diumenge, 2 d’octubre de 2016

¿Pero hubo comité federal?

Imagen que está circulando por las redes. Obsérvese la presencia de algunos no psoecialistas.
 
Resulta que para forzar la dimisión del secretario general, dimiten diecisiete miembros que, añadidos a tres vacantes anteriores –una de ellas por fallecimiento-, sumaban la mitad más uno de la ejecutiva. Según unos, los estatutos del PSOE establecen que, en este supuesto, el secretario general y el resto de la ejecutiva quedan automáticamente cesados de sus cargos y ha de convocarse un comité federal que nombre a una gestora hasta la celebración de un nuevo congreso. Según otros, la ejecutiva queda en funciones, hasta que se convoque dicho congreso y unas (mal llamadas) primarias para que la militancia vote a un nuevo secretario general. Y según estos mismos, en ningún momento los estatutos hablan de gestora. Cabe añadir que ningún medio ha sabido mostrar el párrafo donde se habla de comisión gestora en los tan profusamente difundidos estatutos, durante estos últimos días. Bien.
Así las cosas, el para unos cesante, y para otros en funciones, secretario general, con lo que queda de su ejecutiva en idéntica tesitura, convoca un comité federal para que convoque, a su vez, las (mal llamadas) primarias y el congreso. Para los dimitidos y los suyos, dicha convocatoria es nula de derecho porque el órgano que la convoca no existe. Pero asisten. Una vez allí, en una atmósfera digna de Monthy Python, resulta que no se procede a debatir el orden del día de la convocatoria, ni aunque se ofrezca por una de las partes readmitir a los dimitidos que, por otro lado, con la lógica excepción del fallecido, ya estaban allí (?).
Entonces, y con un sentido de la estrategia que les pone a la altura de Johnny English, algunos del sector cesante o en funciones se sacan una urna de la manga y proponen que se vote otra cosa: ¿Qué hacemos con Rajoy? Al parecer, además, la urna era muy cutre y estaba detrás de una mampara de Ikea. Y nada, que si quieres arroz Catalina: discutiendo sobre si hay que votar poner a votación lo que sea.
Finalmente, el sector golpista presenta las firmas para una moción de censura del secretario general –tema que tampoco estaba en el orden del día de una reunión que, hay que insistir en ello, no reconocían-. Ignoramos si los dimitidos firmaron, pero todo indica que sí. Como mínimo sí que votaron. Y salió la destitución de Pedro Sánchez.
Y aquí viene lo más esperpéntico, a la vez que sospechosamente «inadvertido» por propios y extraños: los derrotados abandonan la sede y los vencedores siguen reunidos como comité federal para elegir a una gestora que va a tener menos poder que Amadeo de Saboya.
Y mientras tanto los vencedores seguían en Ferraz chalaneando con el nombramiento de la gestora, y los medios nos decían en directo que el comité federal seguía reunido para nombrarla, las imágenes simultáneas nos mostraban a los derrotados abandonando la sede ¿Pero qué comité federal ni qué narices, si allí se quedaron la mitad, con un tema no incluido en el orden del día, en una reunión que, además, no reconocían? ¿Qué maravillosa transubstanciación se produjo para que lo que era una convocatoria ilegal pasara a ser legal?
Luego, no menos penosas, las declaraciones, entre las cuales cabe destacar por su ramplonería las de un antiguo tertuliano metido a caricato de la política, anunciando que hoy acababa de renacer el PSOE y, agárrense, que lo que había motivado todo este despropósito, en ningún momento había sido una lucha entre partidarios del sí y los del no a un gobierno del PP. ¿Ah no? ¿Pues qué fue entonces? ¿Se puede ser más cutre?
Sí, claro que sí. Y lo comprobaremos a lo largo de los próximos días, cuando veamos a los histriones manifestar su repugnancia por Rajoy y sus políticas sociales, a la vez que  le facilitarán la investidura torticeramente. ¿Cómo? Pues ya veremos, pero lo harán. Puede que los dignatarios de la gestora recurran a una solemne proclamación, ante la excepcionalidad de la situación que vive el partido y la división entre la militancia, dando libertad de voto en la sesión de investidura. O incluso que, más capciosamente, se recurra a una fingida segunda insurrección, la de los explícitamente «patrioteros», y que el día de la votación se ausenten en número suficiente, o recurran a cualquier otro pretexto, para facilitar la votación. Esta última opción ofrecería la ventaja de permitirle a Susana Díaz votar «no», para intentar reparar su maltrecha imagen. Porque ha salido muy tocada.
Y porque, me mantengo en ello, el intríngulis radica en que no ha de haber terceras elecciones. Al final, y aunque me pese, justo es reconocerlo y nobleza obliga, la frase más incisiva y premonitoria ha sido la del ínclito Javier Solana: cuando se den cuenta de las dimensiones del desastre, todos querrán 85 diputados. Algunos, como sin duda él y su mentor González, ya lo sabían, cómo no, pero les da igual. Los otros, pues a saber… algo quedará para agradecer los servicios prestados.
Pero lo más gracioso de todo esto es la milagrosa transubstanciación acaecida en la reunión de este comité federal, que transitó de la ilegalidad a la legalidad, de la ilegitimidad a la legitimad, precisamente cuando lo abandonaron los perdedores y se quedaron los vencedores. Ahora todo el mundo parece darlo por bueno. Porque ganaron los «buenos». Como ha de ser. Eso sí ¿a qué precio?

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