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dilluns, 4 de juliol del 2016

En busca del sorpasso perdido



Como si del Arca o del tiempo perdido se tratara, andan ahora en Podemos metidos de lleno en la tarea de desentrañar el porqué del último fracaso electoral. Tal vez la primera lección que deberían extraer sea que no hicieron bien los deberes y que los politólogos también pueden equivocarse. Claro que como lo de los deberes no les va, o al menos esto es lo que se infiere del hecho que apostaran por suprimirlos en la escuela, acaso no busquen por tales pagos. «Hay que ser más humildes», les espetaba aquel cura porteño a sus feligreses en el sermón dominical, previniéndoles contra su idiosincrática petulancia. «Haced como Jesucristo: pudo haber nacido en Buenos Aires, pero no quiso», les aconsejaba.

A medida que las llamadas ciencias sociales se van desprendiendo progresivamente de sus dependencias filosóficas, muy especialmente en los curricula universitarios, donde la Filosofía o no está ni se la espera, o simplemente se trivializa hasta límites académicamente aberrantes, cada vez se tiende más a considerarlas unas nuevas ciencias exactas –apelativo que ni los matemáticos aceptan hoy para su disciplina-, y luego, claro, pasa lo que pasa.

Que todo un profesor universitario como Pablo Iglesias no hace ni siete meses le recomendara públicamente a su contrincante, en un debate electoral televisado, «La Ética de la Razón Pura» (sic), de un tal Kant, sin pestañear ni autocorregirse, demuestra que fue algo más que un mero lapsus linguae. Y no mejora precisamente la cosa que el gazapo surgiera  porque el otro candidato –el ciudadano Ribera- acabara de afirmar que Kant era para él un referente ineludible, admitiendo a continuación –ante la inoportuna pregunta de un estudiante- no sólo que no había leído nada de este autor, sino manifestándose incapaz de citar, siquiera de memoria, algún título suyo, y que ante tal bochorno, Iglesias se ofreciera amablemente a recomendarle «bibliografía». Ahora ambos andan a la búsqueda de una respuesta «científica» que explique su reciente fracaso…

Si carecemos de la menor idea sobre la fundamentación de conocimientos cuyas aplicaciones utilizamos a diario, corremos el riesgo certero de incurrir, tarde o temprano, en una fetichización, si no sacralización, de lo que es un simple instrumento. Dicho en otros términos, a la manera de Hegel, si en el templo del conocimiento no hay un sanctasanctórum, cualquier santo puede acabar encumbrado en Dios, y esto, pese a los estragos que ha causado el politeísmo católico, sigue siendo idolatría; en términos epistemológicos, también. Y esto es lo que les pasa a estos chicos.

Ahora buscan con ahínco acertar en qué erraron, pero lo buscan en el manual de instrucciones de uso, para saber cuál fue el paso que no siguieron correctamente según dicho manual. La posibilidad de un error conceptual de fondo, previo al manual e inherente a él, no se les pasa por la cabeza ni por asomo. Y éste es un error de nivel de abstracción superior a cualquier otro de instrumentalización práctica que puedan eventualmente haber cometido.

Quizás porque el error de base sea de comprensión, no de descripción. El clamoroso bluf de las encuestas, por ejemplo, no se puede solo describir, sino que previamente requiere ser comprendido. Ímproba tarea tienen por delante, tendrán que estudiar mucho antes. Y hacer deberes. Es lo que hay.

dissabte, 19 de març del 2016

Podemos, los «polls revisculats» y el perro del hortelano



Recuerdo una vieja entrevista a la inefable Vanessa Redgrave –excelente actriz y activista de izquierdas-, con motivo de la enésima escisión que protagonizó en las ya de por sí muy mermadas filas del trotskismo británico en que militaba. Se quejaba de que su anterior partido estaba lleno de contrarrevolucionarios. Algo así como en «El hombre que fue Jueves», de Gilbert K. Chesterton, con las catacumbas anarquistas de Londres repletas de policías infiltrados. Afirmaba que en el nuevo partido esto no ocurriría, porque en una organización verdaderamente revolucionaria, a esta gente se la detecta a las primeras de cambio. Toda una ironía de la historia que los promotores del entrismo se quejen de estar «entrados», pero admitámoslo, ¡bien por Vanessa!

Mucho más sutilmente, Graham Greene nos relataba el periplo de un periodista desplazado a una remota región africana para cubrir un conflicto étnico. Se equivoca de avión y va a parar a otra zona donde no hay guerra; todo lo contrario, paz y armonía en las relaciones entre las dos tribus. Para enmendar su error, el reportero empieza a enviar crónicas que justifican su llegada a la zona equivocada. Sí, todavía no hay conflicto, pero lo habrá, porque se está sembrando el odio interétnico, y además, se trata de una región geopolíticamente más relevante que la otra a la cual le habían enviado inicialmente. Con todo lujo de detalles, entre reales e inducidos, empieza a describir el conflicto larvado entre las dos comunidades. Sus crónicas se publican en Londres, y de allí llegan hasta la por entonces apacible y pacífica región, cuyos pobladores empiezan a enterarse de que están en guerra civil. Al final, claro, estalla el conflicto. Huelga decir que lo único que había fomentado el odio interétnico eran los artículos del periodista.

