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dimecres, 15 de novembre del 2017

¿Pero hubo alguna vez 155?


Ahora resulta que la famosa declaración de independencia no era tal porque en el propio texto se establecía que tal disposición no tenía efectos jurídicos. Es decir, que se trató de un simulacro que, por otro lado y dicho sea de paso, ayuda a entender los avinagrados semblantes que exhibían los protagonistas de la proclamación en la desangelada celebración que le siguió. Pero entonces cabe preguntarse si, ya que no hubo declaración de independencia, acaso tampoco haya habido aplicación del artículo 155, o si ésta ha sido tan testimonial y carente de efectos como la independencia que pretendía evitar.

Porque si al final va a resultar que a unos les ponía esto de la independencia y les hacía «ilu» declararla solemnemente con todo el boato y parafernalia propias del caso, aunque no fuera real, sino mero teatrillo, solo para darse el gusto, entonces también cabe pensar que a los otros el cuerpo les pedía una aplicación del 155 igualmente pomposa, pero no menos vacua. Algo surrealista, sin duda, y más propio de algún numerito del tan añorado teatro chino de Manolita Chen que de políticos en ejercicio, pero es lo que hay. No se le pueden pedir peras al olmo; y tampoco deberíamos olvidar que, aun en cualquiera de sus proteicas manifestaciones, estamos al fin y al cabo en España.

Y es que más allá del ámbito meramente virtual en el que algunos parecen irremisiblemente atrapados, lo cierto es que las cosas no hay que valorarlas ni medirlas tanto por sus contenidos declarativos, como por sus resultados; o sea, por las consecuencias que acarrean. ¿Y qué ha ocurrido realmente? Pues a ver, no mucho más que si Puigdemont, en vez de proclamar la república, hubiera convocado las elecciones anticipadas que, en su lugar, ha convocado Rajoy. Sí, se han suprimido algunas agencias propagandísticas de la Generalitat y los miembros del govern y algunos de sus altos cargos de confianza han sido cesados sin el protocolario agradecimiento por los servicios  prestados ¿pero por lo demás, qué?

Los medios afines y adictos al nacionalismo siguen bramando como si tal cosa, aunque es verdad que no deja de percibirse una latente insatisfacción estupefacta por el hecho de poder seguir haciéndolo, acaso conscientes del quebranto que esto supone para su propio relato. Tampoco en la Administración de la mayoría de consejerías de la Generalitat se detectan cambios. Siguen los mismos y con los mismos e indisimulados carnets de partido de siempre. Eso sí, no hay vértice en las cúspides, pero eso, más que preocupar al personal, incluso acrecienta sus ambiciones a ocuparlas, y en ello andan ahora mismo. Sé de lo que hablo, no es una mera figura retórica.

Y cuidado, que lo del encarcelamiento de algunos y el bufonesco exilio belga de otros, será políticamente todo lo discutible que se quiera, pero no es cosa del 155, sino de los tribunales de justicia; en principio, hubiera ocurrido lo mismo de haber sido Puidmemont el que hubiera convocado elecciones anticipadas. Aunque en este supuesto la causa judicial no hubiera recaído en la Audiencia Nacional, sino en el Supremo, y ahora estaría muy probablemente en la calle y como presidente en funciones de la Generalitat.

Al final, los únicos que van a experimentar algún tipo de pérdida material en todo este embrollo formal/virtual serán las cándidas almas a las cuales, por su participación en la huelga el día 8 de noviembre, convocada por un sindicato virtual cuyas siglas seguramente ni conocían, se les detraerá el jornal de este día. Más bien pocos, por otro lado, porque trabajadores, lo que es trabajadores, brillaron más bien por su ausencia en tan gloriosa jornada.

Y sin duda también perderán algo, electoralmente en este caso, si es que hay justicia cósmica, Ada Colau y sus palmeros. De veras que lo siento por los exégetas de la Sra. Colau, siempre buscando en sus designios algún arcano que avale su presunto genio político… en vano. Decía Lincoln que se puede engañar a todos por un tiempo, y a algunos todo el tiempo, pero nunca a todos todo el tiempo. Y es que de la basura no hay exégesis posible.
Hace unos años (1991), Jean Baudrillard (1929-2007) prolamó que la guerra del golfo  no tuvo lugar. Hasta escribió un ensayo para demostrarlo. No sé yo si dicho conflicto sucedió realmente o no, no estuve allí. Tampoco la información que recibí sobre el transcurso de esta guerra, aunque parezca refutar sin paliativos que no tuvo lugar, me autoriza a dudar de la dilección de tan insigne pensador. Pero sí he estado aquí, y aplicando el mismo cuento, ya que no hubo declaración de independencia, entonces tampoco ha habido 155. Acaso solo simulacros y amagos. Juegos de ilusiones y con las ilusiones (de los demás). Nada más.

