divendres, 11 de setembre de 2015

LA LARGA CUENTA ATRÁS Y EL DÍA DE LA MARMOTA (11 de septiembre de 2015)



Una cuenta atrás no es exactamente lo mismo que una cuenta hacia adelante; ni aunque el camino recorrido en el tiempo transcurrido sea el mismo. En toda cuenta atrás hay algo de insoslayable y de truculento, de determinista y de situación límite. Uno puede pensar la vida como una singladura hacia adelante o hasta hacia ninguna parte, o también puede pensarla atormentado y con ansiedad porque sabe que cada segundo que transcurre, es uno menos que le queda hasta el segundo «cero» que será su muerte. En este último caso, estaríamos ante una concepción de la vida como una cuenta atrás. Porque no es lo mismo poner el contador a cero y empezar a contar, que poner el cero como punto final.

La diferencia entre ambas maneras de entender un recorrido no es material ni cuantificable, pero tampoco ni mucho menos baladí. Es una diferencia de disposición de espíritu. De cuál sea dicha disposición dependerá el sentido que adquiera el recorrido. Porque no es lo mismo, en definitiva, el viaje a Ítaca, que Ítaca como destino final al cual todo el trayecto está supeditado. El poeta pensaba en lo primero, el cantante que lo tradujo y musicó al catalán, hoy flamante candidato, en lo segundo.

La cuenta atrás es ella misma un pretexto que, bajo la supeditación del recorrido a un objetivo que se alcanzaría en el punto cero, enmascara otro del cual es vicario, porque no es el recorrido lo que cuenta, ni el objetivo, sino la propia cuenta atrás. Podemos pensar, o se nos puede prometer y nos lo creemos, que al final de la cuenta atrás se abrirá un nuevo escenario donde realmente podremos poner el contador a cero, pero lo cierto es que siempre, lo que aparece a continuación es una nueva cuenta atrás. Porque no se trata entonces de recorrer etapas, sino de quemarlas. La idea de cuenta atrás no es un progreso, sino un regreso donde el punto final marca el inicio de una nueva secuencia hacia un nuevo punto final cualitativamente indiscernible de cualquier otro anterior o ulterior. Como la Voluntad empírica schopenhaueriana, que no es voluntad de esto o de aquello, sino voluntad de voluntad; en nuestro caso, voluntad de cuenta atrás.

En el plano colectivo, la cuenta atrás como fin en sí misma tiene un claro objetivo, el mantenimiento de la tensión y el control y dominio de la situación, mientras creemos estar quemando etapas hacia un objetivo que no es en realidad sino el eterno retorno del punto cero. El punto cero pretextado ha sido con frecuencia denominado utopía, un concepto proteico donde los haya, aplicable por igual a un roto que a un descosido. La utopía, sea la que sea, puede concebirse, o presentarse, bajo dos perspectivas: como un absoluto cuya realización material es una exigencia inexcusable, o como un referente al cual, desde nuestra finitud constituyente, debemos tender, a la manera de las ideas regulativas kantianas.

En el caso de la utopía como absoluto, como escenario último al cual toda acción debe supeditarse, y dada su inevitable postergación en un no-tiempo al que el tiempo real queda supeditado, estaríamos en el modelo de la cuenta atrás. Es el pretexto bajo el cual se solapa una realidad que, desde la perspectiva del mantenimiento y modulación de la tensión, se justifica inconfesadamente por sí misma desde la lógica del poder. El problema viene si a esto le damos fecha de caducidad; si irrumpe en el tiempo real el final de la cuenta atrás.

En Catalunya llevamos ya una larga cuenta atrás. Algunos dicen que de trescientos años; hoy se cumpliría precisamente el trecientos uno. Más prosaicamente, hoy entraríamos en el cuarto año de la última cuenta atrás. Cierto que ha habido otras cuentas atrás que se ven como tales, tanto desde la visión del independentismo actual sobre su propio recorrido, como desde muchos de sus detractores, prisioneros, conscientemente o no, de las categorías independentistas que simplemente multiplican por menos uno. Hasta entonces, la independencia de Cataluña podía haber ejercido un sin duda nada desdeñable influjo, como referente o idea regulativa, en el imaginario colectivo catalanista, y como lugar común sentimental. Pero la última cuenta atrás emprendida exige su realización material efectiva, y en unos plazos muy concretos.

Llevamos hoy ya, desde el 2012, tres años de «procés»; de cuenta atrás hacia la independencia, desde que el Sr. Mas y sus corifeos decidieron jugárselo el todo por el todo en una apuesta, ciertamente arriesgada, pero, también hay que reconocerlo, obstinada y decididamente resuelta; otra cosa es que sea un viaje a ninguna parte o hacia el desastre, a lo largo del cual su propio adalid y mentor ha perdido ya unas cuantas plumas. Desde que decidió convocar elecciones anticipadas para conseguir una mayoría excepcional y presentarse  con ribetes mosaicos, perdiendo doce escaños y pasando a ser rehén de sus propios empesebrados, hasta presentarse ahora como presidente emboscado, como número cuatro y rodeado de folclóricos y folclóricas, ha llovido ciertamente mucho.