Delirios trotskistas aparte, lo de Podemos incorpora en mi opinión componentes de ambos casos, así como de un tercero nada desdeñable: ellos mismos y sus errores; siempre distinguiendo, de acuerdo con el símil tenístico, entre los errores forzados y los no forzados. Para entendernos, el error forzado sobreviene cuando llegas a la bola y le das mal porque en tu posición no puedes hacerlo de otra manera; el no forzado, cuando teniéndolo todo a favor para una esmashada a placer en el borde mismo de la red, con el contrario a tu merced, envías la pelota a las gradas o a la red. De todo ha habido también en Podemos. Aquí me referiré a los errores no forzados.

En España no había nada relevante a la izquierda del PSOE desde 1982. Y lo de considerar al PSOE izquierda, pues qué quieren que les diga: me parece, digámoslo prudentemente, muy aventurado. Más allá de sus connotaciones antisistema, Podemos surge hace ahora un par de años como resultado de la posterior vehiculación política de los movimientos del 15-M. Y generó expectativas por lo que podía ser y representar. La articulación bajo una sola formación, de una izquierda secularmente heteróclita y sincrética, con mucha supuesta base, pero sin otra voz institucional que la de una desacreditada, herrumbrosa y ventrílocua Izquierda Unida, formada por apparatchiki restos de serie sin más capacidad e intenciones que mantenerse en el cargo a cualquier precio. Náufragos que vieron con perplejidad y espanto cómo se estaba fletando un nuevo barco para el cual no tenían billete.

La puesta de largo de Podemos fueron las elecciones europeas de mayo del 2014. Aunque Izquierda Unida obtuvo un eurodiputado más -6 contra 5-, la tendencia estaba muy clara: Podemos irrumpía con fuerza y marcaba tendencia. Algo similar ocurrió en estas mismas elecciones entre UPyD y C’s. Por cierto, no deja de ser paradójico que, al menos hasta la fecha, C’s haya demostrado ser, orgánicamente, mucho más leninista que Podemos.

Es cierto que Podemos había gozado de una cobertura mediática sin precedentes en una formación sin representación parlamentaria alguna. Y que en atención a algunos de los medios que prestaron tal cobertura, es más que probable que subyaciera la intención de erosionar al PSOE por la izquierda ¿cómo no? Pero también lo es que supieron aprovecharlo a partir de la proyección que adquirió su líder más visible, Pablo Iglesias.

Sea como fuere, lo cierto es que si alguien jugó a Dr. Frankenstein, el experimento no le salió mejor que al personaje de Mary Shelley. Podemos cuajó y empezó a ser el terror de las encuestas. Era, parafraseando a Marx, el nuevo fantasma que recorría España. A partir de ahí, las cañas se tornaron lanzas y Podemos se convirtió en el enemigo a batir. Que si Venezuela, que si Irán, que si marxismo-leninismo trasnochado y totalitario… Recuerdo una Sabatina de Gregorio Morán en la cual avisaba a los podemitas que se fueran preparando, porque les iban a sacar hasta el tatuaje que llevaban en el culo… Y así fue. ¿Cómo se pueden equiparar el medio millón de euros incorrectamente declarados de Monedero, con los millones robados y evadidos por Rato o Pujol, o los casos Gürtel, Púnica y tantos más? A ver, que quede claro: no me cae especialmente simpático Monedero, pero equipararlo, como se ha hecho, con los anteriores, es una obscenidad capciosa.

Ya en el 2015, elecciones municipales y autonómicas, autonómicas catalanas, y generales. Con resultados diversos, según el caso, pero que, en definitiva, han consolidado a Podemos como tercera fuerza política en España, y en situación de superar al PSOE. Y ahora, en el 2016, crisis interna, dimisiones, purgas, luchas internas por el poder entre sus dirigentes y una propensión hacia el cantonalismo que amenaza con hacer saltar por los aires a la formación. Y todo esto precisamente en unos momentos en que ha de dilucidar su posición frente a un posible gobierno presidido por el PSOE. ¿Casualidad, fatalidad, errores forzados o inducidos, errores no forzados propios?

No hace mucho se decía en un importante medio, pro-PSOE de toda la vida –y también ahora pro-C’s-, que la pugna entre Iglesias y Errejón obedecía a dos proyectos orgánicos distintos. Mientras que Errejón estaría por el mantenimiento del actual statu quo de Podemos, con sus pactos y alianzas/amalgama con mareas, compromisos y «comunes» singulares varios, Iglesias, por el contrario, estaría por la construcción de un partido rígido, por un PCE 2.0. También, si el primero, más contemporizador, se inclinaría hacia un modelo de colaboración con el PSOE, por aquello de la unidad de la izquierda, el segundo, en cambio, apostaría directamente por el sorpasso a los socialistas y las elecciones anticipadas.

Bueno, no sé si esto será así en verdad. Pero sí me atrevería a asegurar que es el gran problema que tiene Podemos ahora mismo, y que es un problema estructural, sistémico, resultado de un error político de fondo atribuible sólo al mismo Podemos.

