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dimecres, 13 de desembre del 2017

El auténtico tesoro de Sijena


Parece bastante claro, al menos desde una perspectiva lógica, que los mismos argumentos que justificaban en su momento el retorno de los papeles de Salamanca a Cataluña, valen también para la devolución a Aragón de las piezas que estaban en el museo de Lleida. Y no me parece relevante que, en el primer caso, el expolio documental proviniera de una incautación amparada en el derecho de conquista –como farfulló Torrente Ballester ante una furibunda masa helmática contraria a la devolución-, mientras que en el segundo las adquisiciones artísticas se ampararan en un contrato de compra-venta que, según parece, no era del todo ajustado a derecho.
Cabría igualmente suponer que quiénes fueron favorables a la devolución de los legajos, deberían serlo también ahora de las maderas en litigio.  Igualmente a la inversa. Es decir, lo lógico sería pensar que los que consideraron la devolución de los papeles un expolio del patrimonio salmantino, ahora pensaran que se trata de un expolio del patrimonio catalán. No está de más recordar que, en ambos casos, la policía tuvo que entrar de noche en las respectivas dependencias. Y que también en ambos casos, hubo algaradas protagonizadas mayoritariamente por gentuza que no ha entrado en un museo en su vida, o que si lo ha  hecho, como si nada.
Pero no parece que sea así, sino que más bien se detecta una muy significativa asimetría que los propios interesados deberían explicar, si es que pueden. Por un lado, los más conspicuos enemigos del traslado de los papeles de Salamanca están actualmente entusiasmados con el retorno de las piezas a Sijena, con unos argumentos prácticamente idénticos a los que, en su momento, utilizaban los favorables igualmente conspicuos, quienes, a su vez, han hecho ahora suyos los de sus antagonistas de entonces, en un grotesco intercambio de argumentarios que, digámoslo claramente, no dice mucho de su coherencia lógica, aunque sí de su estupidez o de su mala fe, según sea el caso.
Y es que el auténtico tesoro de Sijena no son las piezas en disputa, cuyo valor artístico desconozco, pero que no parece que sean precisamente equiparables a la Gioconda o a la Piedra de Roseta, sino la golosa posibilidad de aprovechar la ocasión para seguir suscitando agravios que entretengan a los feligreses de las respectivas parroquias. Nunca mejor dicho tratándose de obras de arte sacro.
Me gustaría saber qué piensan el ínclito Acebes o el inefable Zaplana, en su momento adalides del movimiento contra la devolución de los papeles de Salamanca, del caso de Sijena. Corrijo, ya sabemos lo que piensan al respecto, igual que sabemos lo que piensan Puigdemont o Junqueras. No-sí, aquéllos, sí-no, éstos. Eso es lo que hay.
Por cierto, de Sijena era el olvidado Miguel Servet, otra víctima de la intolerancia y el fanatismo. ¿Qué pensaría de todo esto?

divendres, 29 de setembre del 2017

Abstenerse fanáticos


Tal vez la clave de todo este embrollo nos la esté exponiendo «El Mundo Today», lo más parecido a Monty Python, y hasta mejorado, que se haya dado nunca por estos pagos. El enlace aquí. Simplemente genial.

dilluns, 19 de setembre del 2016

¿Cómo son posibles los gurús educativos a priori? (I)





El rotativo «El País», muy en su línea, publica hoy la impagable entrevista con un gurú educativo de moda, uno más, que parece obedecer al nombre de Sugata Mitra, y cuyo centro de atención educativo preferente es acabar con los exámenes porque, dicé él, es una cosa de los tiempos de los imperios, de hace 300 años, y como hoy en día no hay trincheras, no hay ninguna razón como para tener que controlar los nerivos y los exámenes son innecesarios. Una entrevista que da mucho que pensar, ciertamente que no por lo que dice -una sarta de majaderías aliñadas por un picaruelo para consumo de infelices-, sino por lo que concierne a la propia condición de «gurú educativo», un sociotipo poco estudiado estudiado hasta ahora y que prolifera por doquier.