dilluns, 10 de juliol del 2017

De gallinas y de faroles (a vueltas con el "Procés")





El juego del «gallina» consiste en que la victoria pasa necesariamente por el desistimiento del rival; de lo contrario, nadie gana y todos pierden. Lo describe el canto XXIII de La Ilíada, que nos narra la carrera de carros en honor de Patroclo, con Diomedes y Eumelo como protagonistas. Más modernamente, el cine nos mostró a James Dean con el coche a toda velocidad compitiendo para ver quién conseguía frenar deteniéndose más cerca del abismo que hacía las veces de meta.
Una variante particular la tendríamos en «Juegos de guerra», donde el ordenador que iba a iniciar la guerra nuclear acaba deteniéndola in extremis cuando le introducen en el programa el juego del tres en raya, y «entiende» que nadie iba a vencer. En este caso nadie le llamó gallina porque se trataba de un superordenador, pero en la versión humana, para que haya vencedor se requiere de un gallina, de algún cobarde que se arrugue en el último momento permitiendo la victoria del «héroe», del valiente. De lo contrario, o todos los coches acaban despeñándose por el precipicio –con sus ocupantes dentro-, o todos los carros chocan entre sí y se acaba la carrera, o, en fin, la humanidad se autoaniquila en una guerra nuclear.
(...)
 
El artículo completo, aquí.

dilluns, 8 de maig del 2017

Francia: ¿Hacia la VI República?



A la vista de los resultados de ayer en la segunda, y definitiva, vuelta de las elecciones presidenciales francesas, se infieren las siguientes constataciones.

1.- Con un 33,94% de los votos, el FN de Le Pen es actualmente el partido mayoritario en Francia. Los votos del vencedor, Macron, con el 66% restante, provienen de prácticamente todo el espectro político de la V República –socialistas, comunistas, republicanos, gaullistas…-, con la probable excepción de la heterodoxa izquierda de Méléchon, cuyos votos de la primera vuelta se habrían distribuido desigualmente entre la abstención, Macron y Le Pen.
Un tercio de los votos no es poca cosa, todo lo contrario. Baste decir, puestos a establecer comparaciones, que con un porcentaje algo inferior gobierna el PP de Rajoy en España -33,01%-. (...)

El artículo completo, aquí

dilluns, 20 de març del 2017

Epistóratas IV (y final)



No deberíamos olvidar que democracia es un estado o disposición ética, así como, precisamente por serlo, una forma determinada de encauzar conflictos de intereses a partir de la composición de minorías y mayorías en torno a ellos. Y estos conflictos de intereses se agrupan en torno a colectivos y sectores según las distintas categorías alrededor de las cuales convergen estos grupos, cómo perciben estos intereses, su capacidad de presión, su influencia...
De la percepción que un individuo pueda tener de su posición dependerá tal vez el sentido de su voto. Si es un ignaro, corre ciertamente un mayor riesgo de equivocarse y pronunciarse contra sus intereses objetivos, y será sin duda más manipulable. ¿Pero tenemos alguna garantía de que el instruido, aunque tal vez no se equivoque y precisamente por esto, votará atendiendo a un bien universal que acaso entre en conflicto con sus intereses objetivos como miembro de una determinada élite o como ciudadano individual?
 
El artículo completo, aquí
 
 