Me estoy refiriendo a la política de pactos –en muchos casos de dejación- que, lejos de reforzar a Podemos, a lo único que han contribuido es a dar pábulo a toda una nómina de personajillos mediocres y políticamente desahuciados, cuyo destino político era el estercolero de la historia, ahora redivivos, que han acabado por intoxicar al propio Podemos hasta vampirizarlo –esto lo saben hacer muy bien-, y que lejos de haber representado una suma en la unión de la izquierda y la pluralidad nacional española, han acabado por convertirlo en una amalgama de cantones donde una mano no sabe lo que está haciendo la otra. En catalán, a este perfil de sociotipo humano lo define a la perfección un viejo refrán: “Poll revisculat, pica més que cap”. Traducido al castellano sería algo así como: Redivivo el pollo moribundo, muerde más que ninguno.

Julio Anguita, en «Atraco a la memoria», se lamentaba de la fingida pluralidad en aras a la cual Izquierda Unida se veía obligada a incluir  en sus listas electorales, en lugares destacados y en perjuicio del PCE, a líderes de partidos cuya militancia al completo cabía en un taxi. Anguita no consiguió invertir esta tendencia y se fue. Podemos ha cometido, en mi opinión, el mismo error y con creces. Para estos pollos moribundos ha sido su tabla de salvación. Y era precisamente Podemos quien los iba merecidamente a barrer. Ahora ya no caben en un taxi, sino que precisan de un autobús; pagando Podemos la factura, claro.

Los polls revisculats vuelven a estar ahí viviendo, como siempre, del momio. Y me temo que ya es demasiado tarde para corregir esta deriva, ni aun en el supuesto que esta fuera la intención. Ignorar que también había casta a la izquierda del PSOE, por más cutre que fuera, ha sido su gran error. Acaso acuciados por la avidez de lo inmediato, no lo sé, pero ahora los tienen dentro, o ni eso, al lado, y haciendo de perro del hortelano.


dimecres, 16 de desembre del 2015

LA EDUCACIÓN EMOCIONAL



Entre otras lindezas, «Podemos» incluye, entre las propuestas educativas de su programa electoral, la introducción de una materia de «educación emocional» en distintos niveles educativos que no especifica, pero que es de suponer, dada la envergadura intelectual de la propuesta, que abarcará todos los planes de estudio. No se puede decir que no apuesten fuerte por la innovación, desde luego que no.

En un primer momento, uno pensó que tal vez se trataba de un error de comprensión lectora por mi parte, que dónde decía «emocional» debería figurar en «sentimental», que se trataba en realidad de una propuesta de reintroducción de una materia de literatura universal, tan maltrecha en nuestros planes de estudio que es prácticamente inexistente, y que, a modo de ejemplo, citaban la célebre obra de Flaubert «La Educación Sentimental». Pero no, mi gozo en un pozo. No se trataba de un error, sino que mi primera impresión se confirmó: era educación emocional; por lo de la inteligencia emocional, claro.

La verdad es que uno siempre pensó, desde el mismo momento en que apareció el Sr. Goleman con su milonga de la inteligencia emocional que tantos dividendos le ha reportado, que todo lo que se podía decir sobre esta supuesta facultad humana ya lo había dicho el viejo Aristóteles, cuando tratando el ámbito de la proáiresis, destacaba la importancia de saber enfadarse, es decir, de tener una cierta capacidad de control sobre el pathos. Todo ello en el bien entendido que no está en mi mano decidir si algo me entristece, me enfurece o me pone de buen humor. Pero no, desde Goleman, la inteligencia emocional ha dado mucho de sí, tanto que desde la psicología y la pedagogía new age, se la considera el talismán del nuevo modelo educativo, muy por encima de la intelectiva, tan rutinaria y repetitiva ella. Y los de Podemos, tan modernos ellos, pues venga educación emocional.

Tampoco acaba uno de concluir si la inteligencia emocional es una facultad intelectiva o sensorial, una distinción probablemente trasnochada para la intrépida legión de «emocionalistas» que, con una fe y un entusiasmo dignos de mejor causa, proclaman las bondades de «implementar» el control de las emociones mediante la potenciación de dicha inteligencia emocional, que resulta que no sabíamos que teníamos y que, empeñados en los contenidos de conocimiento, estábamos cercenando la futura felicidad que nuestros jóvenes tienen ahora a su alcance. ¡Cuántas generaciones de infelices se han malogrado por el contumaz empeño en enseñar ecuaciones y batallitas!

A lo más, uno pensaba que acaso esta nueva facultad, descubierta no se sabe bien a través de qué procedimiento, podría ser el resultado de una mala digestión del llamado «emotivismo» de Hume; vamos, que en aras a la innovación, y acaso excesivamente «emocionados», se hubieran pasado tres pueblos. Pero tampoco. Se trata de una facultad que quien no se rinda ante ella está condenado a ser un desgraciado. Así que igual que Kant hablaba de la minoría de edad culpable, ahora resulta que lo que somos es desgraciados culpables. El único problema, ya digo, es que si no se trata de una facultad intelectiva ni sensorial ¿qué diablos es entonces la inteligencia emocional? ¿Habrá que reinventar el alma para colocarla como una de sus potencias? Todo un enigma, créanme, para un profano en este tipo de menesteres.

