablo Iglesias?

dilluns, 16 de juny de 2014

EL PSC Y LA IMPOSTURA DEL FINGIMIENTO



No se puede ser de izquierdas y nacionalista. Quien diga ser ambas cosas, o no dice lo que sabe, o no sabe lo que dice. Sin más. En el primer caso, se trataría de un fingimiento intencionado y consciente, de una impostura calculada; en el segundo, simplemente de ignorancia. Acaso, en consideración a los confusos tiempos que vivimos, pueda incorporarse una tercera posibilidad, derivada de la segunda, la del que le gustaría ser de izquierdas y nacionalista, y decide serlo en un acto de autoafirmación. Pero la realidad acaba imponiéndose, como en Life of Brian, cuando el travestido, tras conseguir por fin que sus compañeros le llamen Loretta en lugar de Manolo y que le reconozcan como mujer, rompe a llorar porque quiere poder quedarse embarazada/o y la «cruel» naturaleza no se lo permite.

Tal vez la cosa pueda funcionar a veces, en situaciones dominadas por el fingimiento como categoría constitutiva y constituyente. Hasta el partido familiar de Jordi Pujol, CDC, reivindicaba en sus tiempos para sí aquello del socialismo a la sueca. ¿Alguien lo recuerda? Aunque más bien diría que era una forma desvergonzada de hacerse el sueco ideológico, lo cierto es que aquí nos encontraríamos con el primer supuesto. Es decir, el que no dice lo que sabe. En el caso del PSC, en cambio, más bien creo que nos hallamos ante lo segundo: el que no sabe lo que dice. Enanos infiltrados aparte, comme il faut!

El PSC se encontró, prácticamente nada más fundarse,  con un patrimonio que le vino como caído del cielo. Igual que el heredero criado entre finos pañales cuya fortuna, ni se había trabajado, ni estaba preparado para gestionar. Fue el resultado de la unión de distintos grupúsculos de amiguetes, también con ribetes familiares de por medio, sin la menor incidencia social y marcados por lo que se ha llamado la impronta del «fulanismo». Libreros más o menos «progres», ex universitarios de ex extrema izquierda sesentayochista de buena familia, y hasta alguna vieja gloria boxística procedente del POUM de la guerra civil. A esto se le añadió una minoritaria sección catalana del PSOE, sin apenas estructura, y el resultado fue el PSC. Se lo dijo Felipe González en vísperas de las primeras elecciones, vosotros ponéis los cuadros y yo pongo lo votos.

Se me tachará de determinista, y tal vez con razón, pero creo que hubo tres factores que marcaron al PSC desde sus comienzos y lo conformaron en esta inanidad que ha sido su característica constitutiva desde entonces. Primero, las propias circunstancias de su fundación, marcadas por una fraseología de izquierda low cost obsesionada por arrebatarle la hegemonía y los militantes al PSUC. Segundo, el propio colapso del PSUC, que dejó al PSC como titular único de la izquierda real catalana. Tercero, su derrota ante Pujol en las primeras elecciones autonómicas.

El resto lo hizo el inevitable acomodo a una situación en la cual el propio PSC era el Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, pero negando ser lo uno o lo otro. Desde esta perspectiva, su abducción por el nacionalismo rampante era sólo cuestión de tiempo. Alguien había diseñado un pesebre catalán en el que tenía que haber una izquierda como la que acabó siendo el PSC de los tripartitos. El tonto útil. En esto es en lo que consistió el oasis catalán, en un charco de mediocridad, corrupción y fingimiento.

Hace muchos años, unos meses después de que el dictador hubiera cascado felizmente, los grupúsculos que más tarde constituyeron el PSC merodeaban por la Assemblea de Catalunya, junto al partido familiar de Jordi Pujol y algunos independentistas ex seminaristas que postulaban el marxismo-leninismo para los Països Catalans… una profusión de siglas que, eso sí, estaba a su pesar bajo la égida del PSUC, que era quien, con el inefable Guti a la cabeza, controlaba la Assemblea.

