dilluns, 21 de novembre del 2016

La izquierda y las imposturas









Aun partiendo del dicho según el cual «en todas partes cuecen habas», pero con el no menos fiable colofón «y en algunas a calderadas», creo que las peculiaridades propias de este país y sus circunstancias inciden muy particularmente en la conformación de eso que llamamos en política «izquierda» o «izquierdas», muy especialmente en lo que a imposturas se refire.

Un problema que, sin duda alguna y dicho a la brava, se concretaría, según sus respectivas categorizaciones, de la siguiente manera: Antropológicamente, en que hay mucha gente que «cree» ser de izquierdas y hasta que piensa serlo de verdad. Sociológicamente, en que la proyección de esta creencia se traduce con frecuencia en una impostación o fingimiento cuyo correlato moral es el certificado de autenticidad requerido para ser depositario de la autoproclamada superioridad ética de la izquierda, y que se resuelve en un postureo meramente estético nutrido de tópicos. De todo ello colegiríamos que los contenidos de la noción izquierdas en el imaginario colectivo se han construido en gran medida con materiales suplantados y de deshecho que ejercen de sucedáneo. A ello habría que añadirle las inevitables aportaciones propias de un país con reconocidas pulsiones anarcoides.

Sólo a partir de este mejunje sincrético puede entenderse que, por ejemplo, haya quien considere todavía al PSOE como un partido de izquierdas y a Felipe González un referente de la socialdemocracia; que haya quien afirme, sin que se le altere fatalmente la sinapsis neuronal, ser nacionalista –español, vasco, catalán, gallego…- y de izquierdas (incluso radical), o incluso que, desde la propia izquierda, así como desde la derecha, los haya sinceramente convencidos de que Podemos es un partido marxista-leninista. Podríamos poner muchos ejemplos de ello, muy probablemente de mayor alcance que el que referiremos a continuación, y tal vez lo hagamos más adelante en ulteriores entregas.

Es obvio que, en muchos casos, de lo que se trata es de un cinismo práctico cuyo único objetivo es barrer pro domo sua. Pero esto no es en sí lo inquietante, sino la acogida que reciben estos discursos por lo arraigado de su correspondencia con los constructos propios del imaginario colectivo que han contribuido a modelar. Y lo que se desprende de todo ello es que no estamos ante un mero nominalismo grosero, de acuerdo con el cual bastaría que alguien se proclamara de izquierdas para luego, una vez en posesión del certificado de autenticidad, poder proferir cualquier tontería, sino ante algo bastante más sofisticado y, desde luego, ampliamente consolidado.

Porque en realidad, sí hay unos requisitos previos, digamos a priori, para que a alguien o a una formación que se autoproclama de izquierda se le acuerde tal condición. Unos requisitos que no consisten tanto en categorías más o menos erráticas o difusas, como en su ocupación de ciertos lugares en el imaginario de una topología constituida por una métrica básicamente estética a partir de la cual, entonces sí, se puede articular cualquier discurso sin que por ello se cuestione la denominación de origen de izquierdas de quien lo emite.

Sonará raro, pero sólo así se puede entender –o al menos sólo así un servidor puede entender- que al PP se le considere de derechas, lo cual parece fuera de toda duda, pero a ERC, en cambio, se la considere de izquierdas, lo cual ya es ciertamente más que dudoso. A la vista están sus respectivas políticas económicas –ahora que ERC dirige la economía catalana-, y la verdad es que, postureos estéticos aparte, ni la más benevolente de las comparaciones podría evitar tener que acabar recurriendo al principio de identidad de los indiscernibles. Porque ¿Qué hace entonces que las privatizaciones o los recortes de unos se vean hasta como lógicos, en virtud de su naturaleza derechosa intrínseca, mientras que lo mismo en los otros no soliviante más allá de la apocada disidencia verbal y sin que se cuestione su condición de izquierdas.

Insisto, no me estoy refiriendo al cinismo práctico de unos dirigentes que no sólo saben perfectamente que son de derechas, sino que hasta se permiten elogiar la política económica de Merkel– véanse sino las declaraciones de Oriol Junqueras- y tengan la defachatez de proponerla como modelo desde su autoatribuida condición de izquierda. A lo que me refiero es a la (no) recepción de la indiferencia. Porque ¿Qué distingue entonces a la derecha del PP de la «izquierda» de ERC? ¿Tal vez sus respectivos discursos nacionales? ¿Es éste un criterio de demarcación válido entre derecha e izquierda?