divendres, 10 de març del 2017

Legionarios y almogávares



 
El escenario cada vez se acerca más al diseñado por los «think tank» del independentismo hace cinco o seis años; los mismos que llevamos metidos en un «procés» cuyas recurrencias sugieren una especie de circular y cansino día de la marmota, pero que en realidad se inscribe de lleno en linealidad cronológica que lleva a un punto final cada vez más cercano. El momento fundacional que se abrirá con la aplicación del artículo 155 de la Constitución española y la subsiguiente intervención o liquidación de la autonomía catalana. Un momento cero sobre cuyo día después podemos solo aventurar conjeturas.
Y es precisamente por la imprevisibilidad del escenario que se abre con el día después que los estrategas del independentismo situaron este momento como meta y último estadio de su hoja de ruta: hasta allí, todo más o menos previsible y controlado; más allá, nada. El único e incierto último recurso cuya deseabilidad consiste precisamente en ser el pasaporte a la incertidumbre. Porque solo en un escenario de incertidumbre, de caos, deviene posible la independencia de Cataluña.
Entendámonos. Estamos hablando de «posible» como cognoscitivamente representable en tanto que efectivamente realizable, no como mera possibilitas escolástica. Sin la aplicación del artículo 155, la independencia es imposible. A partir del día después, ya viéremos. Puede que sea improbable -o puede que no tanto-, pero improbable siempre es mejor que imposible. Además, forzar la aplicación del 155 es relativamente fácil, basta con proponérselo obligando al error forzado del contrario. Así que, o el Estado español mira hacia el otro lado y permite su propia fragmentación, o en el momento que considere traspasada la línea roja, aplica el 155 y empieza el baile de verdad. Y será lo segundo.
Desde un primer momento, se sabía que España no iba a admitir un referéndum que, por su parte, tampoco interesa para nada al independentismo porque sabe que, de celebrarse, lo perdería. Así las cosas -y descartando por inviables tanto una separación pacífica como una insurrección popular- la hoja de ruta del «procés» apuntó hacia la única posible vía: subir la tensión hasta provocar la reacción violenta del gobierno español, que haría aparecer a los gobernantes catalanes como víctimas, y de paso, a toda Cataluña.
Se sobreentiende con ello que si el Estado interviene en Cataluña, tendrá que hacerlo por la fuerza, por más que se ampare en la legalidad vigente. Y que iba a encontrarse de entrada con una resistencia pasiva organizada por importantes sectores de la depuesta o intervenida Administración. Todo ello dificultaría enormemente su labor y contribuiría a crear una situación de caos administrativo que ningún estado moderno se puede permitir, y que coadyuvaría  a enrarecer aún más un ambiente de por sí ya muy deteriorado, amenazando con el puro y simple colapso. Inevitablemente, irían apareciendo brotes violentos con sus no menos inevitables mártires, generándose una espiral de violencia y de malestar sin solución de continuidad.
También, muy probablemente y tan pronto hubiera algunos muertos, la  tácita complicidad inicial de los gobiernos occidentales aliados de España se iría entibiando a medida que la espiral de violencia y la evidencia de la ocupación militar se fueran haciendo manifiestas, influyendo en la opinión pública de estos países a favor de la causa catalana. Es evidente que un escenario así sería muy difícilmente sostenible para España en pleno siglo XXI. Y de ahí, pues a lo que sea ¿Un referéndum garantizado por la ONU y custodiado por los cascos azules?
Parecerá un delirio, pero, aunque muy simplificado, este es, creo yo, en lo fundamental, el análisis de los estrategas del independentismo y las hipótesis que contemplan como verosímiles. Otra cosa es que el cálculo sea correcto. Me explico. Se diría que el independentismo lo ha jugado todo a una carta: la «previsible» respuesta española. Y ahí es donde precisamente puede pinchar.
Porque tampoco son tan imbéciles como para ignorar que el contexto les es totalmente desfavorable, y que esto solo cambiaría si la situación diera un vuelco radical. Ha de constarles que Europa no está para aventuras ni para viejos pliegos de agravios, por más que uno se acredite como descendiente directo del mismísimo Carlomagno. Estas cosas hoy en día no venden. Los EEUU no parece tampoco que estén por la labor, ni siquiera con el imprevisible Trump. Todo esto ya lo saben. Los infelices a los que sacan a la calle, no, pero ellos, sí.