La entrevista es particularmente interesante y significativa por todo lo que tiene de tópica. Un déjà vu insidiosamente recurrente en todo este tipo de glosas: complicidad fingidamente aséptica que se traduce en acríticidad absoluta hacia el entrevistado, con preguntas que parecen más bien escritas por el propio gurú para su mayor redondeamiento retórico para que se las pongan como a Fernando VII, y unos entrevistadores que, a la vez que refutan en sí mismos la viabilidad del método socrático de la mayéutica, se manifiestan también indefectiblemente incapacitados para ejercer la no menos socrática eironeia -la ironía-, que tanto juego daría en las entrevistas a estos tipos.  

También, más allá de la receta milagrera particular de cada gurú, parecen surgir algunas características comunes a todos ellos, configurándose un borroso perfil de gurú que, ya sin más dilaciones, hay que esclarecer y establecer nítida y definitivamente. 

No nos estamos preguntando por las causas que han facilitado la proliferación de la figura del «gurú educativo» -lo dejaremos para sociólogos y psicólogos-, ni tampoco por ninguna variedad del sociotipo que se constituyera en «gurú educativo a priori» -ímproba tarea, que correspondería a fichteanos irredentos-, sino, en el sentido más genuinamente kantiano, por la possibilitas del gurú educativo. 

Aclaramos. Si un concepto es la obtención del universal a partir de la supresión de la diferencia, o sea, el conjunto de notas  o predicados que constituyen su possibilitas -aquello que ha de haber para que se dé tal concepto-, nuestra pregunta es ¿cómo son a priori posibles los gurús educativos? ¿Qué ha de haber en un «gurú educativo» para que sea efectivamente un «gurú educativo? ¿Cuáles son las condiciones de la posibilidad del «gurú educativo» o, si lo prefieren en más trendy: ¿Cuál es el «perfil del gurú educativo»?

A este propósito dedicaremos algunas de las próximas entregas: a un conocimiento trascendental del «gurú educativo», entendiendo, con Kant, por «trascendental», aquel conocimiento que se ocupa, no tanto de objetos, sino de nuestro modo de conocerlos en la medida que ello sea posible a priori.

Ya les iremos contando.

dissabte, 27 de febrer del 2016

Huelga, obsolescencia y postureo (III de III)



Imaginemos que los trabajadores del metro, en lugar de declararse en huelga, acuden como siempre a su trabajo, sólo que dejan libre el paso a los pasajeros, sin que tengan que fichar en la maquinita. Todo igual que siempre, sólo que gratis. ¿Se imaginan la simpatía que esta acción suscitaría entre los usuarios? ¿Y el ridículo de la Administración? Y si una huelga indefinida es, por definición, imposible, esto, en cambio, sí se puede mantener indefinidamente.

Sí, claro, hay un problema. Se trataría de una ilegalidad que sin duda se consideraría sabotaje. Por algo lo único que está permitido es la huelga clásica, un modelo agotado, al menos en empresa pública. Y los primeros interesados en ello, los sindicatos. Pero se puede plantear, si hay verdadera voluntad de ello, con suficiente fineza como para eludir los controles de la Administración, que acabaría volviéndose loca y poniéndose de rodillas… o militarizando al metro ¿Se imaginan a Ada Colau militarizando los transportes públicos de Barcelona? Ahí sí que le dolería.

Por otro lado, tampoco sería un planteamiento tan extraño. Uno, que es usuario habitual del metro, está harto de ver como una más que significativa parte del personal se cuela descarada y abiertamente sin pagar, delante de las mismas narices de los imperturbables seguratas o de los carnavalescos controles que no consiguen sino hacer perder al tiempo al que ha pagado. Así que sólo consistiría en hacer explícito lo que ya es en buena medida implícito. Y esto es precisamente lo que pondría a la Administración en un aprieto: hacer explícito lo implícito es justo lo que no podrían soportar, tan dados como son al teatrillo del que viven.

En enseñanza, la concreción iría por otros derroteros, pero en definitiva bajo el mismo modelo: minimizar el quebranto económico de los trabajadores, evitar de paso hacer el payaso, empatizar con los usuarios e inyectarle a la Administración suficiente presión como para que se ponga de los nervios. Es cierto que, como a los del metro, también podrían acabar militarizándonos, pero en ambos casos, con un impacto muy distinto al de la militarización de los controladores aéreos, que estaban haciendo una huelga convencional abiertamente antipática e impopular.