Y luego hay también un aspecto relacionado con esto de la inteligencia emocional que me trae de cabeza ¿Es simplemente inteligencia o consiste en algún tipo de saber? Porque digo yo que para conocer tu inteligencia emocional deberá haber algún tipo de conocimientos involucrados, máxime si consideramos que hasta hace poco nos era completamente desconocida. Es decir, que no todos la intuimos ¿intelectualmente? Luego, ha de consistir en una cierta disciplina y contenidos de conocimiento debidamente tematizados. Y si es así ¿son estos conocimientos transmisibles, a diferencia de los otros, que sólo se construyen? Porque de no serlo ¿qué será exactamente el educador emocional? ¿Un sucedáneo de los antiguos directores espirituales?

Porque si resulta que no es tampoco un saber transmisible y consistente en una serie de técnicas procedimentales y metodológicas que se «aprenden», lo más parecido a un educador emocional que a uno se le ocurre serían, no ya los curas, sino su variante chamánica. Pero seguro que no es así, porque si «Podemos» la propone como materia -¿un saber tematizado?-, seguro que se lo han pensado muy bien, porque esta gente sabe lo que hace. Y hasta deben saber qué tipo de especialistas –porque serán especialistas ¿no?- serán los encargados de impartirla.

Y esto nos lleva a otro problema ¿Cómo se acredita que uno está capacitado para enseñar educación emocional? Porque algún tipo de pruebas y proceso selectivo para determinar si realmente el futuro educador es un inteligente emocional habrá ¿o no? No sé oigan ¿se les exigirá acreditar que son felices? ¿Y esto como se comprueba? ¿Consistirá la cosa en una entrevista donde al aspirante se le insultará y zurrará para comprobar si sabe controlar sus emociones? Pero es que si uno aguanta los insultos, las vejaciones y las burlas del tribunal ¿es eso ser emocionalmente inteligente y lo acredita como feliz? Qué quieren que les diga, tengo mis dudas.

Y no es la menor entre estas dudas la sospecha de que, al final, se trate ni más ni menos que de un conductismo barato reciclado, cuyo objetivo más bien tiende a la manipulación y al control moral del individuo, y que el altruista deseo de que la gente sea feliz más bien es un burdo pretexto. Porque ¿hay alguien capaz de explicar cómo uno puede llegar a ser feliz?  Y por cierto ¿qué hacer con los tontos emocionales? ¿Grupos flexibles y tratamiento de la diversidad emocional? ¡Vade retro!
En fin, esperemos que Podemos no tenga la oportunidad de explicárnoslo aplicándolo. Si alguna vez pensé en votarles, ya no. Tantas emociones me atribulan.

dimarts, 3 de novembre del 2015

EL «TORRENTE» DE LA IZQUIERDA

 



Las franquicias se compran y se venden, siempre al mejor postor. El gran error de «Podemos» ha sido su «franquicialismo», acaso para parecer lo que son: posmodernos insulsos. Habrán leído mucho a Gramsci, pero mucho menos a Lenin –sin el cual no se puede entender a Gramsci-. O si lo leyeron, les quedó para septiembre. Me refiero al leninismo orgánico, no al político; me refiero al leninismo que sí entendieron y practicaron, o practican, desde Copito de Nieve o Ansar, hasta Mariano o Pujol: el de la coherencia de la formación. Ellos sí que sabían de qué iba esto; aunque no hubieran leído a Lenin… Y es que hay cosas que no hace falta haber leído a Lenin para entender a la primera.

Los chavales de «Podemos», en cambio, andan cojos de esta pierna. Ellos le llamarán pluralismo, sí, pero una jaula de grillos también es plural(ista), pero no jaula, como mínimo teleológicamente. Dice Pablito que su modelo de partido, y en el que le hubiera gustado poder militar, es el antiguo PSUC –no sé en qué época-, pero a mí me parece más bien que se está confundiendo con la CNT-FAI. Una confusión que le lleva a compartir con Primo de Rivera “junior” cierta fascinación por el fenómeno anarquista –éste hasta plagió los colores para su facción-, aunque es de suponer que por razones diferentes. El segundo porque, siendo anarquistas, serían más fáciles de domeñar, o de escabechinar, que de todo hubo; el primero porque, simplemente, se confunde.

Como se confundió aquí, primero al venderle la franquicia, sin tan siquiera su nombre -que era lo que más vendía-, a Ada Colau y sus mariachis, y luego con el refrito de aceite de colza «Catalunya sí que es pot». Los números cantan. De las encuestas a las municipales, menos de la mitad; en las autonómicas, una cuarta parte de las municipales. Sí, las encuestas tienen mucho de ficción especulativa e interesada, pero es hay también errores de manual. En fin, no seré yo quien los instruya sobre ellos, profesores universitarios como son, pero los hechos son los hechos. Y Rabell es el «Torrente» de la izquierda catalana. Hasta ahora, con ICV, teníamos a los curas y a las monjas, ahora ya tenemos hasta a Torrente. No nos podemos quejar.

Incluyo al final del post la imagen del primer formato de carnets del PSUC emitidos en el interior después de la guerra civil; en 1976, para ser exactos, cuando ya no te fusilaban por tenerlo. Basta con echarle un vistazo al texto del reverso: sólo un Torrente cualquiera puede apelar a esta formación y a la vez justificar su voto –encima gratuito-, entre balbuceos de jugador de dominó algo cargadito de carajillos, a una furibunda nacionalista, excluyente y sectaria, como Carme Forcadell, y ése es Rabell. Y hasta sin haberlo pensado, me salió un pareado.