Y no sólo en Cataluña, sino en toda España, estoy seguro de que una abrumadora mayoría, con independencia de su adscripción política, estaría dispuesta a reconocer al PP como de derechas y a ERC como de izquierdas. Es sólo un ejemplo, a mi entender uno de los más lacerantes y significativos de las consecuencias de esta topología constituida por categorías impostadas que más arriba intenté apuntar. Un constructo que prima la atribución del ser sociológico –lo que se acuerda que uno es- y que relega el ontológico –lo que uno es-. Sin duda porque así ha de ser; va con el siglo y su «liquididad».

dissabte, 19 de novembre del 2016

No le digamos a Dios lo que ha de hacer



Lleva uno casi de un par de meses enfrascado en la lectura de una excelente biografía científica de Einstein (Walter Isaacson: «Einstein: Su vida y su universo»), que a la vez que apasionante y absorbedora, le recuerda el viejo chiste de aquél que le encantaba jugar al póker y perder, y cuando le preguntaron qué había sobre ganar, respondió que «¡uf, eso debe ser la hostia!». Supongo que me entienden. A base de lecturas y relecturas de páginas a lo largo de la obra, va uno comprendiendo a niveles de cuasi certeza absoluta los límites de sus insuficiencias. Ya lo dijo Pascal cuando comparó lo que sabemos con una esfera cuyo interior es lo que conocemos, la superficie lo que no entendemos, y el exterior lo que ignoramos por completo, incluso que ignoramos que ignoramos en el pleno sentido del término. Eso es lo que hay, y lo demás, excusas de mal pagador.

Uno de los tópicos que destruye demoledoramente esta obra es el premio de autoconsolación tan al uso, según el cual Einstein habría sido un pésimo estudiante en la escuela y en el instituto. Nada más falso; sacaba siempre las mejores notas en latín, matemáticas y otras materias. Era, eso sí, un vago algo bohemio, pero con los intereses e inquietudes intelectuales propios de un genio al que le hastiaba que le repitieran una y otra vez lo que ya había entendido. Luego, en el Politécnico, uno de sus profesores de matemáticas lo consideraba un «perro vago», pero no precisamente un idiota. Amén de su insólita preparación científica ya por esta misma época, y de su afición al violín –que mantuvo durante toda su vida-, a los quince años había leído la Crítica de la Razón Pura. Filosóficamente, estaba entre Spinoza y Hume. Sospecho que debió leer la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura, la más tendente al Idealismo y a la exigencia génesis, y no la primera, que era, digámoslo así, más humeana. Parece ser que la obra de Kant favorita de Einstein era la que conocemos como «Prolegómenos». Por supuesto que había leído también a Newton.

Me referiré aquí a una anécdota que me parece de los más interesante y significativa. Einstein fue siempre muy refractario a la mecánica cuántica que él mismo tanto había contribuido a fundar, entre otras, con su noción de los «cuantos», interpretando a Mas Plank, como paquetes de luz o fotones que podían comportarse como partículas o como ondas. Pero, igual que en cierto modo el mismo Plank, cuando empezaron a aparecer los Bohr, Heisemberg, Schrödinger, Dirac etc, la deriva indeterminista que tomó la cosa no le satisfizo de ninguna manera y, aun aceptándola, siempre consideró que era incompleta y que tenía que responder en última instancia a una teoría del campo unificado, a cuya búsqueda dedicó infructuosamente la segunda mitad de su vida, que conciliara la teoría de la relatividad general con el mundo subatómico de la mecánica cuántica. No en vano, el nombre que Einstein había previsto inicialmente para la relatividad era teoría de la  invariancia. Su universo era el de Spinoza, sin duda, y veía con horror y desagrado lo que consideraba un atentado letal contra las leyes de la física en general. «El castigo por el pecado de haberme opuesto a la autoridad (científica) en su momento, ha sido convertirme a mí en autoridad», dijo en cierta ocasión. Igualmente, cuando los «cuánticos» aducían en favor de sus tesis argumentos que el propio Einstein había utilizado en su momento, solía replicar que «un buen chiste no debe explicarse demasiado recurrentemente».

