Acababa de colgar el post anterior, y me encuentro con que se acabó la canción y empezó el degüello. Pues nada, más actual aún, y ¡ay de los vencidos!, que serán todos. Bueno, a algunos ya les habrán prometido las correspondientes puertas giratorias, equivalente de las bíblicas treinta monedas de planta, a cambio de poner al PSOE en la picota. Claro que a lo mejor el electorado se inclina por aquello de "Roma no paga a traidores", sobre todo ante la certeza de que no se ahorcarán por desesperación como Judas. No, estos no se suicidan ni que los maten.
dimecres, 28 de setembre del 2016
A degüello o la némesis del PSOE
Cuenta la tradición que los
dos últimos días de los trece que duró el asedio del Álamo, la orquesta de
Santa Anna estuvo interpretando sin interrupción la canción que lleva por
título «a degüello», en un claro aviso de lo que les esperaba a los texanos que
resistían dentro de la vieja misión, convertida en precaria e improvisada
fortaleza. Como es sabido, no hubo ningún
superviviente entre los defensores –con la excepción de una mujer y una niña-. Fue
una victoria efímera para Santa Anna. Poco después, fue
derrotado y hecho preso por Sam Houston en San Jacinto. A cambio de su
libertad, firmó la independencia de Texas… y lo que hubiera hecho falta.
Van a por Pedro Sánchez y hace
ya mucho tiempo que le están tocando la misma melodía que a los del Álamo; casi
desde que fue elegido Secretario General. No creo que sea un gran político,
opinión que ya he acreditado en alguna ocasión en este blog, pero lo del PSOE,
tal como se ha puesto la cosa, está entre Guatemala y Guatapeor. Y no parece
que la regeneración pueda venir de ninguno de los barones y baronesas que están
afilando los machetes para entrar a degüello. Y atribuirle a él y a su equipo
todos los males, tampoco me parece serio. Hasta González se ha apuntado al
linchamiento. Puede que estemos ante la némesis del PSOE.
Ocurra lo que ocurra, el daño
será irreparable, porque puede escindir definitivamente al partido en dos (o en
tres o en cuatro, a saber). Por un lado, están los llamados barones
territoriales y los burócratas de oficio, cuya práctica política más bien
evocaría a un redivivo falangismo de extracción peronista o priísta; un sector
que entraría de lleno en el peyorativo concepto de «casta», anclado a un poder
territorial con fuerte hedor clientelista y a notorias corruptelas. Por el
otro, la dirección federal actual, que ha tenido que lidiar con la nefasta
herencia recibida de la misma casta y con la emergencia a su izquierda de una
formación que ha adquirido proporciones hasta ahora inéditas -¿Alguien se
imagina al PSOE de Felipe González con 85 diputados y al PCE de Carrillo con 61?-.
Ciertamente, no parece que el
equipo de Pedro Sánchez haya demostrado disponer de la talla política necesaria
para afrontar una situación tan extraordinariamente compleja como la generada
con la crisis, pero tampoco es descabellado pensar que el relativo reflujo de
Podemos tal vez no se hubiera producido de llevar las riendas del PSOE
cualquiera de los apoltronados aparatxiki
que ahora quieren echarle. Y además,
hay otro problema. Supongamos que echan a Sánchez y a los suyos. Bien, ya lo
han echado ¿y luego qué? ¿Abstenerse en la investidura para que haya gobierno
del PP con el apoyo de Ciudadanos? ¿Y las bases? ¿Y el electorado?
Porque el mismo cisma que
sacude a la dirección se da también entre la militancia, igualmente
heterogénea, y entre el electorado. En este sentido, no cabe duda de que mucho
barón autonómico ha conservado su puesto no sólo gracias a su voto cautivo y
clientelar, sino también por otro voto más, digámosle, «ideológico» y con
componentes emocionales. Y por supuesto, con el apoyo del mismo Podemos que
sirvió para auparles al cargo, pero que no lo quieren para Pedro Sánchez.
Curioso.