Su error de cálculo no proviene pues de una valoración errónea del contexto, sino de su acrítica previsión de los movimientos españoles. Si estos se producen de una manera distinta a la esperada, es decir, si España no embiste como un toro con fuego en los cuernos, toda la estrategia independentista podría venirse abajo. Y esto es precisamente lo que podría estar ocurriendo. De ahí su necesidad de elevar cada vez más el tono, hasta los límites de lo inoportuno incluso para muchos de sus adeptos; y de ahí también que el referéndum en el que nadie cree vaya a ser la piedra de toque donde se jugará todo, porque será el todo o nada. Y saben que será su última y única oportunidad. Está ciertamente por ver, porque lo acontecimientos pueden precipitarse y siempre pueden aparecer salvapatrias de última hora, pero por ahora, el gran error del independentismo es no haber sabido prever la reacción española; que está siendo, a pesar de todo, más sutil y astuta de lo que se esperaban. Dice un tratado chino de hace más de dos mil años -el Sunt-zú-, que el general vencedor es aquél que acaba conociendo tanto a su enemigo que puede prevenir hasta sus más mínimos movimientos. Me temo que no hay ningún Sunt-Zú entre los think tank del independentismo. España puede estar tranquila en este sentido.
El error de cálculo se debe dos carencias inherentes al nacionalismo catalán. La primera remite a las dificultades de su propio discurso para entender el concepto moderno de Estado, hasta el punto de serle en ocasiones completamente ajeno. Una carencia grave, ya se trate de crear uno propio o de comprender su lógica. Con demasiada frecuencia no queda claro en el nacionalismo catalán si lo que molesta es el Estado español o la propia noción de Estado.
La segunda carencia vendría dada por el fijismo de su mirada hacia España, a la que sigue viendo exactamente igual que hace 50 o 100 años, como una foto en blanco y negro o una imagen del NoDo; sin poder entender que aquellas Españas y la de hoy, se podrán parecer más o menos, pero no son la misma cosa. Y esto puede ser muy eficaz utilizado como bazofia propagandística, pero como criterio de análisis, es incurrir en un error que solo puede entenderse desde una abnegada y grosera voluntad de ignorancia, o desde el autismo político más onfalocráticamente imaginable. En ambos casos, de funestas consecuencias para la causa que se dice defender.
Porque sí, parece que, efectivamente, el gobierno español está dispuesto a aplicar el 155. Y con el aval de sus socios europeos e internacionales. Pero quizás precisamente por esto no lo vaya a hacer de la manera que el independentismo esperaba. Es difícil, ciertamente, hablar de España y de inteligencia política sin incurrir en un oxímoron, pero las cosas cambian. España es hoy un país miembro de pleno derecho de la Unión Europea y su cuarta potencia económica. No es un jardín de sapiencia, claro que no, ni un vivero de finezza; y la cosecha de energúmenos sigue siendo alarmantemente abundante. Pero los energúmenos ya no mandan o mandan poco; los mantienen precisamente para hacer de espantajos. Y en definitiva, tampoco el energumenismo o la ausencia de finezza son patrimonio de las tierras allende el Ebro; aquende no escasean precisamente los energúmenos, y la finezza... en fin.
España lleva suficiente tiempo en Europa como para que algo de sutileza se le haya contagiado. Y si no fuera así, ya se lo dirán. Porque hoy en día, esto de la soberanía es un camelo –los independentistas deberían tomar nota de ello, en lugar de mirar al siglo XVII-. De modo que si España aplica el 155, será previamente asesorada por sus socios, con su beneplácito y plena conformidad, en la forma y en el fondo. Y hasta con las complicidades interiores necesarias en Cataluña para evitar el caos; Europa no quiere correr riesgos. En definitiva, que ni legionarios ni almogávares. Y los legionarios que queden, a Afganistán. En Europa se lo han dicho a ambos, solo que unos parece que no lo han entendido y siguen en sus trece.
Así que, concluyendo, a lo mejor resulta que al final, el día después quizás no sea un nuevo Ulster o un nuevo Kosovo, sino acaso una mucho más  prosaica y mundana, pero higiénica Tangentópolis.cat.
Quién sabe. Yo apuesto por esto.