En esta línea estarían afirmaciones suyas como «El universo oculta su naturaleza noblemente, pero no recurre a ardides» -que se grabó en la chimenea de Princeton-, o la tan conocida «Dios no juega a los dados». Y es precisamente en relación a esta última que, en una fogosa discusión sobre el tema con Niels Bohr –con quien se llevaba muy bien personalmente-, y con Einstein jugando a Leibniz, Bohr le replicó en un momento dado:
«Einstein, por favor, deje de decirle a Dios lo que ha de hacer»

dijous, 17 de novembre del 2016

El corredor mediterráneo y la política en España








Como en las células anarquistas londinenses que nos describe Chesterton en «El hombre que fue jueves», tiene uno a veces la sospecha de que el gobierno español ha de estar repleto hasta las trancas de independentistas infiltrados con el único objetivo de fastidiar a España. Sólo así se pueden entender muchas de sus disposiciones, proyectos, realizaciones y actitudes del gobierno, no sólo con respecto al «procés», al cual aporta munición cada vez que empieza a andar escaso de ella, sino con respecto también al resto de España. Y si no es esto, entonces lo que hay es una falta de inteligencia política y de sentido común tan apabullante que desconciertan.

Hablando en serio, creo que el gobierno se está equivocando en su estrategia contra el proceso independentista catalán de forma estrepitosa. Hasta diría que de no ser por las insuficiencias constitutivas inherentes al propio «procés» y a las más que evidentes carencias y limitaciones de sus dirigentes, el independentismo podría adquirir en Cataluña una envergadura muy superior a la actual hasta constituirse en socialmente mayoritario y, por ende, entonces sí, imparable. Lo peor de todo esto es la falta de auténtico sentido de estado que delata, que no sólo perjudica a los catalanes –sean independentistas o no-, sino a todo el país. 

Porque hay cosas que conciernen a todo el país; es decir, a toda su ciudadanía. Y lo que no vale es aducir el argumento del interés común nacional para negar un referéndum en Cataluña, o un concierto económico –que sí tienen otros territorios-, mientras que por otro lado el mismo argumento se pasa por el arco de triunfo cada vez que la ocasión lo requiera. Un claro ejemplo de ello es el renovado empecinamiento del gobierno, elevado por enésima vez ante la UE, en priorizar el corredor central ferroviario de alta velocidad, frente al corredor mediterráneo, por el cual es evidente que siente incluso más aversión que displicente desinterés.

Es verdad que puede entenderse como un castigo a los díscolos para que se enteren de «quién manda». Sí, pero es una estupidez que a quien perjudica no es sólo a catalanes, valencianos, murcianos y (parte de) andaluces, sino a todo el país, en general, porque mantiene en fase de subdesarrollo viario a todo un arco mediterráneo que concentra cerca del 40% del PIB de toda España y la mayor parte de sus territorios más dinámicos y exportadores. Vamos -y esto no lo discute nadie-, de los que más tiran de la economía nacional.

Se mire como se mire, que a estas alturas no exista todavía el corredor mediterráneo en el país con más kilómetros de alta velocidad de toda Europa, no puede ser sino el claro exponente de una concepción patrimonialista y excluyente de lo español, que se sitúa a la misma «altura» política, moral e intelectual, que los más delirantes independentismos periféricos, equiparándose a ellos y convirtiéndose en su correlato, que es precisamente lo que a toda costa cualquier estado que merezca tal nombre debería evitar ni tan siquiera aparentar. Más aún en las actuales circunstancias.

Porque no se trata, contra lo que muchos puedan pensar, de un problema de centralismo. El centralismo puede ser inteligente o estúpido. Francia es centralista, pero no estúpida. Su centralismo es incluyente, no excluyente. Y su primera línea de alta velocidad fue para unir a sus dos más importantes ciudades y regiones, en lo demográfico y en lo económico, París y Lyon. Y luego, pues un orden de prelación razonablemente basado en este mismo criterio.

Claro que, según se mire, también puede que el reiterado y evasivo rechazo del gobierno al corredor mediterráneo obedezca a una previsión que contemple la eventualidad o la certeza de una Cataluña independiente en un previsible plazo. Porque de lo contrario, lo prioritario en estos momentos para España, es el culpablemente demorado corredor mediterráneo, en primer lugar, y probablemente el cantábrico, en segundo. Por cierto que nunca existió en España un corredor cantábrico ferroviario, ni siquiera convencional, sólo de vía estrecha, nunca mejor dicho; como el concepto de país que tienen todavía algunos, en el centro y en la periferia. Ahí sí que “tanto monta…” Política de vía estrecha, los «hunos», política de vía estrecha los «hotros», y política de vía estrecha, todos sin excepción.