En definitiva, si el color de
la dirección federal es el mismo que el de las baronías territoriales, el
modelo PSOE puede saltar por los aires, porque sólo con el voto cautivo no
basta. Y si gana Pedro Sánchez y la emprende con los taifas, los barones se van
con su voto cautivo, no sabemos adónde, pero igualmente representaría una nueva
poda de lo más catastrófica en tiempos de carestía. Parece que la cosa ha
llegado a unos niveles de enfrentamiento sin posible punto de retorno. Si gana
Pedro Sánchez, la batalla será con Podemos por la hegemonía de la izquierda,
pero con un sector de electorado que se largará hacia otros pagos más
«centristas». Si ganan Susana Díaz y los suyos, será un regalo para Podemos, a poco que los de Iglesias sepan
aprovecharlo. Por eso, quizás estemos ante la némesis del PSOE.
Santa Anna regresó a
México después de su derrota y cautiverio, ya sin Texas. Fue nuevamente derrotado
en la guerra con los EEUU (1846-48), acreditando una incompetencia y una felonía
que en cualquier otro país le hubiera costado el pelotón de fusilamiento. Pero
siguió gozando de períodos de poder absoluto, siempre amparados en el poder
militar. Para entonces, sí, había mantenido la unidad de México, pero en un
país reducido a la mitad de su extensión original. Sólo le interesaba el poder, aunque fuera en un país jibarizado. Eso sí, siempre entró a
degüello. Algunos deberían tomar nota.
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dilluns, 26 de setembre del 2016
Elecciones para la constatación
Los resultados de las
elecciones de hoy en Galicia y Euskadi no dan, en realidad, para nada más que
constataciones. Quizás por esto los tertulianos habituales de las tertulias estaban
tan despreocupados y hasta desinhibidos: hoy no hacía falta pensar, y como se
trata de una actividad para la cual no son especialmente idóneos, pues eso.
Ahora bien ¿Qué constataciones?
Porque las constataciones no deberían
ser sobre los resultados –están ahí y punto-, sino sobre las consecuencias que
se desprenden de ellos. En principio, podría parecer que unos resultados
«normales», es decir, que coincidan con las encuestas, no darían para grandes
análisis. Pero puede que no.
Porque la primera constatación
sería que la inmarcesible florecilla de Ciudadanos está empezando a
marchitarse. Es verdad que las previsiones coincidieron con los resultados,
tanto en Galicia como en Euskadi, y que para esta formación la
convocatoria era de lo más inoportuna; precisamente en sus dos puntos más
débiles. Pero también los es que tal inoportunidad puede marcar tendencia en
sus resultados. Y sorprende que el omnipresente ciudadano mayor haya desaparecido
esta noche del escenario. La pregunta es obvia: ¿Hubiera eludido igualmente las
cámaras de haberse producido unos resultados más favorables? La cara nunca se
da ante el éxito, sino ante la adversidad. Esto también puede marcar tendencia.
Lo del PSOE ya va para la UCI,
con los barones y baronesas meridionales afilando las navajas en la luna llena
de García Lorca, con un bandolero cabalgando muerto que se apellida Sánchez, en
una noche con perfume de flor de cuchillo. O más prosaicamente, pisándole los
tubos de oxígeno. Sólo que en la fosa caerá todo el partido, y algunos de
ellos/as incluidos/das. Dejemos al PSOE, en el pecado está la penitencia.
Podemos y sus mareos, pues
esto. Mucho Gramsci y tal y tal, pero la hegemonía es la que es, y de quien es,
y esto vale para Galicia y para Euskadi… Y para el resto de España. Estaba por
escribir el manual sobre cómo malograr una oportunidad histórica irrepetible
para la izquierda. Ya falta menos; como mínimo ya tenemos el relato. Alguno de los
doctorandos de Monedero podría planteárselo como tema de tesis, si es que
siguen existiendo las tesis doctorales.
Lo del PNV –su éxito- demuestra
que todo nacionalismo, centrípeto o centrífugo, ha de saber mantenerse
emboscado a la espera de su oportunidad; y mientras tanto, a recoger. Hasta el
ínclito Ansar afirmó que hablaba
catalán en la intimidad. En el caso del PNV debe ser la tradición jesuítica. Lo
he de decir, lo siento: sería recomendable que el PNV aportara algunos de sus
cuadros para impartir un cursillo de formación política a sus homólogos catalanes
de la antigua CDC, hoy de ignota denominación, empezando la primera lección
explicándoles que en un partido hay «familias», pero que un partido no es de una
familia, sino de la parentela.