Claro que Rabell nunca fue del PSUC, sino del PORE -¿Alguien se acuerda?- Y no estoy hablando de ningún pecado de juventud: 44 tacos y candidato del PORE por Tarragona. Una edad a la que ya se le supone a uno lo que antes se llamaba «uso de razón».
Por eso estoy por concederle el «Babero de oro», no a Rabell, que no lo necesita, ya tiene la camisa o el jersey, sino a Pablo Iglesias, por su perspicacia y talento político, acreditada y acreditado, en su gestión de Podemos en Cataluña. Peor imposible.
 
 

A lo mejor es que uno es anticuado y vota partidos; no movimientos nacionales. Da igual de qué calaña sea el «movimiento», todos son de la misma. Aquí el carnet, léanlo ustedes mismos.
 

 

 
 
                                                       

dijous, 20 d’agost del 2015

MARXI-LOGSISMO, FASE SUPERIOR DEL MARXI-GROUCHISMO

 


De acuerdo con el nomenclátor taxonómico de la tradición marxista, así como decimos «marxismo-leninismo», por ejemplo, sin duda deberíamos decir marxismo-logsismo. Pero ya no estamos en los tiempos clásicos, y en la promoción de la imagen para la venta de un producto hoy en día, la eufonía es muy importante; además, para ser moderno, nada como cambiar el nombre de las cosas, así parece que las haya creado uno, aunque sean las mismas de siempre. Vamos, que hay que ser fashionable, así que le llamaremos «marxilogsismo», entendiendo tal palabro como una corriente actual del pensamiento marxista, heredera de la otrora hegemónica escuela exegética grouchista –por lo de Groucho Marx-, que actualizaremos también como marxigrouchismo. Heredera, pero eso sí, sin solución de continuidad en la recepción, al no haberla entre el genial cómico que inspiró a la primera y la ley educativa que marcó el pattern de la segunda. Marxilogsista es, pues, alguien que se dice marxista y que estudió bajo la LOGSE.

El marxilogsismo es al marxigrouchismo lo que el siglo XXI es al XX, lo que la posmodernidad liviana es a la gravedad grosera, lo que la música militar es a la música y lo que la LOGSE es a la enseñanza. La variante grouchista del marxismo era el resultado de lecturas mal leídas, peor digeridas y pésimamente contextualizadas. Que dichas lecturas fueran muchas o pocas, o que no lo fueran de las fuentes directas, sino de la bazofia bibliográfica canónica al uso por entonces, no es significativo, sino mucho más: constituye precisamente la principal seña de identidad intelectual y moral de dicha corriente. Era el marxismo-grouchismo, en adelante, marxigrouchismo.

El marxilogsismo, en cambio, y de acuerdo con su época, es la versión posmoderna del viejo marxigrouchismo. A diferencia del marxigrouchista, que no entendió nada ni lo pretendía en el fondo, pero que pasó por casi todo, el marxilogsista puede haberse graduado en ciencias políticas y haber hecho un master o una tesis sobre Gramsci, ignorando, en cambio, quién fue Napoleón, y sin haber pasado por casi nada, con la excepción del objeto de su especialidad. Es decir, un politólogo marxilogsista puede ser especialista en Gramsci sin haber pasado ni remotamente por la historia del pensamiento político –no digo ya la del pensamiento a secas- en toda su vida, o acaso aprobándola con un trabajito sobre el autor futuro objeto de su especialidad. O puede ser una autoridad en el proceso de descolonización del siglo XX sin conocer para nada el anterior proceso colonizador del XIX.

Nombres como Marx, Max Weber, Tocqueville, Luckács, Harich, Maquiavelo, Hobbes, Voltaire, Erasmo o Spinoza, por no hablar de los clásicos griegos como Platón, o cristianos como San Agustín, son para el marxilogsista, en el mejor de los casos, meras referencias descontextualizadas. Cosas de la ahistoricidad, cosas del marxilogsismo.

Al marxilogsismo le va como anillo al dedo aquel viejo chiste en que, preguntado el examinando por el sistema filosófico de Tomás de Aquino, respondió que lo desconocía, porque era obsoleto y estaba superado, así que desarrollaría en su exposición la refutación de dicho sistema, que esa sí, se la conocía perfectamente. Y en referencia a esto, hay sin duda una posible objeción que requiere de un excurso para dejar claro que no es de eso de lo que estamos hablando.

Sí, es cierto que Bertrand Russell decía que, de desaparecer su obra y su pensamiento tuviera que pasar a la posteridad sólo por lo que transmitieran de él un discípulo suyo tonto o un rival inteligente, elegiría al rival inteligente. Porque el tonto –como Marías respecto a Ortega, sin ir más lejos-, como no lo ha entendido, desvirtúa, trivializa, caricaturiza y, en definitiva, adultera de tal forma al maestro que es imposible reconocerle. El rival inteligente, en cambio, transmitiría sin duda el pensamiento de su enemigo para refutarlo y ponerlo a caer de un burro. Pero en tanto que inteligente, lo habrá entendido; por lo tanto, como mínimo no lo desvirtuará y, tarde o temprano, su pensamiento podrá reseguirse y recuperarse. No así con el admirador tonto.