Hacia junio o julio del 76, si no recuerdo mal, se presentó en la Assemblea de Catalunya una moción para que ésta se declarara a favor de un Estatuto de Autonomía para el País Valencià. Todos los partidos y entidades votaron entusiásticamente a favor, excepto el PSUC, que lo hizo en contra. Fue su derrota más sonada en la Assemblea de Catalunya, y tal vez el principio del fin. Desde la extrema izquierda hasta la derecha «socialismo a la sueca» pujoliana –por entonces irrelevante, pero agazapada a la espera de su oportunidad-, todos se cebaron con el PSUC, arreciando las críticas por su «psucursalismo» -respecto del PCE-, «descubriendo» que era (euro) comunista y que, en cuanto a tal, no era un partido de dependencia estrictamente catalana, ergo, no de fiar, etc… Un larguísimo etc. en el cual se puede rastrear el discurso hoy hegemónico del nacionalismo y sus correas de transmisión y medios subvencionados afines.

La cosa creó también problemas internos en el partido, hasta el punto que, supongo que algo alarmados por el alboroto en el gallinero, la dirección decidió enviar comisarios a las secciones de los distintos territorios –todavía en clandestinidad… más o menos tolerada- para explicar la posición del partido en este contencioso.

A mí me tocó asistir a la charla admonitoria que impartió el «camarada Roura» -este era su nombre de guerra- ante unos cuarenta o cincuenta militantes. Un tipo con una pinta de haber pillado el último barco que salió de Alicante en el 39 que no podía con ella. Eso fue lo que dijo, más o menos:

Que no le correspondía a Cataluña decidir si los valencianos debían o no tener un estatuto de autonomía. Que el partido lo que postulaba desde el punto de vista de la organización territorial del Estado era la situación anterior a la guerra civil: un estatuto de autonomía para Cataluña, otro para al País Vasco y, acaso, para Galicia. Que lo que se estaba propiciando con la profusión de estatutos de autonomía para cualquier territorio iba a desvirtuar la propia singularidad de los que se estaban reivindicando para conseguir un equilibrio político en España. Que esto era una irresponsabilidad política que podríamos todos pagar muy cara, porque esto sólo llevaría a un café para todos en el cual la derecha haría su agosto, y que por ello era precisamente la derecha, disfrazada de nacionalismo catalán o no, y sus aliados objetivos, la extrema izquierda –en la mejor tradición estalinista- quienes estaban propiciando un descontrol que era completamente ajeno y contrario a los intereses de la clase obrera. Que tantos estatutos de autonomía iban a ser un cachondeo y que por eso el partido se había manifestado en contra.
La verdad, no le faltaba razón al pobre hombre. Lo que vino luego, ya lo sabemos. Por mi parte, sólo quería resaltar con este recuerdo personal que lo que fue luego el PSC y, muy particularmente, sus hoy más destacados miembros soberanistas, estaban ya desde un primer momento psíquicamente en manos del nacionalismo. Así les fue. A lo mejor sólo es una mera anécdota, pero a mí me parece que trasciende a la categoría de ejemplo. De ejemplo, como decíamos al principio, de no saber lo que se está diciendo, en unos casos, y de no decir lo que se sabe, en otros. Eso sí, la tercera opción, la de Life of Brian, para los tontos útiles… mientras sean necesarios.

dijous, 12 de juny de 2014

¿PODER ABSOLUTO O INMUNIDAD JACTANCIOSA?



Ayer pillé en uno de estos canales de cine la película «Poder absoluto» (Absolute Power, Clint Eastwood 1996). La había visto hace años, pero, como se dice ahora, la «revisioné» de nuevo. Sin ser una obra maestra, y abusando de recursos facilones, no deja de ser divertida e interesante. Pero no es de cine de lo que voy a hablar, sino de la constatación de algo evidente que la película me sugirió, en relación a los tiempos que corren.

