dimarts, 3 de març de 2015

LOS PROCESOS DEL «PROCÉS»



Empieza uno a detectar que, efectivamente, el «procés» está perdiendo fuelle. Sobre todo intersubjetivamente. El hechizo que en su momento galvanizó a cerca de un 35% de la población catalana en torno al proyecto independentista ya no parece ejercer su influjo con la misma fuerza que hace tan sólo unos meses. Y van apareciendo otras consideraciones, no sólo de carácter objetivo, como la eventual inviabilidad de la independencia de Cataluña, ora por razones políticas, ora económicas, sino también de naturaleza alternativa, aquellas que permiten salvar la cara sin reconocer explícitamente haberse equivocado.

No me estoy refiriendo a los independentistas de toda la vida, muchos de los cuales siempre fueron algo escépticos ante el aluvión de conversos que iba engrosando sus filas, sino precisamente a estos independentistas sobrevenidos que ahora, frente al principio del placer, empiezan a considerar la inexorabilidad del principio de realidad con sus consiguientes sublimaciones, que van desde la substitución del objeto de deseo, hasta la racionalización de su inalcanzabilidad.

No cabe duda que las trifulcas politiqueras surgidas en el seno del movimiento han influido en este desencanto, y cierto también que la administración de la tensión ha sido pésimamente gestionada. El bochornoso espectáculo que han ofrecido los dirigentes del movimiento, desde sus cúpulas políticas hasta sus ramificaciones «civiles», ha sido como para echar para atrás al más entregado; y en cuanto a la tensión, a menos que creyeran de verdad que Cataluña iba a ser independiente para el próximo Sant Jordi, estaba claro que no podía sostenerse. Pero si bien ambos factores pueden haber sido el detonante que conjuró el sortilegio, lo cierto es que luego han ido surgiendo otro tipo de consideraciones.

Sea como fuere, no deja de ser significativo que quienes (para mi sorpresa) hace sólo unos meses estaban en posiciones furibundamente independentistas, ahora se planteen, aun sin abjurar del todo, que para llegar a la independencia se requiere de una mayoría social mucho más amplia que el millón ochocientos mil que fueron a votar el 9-N, a la vez que admiten que nunca se llegará a esa masa crítica necesaria; es decir, que el proceso, o ha abortado o está condenado, en el mejor de los casos, a una situación de estacionariedad a la baja.  O que otros pongan ahora en primer plano sus redescubiertas inquietudes sociales y sus convicciones de izquierdas, preguntándose entonces uno si se trata del efecto PODEMOS o si, por el contrario, PODEMOS es el objeto de deseo substitutorio de la frustración con el anterior. Puede que sólo sean indicios microscópicos, sin ninguna significatividad social, que uno cree haber detectado recientemente su propio entorno. Pero lo macroscópico, hasta donde podemos saberlo, también parece apuntar de forma sostenida un repunte de estas tendencias. Es decir, hacia un reflujo del «procés».

Superestructuralmente se vende como un descanso para recobrar fuerzas, mientras tanto se asegura estar profundizando en la creación de unas supuestas estructuras de estado que, a la vez que se presentan ahora como totalmente ineludibles, entretienen y justifican el quehacer cotidiano de los políticos implicados y de sus paniaguados. Pero se percibe un cierto debilitamiento del discurso: la misma escenificación, pero más forzada, como si de un paripé se tratara. Resulta ahora que, por lo visto, no basta con la constitución elaborada por inefable juez Vidal –posible nº 2 por ERC-, y se requiere de una segunda que ya se ha encargado a quien debidamente corresponda. Se insiste en la creación de una agencia tributaria catalana inviable, legal y operativamente, pero que ofrece acomodo a los fieles untados por la causa. Un cachondo propone la creación de una Banca Popular Catalana -quítenle lo de popular y a ver qué queda-. Los medios ¿qué decir? Siguen a la suya, pero también con síntomas de agotamiento, de hastío…
No sé… Igual sí que se trata solamente de un interludio, pero sigo pensando que intersubjetivamente, la cosa ha perdido fuelle.

1 comentari:

  1. Al nacionalismo catalán le queda lo que respire el Patriarca. El día en que muera Mossèn Pujol muchos harán lo que Haro Tecglen; es decir, renegar del mito que un día adoraron. Y es que el nacionalismo, como el fascismo, deja herencias de soslayo. Por cierto, Pujol (y sus hijos) podrían dejar toda su herencia a las arcas de la Generalitat y a los catalanes y así ganarse un poco más el cielo pero me temo que no lo harán.

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