Y puede que sea ciertamente así. Pero aquí la cosa no va de ese palo. Estábamos con el marxilogsista especialista en Gramsci, una especie de mónada leibniziana a partir de la cual percibe toda la realidad del mundo desde su perspectiva «gramsciana». Y si bien, ello no obstante, leibnicianamente hablando podríamos incluso asumir que sí que la percibe (la realidad, su realidad), y que eso es en el fondo lo que nos pasa a todos, con la excepción del propio Leibniz, lo cierto es que su comprensión y construcción de ella quedará inevitablemente circunscrita a sus limitaciones de perspectiva. Y claro ¿qué ocurre si luego, en un mal momento, a nuestro graduado en Gramsci, y sin prácticamente haber bebido de otras fuentes, se le ocurre leer «Materialismo y Empirocriticismo», de Lenin? ¿Se imaginan ustedes el desastre? ¿A qué conclusiones podría llegar nuestro hombre sobre el panorama filosófico europeo a finales del siglo XIX, después de leer semejante bazofia? Podría ser de efectos intelectualmente catastróficos.

Bueno, pues es lo que está ocurriendo. Y es, además, una característica constitutiva del marxilogsismo. Si el marxigouchismo descontextualizaba groseramente, el marxilogsismo, muy al contrario, contextualiza, pero no menos groseramente. Porque si el primero no había entendido nada el segundo, en cambio, lo enteinde mal. El marxigrouchista estudió con manuales de historia de la literatura universal o del pensamiento de los que no entendió nada; pero le daba igual porque lo suyo era la impostura. Al marxilogsista, en cambio, se le impartieron un par de autores fuera de los cuales no sabe nada. El marxigrouchista lo ignoraba todo del arcipreste de Hita porque era un cura del bando explotador en el contexto de la lucha de clases como motor de la historia, de ahí sus pretenciosos desdenes, despreciando, no tanto por innecesario, que también, pero sobre todo por maligno, cuanto ignoraba; el marxilogsista, también, pero porque nunca se cruzó en su camino, ni para bien ni para mal. El marxigrouchista era un orate universalista; el marxilogsista, un particularista orate.

Y si antes puse a Gramsci como ejemplo, un pensador marxista la parte fundamental de cuya obra, como por cierto la de Aristóteles, pero por razones muy distintas, no fue escrita para ser publicada, no era por casualidad, sino, muy al contrario, porque este parece ser el objeto especialista de uno de los líderes del núcleo duro de PODEMOS, Iñigo Errejón, eximio ejemplo de marxilogsismo donde los haya. Y por sus recientes errores políticos, debidos a serios déficits de capacidad analítica, simplemente por falta de acervo. Una insuficiencia desde luego no atribuible a Gramsci, si no a las dependencias logseras del líder podemita.

Me estoy refiriendo a las constantes meteduras de pata de Errejón en su delirantes andadura errático-surrealista en sus tentativas por articular una coalición «amplia» en que participe «Podemos» para las próximas elecciones catalanas del 27-S. Vamos, que está intentando cuadrar el círculo y no sabe todavía que, al menos hasta hoy, es incuadrable. De su mal entendido concepto del nacional-independentismo catalán –que no de su no entenderlo, que sería el caso del grouchismo- dan fe los resultados cosechados hasta ahora. Simplemente, el independentismo catalán ha abducido a Podemos y lo ha dejado en Cataluña reducido a mera comparsa, pero ha sido así porque se lo ha puesto como se las ponían a Fernando VII.

«Podemos» ha pasado de ser una fuerza con expectativas más que halagüeñas en Cataluña, a ejercer de muleta para los tunos de la política a los que se suponía que venía a barrer, es decir, ICV y otra anodinas variantes deslavazadas que ahora han visto su oportunidad y se han lanzado a ella como el tahúr a un tapete verde con naipes. Porque miren ustedes, una cosa es postular un referéndum por el derecho a decidir de acuerdo con el derecho a la autodeterminación de los pueblos –dejémoslo así-, y otra muy distinta predeterminar lo que se ha de decidir al ejercer la susodicha autodeterminación. Aunque parezca una contradicción, no lo es, ocurre a diario.

El resultado ha sido la disolución del programa territorial de Podemos en un magma sincrético y en una atrabiliaria candidatura de nombre «Catalunya sí que es pot», de la cual no se sabe muy bien qué opina al respecto sobre el tema, y cuyo cabeza de lista, un tal Rabell, al igual que la ínclita Ada Colau, dice que no es nacionalista ni independentista, pero que votó «sí-sí» en la mojiganga organizado por Mas el pasado 9-N, y que ahora sugiere pactar luego con ERC, acaso pensando que dicho partido es de izquierdas porque lo dice su nombre. Todo un ejemplo de coherencia. Una candidatura cuyas listas frecuentan anodinos «independientes de base» que más bien parece que estén allí porque no obtuvieron ningún puesto de relevancia en las listas de Mas o de las CUP. Una lista en la cual PODEMOS ha quedado desdibujado y en segundo plano.

