dijous, 17 de novembre de 2016

El corredor mediterráneo y la política en España








Como en las células anarquistas londinenses que nos describe Chesterton en «El hombre que fue jueves», tiene uno a veces la sospecha de que el gobierno español ha de estar repleto hasta las trancas de independentistas infiltrados con el único objetivo de fastidiar a España. Sólo así se pueden entender muchas de sus disposiciones, proyectos, realizaciones y actitudes del gobierno, no sólo con respecto al «procés», al cual aporta munición cada vez que empieza a andar escaso de ella, sino con respecto también al resto de España. Y si no es esto, entonces lo que hay es una falta de inteligencia política y de sentido común tan apabullante que desconciertan.

Hablando en serio, creo que el gobierno se está equivocando en su estrategia contra el proceso independentista catalán de forma estrepitosa. Hasta diría que de no ser por las insuficiencias constitutivas inherentes al propio «procés» y a las más que evidentes carencias y limitaciones de sus dirigentes, el independentismo podría adquirir en Cataluña una envergadura muy superior a la actual hasta constituirse en socialmente mayoritario y, por ende, entonces sí, imparable. Lo peor de todo esto es la falta de auténtico sentido de estado que delata, que no sólo perjudica a los catalanes –sean independentistas o no-, sino a todo el país. 

Porque hay cosas que conciernen a todo el país; es decir, a toda su ciudadanía. Y lo que no vale es aducir el argumento del interés común nacional para negar un referéndum en Cataluña, o un concierto económico –que sí tienen otros territorios-, mientras que por otro lado el mismo argumento se pasa por el arco de triunfo cada vez que la ocasión lo requiera. Un claro ejemplo de ello es el renovado empecinamiento del gobierno, elevado por enésima vez ante la UE, en priorizar el corredor central ferroviario de alta velocidad, frente al corredor mediterráneo, por el cual es evidente que siente incluso más aversión que displicente desinterés.

Es verdad que puede entenderse como un castigo a los díscolos para que se enteren de «quién manda». Sí, pero es una estupidez que a quien perjudica no es sólo a catalanes, valencianos, murcianos y (parte de) andaluces, sino a todo el país, en general, porque mantiene en fase de subdesarrollo viario a todo un arco mediterráneo que concentra cerca del 40% del PIB de toda España y la mayor parte de sus territorios más dinámicos y exportadores. Vamos -y esto no lo discute nadie-, de los que más tiran de la economía nacional.

Se mire como se mire, que a estas alturas no exista todavía el corredor mediterráneo en el país con más kilómetros de alta velocidad de toda Europa, no puede ser sino el claro exponente de una concepción patrimonialista y excluyente de lo español, que se sitúa a la misma «altura» política, moral e intelectual, que los más delirantes independentismos periféricos, equiparándose a ellos y convirtiéndose en su correlato, que es precisamente lo que a toda costa cualquier estado que merezca tal nombre debería evitar ni tan siquiera aparentar. Más aún en las actuales circunstancias.

Porque no se trata, contra lo que muchos puedan pensar, de un problema de centralismo. El centralismo puede ser inteligente o estúpido. Francia es centralista, pero no estúpida. Su centralismo es incluyente, no excluyente. Y su primera línea de alta velocidad fue para unir a sus dos más importantes ciudades y regiones, en lo demográfico y en lo económico, París y Lyon. Y luego, pues un orden de prelación razonablemente basado en este mismo criterio.

Claro que, según se mire, también puede que el reiterado y evasivo rechazo del gobierno al corredor mediterráneo obedezca a una previsión que contemple la eventualidad o la certeza de una Cataluña independiente en un previsible plazo. Porque de lo contrario, lo prioritario en estos momentos para España, es el culpablemente demorado corredor mediterráneo, en primer lugar, y probablemente el cantábrico, en segundo. Por cierto que nunca existió en España un corredor cantábrico ferroviario, ni siquiera convencional, sólo de vía estrecha, nunca mejor dicho; como el concepto de país que tienen todavía algunos, en el centro y en la periferia. Ahí sí que “tanto monta…” Política de vía estrecha, los «hunos», política de vía estrecha los «hotros», y política de vía estrecha, todos sin excepción.

Ante cosas así, resulta imposible no evocar a Paul Preston en una afirmación suya que ha quedado, diría yo, como una auténtica maldición que sigue ejerciendo su influjo: el desastre de la pérdida de las últimas colonias en 1898, se resolvió mentalmente con la interiorización del imperio en la metrópolis, con todo lo que a tal representación le es inherente. Lo del AVE y el arco mediterráneo es sólo un ejemplo, pero muy significativo de esta manera de entender España que, al parecer, sigue perviviendo. Porque ya digo, o es que se contempla la independencia de Cataluña como inminente, o no hay manera lógica de entenderlo.

Mientras tanto, seguiremos con las bizantinas discusiones sobre si España es una nación de naciones, un estado de naciones, una nación de estados… o lo que sea. Hoy por hoy, lo que desde luego acredita con este tipo de actitudes, es que sigue sin ser un estado moderno; y menos aún, un estado nacional.

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