diumenge, 26 de febrer del 2017

Epistócratas (III)



Apuntábamos en la entrega anterior hacia un neocensitarismo de hecho que estaría excluyendo del espectro social que constituye el universo ciudadano, a una buena parte de la población que ya no sería tenida en cuenta para nada, pero que conserva el derecho a voto gracias al sufragio universal. Pero también hemos visto que la crítica epistocrática parece agotarse a la mitad del camino que pretendía recorrer. Atribuir un resultado electoral a la ignorancia del votante no sólo no es una posible vía de solución del problema, sino una parte de él. Porque, sí, podemos pensar que la ignorancia puede inducir a votar contra los propios intereses, pero también hemos visto que más allá del voto «cognitivo» hay un voto «moral» que puede entrar en conflicto con él, y que, por lo tanto, la información que un ciudadano pueda tener de aquello sobre lo que va a votar puede no el factor determinante de su decisión.

Hay también otra cuestión que va incluso más allá de ésta, y que nos sitúa de lleno el tema del sujeto de soberanía en una democracia. Podemos decir que los obreros blancos en paro que votaron a Trump son unos ignorantes porque no saben lo que conviene a sus intereses, pero es que también podemos dar una vuelta más de tuerca y, aun admitiendo que tal opción pudiera ser acorde con sus intereses más inmediatos, no lo sea para el conjunto de la sociedad. Es decir, que una cosa sería que voten contra «lo que les conviene» -como grupo, clase, etnia…- y otra que voten contra «lo que conviene», en cuyo caso estamos en un grado de abstracción superior, que pretende ir más allá de los intereses individuales o grupales, para sublimarlos en una suerte de bien común universal al cual los anteriores quedarían supeditados. Y este segundo nivel se advierte también en la crítica epistocrática, que definitivamente se agota ahí, diluida en un universo de indefinidas consideraciones morales sobre qué es el bien general, convertido casi en bien «supremo» y hasta qué punto deben supeditarse a él ante los intereses individuales o grupales.
El artículo completo, en Catalunyavanguardista, aquí.
 

dimecres, 15 de febrer del 2017

¿Martirologio o bufonada?



La verdad es que uno ya no sabe si se las está habiendo con la más redomada de las astucias o con la más vergonzante de las vilezas. En cualquier caso, sí parece que el «procés» se está perdiendo una oportunidad de oro para internacionalizar y difundir la causa indepe en el mundo mundial, aprovechando los torpes errores del contrario. Porque la verdad es que con el proceso chirigota por el referéndum barbacoa, se las están poniendo como a Fernando VII. Y es entonces cuando le atenaza a uno la terrible sospecha de que acaso esta oportunidad de oro se esté malogrando por falta de entusiasmo martirológico en los tres próceres patrios implicados.

No sé a ustedes, pero a uno le cuesta imaginarse a Gandhi alegando ante el tribunal que no era una huelga de hambre, sino que aquel día no tuvo ni para comer; o a Fidel Castro alegando que estaba convencido de que el Fuerte Moncada llevaba años abandonado y que lo suyo fue una partida de caza con unos amigos; o a Nelson Mandela manifestando su profundo respeto por las leyes del apartheid y negando haber tenido la menor intención de transgredirlas, después de liar la que lió…

Y claro, lo lógico era pensar que ahora el «astuto» y sus «astutas» iban a aprovechar la situación para declarar la ilegitimidad de las leyes españolas y su desobediencia a éstas; que iban a dar la cara y que, alto y fuerte, iban a decir que sí, que montaron el referéndum ¿y qué?; que ahí queda eso y a ver si tienen redaños de meterlos en la cárcel; que iban a tener que entrar en la sala esposados y empujados por la benemérita y que estas imágenes se difundirían por todo el mundo como demostración de la opresión nacional que sufre Cataluña, ocupada desde hace tropecientos años por  la fuerzas invasoras españolas. Y que un valiente y dos "valientas" estaban dando la cara por todo un pueblo. Con un par.

Imaginaba asimismo que con esta actitud, el líder y las lideresas, la catalana trinidad «Mas & (Ortega & Rigau)» marcaría el camino hacia la desobediencia inminente que reclaman a los suyos, poniéndose como ejemplo a seguir. Y en definitiva, que iban a reafirmarse en las mismas declaraciones, arengas y bravatas que a diario proferían para enardecer a las masas y conminarlas a la obediente desobediencia debida contra la pérfida España…

Y va y resulta que no, que la catalana trinidad se resuelve en el trío lalalá y que de la tragedia pasamos a la comedia. Porque parece ahora que lo del referéndum fue un malentendido o algo que no iba con ellos, sin que alguno o alguna ni siquiera pasara por ahí. Resulta que el "astuto" alega que no le avisaron de las responsabilidades en que incurría de persistir en un referéndum/mojiganga cuyo mérito se atribuyó jactanciosamente en exclusiva. Al parecer, también ahora resulta que todo fue cosa del populacho y de los voluntarios, que por lo visto abrieron los institutos a martillazos, o quizás, habrá que suponer ante la falta de desperfectos, a la mágica voz del ¡Ábrete sésamo! del celebérrimo Alí-Babá, para improvisarlos como colegios electorales. Y pues eso, que son inocentes, pero no porque no acepten las leyes españolas y asuman orgullosamente haber hecho aquello de lo que se les acusa, sino que fundamentan su inocencia en la negación de haber hecho lo que proclamaron a los cuatro vientos estar haciendo. Lo primero podría ser un juicio político; lo segundo, llámenle ustedes como quieran.