Ante cosas así, resulta imposible no evocar a Paul Preston en una afirmación suya que ha quedado, diría yo, como una auténtica maldición que sigue ejerciendo su influjo: el desastre de la pérdida de las últimas colonias en 1898, se resolvió mentalmente con la interiorización del imperio en la metrópolis, con todo lo que a tal representación le es inherente. Lo del AVE y el arco mediterráneo es sólo un ejemplo, pero muy significativo de esta manera de entender España que, al parecer, sigue perviviendo. Porque ya digo, o es que se contempla la independencia de Cataluña como inminente, o no hay manera lógica de entenderlo.

Mientras tanto, seguiremos con las bizantinas discusiones sobre si España es una nación de naciones, un estado de naciones, una nación de estados… o lo que sea. Hoy por hoy, lo que desde luego acredita con este tipo de actitudes, es que sigue sin ser un estado moderno; y menos aún, un estado nacional.

dilluns, 14 de novembre del 2016

Euroamericanos (Apostillas a «Trump y las plañideras»)



La verdad es que no deja de sorprender la asimetría con que se valoran las distintas declaraciones que se puedan proferir, no precisamente «vengan de donde vengan», sino más bien por «venir según de dónde vengan». Y si no, pues a ver cómo se explican las airadas reacciones que suscitaron, con toda la razón del mundo, las obscenas declaraciones de Trump sobre las mujeres, vanagloriándose de conseguirlas gracias a su posición de poder -emulando a Strauss-Kahn-, con la complicidad y benevolencia que obtuvieron las de Madonna, ofreciendo sexo oral a los votantes de Clinton, en el mejor estilo de la muy noble villa mallorquina de Magaluf.

Cierto que desde hace muchos años, como apuntaba recientemente Vicenç Navarro en un muy buen artículo, el partido demócrata ha abandonado cualquier discurso de clase o social, para ceñirse al sucedáneo de las políticas de etnicidad identitaria y de minorías. Algo que, por cierto, también ha ocurrido en la izquierda europea, con los resultados por todos conocidos y con fundadas expectativas de superarlos.

Y aunque sólo fuera por frivolizar, no es que con tanto melting pot y obsesión por el voto de las minorías,  a los analistas y a la propia Milady se les pasara por alto la mayoría (blanca), sino que, víctimas de su propio discurso, toparon con los límites inherentes a éste: el etnocentrismo elitista que exuda y su correlato de buena conciencia desde la autocomplaciente consideración de unas élites sociales y económicas a la caza de voto clientelar entre estas minorías, excepto la descartada de antemano por el propio discurso: los euroamericanos, en su modalidad white trash, porque entonces hubiera sido necesariamente un discurso social, y esto es lo que se trataba precisamente de evitar. Porque en los Estados Unidos no puede haber conflictos sociales, sino, en todo caso, culturales.

Es en este sentido especialmente interesante la artificiosa terminología que se utiliza y que se ha convertido en canónica para definir a las minorías étnicas. Porque, a ver, étnicamente hablando, los únicos que podrían acreditar la condición de norteamericanos son los indios pieles rojas, recluidos y hacinados en unas reservas –el nombre lo dice todo- bañadas por océanos de alcohol barato y miseria «integradora», a los que eufemísticamente se denomina native americans; sin duda para distinguirlos de los propiamente americans, que tampoco son todo el resto, claro que no. Porque a los negros, para no llamarles así, se les dice «afroamericanos», lo cual es a su vez una caracterización claramente peyorativa desde el punto de vista del concepto de ciudadanía. Luego están los asiáticos, los hispanos, y hasta una nueva minoría que trasciende lo meramente étnico, para caer en lo religioso: la minoría islámica; criterio adscriptivo que sitúa la diferencia entre ser musulmán o de cualquier otra religión, incluso de ninguna.

Y ahí topamos con los límites de este discursillo, entre progre, compasivo, condescendiente, redentorista y elitista: su etnocentrismo fundante, que esta vez les ha jugado una mala pasada por sus obligados olvidos.

Porque contra lo que pudiera parecer a simple vista, la comunidad nunca citada como «euroamericana», es tan heterogénea como cualquiera de las otras. Pero esta omisión sólo obedece a que el objetivo del discurso etnicista, en cualquiera de sus múltiples variantes –«buenista»  «malista» o lo que sea…-no es otro que el de presentarse como un paliativo que soslaye la mera posibilidad de un discurso social que, por ejemplo, no distinga entre blancos pobres, negros pobres, hispanos pobres o chinos pobres, sino que hablara sólo de «pobres», que los hay, muchos y de todos los colores.