Veamos. En el caso de una huelga convencional de maestros y profesores, siempre se cuenta con la animadversión de eso que se llama la «comunidad educativa». No de los alumnos, ciertamente, pero sí de los padres y, por decirlo así, de los taxistas. Siempre la culpa es de los docentes. Y la Administración, no sólo no deja de recaudar en caso de huelga, sino que se ahorra limpiamente y por el morro la partida presupuestaria salarial correspondiente a la duración de la huelga. Dicho sea de paso, una huelga de un día no sirve para nada, salvo para hacer el primo. Por lo tanto, y siempre salvo hecatombes, hasta puede que, objetivamente, a la Administración le interesara una huelga de maestros y profesores de un mes de duración. Siempre que la culpa y la impopularidad se la lleven los docentes, claro.  Los padres no quieren que sus hijos se queden en casa o en la calle por una huelga de docentes, y cuando la hay, despotrican. La Administración, no sólo escurre el bulto, sino que gana dinero. ¿Cómo invertir esto?

Pues invirtiéndolo. Vuelvo a lo implícito explicitado. Hoy en día, hablar de sistema educativo es una parodia grotesca, una hipocresía elefantiásica. No entraré en el por qué, ya lo he denunciado en muchas otras ocasiones. Es pura pantalla. Como una tienda cuyo inaccesible escaparate exhibe productos de diseño y calidad, pero cuyo almacén sólo contiene baratijas y quincalla. Sin más. Hagámoslo, pues, explícito. Y de paso acabamos con el fracaso escolar y con las presiones de la mismísima Administración para que aprobemos más a los alumnos. Pongámosles a todos un nueve o un diez, sin más. Y a los más flojeras, un ocho. Acaso en algunos supuestos extremos, un siete. Pero nunca por debajo del siete. Si el sistema está podrido, bombeemos la mierda.

Los alumnos, contentos en su inmensa mayoría. Protestarían los buenos, pero como el sistema no está pensado para ellos, son provisionalmente prescindibles. A veces hace falta hacer sacrificios. Además, sería aplicar a rajatabla los principios pedagógicos con los que tanto nos atribulan. Casi una huelga de celo, y cobrando. ¿Los padres? Bueno, protestarían los de los alumnos buenos. Pero la igualdad es la igualdad. Y todo el mundo tiene derecho a triunfar y a sacarse su titulillo. ¿Cómo no? Quien se negara sería un discriminador.

La Administración se pondría muy nerviosa e iracunda, entre otras razones porque estaríamos llevando a cabo su propio proyecto deseducativo; algo cuya posibilidad quizás no había contemplado. Y hasta los psicopedagogos devendrían innecesarios. Sería reventar el sistema por dentro. Hacer explícito lo implícito. Y a ganar. También con la preceptiva fineza, claro, para eludir a los mismos botarates que antes nos presionaban para que aprobáramos por el morro.

Eso sí, tal medida contaría con la oposición radical de muchos docentes. A mí, uno me espetó que yo era un mal profesional cuando sugerí esta idea, que consideró una vileza insultante para la dignidad docente. Y un fraude a la sociedad. Y es cierto si pensamos todavía que cuando un profesor pone la nota, es algo así como un juez emitiendo sentencia o  un cura consagrando la hostia –Sciaccia dixit-. Pero hoy esto dista mucho de ser así. Sólo que a veces no queremos enterarnos. Sobre todo si consideramos que esta misma persona, sólo unos meses antes, había despotricado con todo tipo de improperios contra la directora que le había obligado a aprobar a dos alumnos que habían obtenido, como nota en su materia, sendos ceros patateros ganados, por cierto, con todo merecimiento.
Puede que una acción de este tipo protesta fuera algo surrealista. Aunque no sé del todo si lo surrealista no es la situación actual y cómo tantos sobreviven en ella vendiéndose por una palmadita en el hombro. Y seguimos en el esperpento.

divendres, 26 de febrer del 2016

Huelga, obsolescencia y postureo (II de III)



El desgaste para la Administración sólo pude ser político y de imagen. Y en otros tiempos fue muy probablemente así. Un poder político agobiado por las huelgas de sus propios trabajadores, acaba desgastado y corre el serio riesgo de ser desalojado en las próximas elecciones. Pero tal teorema es excesivamente simple. Puede servir para administraciones débiles, pero nada más. Contra una Administración fuerte, se agota en sus propias limitaciones.

