dilluns, 28 de març de 2016

El movimiento no se demuestra andando (Aproximación conjunta a “Contra la nueva educación”, de Alberto Royo, y a “La conjura de los ignorantes", de Ricardo Moreno Castillo)



De aparición casi simultánea, y aunque con estilos diferenciados y distintas perspectivas de enfoque, ambos trabajos llevan ineluctablemente a una descorazonadora e insoslayable conclusión: el mundo de la educación está en manos de farsantes cuya catadura intelectual es perfectamente homologable con lo que, en otros ámbitos, representan los curanderos y la santería, frente a la medicina, o los astrólogos frente a la astronomía. Y esto es algo con lo cual, definitivamente, hay que contar si queremos hablar de educación.

Se trata ciertamente de una evidencia al alcance de cualquier persona en su sano juicio y con unos mínimos de sentido común. Pero la evidencia, en sí misma, no es sino la mostración de una verdad indiciaria, no su demostración. Según nos cuenta la tradición, el viejo Zenón de Elea estaba disertando ante un grupo de colegas sobre la imposibilidad del movimiento, a partir de sus famosas aporías; que si Aquiles nunca podría alcanzar a la tortuga, que si la flecha nunca alcanzaría el blanco… En mitad de su discurso, uno de los presentes se levantó y empezó a andar alrededor del corrillo que formaba el grupo. Todos parecieron entenderlo al instante: el movimiento se demuestra andando. El pobre Zenón debió quedar como un cretino, como un iluso…

Sin embargo, eso de que el movimiento se demuestre andando dista mucho de ser la última palabra sobre el tema. Porque, contra lo que podría pensarse, se trata de una conclusión falsa que confunde conceptualmente «mostrar» algo con «demostrarlo». Lo que el bueno de Zenón nos presentaba no era, ni mucho menos, la imposibilidad del movimiento, sino cómo nuestra noción de él, a poco que la forzásemos, nos llevaba a concluir su imposibilidad. Lo que se infería de ahí no era, pues, la imposibilidad del movimiento, sino la necesidad de redefinir nuestra noción de él para poder explicarlo sin incurrir en contradicción. Cierto es que andando se muestra el movimiento, pero esto ya lo sabía Zenón; demostrarlo, en cambio, es otra cosa, de naturaleza distinta y mucho más compleja que la simple ocurrencia de andar a la vista de todos.

Y éste es en mi opinión el gran mérito de estas dos obras, demostrar la falta de enjundia, el carácter falaz y la naturaleza profundamente ignara que a diario nos es mostrada, desde hace ya demasiado tiempo, en temas educativos. Tal vez a algunos les pueda parecer ocioso que alguien dedique su talento, y su tiempo, a demostrar que la mayor parte de los discursos pedagógicos, hoy hegemónicos, son pura filfa. Pero si, igual que al pobre Zenón, no nos basta con que nos muestren el movimiento, entonces estamos ante dos libros tan necesarios como imprescindibles. Y justo es admirar el tesón con el que, sin duda, ambos habrán tenido que arroparse, para combatir la desazón que ha de producir saberse invirtiendo inteligencia y energías para refutar estupideces y majaderías.

Puestos a distinguir entre ambos libros, diríamos que Alberto incide especialmente en el carácter de farsa propio del estado educativo actual, y las propuestas pedagógicas que agrupa bajo la denominación de «nueva educación», cuya característica constitutiva se encontraría en el énfasis de lo trivial y el olvido de lo relevante; es decir, en su frivolidad intrínseca. Ricardo, por su parte, abunda en el carácter organizado de la ignorancia como proyecto, poniendo de manifiesto, además de su naturaleza capciosamente engañosa, su exasperante vacuidad. En resumen, y en ambos, queda claro que, con las modernas pedagogías, no nos las tenemos con ningún tipo de fatal accidentalidad más o menos anecdótica –a la manera de una nubecilla de verano o una fugaz moda-, ni en lo tocante a su frivolidad ni a su ignaridad, sino con un proyecto y su correspondiente confluencia de intereses, tan concretos como inconfesables.

Claro que, como siempre, toda demostración sugiere nuevas preguntas, cuyas respuestas requerirán, a su vez, las consiguientes demostraciones. Así, y asumiendo que en temas educativos, estamos mayormente en manos de farsantes y advenedizos, frívolos e ignaros, a los que en otras instancias habrían corrido a gorrazos en las primeras de cambio, y si no nos damos por satisfechos con el aforismo según el cual Dios creó a la estupidez para confundir a la inteligencia,  (Corintios, 1:27), entonces surge la siguiente e inquietante pregunta: ¿Por qué no ha sido así en educación?
Trataremos de dar con la respuesta.

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