dijous, 18 de desembre de 2014

LA TENTACIÓN DETERMINISTA SUS VERSIONES BUFAS: un devaneo libre entre la Filosofía de la Historia y la payasada (III de IV)


 
Tampoco, más allá del indudable interés de sus respectivas obras, Spengler o Toynbee aportarán nada substancialmente nuevo al modelo hegeliano de la Historia, aunque sus respectivos sistemas estén desprovistos, tanto del optimismo metafísico, como del carácter productivo de la negatividad propio de la dialéctica hegeliana que es, a su vez, condición de la posibilidad de un progreso que incitaba precisamente a tal optimismo. Frente al filósofo de la historia, la historia filosófica. Sin duda hay que conocer ahora la historia para poder entenderla. Al carácter deductivo y a priori del primero, se le opone lo inductivo y a posteriori de los segundos. Pero sigue habiendo al final en ambos caso una lógica «fatal» que rige el devenir histórico.

Cambio de tercio. Muy probablemente, la más genial pretensión de matematización de la Historia nos la ofrezca el género literario de la ciencia ficción de la mano del genial Isaac Assimov en su saga de las Fundaciones, que entronca al final con la de los robots amigos del policía Elijah Baley. La idea es muy simple, a la vez que fascinante...

En un universo donde toda la galaxia ha sido ocupada por la raza humana, organizada bajo la égida de un impero galáctico cuya capital es Trántor, un científico algo atrabiliario, Hari Seldon, funda una nueva ciencia, la Psicohistoria. Se trata de una síntesis entre Psicología, Sociología, Historia y Matemáticas. Los fundamentos axiomáticos son, en principio, y como ha de ser, muy simples: el comportamiento humano, visto individualmente, es impredecible, pero tal incertidumbre va reduciéndose a medida que tratemos con grupos cada vez mayores de individuos. Y con millones de planetas colonizados por una población humana de trillones de individuos, Hari Seldon llega a la conclusión de que ya se da la masa crítica necesaria para poder predecir la futura evolución de los acontecimientos históricos con precisión matemática y mediante el uso de la misma.

Y funda la Psicohistoria, cuyo primer y único diagnóstico es demoledor. Aun aparentemente en pleno esplendor, el imperio galáctico está entrando en decadencia, y con él, la civilización. Una decadencia que llevará a un periodo de caos que durará unos diez mil años, hasta que surja un nuevo poder que rescate a la humanidad de la barbarie que se anuncia. Su objetivo, el del bueno de Hari Seldon, en la mejor de las aspiraciones fáusticas, es conseguir que este periodo de diez mil años de anarquía se reduzca a tres mil. Para ello, bajo la cobertura de un centro de estudios destinado al mantenimiento del saber y la ciencia, creará una Fundación en un planeta situado en los arrabales de la galaxia; y otra en el otro extremo, la Segunda Fundación...

Cómo se desarrollará todo esto lo dejo para los que ya lo saben, no sin recomendar encarecidamente su lectura a los que no lo hayan hecho todavía, ni sin avanzar que, en la más pura línea de los clásicos, al final de la saga sabremos que el propio Hari Seldon no fue más que un instrumento de designios mucho más «altos», sólo que en esta ocasión no se tratará de moiras ni dioses, sino de… un talentoso robot llamado Daneel Olivaw.
En lo que aquí nos ocupa, lo importante es la posibilidad real, puesta sobre un escenario de ciencia ficción, pero de evidentes analogías con la decadencia del Imperio Romano, reconocida por al mismo Asimov, de la posibilidad no sólo de predecir el futuro, sino también de incidir en él y modificarlo. Y es aquí donde, después de tan excesivo y seguramente abstruso exordio, llegamos a nuestro tema: las versiones «bufas» de las aspiraciones deterministas.
(CONTINUARÁ)

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