Y acabo con Mariano. Hay
que reconocer que este hombre tiene un aguante que al final empieza a
resultarme entrañable. En un país de crispados, él ni se inmuta. Y también tiene
suerte. A ver si no. Imaginemos que, en lugar de haber elecciones en Galicia,
las hubiera habido en Madrid, y saca Esperanza Aguirre los mismos resultados
que hoy son los de Galicia ¿Estaría igual de contento? Mucho me temo que no. En
cambio, ahora tiene en cartera para
diciembre 10 o 15 escaños más, y Ciudadanos 10 o 15 menos. Y quizás al PNV, lo
quiera o no Ribera; ya apenas contará. Solamente para decir «sí».
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dilluns, 19 de setembre del 2016
¿Cómo son posibles los gurús educativos a priori? (I)
El rotativo «El País», muy
en su línea, publica hoy la impagable entrevista con un gurú educativo de moda,
uno más, que parece obedecer al nombre de Sugata Mitra, y cuyo centro de atención educativo preferente es acabar con los exámenes porque, dicé él, es una cosa de los tiempos de los imperios, de hace 300 años, y como hoy en día no hay trincheras, no hay ninguna razón como para tener que controlar los nerivos y los exámenes son innecesarios. Una entrevista que da
mucho que pensar, ciertamente que no por lo que dice -una sarta de majaderías
aliñadas por un picaruelo para consumo de infelices-, sino por lo que concierne a
la propia condición de «gurú educativo», un sociotipo poco estudiado
estudiado hasta ahora y que prolifera por doquier.
La entrevista es particularmente
interesante y significativa por todo lo que tiene de tópica. Un déjà vu insidiosamente recurrente en
todo este tipo de glosas: complicidad fingidamente aséptica que se traduce en acríticidad
absoluta hacia el entrevistado, con preguntas que parecen más bien escritas por
el propio gurú para su mayor redondeamiento retórico para que se las pongan como a Fernando VII, y unos entrevistadores
que, a la vez que refutan en sí mismos la viabilidad del método socrático de la
mayéutica, se manifiestan también indefectiblemente incapacitados para ejercer
la no menos socrática eironeia -la
ironía-, que tanto juego daría en las entrevistas a estos tipos.
También, más allá de la
receta milagrera particular de cada gurú, parecen surgir algunas
características comunes a todos ellos, configurándose un borroso perfil de gurú
que, ya sin más dilaciones, hay que esclarecer y establecer nítida y
definitivamente.
No nos estamos preguntando
por las causas que han facilitado la proliferación de la figura del «gurú
educativo» -lo dejaremos para sociólogos y psicólogos-, ni tampoco por ninguna
variedad del sociotipo que se constituyera en «gurú educativo a priori» -ímproba
tarea, que correspondería a fichteanos irredentos-, sino, en el sentido más
genuinamente kantiano, por la possibilitas
del gurú educativo.
Aclaramos. Si un concepto es
la obtención del universal a partir de la supresión de la diferencia, o sea, el
conjunto de notas o predicados que
constituyen su possibilitas -aquello que ha de haber para que se dé tal
concepto-, nuestra pregunta es ¿cómo son a priori posibles los gurús
educativos? ¿Qué ha de haber en un «gurú educativo» para que sea efectivamente
un «gurú educativo? ¿Cuáles son las condiciones de la posibilidad del «gurú
educativo» o, si lo prefieren en más trendy:
¿Cuál es el «perfil del gurú educativo»?
A este propósito dedicaremos
algunas de las próximas entregas: a un conocimiento trascendental del «gurú
educativo», entendiendo, con Kant, por «trascendental», aquel conocimiento que
se ocupa, no tanto de objetos, sino de nuestro modo de conocerlos en la medida
que ello sea posible a priori.
Ya les iremos contando.
