dilluns, 21 d’abril de 2014

DE CARLISMOS Y DE VIAJES



Decía Baroja que el carlismo se cura viajando... No conocía el turismo de masas. Hoy en día, durante las etapas vacacionales, barrios enteros se reproducen en el litoral, o en la montaña, según el modelo del ocio como producto para consumo de masas, con el mismo esquema que sus originales del resto del año pensados para el negocio. Los mismos vecinos, ora de piso, ora de apartamento, en primera o décimo sexta línea de playa, siempre según el patrón original. Y no se cura ni el carlismo ni el tedio.

Podría objetarse que esto no es viajar, sino una mera traslación en el espacio inscrita en el marco de una segmentación del tiempo global con sus correspondientes rutinas incorporadas. Pero tampoco los viajes, o la mayoría de ellos, son lo que fueron. Porque todo viaje ha de ser, de entrada, un recorrido del espíritu.

Sí, tal vez hubo un tiempo en que el carlismo se curaba viajando, o quizá es la impresión que nos ha legado la literatura. El viaje como transgresión de la rutina, el viaje iniciático, el viaje como alejamiento, como apertura, como forma de enriquecimiento personal; hasta como exilio, voluntario o forzoso, como ruptura que marca un antes y un después. La idea de viaje nos evoca el de Goethe a Italia, o Byron, o Schopenhauer... pero también los periplos de Ulises, de Edmundo Dantés, de Fabrizio del Dongo o, cómo no, de Gulliver o de Robinson Crusoe. Pero para que a alguien realmente se le cure el carlismo con el viaje, era y es imprescindible que vaya con él algo inherente a su propia condición, una predisposición natural para incorporar a su acervo personal las vivencias que el recorrido le ofrezca, una mente abierta y crítica como condición necesaria y sin la cual todo lo demás es baldío. Y la consciencia de que, en sentido estricto, los únicos seres con raíces son las plantas.

Como dice mi amigo Ricardo, que la policía te dé una paliza durante una manifestación puede convertirte en un héroe, pero no te hace más inteligente. Nada más cierto. De la misma manera, que cualquier memo haya circunvalado diez veces la Tierra no le convertirá en un hombre de mundo, sino que seguirá siendo, acaso aún más acentuadamente, un memo. Porque para que se le cure a uno el carlismo, se requiere una disposición de espíritu de la cual el memo carece. Mucho me temo que en algunos el carlismo es curable, en otros no.   
 
Siempre quedará la duda de si el memo nace o se hace. O también, volviendo a nuestro tema, si el carlismo es genético o ambiental. Doctores tiene la Iglesia.

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