Yo lo llamaría un insulto a la inteligencia, y a los infelices que creían estar obedeciendo el mandato de unos líderes indignos que ahora niegan toda responsabilidad y se la atribuyen a Fuenteovejuna. Y es que no estamos en Fuentovejuna, sino ante un buffo alcalde de Zalamea que niega después haberle dado garrote al capitán tunante, alegando que fue el verdugo quien lo hizo. Por cierto ¿qué hubiera hecho luego el rey con un alcalde de Zalamea tan zafio y cobarde? 

dimecres, 8 de febrer del 2017

Epistócratas (II) (hacia un neocensitarismo de hecho)


 
 
Decíamos a raíz de la crítica «epistocrática» que, aunque a distintos niveles –no es lo mismo un «hobbit» que un «hooligan», después de todo- el problema es que el ciudadano medio vota y «decide» sobre cuestiones cuya comprensión se le escapa y sobre las cuales no está capacitado para decidir. La gente se puede equivocar al votar y ello se debe, en definitiva, a la falta de formación sobre aquello que decide cuando vota. Una falta de formación que puede provenir del desinterés, de la desinformación, de información falaz o distorsionada, ya sea por intoxicación, por manipulación o por pura ramplonería. En definitiva, que se equivoca… al menos cuando vota por el Brexit o por Trump, o por el FN en Francia, en fin. Y equivocarse significa que uno se está pronunciando contra lo que le conviene –o acaso contra «lo que conviene»- por incapacidad de discernimiento sobre aquello que decide. Volvemos, parece, a la moral socrática de manual de la que hablábamos en la anterior entrega: si alguien obra mal o yerra es porque desconoce el bien, por ignorancia...
(El artículo completo, en Catalunyavanguardista, aquí)

dilluns, 23 de gener del 2017

Epistócratas (I)



Se les llama «epistócratas» -por lo de la ἐπιστήμη griega, se sobreentiende-  y cuestionan la idea de democracia en su mismísimo axioma fundante: un hombre, un voto. El problema es precisamente que cualquiera pueda votar y que todos los votos valgan lo mismo. Surgen sobre todo a raíz de las victorias del Brexit y de Trump, sugiriendo que la democracia se está confrontando con sus propios límites. Porque, más allá de que así sea por convención ¿cómo puede tener el mismo valor el voto de un desinformado, un desinteresado o un ignorante, que el de un ciudadano responsable, informado e instruido, siempre meditado y ponderado? Si todos los votos valen lo mismo, vamos mal. Y lo bueno del caso es que no parece que les falte razón. Su apóstol más reciente es Jason Brennan, y su provisional Biblia «Against Democracy» (Princeton University Press, 2016), que como en toda biblia, una cosa son los designios del autor y otra las interpretaciones de los profetas que se difunden entre los adeptos.

Para empezar, no se trata de nada nuevo, pero sí novedoso; las críticas a la democracia son tan viejas como ella misma, como el propio Brennan admite, para desmarcarse de ellas. Lo novedoso estaría en relación al contexto en que se inscribe dicha crítica y la posición desde la cual se plantea: el recorrido histórico de la democracia estaría llegando a su punto final como consecuencia de la inevitable desvirtuación que comporta el despliegue de su propio concepto en todas sus potencialidades, cuyas carencias se manifiestan con más intensidad contra más se desarrolle en su aplicación, y a cuya implosión estaríamos asistiendo en la actualidad. Lo del Brexit o lo de Trump serían los ejemplos de unas carencias conceptuales de mucho más calado; la punta visible del iceberg.
(El artículo completo, en Catalunyavanguardista, AQUÍ)

dilluns, 21 de novembre del 2016

La izquierda y las imposturas









Aun partiendo del dicho según el cual «en todas partes cuecen habas», pero con el no menos fiable colofón «y en algunas a calderadas», creo que las peculiaridades propias de este país y sus circunstancias inciden muy particularmente en la conformación de eso que llamamos en política «izquierda» o «izquierdas», muy especialmente en lo que a imposturas se refire.

Un problema que, sin duda alguna y dicho a la brava, se concretaría, según sus respectivas categorizaciones, de la siguiente manera: Antropológicamente, en que hay mucha gente que «cree» ser de izquierdas y hasta que piensa serlo de verdad. Sociológicamente, en que la proyección de esta creencia se traduce con frecuencia en una impostación o fingimiento cuyo correlato moral es el certificado de autenticidad requerido para ser depositario de la autoproclamada superioridad ética de la izquierda, y que se resuelve en un postureo meramente estético nutrido de tópicos. De todo ello colegiríamos que los contenidos de la noción izquierdas en el imaginario colectivo se han construido en gran medida con materiales suplantados y de deshecho que ejercen de sucedáneo. A ello habría que añadirle las inevitables aportaciones propias de un país con reconocidas pulsiones anarcoides.