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Sobre la tardomedievalidad catalana (Siguiendo con Vicens i Vives)
En la entrega anterior
concluía afirmando que Cataluña entró en la Edad Moderna casi dos siglos
después que Castilla, y que durante los siglos XVI y XVII vivió en una especie
de prórroga tardomedieval. Y ello tanto en lo económico como en lo político. Políticamente,
siguió en una concepción basada en el contractualismo con el monarca, en unos tiempos
en que asomaban la monarquía absoluta y los primeros gérmenes de la razón de estado,
frente a la razón dinástica propia de la Edad Media. Cierto es también que en
Castilla este proceso se quedó a medias y abortó, lo cual a su vez explicaría
el despegue económico catalán respecto al resto de España a partir del siglo
XVIII… Pero volvamos a nuestro tema.
Para lo
que aquí nos interesa, lo remarcable es la ausencia de razón y sentido de estado
en las instituciones catalanas durante los Austrias, en una suerte de
onfalocracia debida a una concepción medieval del poder, de la monarquía.
Veamos cómo nos describe Vicens i Vives los diferentes procesos por los que
transcurrieron, desde esta perspectiva, Castilla y Cataluña. Substitúyase
«Minotauro» por «Leviatán», o por monarquía moderna. Se nos
está hablando del resultado de la revolución y guerras civiles del siglo XV, y
de la solución contractual a que se llegó con Fernando el católico. Una
solución que, en palabras de Elliot, restableció el modelo bajo el cual se
había engrandecido Cataluña en los siglos XIII y XIV, pero en unos tiempos y
con unos retos muy diferentes, que hubieran requerido de respuestas muy
distintas. Pero volvamos con Vicens i Vives:
“La
solució del 1472 –capitulació de Pedralbes- fou la de declarar intocables la
monarquia i el pactisme.
L’encarcarament
polític del país començà en aquest bell punt. Els historiadors romàntics, que
eren partidaris dels retrucs misteriosos i de les confabulacions secretes,
acusaren Ferran II d’haver aclaparat Catalunya amb la introducció de l’absolutisme
i la liquidació de les llibertats del General[1]
i del municipi barceloní. Pobre Ferran II! La seva gran responsabilitat histórica
és la d’haver lligat per sempre més la salvaguarda del pactisme a la seva
política. Catalunya volia aquella forma de govern; donem-la-hi doncs (,,,) A
més, el rei catòlic creà definitivament els dos organismes administratius
cabdals del pactisme: el virrei i el Consell d’Aragó. Els catalans l’en
regraciaren. Estaven segurs que viurien en el millor dels mons.
Acostumats
a l’absentisme dels monarques des d’Alfons el Magnànim, els catalans no se
sorprengueren que els nous reis de la casa d’Àustria establissin la cort a
Castella (…) Ells tenien també la seva petita cort a Barcelona, amb el virrei
capità general, els lletrats de la Reial Audiència i els notables (…) No s’adonaren,
fins més tard, que el virrei i el Consell d’Aragó no eren òrgans comunicants
del país amb el Minotaure, sinó pantalles que n’interceptaven l’accés.
Per
tant, mentre els castellans es familiaritzaven amb el Minotaure a força de
rebre’n les banyades –derrota de “las Comunidades”, espoliació dels tresors de
les viles, arraconament total de les Corts de la vida política-, els catalans
es gronxaven en la més absoluta ignorància de l’Estat i dels resorts del poder.
Llavors fou quan Castella assolí la veu de «mando» i es féu la simbiosi entre
la monarquia hispánica i l’Estat castellà (…)
En fin. Ya dijo Marx que
si la historia se repite, lo hace en forma de parodia.
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dissabte, 17 de setembre del 2016
Este país da para mucho
No se lo pierdan. Festival de cine de San Sebastián. Toda una superposición de siluetas. El anciano del fondo es Bertrand Tavernier. El que chupa cámara en calzoncillos tratando de ondear una pancarta, un espontáneo que surgió al grito de egh, egh, egh! Y entre los dos, apenas se le ve un brazo, el segurata que se lo está llevando. Sobran los comentarios. Impagable.
