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dilluns, 24 d’octubre del 2016

Patriotismo y felonía (Acabáramos con el tema PSOE)


Cuando alguien ha de invocar grandes principios para justificar una acción, entonces es que dicha acción resulta difícilmente justificable por sí misma, y que sólo se puede legitimar supeditándola al principio invocado, en función de su carácter fundante al cual todo lo demás está subordinado. Es decir, acciones moralmente reprobables quedarían legitimadas desde su supeditación a principios de rango superior. Pero incluso admitiendo la lógica implícita a este modelo –que ciertamente no discutiré ahora-, cabe pensar si, al menos ocasionalmente, no estaremos invirtiendo los términos y estos grandes principios no serían un pretexto que en realidad estaríamos subordinando a nuestras acciones.

Es en este sentido que hay que entender la conocida frase de Samuel Johnson «El patriotismo es el último refugio de los canallas». Desde esta perspectiva, sería perfectamente equiparable a otra frase, mucho más chusca, proferida por una «famosa» en un programa de telebasura: «yo, por mi hijo, mato»… si es necesario, se sobreentiende. Es decir, no quiero matar a nadie, pero si es por mi hijo que he de hacerlo, lo hago. Ahora bien ¿es realmente por él, o es un pretexto invocado para legitimar lo que, de otra manera, sería injustificable incluso para el propio actor? La frontera entre el héroe –o el patriota- y el canalla se torna entonces difusa, y dependerá de la situación y del contexto en que se produzca la acción.

Para legitimar el reciente proceso de conspiración y golpe de estado que llevó a cabo, la actual dirección del PSOE ha aducido precisamente la subordinación a principios de rango superior que lo justificaban. Básicamente a dos: una «razón» de partido y una «razón» de estado o patriótica. La razón de partido, es que los intereses del mismo están por encima de su praxis política cotidiana: si hay terceras elecciones, los resultados serán peores que los actuales, de modo que hay que evitarlas como sea.

Por su parte, la razón de estado, o patriótica, se fundamenta en el supuesto de la lealtad institucional y el compromiso del PSOE con la nación: el bien de España está por encima de todo; la parálisis institucional está lastrando la recuperación económica y enrarece la vida política produciendo una situación de desgobierno que alienta las aspiraciones secesionistas de ciertos territorios. Y aquí, con la iglesia hemos topado. No importa lo que piensen las bases o los votantes del propio PSOE al respecto; están en juego principios de orden superior a los que la acción política debe subordinarse. Como partido con sentido de estado, el PSOE debe facilitar que se forme gobierno para acabar con esta situación agónica. Hasta aquí lo proclamado.

Ahora bien, desde la asunción de la lógica implícita todo esto, y a la eventualidad de inversión axiológica que sugiere la frase de Samuel Johnson, la pregunta es la siguiente: ¿Héroes o canallas? En otras palabras ¿es por España que se justifica todo esto, o es España el pretexto que se aduce para justificar una acción cuyos objetivos son otros, sean los que fueren? Vayamos a la situación y a su contexto.

En lo tocante a la razón de partido, parece razonable pensar que, en unas terceras elecciones, al PSOE le iría peor que en las últimas. Aun asumiéndolo, pero dejando de lado que esto no está escrito en ninguna parte, cabría preguntarse también si el subjuntivamente imperfecto futuro revolcón electoral se hubiera debido a mantener el programa y el discurso con el que se presentó a las dos últimas elecciones, o al deplorable espectáculo que han organizado los agoreros del anunciado fracaso. Y esto, bastante evidente en sí mismo, descalifica el argumento de la razón de partido; porque se trata de un anuncio autoinducido y autoactivado con una finalidad muy concreta: empeorar aún más las expectativas electorales para justificar su evitación. También, la abstención sin condiciones aúpa y consolida las políticas restrictivas que se han estado perpetrando durante los durante los últimos años. Y la liquidación del estado del bienestar, cuyo mantenimiento ha sido piedra angular de la política del PSOE y una de las razones de su furibunda oposición a cualquier acercamiento al PP. Y ello nos lleva a la razón de estado o patriótica.