Porque la verdad es que ahora mismo, y a la vista de los personajes que encabezarán la candidatura en que participa «Podemos», y de lo que van diciendo por ahí, no se sabe si es una candidatura federalista, criptoindependentista, abiertamente independentista, «ni sí ni no, sino todo lo contrario», «sí, sí, pero no», «no, no, pero sí», o qué diantres propone, si es que propone algo. Dicen que quien con críos se acuesta, meado se levanta. Pues eso.

Con lo fácil que era decir, miren, nosotros estamos por una articulación federal del estado, y precisamente por esto no vamos a promover la independencia; muy especialmente si resulta que dos de las candidaturas proponen una declaración unilateral de independencia si obtienen la mitad más uno de diputados, que pueden equivaler a un 35 o un 40% de los votos emitidos, en una auténtica hemorragia de sentido democrático. Si quieren un referéndum, ya nos parecerá bien cuando hayamos realizado un proceso constituyente que lo permita, pero esto, en todo caso, son ustedes quienes lo han de promover, como ya están haciendo, pero aquí, que cada palo aguante su vela, o más procazmente, que cada perro se lama su pijo. Ahora bien, ello no quita que a través de un proceso constituyente, y si ustedes lo piden, señores independentistas, se prevea la posibilidad de, bajo determinadas condiciones y garantías democráticas, celebrar una consulta para que la población catalana, o cualquier otra, se pronuncie al respecto. Pero que quede claro que, en el supuesto de que se diere tal consulta, nuestra posición fuere inequívocamente «no», porque nuestro proyecto es otro. Y si eso a ustedes les parece insuficiente o no les gusta, es cosa suya, no nuestra. Claro y llano ¿verdad?

Pues no, ahí tenemos la candidatura «Catalunya sí que es pot», plagada de quintacolumnistas independentistas. De haber actuado de otra manera desde hace unos meses, hoy la situación de «Podemos» en Catalunya sería otra y sus expectativas muy distintas. Y todo por ignorar que el independentismo, ideológicamente hablando, es como la gota de tinta que tiñe de oscuro todo el agua de la bañera. Hay que estudiar más, Errejón, y saber con quién te estás jugando los cuartos. Es lo que tiene el marxismo bajo el prisma de la LOGSE.

dissabte, 13 de juny del 2015

MUNDANEANDO, PODEMIZANDO



Si ayer «ciudadaneábamos», hoy «podemizaremos». La verdad es que cuando uno empieza a oír que si la izquierda plural, que si candidaturas de base, que si primarias a tutiplén y toda esta vieja cantilena, instintivamente hace su aparición la inefable mosca en la punta de la nariz, y el inevitable mosqueo. “Xavier, te están vendiendo fulanismo”, me digo. Porque, la verdad, no es que uno esté por sistema contra la pluralidad en los partidos o en las candidaturas, ni que las bases participen, ni contra las primarias. Pero a medida que te vas haciendo mayor, cada vez parece más claro que aquello que se decía antes, que la izquierda está dividida por ideología mientras que la derecha está unida por intereses, hay que ponerlo, como mínimo, en cuarentena. No por la derecha, sino por la izquierda. Lo de la derecha es de toda la vida; lo de la izquierda también, pero no se da por enterada.

Y luego está lo del entrismo. Lo prometo, sé de un tipo que está apuntado a varios partidos y plataformas con la única finalidad de votar siempre las opciones independentistas. Este domingo votará en la consulta que realiza una de estas formaciones para decidir precisamente sobre el tema. ¡Y pensar que cuando advertía, no hace mucho, del peligro entrista del independentismo en «PODEMOS», tuve que recurrir a la película de George Clooney “Los Idus de Marzo”! ¡Si aquí somos los reyes!

Y en esas está «PODEMOS», en toda España, basta con echar un vistazo a Aragón –con el ínclito Echenique-, a Andalucía, a las fallas que están organizando en Valencia con la O(l)tra, ya veremos si también en Madrid, y cómo no, en Cataluña, donde a ver cómo acaba, si es que llega a empezar, lo de Ada Colau; de momento hasta se les ha ofrecido una monja como cabeza de lista de las autonómicas, para llevarles por el buen camino del independentismo.

La cosa está clara, el debate es por el momio, nada de ideología. Los náufragos de Iniciativa ven la oportunidad de seguir en la brecha que ha daban por finiquitada, la extrema izquierda, de hoy y de ayer, ve la oportunidad de comprobar una vez más como todas sus tesis no resisten la prueba de la verdad, y los independentistas a conjurar el peligro. Lerrouxistas ya se lo han dicho; poco les falta a Iglesias y a Errejón que algunos de sus correligionarios de aluvión le taches de «estalinistas» por no cederles el lugar que las masas, es decir, ellos y sus fantasmagóricas siglas, merecen en las listas.
Si yo fuera «PODEMOS», apostaría por siglas únicas y partido, nada de coaliciones. Y al que le pique, que se rasque. Ya hay demasiado incompetente en la izquierda como para dar ahora pábulo a los que la han acreditado tan sobradamente. Puede que obtuvieran algo menos de votos, pero consolidados; la alternativa es convertir la «cosa» en una jaula de grillos. El debate está servido.

dilluns, 1 de desembre del 2014

¿"PODEMOS" O NO QUEREMOS? LOS ESTABLOS DE AUGÍAS Y LA UNIVERSIDAD



Excelente artículo de Félix de Azúa hoy en El País: “un partido de profesores”. Lúcido e incisivo como acostumbra, pone hoy el dedo en la llaga lacerante de un tema prácticamente «tabú», sugerido por el vomitivo farisaísmo social «de» y «con» PODEMOS. El tema es el de la casta universitaria, ni más ni menos, de la cual, curiosamente, no habla este partido ¿Será que lo de en casa del herrero, cuchillo de palo, va también con PODEMOS?