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divendres, 16 de setembre del 2016
Cataluña y América, según J. Vicens i Vives
Es moneda común de pago
atribuir buena parte de la decadencia catalana en los siglos XVI y XVII a la
prohibición de comerciar con las colonias americanas, cuyo monopolio ejercía
Castilla a través de la Casa de Contratación de Sevilla. Como tantos otros
mitos, está construido sobre unas partes de verdad y otras de mentira. Veamos
que dice al respecto Jaume Vicens i Vives (1910-1960):
“Perquè
s’ha de dir, d’una vegada per sempre, que és absurd el plany que prengué tanta
volada a les darreries del segle XIX respecte a l’exclusió deliberada dels
catalans del comerç amb Amèrica. Avui sabem que no hi hagué eliminació de tipus
jurídic, sinó establiment d’un monopoli de tràfec entre Espanya y les colònies
americanes a profit dels burgesos de Sevilla. Però els menys coneixedors
d’història económica saben que primer els genovesos, després els alemanys i
portuguesos, incloent entre aquests els "marranos" conversos, i més tard els
holandesos, francesos i anglesos, saberen aprofitar-se d’aquell monopoli per a
fer pasar l’or americà a llurs terres sense que el govern de la monarquia
española pogués fer res per a privar-los-ho.
Si
els catalans dels segles XVI i XVII haguessin tingut capitals, indústries i
esperit d’empresa, bé s’haurien enginyat per assolir el mateix profitós
objectiu que els altres estrangers a la Corona castellana. Si no ho poguérem
fer, no és que no en sabessin; simplement, no teníem capitals per a ensibornar
els factors de la Casa de Indias, enllaminir els marxants sevillans o «convèncer»
la monarquia. Què més haurien volgut els reis d’Espanya i llurs ministres, fins
i tot el mateix comte d’Olivares, que transigir amb unes demandes catalanes
d’obertura del comerç americà, si és que se’ls haguessin presentat, davant la
perspectiva d’unes bones curulles d’argent, ells que estaven dia sí i dia també
abocats a la fallida del crèdit financer de la reialesa?
Però
precisament en aquell temps, els comerciants de Catalunya tallaven el cuponet
del tràfec amb Sicília i vivien d’allò més satisfets amb aquella rifeta. Pensar
d’anar a Amèrica? I ca! Cap mariner no s’hauria atrevit a capejar la punta
extrema de Portugal. Fins aquest punt davallàrem en el segle XVII”. (Jaume
Vicens i Vives, Notícia de Catalunya (1954).
Se trata probablemente del
historiador más notorio que ha producido Cataluña, y respetado prácticamente por
todas las corrientes historiográficas, nacionales y extranjeras.
Es curioso que quienes
sostienen todavía que hubo tal prohibición expresa al comercio catalán con las
Américas, acostumbran a pasar por alto, o como reseña meramente anecdótica, que
la liberalización del comercio con las colonias se produjo en el siglo XVIII
con los Borbones, precisamente las épocas más duras de ocupación política y
militar castellana, según estas mismas fuentes.
En todo caso, dicha supuesta
prohibición suscita, cuando menos, una paradoja de difícil resolución para
quienes la sostienen. Por un lado, si catalanes, aragoneses y valencianos eran
considerados extranjeros en Castilla, y el único vínculo entre la Corona de
Aragón y la de Castilla era que compartían monarca, pero cada cual seguía con
sus instituciones, fueros y cortes respectivas, la verdad es que tal
prohibición no debería parecer ni tan extraña ni tan abusiva. Ello no obstante,
no deja de ser sorprendente que haya sido duramente criticada, por estos mismos
sectores, a la vez que aducida como prueba de que no hubo una verdadera unión
política durante los Austrias.
Sólo una nota más en lo
referente a la noción de «extranjero» en la Corona de las Españas por aquellos
tiempos. Es verdad que Isabel la católica, en su testamento, legó las
colonias de ultramar como posesión única y exclusivamente castellana. Pero
también lo es que Carlos V se pasó dicho testamento por el arco de triunfo. Poco
después, Felipe II decretaba quiénes debían ser considerados «extranjeros» en
las colonias de ultramar: todos aquellos que no fueran castellanos, leoneses,
catalanes, aragoneses, valencianos, navarros, gallegos o murcianos (Portugal no
se había incorporado todavía por entonces a la Corona). Tal cual.
El gran problema es no querer
reconocer algo evidente: para bien y/o para mal, y con todos sus achaques, Castilla
entró en la Edad Moderna en el siglo XVI, mientras que Cataluña, con los suyos,
no lo hizo hasta el XVIII. Así lo sostienen no sólo Vicens i Vives, sino también tantos
otros, nada sospechosos de españolismo, como,por ejemplo, John H. Elliot.