En realidad, el modelo de huelga clásica en el sector público funcionó durante la Transición, y por inercia, algo más allá, pero se agotó hace ya mucho tiempo. Hoy las administraciones públicas no son débiles ni están acomplejadas, sino todo lo contrario. Y en lo referente al modelo de Administración pública, los poderes políticos están más por la labor de pergeñar su disolución y reconversión en un modelo franquicial, de concesionario, en el cual una élite política construye su propia red clientelar a partir de su propia desregulación, bajo un modelo neoliberal de subcontratación que afecta por igual a derecha e izquierda. Y bajo este modelo ¿A quién debilita más una huelga del sector público? ¿A los trabajadores o a la Administración?

Una huelga de metro y autobús como la actual en Barcelona –lo mismo una de maestros y profesores-, nunca le resulta simpática a la ciudadanía contituida en usuaria de estos servicios. Porque inevitablemente, es a la ciudadanía a quien crea transtornos y quebrantos. La Administración, consciente de ello, se lava las manos. Los culpables son los trabajadores y los sindicatos que convocan las huelgas, con tan escaso espíritu cívico. Incluso Ada Colau, tan progre ella, ha incurrido en tales juicios, calificando la actual huelga de «excesiva».

Yo no sé si es excesiva o no. Lo que sí sé es que, al ser la suya una alcaldía de coalición, los cargos políticos con sueldo han proliferado en las empresas públicas de transportes urbanos como setas en época de lluvia. Y si tenemos en cuenta que por lo general, esta gente más entorpece que ayuda a la buena gestión, esto puede generar agravios y mosqueos. Pero ni Ada Colau ni su equipo de gobierno municipal van a perder dinero con esa huelga. No ingresarán estos días, cierto, pero si tenemos en cuenta que se trata de un transporte subvencionado, el quebranto que les puede suponer lo cubren con descuento en nóminas. Y si no, pues suben los impuestos. Quiero decir con todo esto que quién se desgasta son los huelguistas, objeto de las progresivas iras de la ciudadanía, contra más se alargue la huelga. Para que se desgastara políticamente una Administración, tan apegados al sillón como están, haría falta una hecatombe para la cual, hoy por hoy, no concurren las circunstancias. Y las eventuales pérdidas económicas no les importan. De modo que hay que pensar en otro tipo de acciones, si de verdad se le quiere meter presión a la Administración.

Y ahora les toca a los sindicatos. ¿Por qué, conscientes como han de ser de todo esto, perseveran contumazmente con un modelo obsoleto que a quienes desgasta es precisamente a ellos? A lo mejor porque ya les va bien así. El sindicalismo de clase en este país hace años que es una merienda de negros, y los grandes sindicatos han renunciado a su función de negociar las reivindicaciones de sus representados, limitándose a negociar su propio papel de negociadores. Eso y, por supuesto, los negocietes que obtienen de la propia Administración a cambio de su tibieza y displicencia. Lo demás, puro postureo… teatrillo.

A los primeros que no les interesa pensar en otro tipo de acciones, es a los grandes sindicatos, cuyos nombres no merece la pena ni mencionar porque están en boca de todo el mundo. Y es que además, puede que perdieran sus porciones del pastel en cuyo reparto siempre están, como el perejil está en todas las salsas.

Pero hay otras opciones, más rentables y efectivas; sólo que a las berroqueñas mentes de los dirigentes sindicales de clase, no es que no se les ocurran, sino que les tienen auténtico pavor –por lo del pastel, claro-. Vamos a ver, se me ocurren, a bote pronto, un par, una para los trabajadores del metro y otra para mi gremio, el docente.
(To be conntinued...)

