divendres, 27 de maig de 2016

Arturo Pomar "in memoriam"




Ha muerto Arturo Pomar. A muchos este nombre no les dirá nada, pero pudo haber sido uno de los mejores jugadores de ajedrez de todos los tiempos; como los Ruy López, Murphy, Andersen, Capablanca, Tahl –mi favorito- o Fisher. Su mala suerte fue que estaba en el lugar menos adecuado en los tiempos más inoportunos. Lo explotaron como propaganda de niño prodigio, y luego una regalía para plebeyos perdedores: funcionario de correos y limosnas condescendientes. Así eran las cosas.

Jugué contra Arturo Pomar en una ocasión, en simultáneas, siendo yo uno de los doce simultaneados, claro; el simultáneo era él. En cierto modo, para mí era un reto. Mi padre le había ganado –en simultáneas- unos tropecientos años antes. Así que a ver si yo emulaba la gesta. Fue que no.

Se me ocurrió que si le complicaba la partida, igual sacaba tajada. Así que decidí complicársela desde la primera jugada, adoptando la defensa escandinava, tenida por inferior, pero que hay que conocer; el que se la complicó fui yo: me crujió a la jugada 21. Debo guardar todavía la cuartilla de la partida con su firma en algún lugar. Con orgullo legítimo.

Por entonces Pomar ya no era el que hubiera podido ser.  Aun así, ganó las doce partidas. Recuerdo alguna voz maliciosa comentando que su «especialidad» eran las simultáneas con que se ganaba la vida un pobre funcionario de correos venido menos que mendigaba la sobras por los entresijos del poco «glamouroso» mundo del ajedrez. Un comentario sórdido y zafio. Mejor hubiera sido ni citarlo.

Le había visto antes unos dos o tres años antes, cuando aterrizó como mirón en el campeonato juvenil de ajedrez de Cataluña, que se celebraba en la UGA –hoy UGE: Unió Gracienca d’Escacs-, al cual él había pertenecido, aunque, si no recuerdo mal, por entonces estaba todavía jugando con el KAS o el Sweeps, un equipo artificioso –de cuatro jugadores: Pomar, Díez del Corral, (la promesa) Bellón, y no recuerdo si acaso el cuarto fuera el ínclito Román Torán(!); vamos, como el fichaje de Di Estéfano por el Realísimo veinte años antes. Un montaje. Él, según comentaban los del lugar, siempre que podía volvía por allí a jugar sus partidillas y a tomarse sus carajillos; al barrio de Gràcia, ahora, por cierto, tan en el candelero mediático por razones absolutamente ajenas al objeto de esta entrega.

En la crónica enlazada, se cita a un histórico seleccionador soviético de ajedrez, Kotov, que le elogió diciendo que si en lugar de nacer en España hubiera nacido en la Unión Soviética, hubiese sido sin duda candidato al campeonato mundial. Y esto, no por menos cierto, merece un comentario.

A ver. Citar a Kotov como paradigma de seleccionadores –y como elogio para Arturo Pomar-, es como pensar que el paradigma de seleccionador de básquet fuera el inefable coronel Gomelslki -sempiterno seleccionador de baloncesto soviético- que hubiera dicho que un torpón como Luyck hubiera podido ser de la NBA. Pero esto requiere que les aburra con una muy breve historieta, no por historieta menos verídica. Mala glosa ha sacado PRISA. Es que no saben de ajedrez...

Lev Trotsky, besides being a communist, era un gran aficionado al ajedrez –lógico, le gustaba el champagne-. Entre conspiración y conspiración, practicó este noble juego y, según parece, no era nada malo, al contrario, muy bueno. Luego llegaron los tiempos de la revolución y acabó como todos sabemos. En el interín, y antes de ser comisario de guerra –organizó el ejército rojo-, le cayó un prisionero cuyo nombre le sonaba: Alexander Alekhine –o Aliojín, como se escribe hoy-. Era un compatriota suyo, pero esto no era nada raro, excepto los 150.000 mercenarios de los tres cuerpos de ejército del ejército blanco pagado y proveído por Inglaterra y «demás», la mayoría de prisioneros eran tan rusos como sus carceleros. Pero este Aliojín –o Alekhine-, tenía otras particularidades, besides being un reaccionario: era un famoso jugador de ajedrez, decían que el mejor de Rusia. Y probablemente era cierto.

Alekhine se convirtió en campeón mundial de ajedrez cuando venció al cubano José Raúl Capablanca. Por aquellos tiempos, los campeonatos de ajedrez funcionaban como todavía hoy en día los de boxeo: hay un campeón y aparece un aspirante con posibles; y si hay bolsa, o mafia, pues el campeón acepta y a ver quién vence. Todo en hoteles Belle Époque o, ya en el caso que nos ocupa «alegres años veinte». Tuvo lugar el duelo, y Alekhine, inferior Capablanca, le venció. Sobre esto, hay una leyenda negra.

El duelo fue en un Grand Hotel de Buenos Aires, en 1927. Capablanca era muy playboy, pero se llevó a su legítima al evento. La noche antes de la partida decisiva, su esposa le pilló in fragantti con una azafata del hotel. Al día siguiente –normal- Capablanca quizás hubiera estado para correr la maratón o para un combate de boxeo, pero no para una decisiva partida de ajedrez. Y perdió. Alekhine siempre se negó a concederle la caballerosa revancha siempre supuesta. Sólo aceptó a aspirantes incapaces de vencerle, como al pobre Ewve. Y aun así perdió, pero en el contrato, esta vez sí, la revancha era preceptiva.

Bueno, Trotsky, por más visionario que fuera, no podía adivinar el futuro. El caso es que soltó al prisionero Alekhine. Se dice que jugaron una partida y Trotsky le dijo que si ganaba él, lo fusilaba, si perdía, lo soltaba. Como perdió –hombre de palabra, viejos caballeros-, lo soltó, y poco después, con pasaporte soviético, Alekhine fue campeón del mundo. Pero es que Alekhine no sólo era un gran jugador de ajedrez y un ruso blanco. También fue pronazi.

Así que tuvo que exiliarse a la España eterna del centinela del Pardo o vigía de occidente, porque ni los franceses –nacionalidad que había adoptado antes de la guerra- lo querían en su casa. Luego residió en Portugal… Murió en 1946. Algo polémicamente.

En 1944, un niño, Arturo Pomar, le ganó una partida. Quedó muy impresionado y siguió durante el escaso tiempo de vida que le quedaba su trayectoria. Vio como lo quemaban a simultáneas exhibiendo un trofeo como si fuera la momia de José Antonio. Y como probablemente sólo le quedaba por amar al ajedrez, se percató de su genio y, contra su e(s)tilo ético proclamó que si no quemaban mezquinamente a aquel niño matándolo a exhibiciones simultáneas para mayor gloria del régimen, iba a ser el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos.

No pudo ser; lo quemaron. Fue, en mi opinión, el mejor elogio que se le pudo hacer jamás a Arturo Pomar, dicho por alguien que sabía de ajedrez, y mucho.
Don Arturo, hasta me gustó perder aquella partida. Cuando nos veamos en el cielo, acépteme jugar otra.

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