En la próxima entrega, algo más sobre esta polémica y tardía entrada de Cataluña en la Edad Moderna.
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dimecres, 14 de setembre del 2016
¿Para qué la escuela?
Como cada año cuando empieza
el curso escolar, proliferan las noticias y declaraciones sobre educación.
Ahora bien ¿se habla realmente de educación o solamente de aspectos externos a
ella que, aunque sin duda importantes, no dejarían de ser cortinas de humo que
eluden los problemas y retos que tiene realmente planteados nuestro sistema
educativo?
En cierta ocasión, inicié una
conferencia afirmando que la transmisión
de aquellos conocimientos –añado: teóricos y prácticos; aptitudes y
destrezas- que la sociedad considera necesario preservar y que un individuo no
puede adquirir en su entorno social más inmediato, se estructuró en torno a la
institución escolar bajo el modelo de la Academia. Un modelo basado en el
binomio docente-discente incardinado en una institución cuya función primordial
era la transmisión de dichos conocimientos; fueran cuales fueran, según la
época, la sociedad, etc.
Tres afirmaciones que a día de
hoy habrían quedado obsoletas a juzgar por las tendencias educativas hoy
hegemónicas, que no parecen ir en esta dirección, sino más bien en la opuesta. Veamos.
Que hay cosas que «la sociedad considera necesario preservar»
me pareció, en su momento, evidente en sí mismo, pero acaso no lo sea tanto. Y
ello en el sobrentendido que la sociedad, entendida como abstracción, quiera
preservar algo. Porque entendía que, de una forma u otra, siempre habría un
substrato sobre el cual se construiría un cierto consenso. Y a lo mejor resulta
que no a todo el mundo le interesa preservar lo mismo. Sin ir más lejos, del
mismo modo que algunos sectores de la sociedad suprimirían las academias
militares, otros sectores, afines a determinadas prácticas curativas
alternativas, suprimirían sin duda las facultades de medicina. De modo que la
proposición sobre lo que «la sociedad
considera necesario preservar» es, como mínimo hoy en día, más bien
problemática.
El Artículo completo, aquídijous, 18 d’agost del 2016
¡Hasta siempre, Capitán!
Murió ayer. Se llamaba Víctor
Mora y fue el creador del Capitán Trueno. Durante muchos años firmó como Víctor
Alcázar, que más que un nombre artístico fue «contranombre de guerra» para
poner sordina a su militancia clandestina y a su condición de expreso político
en una lista negra de la que se aprovecharon los de siempre. No fue el único en
sufrirlo, Marcial Lafuente Estefanía, por ejemplo, había sido general del
ejército republicano durante la guerra civil y también lo padeció.
Dicen algunos que todo gran
lector ha padecido en su infancia de algún forzado período de reposo que inicia
en la lectura para combatir el aburrimiento, y que el vicio se queda pegado al
alma. Una perversión, vamos, al menos en el sentido originario del término:
desviación de los fines naturales. Ellos sabrán, los rousseaunianos…
Por mi parte, obviando por
supuesto lo de «grande» y quedándome en mero «lector», puede que algo haya de
esto. Me aficioné al Capitán Trueno con motivo de un forzado período de reposo
que tuve que guardar durante tres o cuatro meses debido a una fea fractura de
fémur que sufrí a los ocho años. Alguien me trajo un ejemplar una revista
juvenil con distintas historietas de cómic de aventuras, humor y reportajes; un
magazine, que diríamos hoy. Se
trataba de «El Capitán Tueno (EXTRA)». Y así me enganché. Lo demás vino solo.
El Artículo completo, aquí.
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dimarts, 2 d’agost del 2016
Lecturas estivales: Elliot, la rebelión de los catalanes y las galeras de Barcelona
A veces se pregunta uno si la
semblanza entre los franceses radica en que todos hacen queso, o si la
diferencia se encuentra en el «abismo» que separa un camembert de un rochefort;
y acaba uno sucumbiendo a la sensación de que el énfasis en lo uno o en lo otro
tiene, por lo general, poco de objetivo. Y depende de estados de
intersubjetividad inducida mucho más aleatorios, a la vez que dirigidos, de lo
que la mayoría de adeptos estaría dispuesto a admitir.