Tampoco el «procés» ha ido a más en estos tres años. Al contrario, uno diría que se encuentra en fase más bien menguante. Y las dificultades sobrevenidas han tenido mucho que ver en un cambio de actitud que ha desvelado la que probablemente sea su auténtica faz, que tanto ofende cuando se menta, y que lo está deslegitimando moral y políticamente cada vez más. De la holgada mayoría social y hegemónica que se planteaba como requisito sine qua non para afrontar el proceso hacia la independencia, se pasó luego a asumir que bastaría con un 50,01% de votos independentistas para proclamar unilateralmente la independencia. Y de allí a proclamar que, simplemente, aun con la mitad más uno de escaños en el Parlamento catalán -68 diputados- bastará para la declaración de independencia. Un porcentaje que, en votos, podría muy bien estar incluso por debajo del 40% de los votos emitidos, dadas las particularidades del sistema electoral catalán y que, en cualquier caso, si demuestra algo es que, en el mejor de los supuestos, el «procés» está estancado. Pero no muerto.

Cierto que se aduce la prohibición de un referéndum que, como en Escocia, por ejemplo, resolviera el tema de un plumazo. Un error sistémico español del que se ha nutrido el independentismo. Pero también lo es que las últimas encuestas conceden a todo el independentismo –la lista de Mas y las CUP-, como mucho, una exigua mayoría absoluta, mucho menor, en cualquier caso, que la actual CIU+ERC+CUP. Y más cierto aún que, más allá de la legalidad vigente y de la actitud  del gobierno español, considerar que un 40% de los votos pueda legitimar una declaración de independencia, insinúa unos déficits de sentido democrático, acaso desde siempre latentes, cada día más manifiestos. Podría uno entonces preguntarse ingenuamente por qué, si ahora tienen más mayoría que la que tendrán después del 27-S, no declaran ya unilateralmente la independencia.

Son sin duda las servidumbres del modelo de cuenta atrás actualizado que el propio Sr. Mas se autoimpuso. Porque cuando el tiempo se agota y las expectativas no se cumplen, está uno abocado al fracaso o a la nada. Y sólo queda la huida hacia adelante.

Probablemente fue por su parte un error de cálculo debido a los endémicos déficits de formación política e intelectual propios del nacionalismo catalán, que ya había detectado Gaziel en su momento. Adelantar la fecha de caducidad que representa el final de la cuenta atrás, y ponerla en el tiempo real, es algo que ningún político en sus cabales haría jamás con objetivos incluso de dimensiones mucho más modestas. Claro que a lo mejor, desde CIU y Mas se pensó que era la única posible salida para contrarrestar la evidente pérdida de influencia y prestigio. Porque lo importante en política es el mantenimiento y ejercicio del poder. Y CIU lo ha ejercido con la más absoluta discrecionalidad sectaria durante muchos años, demasiados como para renunciar a él. Y acaso Mas pensó que apropiándose del discurso independentista, conseguiría desviar la atención sobre sus corruptelas, sus privatizaciones dolosas y sus sañudos recortes sociales y económicos. Y en parte fue así, pero sólo en parte. Y al precio de poner en el tiempo real el final de la cuenta atrás. Un final que, como la fecha de vencimiento de un pacto con el diablo, es impostergable.

Y a lo mejor no es solamente que se le haya visto el plumero y lo de la independencia fuera un pretexto para desviar la atención y seguir en el poder, un pretexto que ahora exige inexorablemente un cumplimiento que no está en condiciones de efectuar. Puede también que ahora esté descubriendo que, como afirma hoy Isabel Coixet en un muy recomendable artículo en El País, «El día de las marmotas»: A muchos, sin fascinarnos para nada la idea de España, tampoco nos repugna. Algo sin duda aplicable también  a tantos y tantos españoles fuera de Cataluña.
Y con el cronómetro no hacia adelante para ver qué registro consigo, sino hacia atrás y acercándome peligrosamente al punto cero, puede ser un descubrimiento duro, muy duro. A menos que todavía le quede algún conejo en la chistera, y nos quedemos para siempre en el día de la marmota.
 
 

1 comentari:

  1. Estupendo el artículo, Xavier. No sé si conoces esta entrevista. Creo que tiene interés.

    http://ctxt.es/es/20150909/Politica/2187/Catalu%C3%B1a-Lopez-Tena-Mas-independencia-Catalu%C3%B1a-Espa%C3%B1a-.htm

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