dissabte, 19 de novembre de 2016

No le digamos a Dios lo que ha de hacer



Lleva uno casi de un par de meses enfrascado en la lectura de una excelente biografía científica de Einstein (Walter Isaacson: «Einstein: Su vida y su universo»), que a la vez que apasionante y absorbedora, le recuerda el viejo chiste de aquél que le encantaba jugar al póker y perder, y cuando le preguntaron qué había sobre ganar, respondió que «¡uf, eso debe ser la hostia!». Supongo que me entienden. A base de lecturas y relecturas de páginas a lo largo de la obra, va uno comprendiendo a niveles de cuasi certeza absoluta los límites de sus insuficiencias. Ya lo dijo Pascal cuando comparó lo que sabemos con una esfera cuyo interior es lo que conocemos, la superficie lo que no entendemos, y el exterior lo que ignoramos por completo, incluso que ignoramos que ignoramos en el pleno sentido del término. Eso es lo que hay, y lo demás, excusas de mal pagador.

Uno de los tópicos que destruye demoledoramente esta obra es el premio de autoconsolación tan al uso, según el cual Einstein habría sido un pésimo estudiante en la escuela y en el instituto. Nada más falso; sacaba siempre las mejores notas en latín, matemáticas y otras materias. Era, eso sí, un vago algo bohemio, pero con los intereses e inquietudes intelectuales propios de un genio al que le hastiaba que le repitieran una y otra vez lo que ya había entendido. Luego, en el Politécnico, uno de sus profesores de matemáticas lo consideraba un «perro vago», pero no precisamente un idiota. Amén de su insólita preparación científica ya por esta misma época, y de su afición al violín –que mantuvo durante toda su vida-, a los quince años había leído la Crítica de la Razón Pura. Filosóficamente, estaba entre Spinoza y Hume. Sospecho que debió leer la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura, la más tendente al Idealismo y a la exigencia génesis, y no la primera, que era, digámoslo así, más humeana. Parece ser que la obra de Kant favorita de Einstein era la que conocemos como «Prolegómenos». Por supuesto que había leído también a Newton.

Me referiré aquí a una anécdota que me parece de los más interesante y significativa. Einstein fue siempre muy refractario a la mecánica cuántica que él mismo tanto había contribuido a fundar, entre otras, con su noción de los «cuantos», interpretando a Mas Plank, como paquetes de luz o fotones que podían comportarse como partículas o como ondas. Pero, igual que en cierto modo el mismo Plank, cuando empezaron a aparecer los Bohr, Heisemberg, Schrödinger, Dirac etc, la deriva indeterminista que tomó la cosa no le satisfizo de ninguna manera y, aun aceptándola, siempre consideró que era incompleta y que tenía que responder en última instancia a una teoría del campo unificado, a cuya búsqueda dedicó infructuosamente la segunda mitad de su vida, que conciliara la teoría de la relatividad general con el mundo subatómico de la mecánica cuántica. No en vano, el nombre que Einstein había previsto inicialmente para la relatividad era teoría de la  invariancia. Su universo era el de Spinoza, sin duda, y veía con horror y desagrado lo que consideraba un atentado letal contra las leyes de la física en general. «El castigo por el pecado de haberme opuesto a la autoridad (científica) en su momento, ha sido convertirme a mí en autoridad», dijo en cierta ocasión. Igualmente, cuando los «cuánticos» aducían en favor de sus tesis argumentos que el propio Einstein había utilizado en su momento, solía replicar que «un buen chiste no debe explicarse demasiado recurrentemente».

En esta línea estarían afirmaciones suyas como «El universo oculta su naturaleza noblemente, pero no recurre a ardides» -que se grabó en la chimenea de Princeton-, o la tan conocida «Dios no juega a los dados». Y es precisamente en relación a esta última que, en una fogosa discusión sobre el tema con Niels Bohr –con quien se llevaba muy bien personalmente-, y con Einstein jugando a Leibniz, Bohr le replicó en un momento dado:
«Einstein, por favor, deje de decirle a Dios lo que ha de hacer»

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