Un artículo que recomiendo encarecidamente. La verdad es que gentes como Félix de Azúa, Gregorio Morán, Muñoz Molina o Pérez Reverte, tendrían que ser de lectura obligatoria en los institutos, y no las mierdas apesebradas al poder que se acostumbran a poner, para que así vendan sus bodrios. Pero bueno, volvamos al tema…

Uno de los mejores profesores que tuve en la Universidad, comentó en cierta ocasión y en petit comité algo que, en fase aún iniciática por entonces, a algunos nos dejó azorados: aquí en la universidad, nos dijo, hay más mierda que en los establos de Augías. Eran tiempos en que se suponía que un estudiante de 2º de carrera sabía entender la metáfora porque estaba al corriente del relato de Hércules desviando el río Alfeo para conseguir limpiar los cochambrosos establos, en uno de sus famosos «Trabajos», concretamente el quinto. Pues bien, no ha mejorado la cosa desde entonces, pero PODEMOS parece no percatarse de ello.

Azúa resalta algo que llama poderosamente la atención: más allá de un par de tópicos ad usum, resulta que el partido de profesores universitarios no tiene programa para la Universidad ¡Pasmao me he quedao! ¿Será porque consideran que ya está bien? ¿O porque es el semillero de su propia casta?... Si se quiere un ejemplo de endogamia y de perversión del modelo de función pública, mírese a la Universidad, donde todos han sido nombrados a dedo y se reparten regalías, prebendas, puestos de trabajo, oposiciones y becas con una desfachatez desde siempre amparada en la más absoluta impunidad... ¿No es eso una casta?

¿No hay nada que arreglar en la Universidad? ¿El sistema de selección les parece bien?... Claro que, acaso mejor que no digan nada, porque si uno le echa un vistazo a lo que dicen de Secundaria, es literalmente aberrante.

Uno, que ha tenido la oportunidad de oír pontificar a auténticos tunos sobre la materia -no puedo dejar de citar en este altar de la sinvergonzonería, a uno de sus más egregios especímenes: el hoy eurodiputado Terricabras (ERC, por ahora…)-, y que los ha visto relamerse afirmando que los profesores y catedráticos de instituto han de desfuncionarizarse -sin que digan, claro, por qué unos sí y otros no...- siendo precisamente ellos funcionarios públicos que pasaron por una pantomima de oposición diseñada ad hoc, no puede tampoco dejar de sorprenderse que se estén rasgando las vestiduras por el caso de la beca a Errejón. ¿De qué se horrorizan?  

Pero es que hay algo más. Hasta no hace tanto, el que se quedaba haciendo de becario o de becaria –hay que resaltarlo- en la Facultad, acostumbraba a ser el que suspendía las oposiciones a Bachillerato. Porque cuando ésta era una profesión digna y respetable, la gente prefería esforzarse y conseguir un trabajo por méritos propios, a  estar llevándole el café e impartiéndole las clases, por cuatro chavos, al tuno que un bien hallado día convocaría «tu plaza».

Estoy hablando, claro, de antes que aparecieran la LOGSE y los pedagócratas neoliberales que les dieron gato por liebre a los progres algunos todavía siguen convencidos que la LOGSE era de izquierdas... Ahora ya nadie quiere ir a los insittutos. Para empezar porque no hay oposiciones, sino que el modelo de selección de personal que se ha importado es precisamente el de la endogamia universitaria, con efectos aún más devastadores, porque los institutos son más pequeños y el control más eficaz…

Y aunque puede que no sea tan sorprendente que un partido que se postula como renovador, pero cuyos andamiajes ideológicos consisten en marxismo low cost  -un oxímoron-, pasado por la doctrina social de la Iglesia y el populismo peronista, no repare en la casta universitaria a la cual precisamente pertenecen, no es menos cierto entonces que tal omisión no dice mucho de la talla moral de dichos profesores de PODEMOS.

Pero lo peor no sea tal vez esto. Porque antes hablábamos del fariseísmo de y con PODEMOS. El “de” está claro; el que ciertos sectores tienen “con” PODEMOS es, si cabe, aun más felón. ¿Porque cómo pueden manifestarse tan sorprendidos, indignados y ultrajados por la beca de Arrejón aquellos para quienes tales prácticas son cotidianas?... ¿Sólo está mal si lo hace PODEMOS?

Lo dijo el recordado Aranguren en una conferencia a la que asistí hace muchos años, cuando alguien le preguntó qué había que hacer con la universidad española. “Destruirla”, replicó sin dudar, y luego empezar a reconstruir. Una propuesta que, la verdad, le hubiera ido como anillo al dedo a PODEMOS. Pero claro, con las cosas de comer no se juega.
Lo dicho, más mierda que en los establos de Augías.