La democracia parlamentaria tiene estas cosas; a veces no se pueden configurar mayorías. Otros países pasaron también por esto y más tiempo –Bélgica, por ejemplo, y no pasó nada-. Porque no basta con ser el más votado; también hay que articular una mayoría. Y si esta mayoría no es posible, pues tendrá que haber nuevas elecciones. Además, ya está bien de que se quejen de las disfunciones electorales, cuando les perjudican, los mismos que las obvian cuando les favorecen. Mariano Rajoy tiene todo el derecho a decir que ha ganado las elecciones y a lamentarse de su débil mayoría minoritaria, pero no deberíamos olvidar que, en rigor, su representación parlamentaria en escaños es sensiblemente superior a los porcentajes electorales obtenidos: un 33,01% en votos, frente a un 39,14% en escaños. Por cierto, como el PSOE, sólo que en menor medida: un 22,63%, frente a un 24,28%. Así que menos lobos, Caperucita.

Pero es que la razón de estado aducida, el bien de España, así en metafísico, apela a un bien general supremo que está por encima de las consideraciones partidistas, que son exactamente las mismas en que incurren los políticos día sí, día también. ¿A qué están apelando entonces, para pasar por las horcas caudinas el voto de la ciudadanía que optó por el PSOE? Y si resulta que su decisión excluye precisamente a la España que les votó a ellos, por no hablar de la que votó a Podemos o a tantos otros ¿A qué España están apelando? ¿Qué España es esta? Que nos lo digan…

Ya lo han dicho, por activa y por pasiva. Han optado por un sistema muy concreto, que perseverará en los recortes y en el desmantelamiento de lo poco que queda de estado del bienestar, de acuerdo con los designios del nuevo diseño de posmodernidad neoliberal. Un modelo que excluye al propio discurso con que se presentaron a las dos últimas elecciones, y a los que les votaron por ello, amén de a muchos más. Pero que les perpetúa como casta, y ellos ya recogerán sus migajas en forma de puertas giratorias o de exoneraciones en causas por corrupción. Todo se andará.

Y entonces, cabe contemplar que las payasadas y el postureo estrictamente estético del «izquierdismo» de Pedro Sánchez y sus mariachis, contribuyera a evitar el sorpasso de Podemos. Misión cumplida. Y ahora que ya no lo necesitan, resuelven el tema a lo Groucho Marx: «estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros». Vale, pero si no le gustan ¿a quién?
Todo un acto patriótico, sí. En la línea de Samuel Johnson.

Alguien voló sobre el Comité Federal del PSOE


Quede claro, de entrada, que no soy partidario de recurrir por sistema a plebiscitos refrendarios; para esto están los órganos de gobierno en cada estado, partido u organización. Sólo en situaciones excepcionales, acaso tal medida esté justificada, y requiere ineludiblemente que quien convoque esté debidamente legitimado.

Igualmente, soy partidario de la disciplina de voto, y cada vez que algún periodista, iluminado o tendencioso, o algún político, inescrupuloso o disidente, diserta sobre estos temas, se me llevan los demonios. Pero claro, la justificación de dicha disciplina de voto obedece a dos factores que son, a su vez, sine qua non. La primera, que se esté votando en consecuencia con el programa con que la formación concurrió a las elecciones; la segunda, que la decisión sobre el sentido del voto la haya adoptado el órgano de gobierno legitimado para ello.

A tenor de las anteriores afirmaciones, y ya que hablamos del PSOE, tal vez pudiera parecer que considere legítima la decisión de abstenerse, de imponer la disciplina de voto y de evitar cualquier consulta a la militancia. Pues va a ser que no. Veamos. Y que conste que no me pronuncio sobre si sería partidario, o no, de dejar formar gobierno o de seguir votando no; ni me pronuncio ni me he pronunciado en ningún momento a lo largo de todo este proceso. Es sencillamente como se ha hecho lo que produce auténtica repugnancia, por lo inmoral del procedimiento.