Viene esto a propósito de las
lecturas y relecturas estivales a las que está uno dedicando este verano:
bibliografía sobre esto que se le llama «el problema español», y más
concretamente el «problema catalán», a cargo de hispanistas británicos. Uno de
los mejores, el mejor sin duda alguna, es John H. Elliot, con su impagable «La
rebelión de los catalanes: historia de la decadencia de España (1598-1640)»
(2013, 2ª ed.). Una obra maestra cuya lectura sume inevitablemente en una
tediosa y fatalista sensación, no sé si de «déjà
vu» o de eterno retorno de lo mismo, con pandereta incorporada, pero
tediosa en cualquier caso, no por la obra, todolo contrario, sino por su lucidez y por lo incontrovertible de los
datos que maneja. Datos de historiador, no de mitógrafo. La obra trata de los
hechos que llevaron a la revuelta conocida como «La Guerra dels Segadors» (1640-1652); unos episodios tan glorificados
por la mitografía nacionalista catalana, como denostados por el nacionalismo
españolista.
Pero no dramaticemos, que
estamos en verano y de vacaciones, así que me referiré simplemente a una
grotesca anécdota que acaso ayude a entender la simpatía de ciertos políticos
actuales por los dirigentes de entonces: el de las galeras de Barcelona.
Felipe III había concedido a
la ciudad de Barcelona el privilegio de fletar cuatro galeras de guerra con la
finalidad de defender las costas catalanas de la incursiones de los piratas
berberiscos –una auténtica plaga por entonces-. La concesión fue acogida con
gran entusiasmo porque permitía disponer de una fuerza naval propia. Dicho sea
de paso, estas galeras aparecen en la segunda parte del Quijote.
La realidad fue algo más
prosaica, y la verdad es que suena a rabiosamente actual. Aunque se dotó
la correspondiente asignación presupuestaria para construirlas, armarlas y
tripularlas, de las cuatro galeras sólo llegaron a construirse dos, que jamás
fueron ni armadas, ni tripuladas, sino que permanecieron ancladas y
enmoheciendo. Poco después, algunos espabilados sugirieron que se utilizaran
para fines comerciales, a lo cual el virrey de entonces, Alcalá, se negó,
arguyendo que eran naves militares, no comerciales. Esto desagradó a los que ya
se deleitaban con los pingües beneficios que obtendrían comerciando con naves
públicas utilizádolas para sus privados y lucrativos fines. Vamos,
dicho en términos actuales, fue una imposición de «Madrid» y, como tal, un
atentado a los fueros y libertades bla bla bla. No me resisto a citar
textualmente los pasajes de Elliot que describen el «glorioso» final del par de galeras. Nos está hablando de la situación a la llegada de un
nuevo virrey a Barcelona, en 1623.
“Fontanet
se encontró con una provincia descontenta (…) Además, el orgullo nacional había
sido seriamente dañado por la pérdida de dos galeras catalanas a manos de los
moros de Argel en julio de 1623. La pérdida había tenido lugar en las
circunstancias más escandalosas, y confirmaba de lleno el buen sentido de la
negativa de Alcalá, durante la época de su virreinato, a dejarlas zarpar sin su
permiso.
En
vez de hacer el trabajo que tenían encomendado de defender la costa catalana
contra los piratas, habían sido utilizadas como barcos mercantes y cargadas con
mercancías pertenecientes a la compañía privada de Canoves y Morgades, para su
venta en Sicilia. Al estar no solo cargadas, sino sobre-cargadas, habían sido
incapaces de escapar cuando los veleros moros aparecieron en el horizonte, y
habían caído intactas en manos de los musulmanes.(…)
«Déu
ho ha permès, puix allí tots hi són lladres…» señaló el Doctor Pujades (…)”
Por lo visto, el empeño por
las empresas patrióticas no es nuevo y hay ilustres antecedentes a Banca Catalana, Hispanair, PetroCat, Andorra y tantas otras. Lo dicho: ¿Eterno retorno o déjà vu?
Una realidad, la de Cataluña en el XVII que describe Elliot, muy distinta al idílico paisaje con fuente que nos narran desde hoy en día los amanuenses del nacionalismo.
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"El Procés",
Lecturals estivales,
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