 

dijous, 25 de febrer del 2016

Huelga, obsolescencia y postureo (I de III)



Llevamos unos días en Barcelona con huelgas en los transportes públicos: el metro y el autobús, debidamente alternados. Hace ya unos años, preparé un informe, que por supuesto no obtuvo el menor eco, en el cual planteaba la inutilidad del modelo de huelga tradicional en la enseñanza pública, y apostaba por la búsqueda de acciones de protesta y presión, sí, no se sorprendan, más «imaginativas». El planteamiento era extensivo a todo el sector público, con sus debidas variaciones. Es decir, a todos aquellos trabajadores o funcionarios cuyo empresario es la Administración.

La idea central consistía en que la huelga, bajo su formato tradicional, pudo ser en su momento una herramienta útil, y acaso lo siga siendo todavía en ciertos sectores, pero no en el de la Administraciones públicas, donde se habría convertido en un anacronismo. El argumento central era que una huelga es una medida de presión cuyo objetivo es inyectarle esta presión al empresario, para que acabe accediendo a las peticiones de los huelguistas, o a parte de ellas. Y ello implica que dicha presión comporte que también el empresario tenga algo que perder. Porque si no tiene nada que perder, no hay presión, sino mero postureo. Y esto era lo que, en mi opinión, ocurría en el sector público, muy particularmente en el de la enseñanza.

El modelo de huelga clásica surge en el siglo XIX, básicamente en los sectores fabril e industrial. Los trabajadores no perciben salario, ésa es la presión que ellos soportan; pero el empresario tampoco obtiene ingresos. Se trata de ver quién resiste más tiempo. En su momento, los trabajadores inventaron las cajas de resistencia y, ocasionalmente, recurrían a acciones intimidatorias; los empresarios el cierre patronal –lock out-, y a la contratación de esquiroles, así como, también, a accione intimidatorias contratando pistoleros o acudiendo a la policía. Se trataba, para los trabajadores, de resistir hasta que el patrono, agobiado por la falta de ingresos, se aviniera a razones, y poder volver a trabajar para percibir sus salarios. Para el patrono, el objetivo era el mismo: retomar la producción. La diferencia consistía en bajo qué condiciones.

Intimidaciones y esquiroles aparte, el modelo puede ciertamente seguir siendo útil. Una huelga en la Seat o en el Corte Inglés, siguen manteniendo en esencia el formato clásico. Los trabajadores no cobran sus salarios, pero mientras tanto, la Seat no produce coches y el Corte Inglés no vende nada. Todos están bajo presión, todos están perdiendo algo, y a ambos lados les interesa objetivamente el final de la huelga. Uno parámetros bajo los cuales, al menos formalmente, hay posibilidades de negociación y expectativas de acuerdo. Ya digo, al menos objetivamente, dejando al margen subjetivismos y temperamentalidades, que por otra parte, suelen hacer acto de presencia en este tipo de conflictos.

Ahora bien, ¿Es este el escenario que concurre en una huelga, pongamos de transportes municipales públicos, o de maestros y profesores igualmente públicos? Mucho me temo que no. Algunos dirán que bajo este formato clásico se obtuvieron grandes victorias. Y es posible, pero siempre en pretérito. Hoy es un modelo agotado.
Una huelga en cualquier sector público es siempre, inevitablemente, no sólo una huelga contra el patrono, sino también contra una Administración, que es una forma de poder político. La presión de que es objeto una Administración ante una huelga de sus funcionarios o trabajadores públicos, es de naturaleza muy distinta a la de la Seat, El Corte Inglés o Mercadona. Para empezar, la Administración no pierde dinero con una huelga, sino que, todo lo contrario, lo ahorra. Porque la Administración –municipal, autonómica, estatal…- funciona con unos presupuestos cuyos ingresos no provienen de su facturación, sino de fondos públicos obtenidos por distintos conceptos, básicamente recaudatorios. Una huelga de quince días en un ayuntamiento, supone ahorrarse la partida salarial previamente presupuestada. Por lo tanto, la naturaleza de la presión ejercida no es económica. Pero si no es económica, entonces ¿de qué tipo es?
(To be continued...)

dissabte, 31 d’octubre del 2015

MUNDO, DEMONIO Y CARNE...