De la decisión que ha adoptado el Comité Federal del PSOE, optando por la abstención en la próxima sesión de investidura -para facilitar así que haya gobierno y evitar unas terceras elecciones-, y la imposición de disciplina de voto a los diputados de su grupo parlamentario, sólo puede colegirse que se trata de un ejercicio de cinismo supremo, llevado a cabo por unos sinvergüenzas que, además, supone un desprecio absoluto a su militancia y a sus votantes; una canallada que probablemente sea la mortaja de este partido, al que sus actuales dirigentes han vendido en aras a inconfesadas prioridades y que, para algunos de ellos, tendrá probablemente efectos individuales salvíficos; desde posibles sobreseimientos para ciertos amigotes de la sultana, hasta vaya usted a saber qué. Ni más ni menos.

El golpe de mano áulico que descabalgó a un político mediocre como Pedro Sánchez, tenía como único objetivo llegar a la decisión que hoy se adoptó. Esto estaba ciertamente cantado, tanto como que se descartó cualquier otra vía que pudiera torcer tal designio. Pero es que no se da ninguna de las tres condiciones que se exponían en los dos primeros párrafos, sino, justamente, todo lo contrario.

Porque para exigir disciplina de voto se requiere legitimidad por parte de quien la exige, amparada en el programa electoral o en el ideario del partido. Y no se da ninguna de las dos. En primer lugar, porque la gestora que ha convocado al Comité Federal procede de una conspiración ilegítima que no ha reparado en medios. Esta gestora no está legitimada habiendo surgido de donde surgió. En segundo lugar, porque todo el discurso reciente del PSOE, ha consistido en vender en que bajo ningún concepto facilitaría un gobierno de PP.
Queda el primer argumento, lo excepcional de la situación, que sin duda lo es. Bien, pues entonces sí que, si hay que cambiar de discurso y donde se dijo «digo» hay que decir «diego», tal vez sí que hubiera sido procedente convocar un plebiscito refrendario entre la militancia. Pero es que resulta que quien más se aproximó a esto fue el defenestrado Sánchez. Y ha sido precisamente la consulta lo primero que han descartado de entrada los «sultaneros», no fuere a salir lo que no conviniere. Que hay mucho en juego; para algunos puede que incluso la cárcel. Las sobras del banquete, o las bíblicas treinta monedas de plata.

dijous, 6 d’octubre del 2016

El coronel Casado y la encrucijada psoecialista



En marzo de 1939, el coronel Segismundo Casado llevó a cabo un golpe de estado militar que depuso a Negrín y desencadenó el colapso final de la República, o de lo que quedaba de ella. La razón argüida fue la inutilidad de proseguir con un conflicto irremisiblemente perdido, y su objetivo, el establecimiento de negociaciones con el bando franquista para acabar con la guerra. Contó, entre otros, con el apoyo de destacados dirigentes del PSOE, como Julián Besteiro. En realidad, fue también un golpe de estado dentro del propio PSOE. Y mucho me temo que no se acaban ahí las analogías.

El golpe de Casado triunfó, pero fracasó estrepitosamente en su objetivo: Franco se negó a negociar nada -¿para qué, si tenía la guerra ganada?- haciéndole saber que sólo aceptaría la rendición incondicional. Y así fue. Casado se exilió a Inglaterra y acabó como comentarista militar en la BBC durante la II guerra mundial. Otros no tuvieron tanta suerte; como Besteiro, que murió en las cárceles franquistas. Unos piensan que el golpe estuvo justificado –la guerra estaba perdida-, y otros que Casado fue un traidor que acabó con la última esperanza de la República –que estallara la guerra en Europa, lo cual hubiera significado un vuelco total en la situación-. Sea como fuere, no es mi intención aquí tratar sobre estos hechos, sino establecer algunos paralelismos formales que, en situaciones de clara desventaja, parece ser que asoman siempre, como en la actual situación del PSOE después de Pedro Sánchez. Ahora, quien le exige condiciones al PSOE a cambio de que le facilite la investidura, es el propio Mariano Rajoy.

El motivo aducido para el punch fue la contumacia de Sánchez, enrocado en unos planteamientos que, según los golpistas, abocaban al PSOE a una situación desesperada y sin solución de continuidad: unas terceras elecciones que se auguraban desastrosas. Así que había que evitarlas a toda costa, pero se les «olvidó» explicar cómo pensaban alcanzar este objetivo. Como Bellido, creyeron acaso actuar por un impulso «soberano» que interpretaron como razón de estado, para caer ahora en la cuenta de que era un cálculo político partidista.