Y es que resulta que también hay entre la comunidad «euroamericana» gente pobre de solemnidad que, a lo mejor, a la vez que envidian a Trump cuando alardea de las ventajas de su posición para servirse de ella con fines sexuales, tampoco se acabaron de creer a Madona en su ofrecimiento a los votantes de Milady Clinton. Y ya puestos, a saber el porqué de tanta mujer euroamericana votando a un tipejo como Trump; a lo mejor fue por lo de una tipeja como Madonna…
Eso sí, lo de Madonna se vio como una graciosa ocurrencia – de peculiar sentido del humor, lo califican algunos-, y lo de Trump como una grosería intolerable, que lo es. Y no, en ambos casos se trata de una grosería, y no por provenir de una, es menos obscena que la del otro.

dijous, 10 de novembre del 2016

Trump y las plañideras



Que a estas alturas de la película haya todavía quien se rasgue las vestiduras por la (¿inesperada?) victoria de Donald Trump, es de mofa verdaderamente entrañable. También sorprende el casi universal rechazo que ha suscitado a derecha e izquierda en la vieja y perpleja Europa, con la excepción de los partidos xenófobos y antisistema de derechas.

Y sorprende porque, en lo concerniente a la derecha –empezando por buena parte del partido republicano que le nominó como candidato-, la victoria de Trump no es más que una escala técnica en el viaje, tan aplaudido en su momento por esta misma derecha, que se emprendió con Ronald Reagan hace ahora 35 años, y que Margaret Tatcher había fletado previamente en Europa. Aquellos polvos trajeron esos lodos, así que no sé de qué se sorprenden.
En lo relativo a la izquierda y al progresismo en general, es que la cosa no tiene remedio. (...)

El artículo completo, aquí.

diumenge, 6 de novembre del 2016

Huelga de deberes y que inventen ellos


Desde siempre, la lógica de la imposición de deberes escolares ha obedecido a un doble objetivo, académico el primero, social y cultural el segundo. Académicamente, el encargo de «deberes» responde a una cuestión que, por evidente en sí misma, ruboriza tener que argumentar. Lo que se explica en el aula requiere de un trabajo posterior de consolidación e interiorización que se puede llevar a cabo fuera de ella: eso son los deberes. Es verdad que no todos somos iguales, ni en preferencias ni en inteligencia; pero lo que se imparte en el aula sí lo es, tanto en contenidos como en tiempo. Es por lo tanto inevitable que la posterior interiorización y consolidación mediante los deberes requerirá sin duda un tiempo desigual según el alumno. Los habrá que realizarán los ejercicios en media hora; a otros puede llevarles más tiempo. Esta es la servidumbre de la escolarización obligatoria, inclusiva y única que, precisamente, siempre ha sido bandera pedagógica de esta organización que ahora promueve la huelga contra los deberes. Inaudito, por no decir ramplón. (...)
El artículo completo (Catalunyavanguardista) AQUÍ

dimecres, 2 de novembre del 2016

¿Pacto educativo, para qué?


Las características de la presente y recién inaugurada legislatura han reavivado las voces, principalmente entre políticos y periodistas, pero también entre otros sectores, que plantean la necesidad de un pacto de estado educativo que aporte estabilidad. Esta misma mañana, sin ir más lejos, un político relevante afirmaba que si un sistema educativo pudiera durar una generación, sin duda los resultados mejorarían. Lo decía en respuesta a la entrevistadora que se quejaba de que, en treinta años, llevemos siete leyes educativas. Pues bien, discrepo tanto de lo primero como de lo segundo.

De lo primero porque a menos que supongamos que una duración de treinta años –una generación- garantiza per se las bondades de una ley educativa, no hay ninguna otra «razón» que avale tal supuesto. Y a los hechos me remito: llevamos casi una generación con la alargada sombra de la LOGSE y seguimos sin cuestionarnos, en lo fundamental, sus axiomas educativos, que son los que han llevado al actual estado de deterioro del sistema, y sin que lo que se proponga dejen de ser meros remedos.

Y de lo segundo porque tampoco es verdad que, al menos desde una perspectiva de cambio educativo, nos hayamos separado ni mucho menos del paradigma logsiano. Lo que ha habido son matizadas correcciones, en unos casos llevadas a cabo para paliar algunos de los estragos más evidentes que causaba, en otros abundando contumazmente en ellos y consolidando el modelo. Un modelo que, en realidad, no ha sido cuestionado por ninguna de dichas leyes más allá de lo meramente testimonial o declarativo. Porque, a ver ¿cuáles son dichas siete leyes?