Sólo a partir de este mejunje sincrético puede entenderse que, por ejemplo, haya quien considere todavía al PSOE como un partido de izquierdas y a Felipe González un referente de la socialdemocracia; que haya quien afirme, sin que se le altere fatalmente la sinapsis neuronal, ser nacionalista –español, vasco, catalán, gallego…- y de izquierdas (incluso radical), o incluso que, desde la propia izquierda, así como desde la derecha, los haya sinceramente convencidos de que Podemos es un partido marxista-leninista. Podríamos poner muchos ejemplos de ello, muy probablemente de mayor alcance que el que referiremos a continuación, y tal vez lo hagamos más adelante en ulteriores entregas.

Es obvio que, en muchos casos, de lo que se trata es de un cinismo práctico cuyo único objetivo es barrer pro domo sua. Pero esto no es en sí lo inquietante, sino la acogida que reciben estos discursos por lo arraigado de su correspondencia con los constructos propios del imaginario colectivo que han contribuido a modelar. Y lo que se desprende de todo ello es que no estamos ante un mero nominalismo grosero, de acuerdo con el cual bastaría que alguien se proclamara de izquierdas para luego, una vez en posesión del certificado de autenticidad, poder proferir cualquier tontería, sino ante algo bastante más sofisticado y, desde luego, ampliamente consolidado.

Porque en realidad, sí hay unos requisitos previos, digamos a priori, para que a alguien o a una formación que se autoproclama de izquierda se le acuerde tal condición. Unos requisitos que no consisten tanto en categorías más o menos erráticas o difusas, como en su ocupación de ciertos lugares en el imaginario de una topología constituida por una métrica básicamente estética a partir de la cual, entonces sí, se puede articular cualquier discurso sin que por ello se cuestione la denominación de origen de izquierdas de quien lo emite.

Sonará raro, pero sólo así se puede entender –o al menos sólo así un servidor puede entender- que al PP se le considere de derechas, lo cual parece fuera de toda duda, pero a ERC, en cambio, se la considere de izquierdas, lo cual ya es ciertamente más que dudoso. A la vista están sus respectivas políticas económicas –ahora que ERC dirige la economía catalana-, y la verdad es que, postureos estéticos aparte, ni la más benevolente de las comparaciones podría evitar tener que acabar recurriendo al principio de identidad de los indiscernibles. Porque ¿Qué hace entonces que las privatizaciones o los recortes de unos se vean hasta como lógicos, en virtud de su naturaleza derechosa intrínseca, mientras que lo mismo en los otros no soliviante más allá de la apocada disidencia verbal y sin que se cuestione su condición de izquierdas.

Insisto, no me estoy refiriendo al cinismo práctico de unos dirigentes que no sólo saben perfectamente que son de derechas, sino que hasta se permiten elogiar la política económica de Merkel– véanse sino las declaraciones de Oriol Junqueras- y tengan la defachatez de proponerla como modelo desde su autoatribuida condición de izquierda. A lo que me refiero es a la (no) recepción de la indiferencia. Porque ¿Qué distingue entonces a la derecha del PP de la «izquierda» de ERC? ¿Tal vez sus respectivos discursos nacionales? ¿Es éste un criterio de demarcación válido entre derecha e izquierda?

Y no sólo en Cataluña, sino en toda España, estoy seguro de que una abrumadora mayoría, con independencia de su adscripción política, estaría dispuesta a reconocer al PP como de derechas y a ERC como de izquierdas. Es sólo un ejemplo, a mi entender uno de los más lacerantes y significativos de las consecuencias de esta topología constituida por categorías impostadas que más arriba intenté apuntar. Un constructo que prima la atribución del ser sociológico –lo que se acuerda que uno es- y que relega el ontológico –lo que uno es-. Sin duda porque así ha de ser; va con el siglo y su «liquididad».

dijous, 17 de novembre del 2016

El corredor mediterráneo y la política en España








Como en las células anarquistas londinenses que nos describe Chesterton en «El hombre que fue jueves», tiene uno a veces la sospecha de que el gobierno español ha de estar repleto hasta las trancas de independentistas infiltrados con el único objetivo de fastidiar a España. Sólo así se pueden entender muchas de sus disposiciones, proyectos, realizaciones y actitudes del gobierno, no sólo con respecto al «procés», al cual aporta munición cada vez que empieza a andar escaso de ella, sino con respecto también al resto de España. Y si no es esto, entonces lo que hay es una falta de inteligencia política y de sentido común tan apabullante que desconciertan.

