dijous, 27 d’octubre de 2016

La insoportable levedad educativa


Ayer hubo una huelga de estudiantes contra las reválidas previstas por la LOMCE -valga decir que la utilización del término «huelga» para describir una acción de protesta estudiantil no me parece la más apropiada, pero admitámosla, está al uso-. Casi al mismo tiempo, en su discurso de investidura, el candidato a presidente del gobierno anunciaba la moratoria y, prácticamente, renunciaba implícitamente a los aspectos más polémicos de la LOMCE. Lo de «polémicos» entiéndase mediáticamente hablando; porque los aspectos verdaderamente polémicos de esta ley han brillado por su ausencia en el debate que se desató desde el primer momento en que el inefable Wert empezó a pergeñarla.

Y que Rajoy se desdiga una vez más tampoco debería quitarnos el sueño. Hace ahora casi cinco años, en otro discurso de investidura, el mismo personaje anunció un bachillerato de tres años que luego decayó misteriosamente sin explicación alguna y, lo más curioso, sin que casi nadie preguntara por las razones de tal decaída.

De momento, lo único que uno es capaz de colegir es que los estudiantes y los creadores de opinión prefieren la selectividad a la reválida, es decir, una prueba de acceso a una prueba de graduación. Porque lo de los exámenes externos no es creíble, puesto que entonces las protestas reclamarían la supresión de dichas pruebas «vengan de donde vengan», y parece que no es exactamente así. Tampoco, la verdad, se le ocurre a uno ninguna razón de peso para pensar que la reválida fuera a ser más difícil que la selectividad; y los mismos criterios que sirven para la nota de corte, especialidad y todo esto, a la hora de escoger facultad, sirven en principio exactamente igual para la selectividad que para la reválida. De modo que, bueno, habría que preguntárselo a los creadores de opinión. Ellos sabrán por qué y porque.

Lo que está claro es que la LOMCE es una ley mala cuyos únicos aspectos positivos, pocos y diluidos en un océano de despropósitos, son precisamente los que están decayendo. Sin duda, en los próximos tiempos volveremos a asistir a sesudos debates, parlamentarios y mediáticos, sobre los temas educativos tácitamente asumidos por los bandos en liza como campo de batalla para dar pábulo a sus respectivas parroquias: que si religión (católica) sí o que si religión (católica) no; que si inmersión lingüística sí o que si inmersión lingüística no; que si las nuevas tecnologías, que si internet y el móvil como herramientas de aprendizaje en las aulas, que si el calendario escolar; que si el sursuncorda… en fin, lo de siempre y más de lo mismo.

Pero no asistiremos, mucho me temo, a ningún debate sobre la mercantilización de la enseñanza, o sobre el engaño de la escuela inclusiva, o sobre la cultura del esfuerzo, o sobre los charlatanes educativos… Esto, todo esto, ya está tácitamente consensuado y, perdón por la expresión, «maricón el último».

En educación, como en tantos otros aspectos, este país se mueve entre la xenofilia y la xenofobia más ramplonas y papanatas, con las inevitables y, por lo general casposas, aportaciones autóctonas. Admiramos a Finlandia por sus éxitos en PISA, pero no queremos ver que a estos éxitos subyace una tradición de cultura del esfuerzo que, a medida que se va perdiendo, dicho país va bajando puestos en el ranking; o que comunidades relativamente comparables en cuanto a población, como Madrid, Cataluña o Andalucía, son infinitamente más heterogéneas y heteróclitas que Finlandia; factores climáticos aparte (por el tema del calendario escolar).

Y repugnamos de Corea, China o Singapur, porque parten de la exigencia académica como base, y luego desdeñamos, o nos escandalizamos, que en una prueba de matemáticas de la reválida china, pongan problemas que en Inglaterra son de tercero de universidad; o que sus alumnos de 8 a 14 años sepan resolver el problema de Sheryl, que tanto revuelo armó por aquí. Sí, culturalmente son distintos, admitámoslo ¿pero ha de ser este un factor determinante a la hora de aprender y entender el teorema de Pitágoras o las leyes de Gay-Lussac, o de leer a Platón, Shakespeare, Dante o Cervantes? ¿Somos realmente conscientes de lo que estamos diciendo si atribuimos estas diferencias a razones culturales?

Y seguimos, seguiremos, con toda probabilidad, juzgando nuestras propuestas educativas –como dice Gregorio Luri- por la altura de sus intenciones en lugar de por sus resultados. Y por eso rechazamos cualquier contrastación que nos permita conocerlos, corregir y avanzar. Y es que al final, como proseguía el mismo Luri, la peor evaluación es la que no se realiza. Guste o no guste.
Pero evaluar no está de moda y es discriminador. A a menos, claro, que los evaluados sean los docentes y los evaluadores economistas o pedagogos. Y así nos va… y así nos seguirá yendo, mucho me temo.

2 comentaris:

  1. Y no se ve tierra a la vista, Xavier. Bravo por el artículo. Más claro, el agua.

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  2. Pues no, la verdad es que no hay tierra a la vista. Es verdad que cada vez hay más voces críticas -tu propio libro sería un buen ejemplo-, pero para cada uno que, desde las más diversas posiciones y opciones, denuncia el desaguisado, surge la legión de sicofantes a sueldo. La verdad, me gustaría pensar, siguiendo con el símil de "tierra a la vista", que yendo hacia América, hubiéramos acabado de dejar atrás las Canarias.

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