dissabte, 12 d’abril de 2014

ALGO MÁS SOBRE ESTADÍSTICAS Y EDUCACIÓN




Creo que fue Disraeli el que estableció las tres formas que hay de mentir, a saber, la primera decir todo contrario de la verdad; la segunda, mezclar verdad con mentira; la tercera, dar una estadística...

En temas educativos hacemos el pleno, se dan generosamente las tres, y todo para desenfocar un problema cuyas mastodónticas dimensiones impiden a la vez que, por un lado, la sociedad sea consciente de la gravísima papeleta que tiene planteada, y por el otro, que ni tan sólo inconscientemente se adopten medidas correctoras. Parece que hasta el sentido de conservación se haya perdido en esta sociedad trivializada que se regodea en una narcosis social sólo comparable a la crisis que está padeciendo. Hay quien piensa que habrá que esperar a que los médicos empiecen a matar pacientes con diagnósticos erróneos, o a que las obras construidas por los arquitectos e ingenieros se derrumben a la primera brisilla que sobrepase los 30 km/h, para que la gente tome conciencia de la gravedad del problema educativo. Nada más falso.

Por ejemplo, y en relación al tema que tratábamos ayer, todo el mundo sabe que el título de la ESO se les está regalando a alumnos incapaces de hacer la O con un canuto, y que buena parte de éstos son los que luego caen en el colectivo "abandono escolar prematuro". Si se suman los conceptos de fracaso escolar y abandono escolar prematuro, tenemos la friolera de más de un 50% de la población escolar en situación de fracaso escolar real, mondo y lirondo. Esto es lo que hay, pero como no se puede decir, tiramos de un concepto como el de abandono escolar prematuro, que nos viene la mar de bien, pero que, en realidad, estadísticamente, responde a una categoría distinta de la de "fracaso escolar", y sólo es asimilable a ella si nos hacemos trampas a nosotros mismos, es decir, si nos dedicamos a regalar títulos de ESO para que tal apartado quede más presentable.

Los políticos maquillan sus estadísticas, pero a la opinión pública esto ya le va bien. De lo contrario se vería cara a cara consigo misma y para esto hacen falta unos arrestos de los que nuestra sociedad carece. La educación está casi a la altura del fútbol. Así como hasta el más infeliz aficionado cree saber más de fútbol que nadie, en educación, cualquier garrulo está convencido de que si su hijo suspende es porque el profesor no sabe explicar o porque le ha cogido ojeriza a su prole. El mensaje pedagocrático ha calado profundamente en la sociedad porque exculpa de cualquier responsabilidad al destinatario del sistema educativo, el alumno, y a los responsables de sus actos y educación, sus padres. En esta exculpación radica el éxito de su amplia aceptación social.

Al haber renunciado a educar, los padres se han convertido en supervisores de la educación que reciben sus hijos en otros ámbitos. En realidad, actúan como si hubieran delegado la educación de sus hijos en instancias subcontratadas. Pero este error de base no sólo no se ha combatido desde instancia alguna, sino que, muy al contrario, se le ha dado pábulo.

Lo peor de la situación que estamos viviendo es que la trama de complicidades que se ha urdido es tan extremadamente compleja que cualquier reacción contra el estado de cosas vigente es, en la práctica, imposible. Y cualquiera que se planteara de verdad una transformación en profundidad del sistema educativo acabaría inevitablemente lapidado sin que ni tan siquiera alguien proclamara aquello de "el que esté libre de culpa, que tire la primera piedra". Porque todos han sido previamente exculpados, excepto los docentes. Y eso gusta.

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