...Eran los enemigos del alma y libraron contra ella numerosas guerras de incierto resultado. Como incierto ha sido el destino posterior de los viejos contendientes. Del alma nadie sabe muy bien qué ha sido, y los que se acuerdan de ella de vez en cuando, lo hacen para denostarla frente al amasijo de nervios y corrientes eléctricas que dicen que ahora somos; tampoco hay noticia del demonio, aunque es de suponer que decidió pasar desapercibido una vez cayó en la cuenta de que su mejor trampa era convencernos de que no existe. El mundo y la carne siguen ahí, pero ya no son lo que fueron. El mundo, pobre, cada vez más deteriorado y camino de convertirse en la némesis de su antigua aliada la carne. Y la carne... ¡ay, la carne!

La carne fue quizás la más enconada enemiga del alma. El mundo y el demonio siempre fueron en el fondo más comprensivos con ella, y partiendo de aquella sabia sentencia que nos decía que a enemigo que huye, puente de plata, hasta las más de las veces le facilitaban la retirada. Pero la carne no. Con la carne era la guerra total. Era además un enemigo duplicado. Según bajo qué aspecto se le apareciese materializada al alma, podía inducirla a la lujuría o a la gula, los dos sin duda más terribles de entre los siete pecados capitales.

La lujuria ya no le preocupa hoy a nadie. La administra el sistema en la dosis oportunas para mantener al personal tan entretenido con ella que, por eso mismo precisamente, ha dejado de atención. La democratización de la estupidez ha sido decisiva en la neutralización de la lujuria.

Sólo quedaba, pues, la carne que induce a la gula como auténtico enemigo a batir, ya no por el alma, sino por el amasijo de nervios, proteínas y electricidad que constituye el yo individual posmoderno. La trivialización de la lujuria la había dejado convertida en la única superviviente de los otrora temibles enemigos del alma. Esta semana, la OMS le dio el aldabonazo definitivo: la carne produce cáncer, así que a comer hierbajos. Ahí queda eso.

Al final, el amasijo como sujeto resulta más complicado que su antecesora el alma. Porque ésta, al ser simple y no poderse, por tanto, descomponer en partes más simples, era inmortal. Era invulnerable al tabaco, al alcholol o al sexo; y a sus seccuelas en forma de respectivos castigos impuestos por la providencia, el cáncer, la tuberculosis, la cirrosis, la sífilis o el SIDA. Estas cosas sólo podían afectar a la res extensa, al cuerpo, carne también en definitiva y al fin y al cabo. Pero no al alma, que éramos nosotros, que era el «YO».

Ahora en cambio, la cosa es muy distinta, porque el amasijo de nervios, electicidad y fluidos, quiere ello no obstante ser inmortal como la antigua alma. Pero no. Eso es imposible porque como res extensa que es, está sujeta al segundo principio de termodinámica, a la entropia. Pero se empeña en no reconocerlo. Y sigue haciendo el ridículo. Si la carne produce cáncer ¿no será que somos nosotros el cáncer?

¡Qué tiempos aquellos en que el alma se batía con sus tres grandes enemigos, y alternaba victorias con derrotas. Porque uno no sólo se define por sus amigos, sino también, y acaso sobre todo, por sus enemigos. Y mundo, demonio y carne, eran grandes, admirables y dignos enemigos. No como ahora, que no podremos ni comer carne tranquilos -apuesten a ver cuanto falta para que algún imbécil proponga erradicarla de los menús-, total, para vivir como vegetales unos años más y morirnos de otra cosa. Son las promesas/remedo de la posmodernidad.

Allá cada cual. Yo, esta noche me voy a poner un chuletón bien rojo entre pecho y espalda. A la salud del segundo principio de termodinámica.


dissabte, 13 de juny del 2015

SE ADMITEN APUESTAS



Tengo una apuesta pendiente entre seis. Dos apostamos que no habrá elecciones catalanas el 27-S, los otros cuatro apostaron que sí las habrá. Los que pierdan pagarán la comida. La verdad es que estoy casi convencido que no las habrá, aunque debo reconocer que esto de adivinar el futuro nunca ha sido una ciencia exacta, y tratándose de un tema tan truculento, menos aún.