La trama va de un ladrón de joyas que, en pleno ejercicio de su oficio, es testigo involuntario del asesinato de la esposa de un multimillonario. Mientras su marido está en el Caribe, ella aprovecha para verse con su amante. Tras una escena de alcohol a raudales y sexo violento, que pronto deja de ser sexo para quedarse en pura violencia, la mujer acaba asesinada por los escoltas del amante, que es ni más ni menos que el presidente de los Estados Unidos, interpretado por un estupendo, como siempre, Gene Hackman. Advertidos de la presencia de un intruso que lo ha visto todo, los dos escoltas, la jefa de gabinete y el presidente, deciden cargarle el mochuelo al ladrón. Pobrecillos, no sabían que se las estaban habiendo ni más ni menos que con Clint Eastwood…

El resto es lo de menos. Lo importante, o lo que hoy me parece importante de esta película, lo es en relación a la situación que estamos viviendo actualmente en nuestro país. Que conste que no soy precisamente ningún fanático admirador del sistema político norteamericano, pero… ¿Sería posible algo así en España?

¿Qué ocurriría si a alguien se le ocurriera hacer una película en que un imaginario presidente de la Generalitat, o presidente del Gobierno, o  rey de España, se vieran envueltos en una trama de alcohol, sexo, violencia y crimen, y pusieran a su disposición el aparato de seguridad del Estado para cargarle el marrón a otro?

¿Cómo se tomaría el respetable, y la clase política, y sus señorías, una película en que uno de los altos dignatarios supracitados fuera presentado como un borracho putero, corrupto y adicto al sado? ¿Me dejan adivinarlo?

Los rasgados de vestiduras y las plañideras profesionales se alternarían con la indignación y la más vesánica furibundez hacia semejante provocación. Si el interfecto fuera un presidente de la Generalitat, la cosa es obvia, se trataría de una provocación españolista destinada a desprestigiar e insultar a tan digna institución. Si fuera el presidente del Gobierno, entonces, según el color de turno, una obscena maniobra de la oposición, un uso ilícito de la libertad y rápidamente se procedería a blindar con una ley semejantes infundios; es decir, una ley que permita poner en la sombra al director y que penalice la colaboración, o sea, a los actores, con tales libertinajes, que todo tiene un límite y todo eso…

¿Y si fuera el Rey? Entonces es que el director era republicano, y más de lo mismo. En los EEUU, en cambio, pasó sin pena ni gloria, en el sentido que a nadie le preocupó ni nadie se sintió aludido.

En los EEUU se han hecho películas de presidentes corruptos, políticos más falsos que Judas, magistrados prevaricadores y policías cenutrios, con la aleatoria asignación de los predicados citados a los respectivos sujetos según el caso. Y no pasa nada. En eso, como mínimo, deberíamos aprender de los americanos. Todos.
Quizás la diferencia consista en que allí el poder absoluto tiene un límite, la jactancia. Cosas de luteranos, supongo…

dilluns, 9 de juny de 2014

HAGIOFRAFÍAS BABOSAS



La verdad, con tanto reportaje sobre reyes elaborado por profesionales de la adulación como los que por doquier nos están avasallando inmisericordemente, sólo cabe concluir que los vendedores de la monarquía son, como mínimo, tan malos como los de la república. Hasta TVE va camino de superar a TV+, perdón, a TV3, en sus delirantes apoteósis del amo de turno.

Uno entiende que tengan el encargo de ensalzar la figura del nuevo Felipe VI y la de su padre –una posición difícil, por cierto, la de reina madre macho que le aguarda al segundo- para afianzar la monarquía al precio que sea, pero como mínimo, podrían hacerlo algo más inteligentemente. Porque lo que están haciendo son hagiografías entre pacatas y almibaradas que resultan de un baboso insoportable. Y la cosa no está para babas, que bastante tuvimos con las de la hermana cuando las Olimpiadas. ¿Se acuerdan?

Porque lo que no es de recibo, vamos, es que es para echar a la calle al director de programa, es tanta lisonja impostada, tanto enaltecimiento groseramente torpe, como cuando suena la voz en off de un antiguo profesor del príncipe regodeándose en lo rápido que era mentalmente en sus tiempos de estudiante, a la vez que se intercala con imágenes de algún discurso suyo. Vamos, que debe haber un montón de republicanos infiltrados, porque si no, no se entiende.

Pero lo más exasperante es la sensación inevitable de que se nos está vendiendo un nuevo Camelot low cost. Y no, por más rebajado que esté, los mimbres de la casa real española no dan para el cesto de la materia de Bretaña, por más ganas que se le pongan.

