divendres, 10 de juliol de 2015

LA POLÍTICA SIN POLÍTICOS



La penúltima vuelta de tuerca del procés ofrece a mi entender una novedad que, aun sin serlo del todo, es en lo formal altamente significativa en lo tocante a la naturaleza profunda de todo nacionalismo, yendo por tanto mucho más allá de los estrechos avatares de la política catalana, a la vez que, en cuanto a sus contenidos materiales, arroja una luz definitiva sobre las especificidades propias del nacional/independentismo catalán y los mecanismos de articulación ideológicos, culturales y de control social bajo los que se ha constituido y desarrollado hasta llegar a su forma actual. Me estoy refiriendo a la propuesta, que según se dice está cada vez tomando más cuerpo, de presentar en las próximas elecciones catalanas del 27-S una lista única de «notables» del independentismo, sin políticos en ejercicio, cuyo único punto de programa sería la proclamación de la independencia. Una lista «civil», «ciudadana» o «de país», según sus promotores, al margen de los partidos políticos.

La lista independentista sin políticos, auspiciada curiosamente buena parte del aparato político independentista y presentada como apolítica, se está vendiendo como el revulsivo de un independentismo en retroceso, pero ni mucho menos derrotado, cuyo actual estado de impasse se atribuye a las continuas trifulcas entre los políticos por la capitalización del proceso. En cambio, se plantea desde ciertos sectores independentistas, con una lista de «notables», aunque más bien habría que decir «famosos», a tenor de los nombres que se están barajando, hay muchas más probabilidades de obtener los 68 escaños que dan la mayoría absoluta. Una mayoría que, en cambio, las formaciones independentistas –CDC, ERC, CUP- parecen estar muy lejos de conseguir, ya concurran conjuntamente o por separado.  Habría que verlo, ciertamente, pero lo que a uno le inquieta, tanto por lo formal como por lo material, es lo implícito a esta propuesta de una lista política sin políticos.

En lo formal, esto de la lista «de país» sin políticos más bien le induce a pensar que el nacionalismo catalán se ha envuelto definitivamente y a la desesperada en el Volksgeist de siempre y ya sin atenuantes. El recelo a los políticos no es nuevo entre los esencialismos, muy especialmente los de naturaleza identitaria y nacionalista, para los cuales la «política» y los «políticos» siempre se han visto como algo con connotaciones claramente peyorativas. Y la política de partidos propia de los regímenes democráticos también. Precisamente porque son facciones que no representan al todo de la nación. Parece ser, pues, que con este último movimiento, al independentismo ya no le importa exhibir el tufo reaccionario que emana de su propuesta. Y no creo que se trate de ninguna transmutación, sino más bien de jugárselo todo a la última carta del tarro de las esencias. Van a por todas, de esto no me cabe la menor duda.

Con el Ancien Régime, el monarca absoluto era la representación suprema de su propio poder, y como no podía ser de otra manera, el rey no hacía política, estaba por encima de ella y de sus leyes. Estamos ante el concepto preilustrado de nación y con esto es con lo que nos las estamos habiendo. Los absolutismos, las dictaduras, los identitarismos y los nacionalismos siempre han depreciado la política. Franco recomendaba a sus ministros que no hicieran «política». Jordi Pujol, a su vez, se ufanaba de supeditar la política a una categoría superior: «fer país».

El esquema es en el fondo muy simple. Si los políticos, apegados a sus prebendas e intereses partidarios, son incapaces de articular el clamor popular por la independencia, que se hagan a un lado y que la expresión más pura de las esencias del país lleve a cabo la tarea. Luego, bajo el nuevo escenario, ya se les dejará que vuelvan y ocupen su puesto natural. Así, una vez el espejismo toma cuerpo, lo único que queda por resolver entonces son los aspectos materiales de esta candidatura, cómo y quiénes la articulan.