No pueden ser sino la LGE, la LODE, la LOPEGCE, la LOGSE, la LOCE, la LOE y la LOMCE. En el bien entendido que no contemplamos aquí las últimas derivaciones de la ley Moyano (1857), que pervivió con más o menos variaciones hasta 1976, la primera ley es la LGE (1970), derogada por la LOGSE (1990). La segunda y la cuarta,  LODE (1985) y LOPEGCE (1995), son, respectivamente, una precuela y una secuela de la LOGSE, con el objetivo de propiciar un escenario favorable a ésta que asegurara su implantación y consolidación en el tejido social e institucional educativos. Nos quedan tres: LOCE, LOE y LOMCE. La LOCE, aun sin ir más allá de unos cuantos retoques cosméticos a la LOGSE, muy verbalizados pero poca cosa más –ni siquiera alteraba el programa de estudios-, no llegó a aplicarse. También, sus aspectos más reformistas –o contrarreformistas, según se mire-, fueron decayendo a lo largo de su recorrido por el proceso de elaboración y subsiguiente tramitación parlamentaria; sin que por ello se llegara tampoco a ningún consenso ni pacto de estado. Al menos aparentemente.

Por su parte, la LOE fue un intento de metabolizar dentro de la LOGSE algunas de las verbalizaciones (meramente) declarativas de la LOCE, excluyendo sus aspectos más controvertidos. Quizás Gabilondo –uno de los pocos ministros de educación sensatos que ha habido- hubiera podido alcanzar el añorado pacto de estado educativo, en el auténtico sentido del término, pero el propio partido al que representaba –el PSOE-, se lo impidió, y la cosa se quedó en agua de borrajas.

La LOMCE, a su vez, planteó dos aspectos novedosos y dignos de interés: una tímida introducción de itinerarios académicos en la ESO y en la FP, y el establecimiento de pruebas externas de graduación –como en la mayoría de países de nuestro entorno-. Todo ello en un contexto general que diluía ambas «novedades» en un océano de despropósitos y frivolidades. Igualmente logsiana en sus aspectos esenciales, que son los que no fueron objeto de polémica ni de debate.

Como la LOGSE, la LOMCE proclama en el preámbulo –en realidad ya en su primera frase- que el alumno es el centro, el objeto, del sistema educativo. Y esto, la auténtica clave de bóveda educativa, no ha sido cuestionado por ninguna de estas leyes, ni por ninguno de los partidos que las han auspiciado. Y decimos que es la clave de bóveda porque de cuál sea el que se considere que es el objeto de un sistema educativo, dependerá todo lo demás. Si decimos que el objeto de un sistema educativo es la transmisión de conocimientos, el alumno es entonces el sujeto de dicho sistema, su destinatario, y beneficiario. Si, en cambio, asimilo sujeto y objeto en el alumno, entonces estamos inevitablemente ante un producto de consumo.

A modo de excurso, no deja de ser sorprendente que disponiendo el castellano –como también el catalán- de una clara distinción conceptual entre sujeto y objeto, a diferencia de otras lenguas que quizás en ocasiones no lo sea tanto en ciertos ámbitos de discurso –se me ocurren el francés y el inglés: the subject, en inglés, o le sujet, en francés, son también la materia de algo, el objeto de algo; ojo, no el objetivo-, incurramos aquí, y con tanta frecuencia, en tamañas tropelías conceptuales. Pero claro, a lo mejor no es una deficiencia conceptual, sino un pretexto para mantener inconfesado el auténtico objeto.

Porque, a ver. En realidad, si algo ha ido a más, siempre y en todo momento, con estas seis últimas leyes, es la progresiva mercantilización de la educación y su conversión en producto de consumo; y por ello, necesariamente banalizable en sus contenidos y formas. También, perdón por esta metonimia retórica, en su objeto.

Y mucho me temo que en esto sí ha habido un pacto de estado desde hace más de una generación. Difícil encontrar tal consenso -político, social, sindical…- en cualquier otro ámbito; tácito, sí, pero consenso al fin y al cabo. Y ahora nos dicen que sí, que el nuevo mantra es que hace falta un pacto de estado para que el sistema educativo disponga de estabilidad y continuidad. ¿Para qué, si ya están de acuerdo en lo esencial?