Hay que reconocer que los argumentos de Jorge, implicado, por cierto, en el lado contrario de la apuesta, tienen su enjundia. Es cierto que estamos ante un claro repunte de la ofensiva secesionista, después del impasse de la pugna por el liderazgo entre Oriol Junqueras con su ERC, y Mas con su CDC (ya no CIU, según parece). Ha ganado Mas. Y aunque nada indica que vaya a haber la candidatura única que a Mas le hubiera permitido subsidiarizar a ERC, todo indica que la mayoría de los personajes mediáticos del independentismo -periodistas, activistas, cantautores, deportistas, actores, desertores del PSC y hasta alguna monja argentina- participarán en este invento que es «la llista del president», con el cual Mas matará dos pájaros de un tiro: consagrarse como líder al margen de partidos y auténtico Moisés del independentismo, y neutralizar el ya no tan previsible sorpasso de ERC. También la irrupción de las CUP como tercera fuerza independentista le ha venido muy bien.

Es verdad que Mas ha sido más astuto, pero también lo es que se lo han puesto muy fácil. En ERC han pecado de pardillos, y el fiasco de las municipales siembra dudas sobre su capacidad de crecimiento, a la vez que les aleja de sus aspiraciones a liderar «el procés». Además, lo más importante, Mas tiene a su disposición el absoluto control todos los medios de comunicación catalanes. Sí, definitivamente, parece que Mas, una vez retomado el control, está dispuesto a seguir hasta el final con su nueva hoja de ruta: ser la primera fuerza en las elecciones el 27-S, mayoría absoluta parlamentaria de las fuerzas explícitamente independentistas, elaboración y aprobación de la constitución catalana, y declaración unilateral de independencia. Pero hay serios obstáculos.

El primer obstáculo es PODEMOS. Cierto que los quintacolumnistas ya se han puesto en la labor de neutralizar a los de Pablo Iglesias mediante el entrismo y las apelaciones a las candidaturas de base y todas estas monsergas, infiltradas hasta las trancas de independentistas. Pero no está claro que les salga redonda la operación. Porque hay otros obstáculos que pueden poner en peligro igualmente esta mayoría absoluta independentista, como la probable vuelta de Chacón a la política catalana.

Si PODEMOS no arranca como tal y con sus siglas, una buena parte del voto no independentista de izquierda podría ir  parar al PSC liderado por Carme Chacón. No es una política de gran talla, todos lo sabemos, pero es la figura del socialismo catalán que más se ha distinguido por su rotunda oposición al independentismo y al «procés». Goza, además, de buena prédica entre las bases electorales socialistas tradicionales del cinturón de Barcelona y las grandes ciudades, progresivamente arrojados a la abstención por las veleidades nacionalistas de los Maragall y compañía. Si Chacón recupera este voto, con el cual el PSC siempre venció en las elecciones generales, Mas tiene otro problema.

Las encuestas, las verdaderas, las que son de uso interno y no se publican, serán decisivas a la hora de decidir si se convocan elecciones el 27-S, o si se opta por agotar la legislatura y a ver qué pasa en las generales.

Tal como veo yo la situación ahora mismo, el panorama que se le ofrece al independentismo se me antoja harto complicado. Cierto que hay toda una escenificación de rearme, pero esto es de puertas afuera, una escenificación; de puertas adentro, como mínimo en los círculos más allegados a Mas y CDC, saben que la situación está muy complicada, y no se pueden permitir el fiasco de convocar unas elecciones y no obtener mayoría absoluta independentista, porque saben que sería el final.

El PP está en sus horas más bajas en Cataluña, en gran parte por la escasísima talla política de sus dirigentes, y puede quedar como una fuerza residual, pero C’s amenaza con superar de largo el techo sociológico del PP de los mejores tiempos de Vidal-Cuadras o Piqué. Y este no es el único problema de Mas por la derecha; puede tener otro incluso de mayor calado, no por su dimensión, sino por su significatividad. Se llama Unió y Durán Lleida.