Igual que en el golpe de Casado, se trataba de salvar los muebles, o lo que quedaba de ellos. Y todo indica que, como a Casado, le han dicho al PSOE que o se hace el harakiri o nada de nada. Vamos, que hasta la vaselina la han de poner ellos. Es decir, que o se compromete a aprobar con su voto los presupuestos y a facilitar la acción de gobierno, o que se vaya metiendo la abstención donde le quepa, porque para nada va a aceptar el PP ninguna transacción para salvarles la cara. O eso, o a las terceras elecciones. Más allá de que se trate de escenarios distintos, y distantes, el paralelismo con el trágala que Franco le escupió a Casado se me antoja evidente.

Casado pensó que podía sacarle a Franco alguna contrapartida que evitara la derrota absoluta y total de la Repúblca -o vamos a creer que así lo pensaba-, pero se equivocó por completo, tanto en su cálculo sobre el psiquismo del enemigo  al que pretendía sonsacársela, que había apostado a todo o nada desde el primer momento, como en el de su propia posición en contexto, porque la guerra estaba perdida y la única razón, de haberla, para intentar alargarla, era la posibilidad de que estallara mientras tanto la guerra entre las democracias y los fascismos en Europa. No había otra. Y fue lo que fue: una rendición incondicional con hedor a felonía, que lo único que consiguió fue adelantar algo la tragedia final, y que no apaciguó en modo alguno ni la sed de venganza del enemigo, ni la implacable represión que se desencadenó tras la guerra. Incluso es posible que, numéricamente al menos y a tenor de los cientos de miles de asesinatos posteriores, la rendición de Casado ni siquiera contribuyera a ahorrar vidas, como mínimo en el bando republicano.

Ignoro si el PSOE ha errado en los mismos cálculos en que erró Casado, pero me parece harto probable. Porque ahora lo que se le exige es la rendición total con armas y bagajes, dejándolo inutilizado para bastante más tiempo del que ocupa una legislatura. Obviamente, Mariano Rajoy no es el tonto del culo que algunos imaginan, y hasta es posible que esté interesado –él, como político y de partido- en unas terceras elecciones, por una simple cuestión de cálculo político: sabe que no sólo aumentaría su ventaja, sino también que dejaría al PSOE hundido en la miseria y reducido a sus menguantes baluartes sureños, además de inoperativo para largo tiempo. Dependerá de si le interesa o no.

Y es que esto incorpora una propina muy superior al importe de la factura: podría asegurar al PP un largo periodo en el poder. Veamos. El hundimiento del PSOE comportaría el sorpasso por parte de Podemos, que pasaría a ser la formación hegemónica de la izquierda. Pero Podemos no incorporará nunca todo el voto del PSOE, sino sólo una parte. Hay un sector de voto moderado entre los votantes del PSOE que nunca irá a parar a Podemos, al menos hoy por hoy, por ser considerado demasiado de «izquierdas», demasiado extremista.

Es verdad que, por decirlo así, estamos viviendo unos tiempos sociológicamente líquidos, y una muestra de ello sería el propio auge de Podemos, que en apenas dos años pasó de no existir a ser la tercera fuerza parlamentaria. Pero se me hace muy difícil pensar que, por más líquidos tiempos que corran, Podemos consiga una mayoría suficiente para gobernar, no digo ya en solitario, sino incluso en coalición con un PSOE jibarizado. Es decir, si el voto del PSOE se cuartea, ciertamente que una buena parte recalará en Podemos, pero no todo. Otra parte, bajo mínimos o no, permanecerá en el PSOE. Y el resto, el voto digamos más «centrista», o iría a la abstención, o a Ciudadanos y al PP, según el caso.