Porque ni uno da para Arturo, ni la otra para Ginebra; tampoco se sabe de ningún Lancelot que ande rondándola; y menos aún da la infanta para Morgana, o el duque empalmado para Mordred -aunque, todo hay que decirlo, émulos de Mordred sí los hay-. Tampoco Botswana es Avalon ni el proboscídeo un dragón medieval salido del averno. ¿Será Excalibur la carabina automática del safari? ¿O “Nóos” el Santo Grial de la posmodernidad monárquica? Porque el nombrecillo no deja de evocar al plural mayestático… Además, definitivo y concluyente, Mariano no es el mago Merlín.
Así que de Camelot, nada de nada. Como mucho, la Corte de los  milagros o los Borbones en pelota... y gracias. Que ya está bien de pretender que comulguemos con ruedas de molino. Que una cosa es que el debate república o monarquía pueda ser ahora mismo contextualmente, que no formalmente, extemporáneo, y otra que pretendan vendernos la monarquía como el mejor de los regímenes posibles e imposibles. Hasta ahí podríamos llegar…

dissabte, 7 de juny de 2014

ANECDOTARIO PEDABÓBICO (07-06-2014)



CGL fue sin duda la consejera de educación catalana con más vocación de starlet y ansias de glamour. También la más furibunda logsera, quizás para hacerse perdonar su adscripción a una de las especialidades docentes que la reforma educativa arrojó al Tártaro. Con toda probabilidad, también su condición de conversa influyó  en su entrega total a los ideales convergentes. No debió resultarle muy difícil.

En su primera etapa como directora general, cumplió a la perfección el arquetipo reflejado en aquel viejo refrán que rezaba “nunca sirvas a quien sirvió”. Tras el cesamiento de su equipo, fue enviada un tiempo al Parlamento español para, al cabo de algunos años, regresar como flamante consejera, sin por ello dejar de compatibilizar sus nuevas responsabilidades con el cargo de diputada.

Tras su nombramiento, realizó una “gira” por toda Cataluña. Por aquel entonces, yo había sido recién elegido delegado sindical y asistí a la reunión a la cual, en condición de tal, había sido convocado junto a toda la junta de personal.

Entre otras lindezas, en su charla hizo un especial hincapié en la necesidad de que todos los alumnos hubieran adquirido las «competencias básicas» al finalizar la ESO; es decir, a los 16 años. Lo bueno vino cuando definió dichas competencias. Cito literalmente, traducido al castellano. Nunca se ha borrado de mi memoria:

Que todos los alumnos, al finalizar la ESO,

sepan leer y escribir, sumar, restar y hacer

una multiplicación sacándose la calculadora

del bolsillo. Lo demás, no me importa.

Ignoro si lo de la calculadora iba sólo por lo de la multiplicación, una operación de cálculo sin duda mucho más complicada que la suma y la resta, o si la incluía también para estas últimas operaciones. Ignoro también si la división quedaba fuera de las competencias básicas o si, simplemente, se le olvidó, tan anti memorística como era ella.

El caso es que después de su speech, abrió un turno de preguntas al final del cual, dijo, iba a responder una por una.
Yo le pregunté si no le parecía que la definición «práctica» de competencias básicas que había realizado se asemejaba peligrosamente a la definición que la UNESCO daba por entonces de “analfabetismo funcional”. Por supuesto, no se molestó en responderme.

dilluns, 2 de juny de 2014

¿REY Y ROQUE?



El verdadero papel que Juan Carlos I ha ejercido a lo largo de sus casi 39 años de reinado es algo que, más allá de la historia oficial, no sabremos probablemente nunca. Las razones de su abdicación, en cambio, parecen algo más asequibles. Por evidentes, las obviaremos.

Juan Carlos I llegó a rey entronizado por la dictadura y como garante de continuidad de un régimen que no resistió la desaparición del dictador en torno al cual se había organizado desde sus primeros momentos, en un contexto de golpe de estado devenido guerra civil. En realidad, la promesa implícita de una restauración monárquica fue uno de los factores que mantuvo la cohesión de un régimen que, se mire como se mire, siempre tuvo un relativo carácter de provisionalidad… aunque durara cuarenta años. Otra cosa era si la inevitable metamorfosis iba a ser simple o complicada. Tampoco podremos saber nunca cómo hubieran ido las cosas si Carrero Blanco hubiera sobrevivido a Franco. Al final fue una metamorfosis complicada que se llamó «transición».

