dimecres, 19 d’octubre de 2016

Los silencios de Bob Dylan


Ya dije que Bob Dylan no me parece ni remotamente merecedor del nobel de Literatura, y que otorgárselo se me antoja una astracanada de dimensiones mastodónticas que, además, a quien rebaja no es al cantautor, sino al comité del nobel de literatura y a su secretaria permanente, una tal Sara Danius. Como es sabido, la Academia Sueca ha tenido que renunciar a comunicarle la noticia ante la imposibilidad de hablar con él. 

Y no es que Dylan esté de ejercicios espirituales o en el mundo de Mr. Tambourine Man –cualquiera de ambas cosas hubiera podido darse según el momento biográfico en que se le pillara-; no, está haciendo conciertos; sólo que no se pone al teléfono y, simplemente, no dice nada. No parece, pues, que sea un silencio esquivo, excepto en lo de no responder a las llamadas de la Sra. Danius –tan cariacontecida, ella-, sino más bien un silencio ostentoso: ya le está contestando. Aunque tampoco sé muy bien si este silencio  le enaltece o le envilece.

De entrada me inclinaría por lo segundo, muy especialmente porque está perdiendo una estupenda oportunidad de hablar. Claro que, bien mirado, silencios ha habido muchos a lo largo de la dilatada trayectoria biográfica de Bob Dylan. No seré yo quien se lo recrimine. Recuerdo que, en cierta ocasión, leí un artículo sobre Dylan cuyo autor le reprochaba que nunca se hubiera declarado de izquierdas. Una afirmación que, en todo caso, del único de quien nos habla es del autor del artículo y de su estupidez, no de Dylan. Como si no debiéramos leer a Tolstoi porque fuera un personaje más bien turbio, o debiéramos rechazar la física de Newton porque, como persona, fuera un ser más bien siniestro.

Por lo demás, estoy seguro de que este silencio de ahora no obedece en absoluto a que esté atribulado por la embriaguez de la dicha ni, tampoco, avergonzado y sin saber cómo salirse del apuro. De ninguna manera. Yo diría que este silencio es puro desdén. Un desdén que sin duda la Academia Sueca ha acreditado merecer al concederle el galardón.

Y mira por donde, aunque sea un efecto totalmente indeseado y por completo ajeno a las intenciones de su autor, resulta que al final igual acaba enalteciéndole. No por su intencionalidad moral, desde luego que no, sino porque les paga como se merecen. Eso sí, seguro que el importe del premio lo cobrará a través de su agente. Otra bofetada.

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