Si esto es así, y con un PSOE más o menos residual, Podemos podría convertirse a corto o medio plazo, no sólo en el partido hegemónico de la izquierda, sino incluso en el más votado en unas elecciones generales. Pero la fuga del voto centrista y moderado del PSOE hacia Ciudadanos y/o PP, por poco que fuera, reforzaría a su vez a dichas formaciones y las podría situar en posición de articular cómodas mayorías. Y esta es la propina: la posibilidad de un largo periodo de hegemonía y gobiernos de la derecha ante una izquierda hegemónica radicalizada. No es moco de pavo. Y esto sin duda lo sabe Mariano, o si no, ya se lo habrá dicho Arriola. Y por esto se ha puesto farruco. Sólo dependerá de si un escenario así le interesa o no.

Así que, después de todo, tendría guasa que al final hubiera terceras elecciones por las mismas razones de cálculo político que se le impusieron al PSOE como razón de estado. Habría pasado con ello, de ser un tonto útil, a que su utilidad consista precisamente en su inutilidad. Toda una paradoja. Como el coronel Casado y su golpe.


diumenge, 2 d’octubre del 2016

¿Pero hubo comité federal?

Imagen que está circulando por las redes. Obsérvese la presencia de algunos no psoecialistas.
 
Resulta que para forzar la dimisión del secretario general, dimiten diecisiete miembros que, añadidos a tres vacantes anteriores –una de ellas por fallecimiento-, sumaban la mitad más uno de la ejecutiva. Según unos, los estatutos del PSOE establecen que, en este supuesto, el secretario general y el resto de la ejecutiva quedan automáticamente cesados de sus cargos y ha de convocarse un comité federal que nombre a una gestora hasta la celebración de un nuevo congreso. Según otros, la ejecutiva queda en funciones, hasta que se convoque dicho congreso y unas (mal llamadas) primarias para que la militancia vote a un nuevo secretario general. Y según estos mismos, en ningún momento los estatutos hablan de gestora. Cabe añadir que ningún medio ha sabido mostrar el párrafo donde se habla de comisión gestora en los tan profusamente difundidos estatutos, durante estos últimos días. Bien.
Así las cosas, el para unos cesante, y para otros en funciones, secretario general, con lo que queda de su ejecutiva en idéntica tesitura, convoca un comité federal para que convoque, a su vez, las (mal llamadas) primarias y el congreso. Para los dimitidos y los suyos, dicha convocatoria es nula de derecho porque el órgano que la convoca no existe. Pero asisten. Una vez allí, en una atmósfera digna de Monthy Python, resulta que no se procede a debatir el orden del día de la convocatoria, ni aunque se ofrezca por una de las partes readmitir a los dimitidos que, por otro lado, con la lógica excepción del fallecido, ya estaban allí (?).
Entonces, y con un sentido de la estrategia que les pone a la altura de Johnny English, algunos del sector cesante o en funciones se sacan una urna de la manga y proponen que se vote otra cosa: ¿Qué hacemos con Rajoy? Al parecer, además, la urna era muy cutre y estaba detrás de una mampara de Ikea. Y nada, que si quieres arroz Catalina: discutiendo sobre si hay que votar poner a votación lo que sea.
Finalmente, el sector golpista presenta las firmas para una moción de censura del secretario general –tema que tampoco estaba en el orden del día de una reunión que, hay que insistir en ello, no reconocían-. Ignoramos si los dimitidos firmaron, pero todo indica que sí. Como mínimo sí que votaron. Y salió la destitución de Pedro Sánchez.
Y aquí viene lo más esperpéntico, a la vez que sospechosamente «inadvertido» por propios y extraños: los derrotados abandonan la sede y los vencedores siguen reunidos como comité federal para elegir a una gestora que va a tener menos poder que Amadeo de Saboya.
Y mientras tanto los vencedores seguían en Ferraz chalaneando con el nombramiento de la gestora, y los medios nos decían en directo que el comité federal seguía reunido para nombrarla, las imágenes simultáneas nos mostraban a los derrotados abandonando la sede ¿Pero qué comité federal ni qué narices, si allí se quedaron la mitad, con un tema no incluido en el orden del día, en una reunión que, además, no reconocían? ¿Qué maravillosa transubstanciación se produjo para que lo que era una convocatoria ilegal pasara a ser legal?
Luego, no menos penosas, las declaraciones, entre las cuales cabe destacar por su ramplonería las de un antiguo tertuliano metido a caricato de la política, anunciando que hoy acababa de renacer el PSOE y, agárrense, que lo que había motivado todo este despropósito, en ningún momento había sido una lucha entre partidarios del sí y los del no a un gobierno del PP. ¿Ah no? ¿Pues qué fue entonces? ¿Se puede ser más cutre?
Sí, claro que sí. Y lo comprobaremos a lo largo de los próximos días, cuando veamos a los histriones manifestar su repugnancia por Rajoy y sus políticas sociales, a la vez que  le facilitarán la investidura torticeramente. ¿Cómo? Pues ya veremos, pero lo harán. Puede que los dignatarios de la gestora recurran a una solemne proclamación, ante la excepcionalidad de la situación que vive el partido y la división entre la militancia, dando libertad de voto en la sesión de investidura. O incluso que, más capciosamente, se recurra a una fingida segunda insurrección, la de los explícitamente «patrioteros», y que el día de la votación se ausenten en número suficiente, o recurran a cualquier otro pretexto, para facilitar la votación. Esta última opción ofrecería la ventaja de permitirle a Susana Díaz votar «no», para intentar reparar su maltrecha imagen. Porque ha salido muy tocada.
Y porque, me mantengo en ello, el intríngulis radica en que no ha de haber terceras elecciones. Al final, y aunque me pese, justo es reconocerlo y nobleza obliga, la frase más incisiva y premonitoria ha sido la del ínclito Javier Solana: cuando se den cuenta de las dimensiones del desastre, todos querrán 85 diputados. Algunos, como sin duda él y su mentor González, ya lo sabían, cómo no, pero les da igual. Los otros, pues a saber… algo quedará para agradecer los servicios prestados.
Pero lo más gracioso de todo esto es la milagrosa transubstanciación acaecida en la reunión de este comité federal, que transitó de la ilegalidad a la legalidad, de la ilegitimidad a la legitimad, precisamente cuando lo abandonaron los perdedores y se quedaron los vencedores. Ahora todo el mundo parece darlo por bueno. Porque ganaron los «buenos». Como ha de ser. Eso sí ¿a qué precio?