De las soporíferas clases de la asignatura FEN, recuerdo que se nos insistía en que no se trataba de una restauración, sino de la instauración de una nueva dinastía empero la persona designada para ejercerla entroncara a su vez con la anterior. Y para muestra, un botón, se nos decía, el sucesor a la jefatura del estado tiene el título de “Príncipe de España”, no el de “Príncipe de Asturias” como en la dinastía borbónica. Es evidente que con un argumento tan concluyente cualquier duda quedaba definitivamente disipada. Conviene aclarar que la materia en cuestión era impartida por falangistas de medio pelo. La mayoría, pobres diablos aferrados a los abrevaderos que el mismo régimen había convertido en alcantarillado, y que no eran ya sino un grotesco, pero lacerante, anacronismo. Eso sí, más de uno con las manos manchadas de sangre.

En sus primeros tiempos le cantábamos aquello de “España, mañana, será republicana”. Luego, tras el 23-F, la cosa cambió. Siempre me quedará la duda de si fue una chapuza de milicones descerebrados o la mejor operación de imagen que jamás se haya realizado. Lo cierto es que, a partir de entonces, cualquier crítica a la corona devino tabú… incluso en el terreno de lo más trivial, el ensalzamiento de su figura rozaba lo grotesco. Se dijo que si era del Barça porque los colores de la corbata que llevó en una final coincidía con los de este equipo; o del Atlético por idéntica asociación cromática en otra ocasión. Se ensalzaba su campechanía y se incidía en que la derecha y el «sindicato del crimen» -Felipe González dixit- lo detestaban; que si era más amigo de Felipe González que de Ansar y, parafraseando al poeta, se ponía tasa sordina a sus desvaríos… hasta hace poco, cuando el cazador pareció haber sido cazado.

Sabemos que no le gusta leer y que para decir “la reina y yo” necesita estarlo leyendo; me parecen aborrecibles sus veleidades cinegéticas, desde el oso emborrachado y tiroteado en un zoológico polaco, hasta el elefante de marras que destapó otros asuntos y levantó la veda contra su persona.

Soy persona de convicciones inequívocamente republicanas y considero la monarquía un anacronismo histórico que no es, en nuestro caso, sino la manifestación de la incapacidad española para asumir su propia historia y condición. Y se supone que, siquiera por mero tropismo, debería alegrarme cuando un monarca se va. Sin embargo, no lo tengo tan claro.

Aunque sólo fuera por comparación con cualquiera de sus predecesores en el cargo, parece evidente que Juan Carlos I ha sido el menos malo de todos los monarcas españoles. Y su abdicación no creo que obedezca a ninguno de los escándalos que se han ido difundiendo últimamente, sino que, más bien, el levantamiento de la veda real es un epifenómeno a partir del cual se podrían rastrear las auténticas razones que han  propiciado su abdicación. Pero eso es otro tema.

Lo dicho, no le pidamos peras al olmo. Pero no olvidemos que en este infausto país, hemos vivido durante los últimos treinta y nueve años el periodo más largo de democracia y libertades de toda nuestra historia. Una democracia imperfecta y con una clase política hoy envilecida hasta extremos de desfachatez exasperante; sí, pero democracia al fin y al cabo. Y como decía el inolvidable Charles Laughton por boca del senador Graco, “prefiero una república corrupta a una dictadura honrosa”. Porque las dictaduras nunca pueden ser honrosas.
Mutatis mutandi: prefiero esta monarquía a la república de algunos. Y lo dice un republicano. No sé si será el mejor epitafio para un rey que se va. En cualquier caso, ahí queda.

El REY ABDICA

Pues sí, todo indica que el Rey parece ser que abdica. De momento es lo que corre por ahí. Me he enterado de pura casualidad y ahora los ediciones digitales ya lo están empezando a anunciar. Ya veremos...