Hablando en serio, creo que el gobierno se está equivocando en su estrategia contra el proceso independentista catalán de forma estrepitosa. Hasta diría que de no ser por las insuficiencias constitutivas inherentes al propio «procés» y a las más que evidentes carencias y limitaciones de sus dirigentes, el independentismo podría adquirir en Cataluña una envergadura muy superior a la actual hasta constituirse en socialmente mayoritario y, por ende, entonces sí, imparable. Lo peor de todo esto es la falta de auténtico sentido de estado que delata, que no sólo perjudica a los catalanes –sean independentistas o no-, sino a todo el país. 

Porque hay cosas que conciernen a todo el país; es decir, a toda su ciudadanía. Y lo que no vale es aducir el argumento del interés común nacional para negar un referéndum en Cataluña, o un concierto económico –que sí tienen otros territorios-, mientras que por otro lado el mismo argumento se pasa por el arco de triunfo cada vez que la ocasión lo requiera. Un claro ejemplo de ello es el renovado empecinamiento del gobierno, elevado por enésima vez ante la UE, en priorizar el corredor central ferroviario de alta velocidad, frente al corredor mediterráneo, por el cual es evidente que siente incluso más aversión que displicente desinterés.

Es verdad que puede entenderse como un castigo a los díscolos para que se enteren de «quién manda». Sí, pero es una estupidez que a quien perjudica no es sólo a catalanes, valencianos, murcianos y (parte de) andaluces, sino a todo el país, en general, porque mantiene en fase de subdesarrollo viario a todo un arco mediterráneo que concentra cerca del 40% del PIB de toda España y la mayor parte de sus territorios más dinámicos y exportadores. Vamos -y esto no lo discute nadie-, de los que más tiran de la economía nacional.

Se mire como se mire, que a estas alturas no exista todavía el corredor mediterráneo en el país con más kilómetros de alta velocidad de toda Europa, no puede ser sino el claro exponente de una concepción patrimonialista y excluyente de lo español, que se sitúa a la misma «altura» política, moral e intelectual, que los más delirantes independentismos periféricos, equiparándose a ellos y convirtiéndose en su correlato, que es precisamente lo que a toda costa cualquier estado que merezca tal nombre debería evitar ni tan siquiera aparentar. Más aún en las actuales circunstancias.

Porque no se trata, contra lo que muchos puedan pensar, de un problema de centralismo. El centralismo puede ser inteligente o estúpido. Francia es centralista, pero no estúpida. Su centralismo es incluyente, no excluyente. Y su primera línea de alta velocidad fue para unir a sus dos más importantes ciudades y regiones, en lo demográfico y en lo económico, París y Lyon. Y luego, pues un orden de prelación razonablemente basado en este mismo criterio.

Claro que, según se mire, también puede que el reiterado y evasivo rechazo del gobierno al corredor mediterráneo obedezca a una previsión que contemple la eventualidad o la certeza de una Cataluña independiente en un previsible plazo. Porque de lo contrario, lo prioritario en estos momentos para España, es el culpablemente demorado corredor mediterráneo, en primer lugar, y probablemente el cantábrico, en segundo. Por cierto que nunca existió en España un corredor cantábrico ferroviario, ni siquiera convencional, sólo de vía estrecha, nunca mejor dicho; como el concepto de país que tienen todavía algunos, en el centro y en la periferia. Ahí sí que “tanto monta…” Política de vía estrecha, los «hunos», política de vía estrecha los «hotros», y política de vía estrecha, todos sin excepción.

Ante cosas así, resulta imposible no evocar a Paul Preston en una afirmación suya que ha quedado, diría yo, como una auténtica maldición que sigue ejerciendo su influjo: el desastre de la pérdida de las últimas colonias en 1898, se resolvió mentalmente con la interiorización del imperio en la metrópolis, con todo lo que a tal representación le es inherente. Lo del AVE y el arco mediterráneo es sólo un ejemplo, pero muy significativo de esta manera de entender España que, al parecer, sigue perviviendo. Porque ya digo, o es que se contempla la independencia de Cataluña como inminente, o no hay manera lógica de entenderlo.

Mientras tanto, seguiremos con las bizantinas discusiones sobre si España es una nación de naciones, un estado de naciones, una nación de estados… o lo que sea. Hoy por hoy, lo que desde luego acredita con este tipo de actitudes, es que sigue sin ser un estado moderno; y menos aún, un estado nacional.