dijous, 29 de setembre del 2016

El porqué del golpe en el PSOE

(Impagable imagen que está circulando por twitter y que tomo prestada)
 

Si algo me parece destacable para intentar sacarle una lógica al golpe de estado que se ha producido en el PSOE, es que obedece a un problema de gestión del tiempo. Un tiempo con una calendarización que apremiaba, que no permitía seguir con la táctica de erosionar progresivamente  la figura de Sánchez –aun contando con la dolosa complicidad de los medios- y que ha forzado la precipitación los acontecimientos. En este caso, la señal (nada) codificada que activó la operativa del golpe, fueron las declaraciones de Felipe González manifestando su pesar  por haber sido engañado por Pedro Sánchez -¡qué ignominia, mentirle a González!-. Una vez se produjo la señal, todo el dispositivo de la conspiración se puso en marcha.

Y si ha de haber sido un problema de gestión del tiempo, es porque si no es así, entonces no cuadra nada. Coadyuva ciertamente a tal conclusión la inconsistencia de los argumentos aportados por los golpistas. Ahora bien ¿de qué tiempo ha sido en realidad el tan acuciante problema de su gestión? Aparentemente, el de la gestión del partido hasta la celebración del, por ambas partes, prometido congreso. Pero hay razones que inducen a pensar que acaso no sea este el tiempo que apremia, sino otro hecho del material con que se construye la razón de estado.

Que en el PSOE se estaba gestando desde hacía tiempo una batalla por el poder, es algo que nadie ignoraba. Desde personalismos y megalomanías, emblematizadas en la rivalidad entre Pedro Sánchez y Susana Díaz, hasta distintas concepciones de partido entre camisas viejas y caminas nuevas, entre sectores más federalistas y otros más jacobinos, ya hasta si se quiere, en redivivas polémicas debidamente metamorfoseadas, entre caballeristas y prietistas o «besteiristas». En fin, todo ello inherente a la heterogeneidad –y heteroclicidad en muchos casos- que este partido lleva en su dotación genética.