No sé lo que pasará con Unió mañana, cuando se conozcan los resultados de la consulta a la militancia, pero pienso que el peor resultado para Mas sería que ganen sus partidarios, es decir, el sector independentista. Porque si Duran pierde la consulta, y al margen de que haya dicho ya que si pierde se retira, sus hasta ahora titubeantes disentimientos tendrán que materializarse en algo concreto. Y esto no puede ser otra cosa que concurrir a las elecciones con un nuevo partido. Los informes que maneja el sector de Duran, parece ser que hablan de entre cinco y ocho diputados. Y esto sería para Mas una mutilación acaso irreparable. Porque estos votos habrían emigrado de sus propios caladeros: el electorado catalanista moderado de toda la vida de CIU. Tal vez con su lista propia y con la inclusión de figuras mediáticas del independentismo, Mas consiguiera atajar la fuga de votos hacia ERC, pero perdería a su electorado moderado y poco dado a aventuras inciertas. Y puede que los empresarios catalanes no se hayan atrevido a desmarcarse del todo de CIU, porque el PP nunca ha sido una alternativa y C’s es, por ahora, otra cosa. Pero este no es el caso de Duran, que podría muy bien aglutinar a este sector que hasta hoy había votado a CIU. Sí, muy probablemente, la cifra de cinco hasta ocho diputados sea plausible. Y para Mas sería un desastre sin paliativos. Si yo fuera Mas, preferiría que mañana ganara Duran.

Tampoco por la izquierda el independentismo se las puede prometer demasiado felices. Ya no estamos en los días del 9-N y su consulta/mojiganga. Por entonces no estaba PODEMOS y el PSC pasaba sus horas más bajas. Ahora, los independentistas del PSC ya se han ido casi todos y están con Mas o en ERC. Aun así, los socialistas aguantaron relativamente bien el tirón en las municipales. Se hundieron en Barcelona ciudad, sí, pero mantuvieron Tarragona, Lleida y la mayoría de ciudades del cinturón. El certificado de defunción que se había decretado se ha demostrado, como mínimo, precipitado. Todavía puede dar guerra, y si presentan a Chacón, aún más.

PODEMOS, por su parte, deberá decidir qué dirección toma en la encrucijada en que se encuentra. Está por el derecho a decidir, sí, pero para decidir otra cosa, no la independencia. La presencia de independentistas en sus candidaturas municipales ha sido, en mi opinión, superestructural, como lo fue en su momento la de nacionalistas en el PSC. El votante independentista sabe muy bien a quién votar, tiene a Mas, a ERC y a las CUP. Y no está para experimentos.  No creo, la verdad, que haya habido voto independentista en las candidaturas auspiciadas por PODEMOS en Cataluña, o como mucho, sería residual. Y esto es lo que hay. Si PODEMOS lo entiende, y pienso que ni Iglesias ni Errejón son tontos, caerán en la cuenta que los mejor que pueden hacer es presentarse con sus siglas y sin complejos. Y hay mucha más gente de la que se piensa que, sí, quiere decidir en un referéndum, pero para decidir «no».

Y finalmente, la tozudez de los hechos. El electorado independentista no aumenta, sino que incluso disminuye, sobre todo porcentualmente en la medida que los no independentistas, ya se trate de federalistas, unionistas, españolistas o simplemente indiferentes a la política, pero no independentistas, está despertando, sale del armario y de la abstención.  Todos los votos que provengan de la abstención serán claramente no independentistas. En el independentismo, por su parte,  siguen estando lo que son y son los que están. Ni uno más. El trasvase de votos independentistas de una a otra formación funciona como vasos comunicantes. O si lo preferimos, toda su energía es constante, claro, pero también toda ella está en estado cinético.

La suma de lo que pueden obtener PSC, PODEMOS, PP y C’s, incluso con la escorada ley electoral catalana favoreciendo las zonas más despobladas, donde precisamente el independentismo es mayoritario, puede superar de mucho a todo el bloque independentista Mas+ERC+CUP. La evolución de las encuestas será decisiva ciertamente, pero la tendencia va por ahí. Por más escenificaciones que se pergeñen. Con las cosas así, no creo que Mas convoque elecciones.
Por eso he apostado una comida a que no habrá elecciones el 27-S.