Apartados los políticos y los partidos, la articulación de esta lista de «país» correría a cargo de los gurús de las asociaciones y plataformas de base más nítidamente independentistas, léase ANC, Òmnium, AMI etc. La paradoja es que se trata de entidades todas ellas inyectadas de subvención pública por los mismos partidos en el poder que ahora dicen cederles temporalmente el testigo. Y eso, se mire cómo se mire, ya huele mal, muy mal, porque su supuesta «independencia» de lo «político» no sólo no es tal, sino que, muy al contrario, han sido diseñadas desde el poder para ejercer de avanzadillas de combate y agitprop al servicio del poder. Pero no es esto lo único que huele mal. ¿De dónde piensan obtener dichas entidades los fondos necesarios para llevar a cabo su campaña electoral? ¿De los partidos políticos? ¿Del gobierno de la Generalitat? ¿Mediante una cuestación a lo crowdfunding a través de la red?

¿Y mediante qué procedimiento se elabora la candidatura? ¿Unas primarias a las que concurrirían todas las personalidades independentistas de la sociedad civil que lo desearan y a los que votarían los electores catalanes dados de alta como independentistas, a lo caucus americano? No, nada de esto. La lista, más menos, ya se conoce. Lo que se desconoce es el orden de la lista, pero esto, dado su carácter apolítico y absoluta falta de cualquier afán de protagonismos, es una nimiedad. La mano que mece la cuna podrá elaborar las candidaturas en el orden que considere más oportuno.

La nómina de «notables» que van surgiendo para rellenar la lista, por su parte, arroja también mucha luz sobre las categorías políticas, culturales, sociológicas y antropológicas sobre las que se ha construido el nacionalismo catalán, desde el pujolismo hasta el postpujolismo de hoy en día; eso que un servidor ha denominado el nacional-futbolismo, porque las categorías conceptuales con que opera tradicionalmente el nacionalismo catalán, más bien son futbolísticas que políticas. No son entonces de extrañar algunos de los nombres que aparecen entre las figuras estelares del posible nuevo sanedrín catalán: Guardiola y Piqué, por ejemplo, debidamente flanqueados, eso sí, por destacadas activistas del independentismo como la señoras Forcadell y Casals–de la ANC y Òmnium, respectivamente- y alguna que otra monja. Se barajan también nombres como Josep Carreras, Lluis Llach o Laporta… todos ellos han manifestado al parecer su disponibilidad, así como actores, periodistas y «famosos» en general, dentro del ámbito independentista. Y sin duda también, algún intelectual orgánico.

La pregunta me parece obvia: ¿Puede alguien tomarse en serio tamaña astracanada? Pues parece que sí. A uno, en su ingenuidad, lo confieso, sigue pareciéndole absurdo que para mucha gente el voto a favor o en contra de la independencia, porque de esto se trata, dependa de si concurre a las listas un entrenador de fútbol, un tenor o un cantante. Pero eso es lo que hay. Al menos si es verdad que, como indican las encuestas, las tres formaciones independentistas -CDC, ERC y las CUP-, ni juntas ni por separado alcanzarían en ningún caso los 68 escaños que dan la mayoría absoluta; y si también fuera verdad que dicha lista sin políticos podría alcanzar hasta los 75. Sobre este último dato, el de los 75, no tengo información de ninguna encuesta, por ahora.

Claro que tampoco es oro todo lo que reluce. Algún político se resiste a perder el protagonismo y ahora está contemplando, una vez más, una lista mixta de políticos y personalidades, encabezada, claro, por él. Y de nuevo tenemos el problema, que reaparece como el Guadiana y se repite como el día de la marmota: Junqueras no traga. Y vuelta a empezar. Mas tiene hasta el 2 de agosto para convocar las elecciones, y si no resuelve su futuro no creo que las convoque. Cierto que si no las convoca lo tiene muy mal, porque las propias fuerzas que ha desencadenado pueden revolverse contra él y devorarle. Pero sigo pensando que el 27-S no habrá elecciones.

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