Nada de esto es nuevo; lo inédito es que en lugar de librar la guerra por los cauces «convencionales» y las tradicionales estrategias de poner palos en las ruedas desde los poderes fácticos partitocráticos –como hicieron con Borrell, por ejemplo-, la vieja guardia haya optado en esta ocasión, directa y abiertamente, por un punch.

Y es que a partir de lo proclamado por ambos bandos en liza, la verdad es que, más allá de los personalismos y facciones, no se vislumbra dónde está realmente la diferencia en los fines que dicen pretender conseguir. La diferencia es táctica, eso está claro, pronunciamiento o vía institucional, pero ambos sectores parecen converger en la necesidad de convocar un comité federal que convoque, a su vez, un congreso y las consiguientes (mal llamadas) primarias para elegir un secretario general y una nueva dirección.

Tampoco, al menos a partir de lo proclamado explícitamente y sin leer entre líneas, parece que unos propongan la abstención en la segunda tentativa de investidura, frente al «no» a Rajoy de los otros. Se aduce, eso sí, el recurrente tema de no tratar con nacionalistas (no españoles) y/o separatistas o «terroristas». Pero argüir a estas alturas algo tan manido y propio de la España más «cañí», sobre todo a la vista de las hemerotecas, no parece sino que sea una burda maniobra de distracción para desviar la atención del respetable de otras motivaciones más inconfesables. Entre otras razones porque ya lo acordó así, y por unanimidad, el comité federal. Entonces ¿dónde está el problema?

Aparentemente, el problema estaría en quién controla y administra el tiempo durante este proceso interno del partido hasta el próximo congreso. Y de allí la polémica sobre la interpretación de los estatutos, tema proceloso donde los haya. Pero me parece más bien otra maniobra de distracción -ésta sí, de más envergadura política que la ramplona alusión a los separatismos-, porque el tiempo que apremia no es el de la gestión interna del partido por una gestora o quién la constituya -aunque sin duda también-, sino un tiempo extrínseco a los procesos internos del PSOE y por completo ajeno a la polémica estatutaria. Un tiempo que viene marcado por la fecha de la próxima sesión de investidura. Y el auténtico objetivo de los golpistas no sería tanto hacerse inmediatamente con el poder -o no es éste el objetivo estratégico prioritario-, sino propiciar una situación de cisma que esté en su punto álgido cuando se produzca la sesión de investidura. Este es el auténtico objetivo, porque no debe haber terceras elecciones.

Obviamente, si de paso consiguen mediante este tour de force descabalgar a Pedro Sánchez y a los suyos, pues mejor que mejor, miel sobre hojuelas y a quién Dios de la dé, que San Pedro se la bendiga. Pero el trasunto ha de ser otro, porque entra dentro de sus cálculos que no sea así, que Sánchez se enroque y que la cosa vaya para largo. La polémica estatutaria está servida, pero para lo que nos atañe, es superflua: sólo está para abrir un escenario de vacío de poder, de cisma.

Así las cosas, el golpe ni busca hacerse con el poder de forma inmediata, algo que saben que puede ser largo y complicado, ni es el objetivo estratégico prioritario ahora mismo, sino un movimiento táctico para producir un cisma interno –pongamos con un Papa en Madrid/Roma y una Papisa en Sevilla/Avignon- que, a falta de una legitimación clara, impida la imposición de disciplina parlamentaria y facilite ciertos votos de «conciencia» -que ni siquiera pasarían por tránsfugas ante el sobrevenido escenario cismático- que permitan la investidura de Rajoy. Ni más ni menos. Porque, lo dicho, se ha decidido que no puede haber terceras elecciones.
¿Por qué razón no puede haberlas? Pues allá cada cual que especule con la información de que disponga. Unos dirán que porque si se dan, el PSOE se precipita hacia el abismo. Bien, una opinión respetable, pero que no me parece del todo convincente a la vista de lo ocurrido, porque tampoco evitará este supuesto. Un servidor más bien piensa que si no puede haber terceras elecciones es porque se ha decidido de muy arriba que no las haya. Razón de estado… o de supra-estado. Algo así anticipaba hace ya un cierto tiempo en otro post. Solamente que, ahí sí, Pedro Sánchez se les puso de perfil. Ergo, a por él. Todo por la patria.