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dimecres, 19 d’agost del 2015

BIKING AROUND: EL PANTANO Y EL GAIÀ


El embalse de Gaià (desde la presa) y el río en su desmbocadura
 
Hasta hace muy poco, y desde el año 1975, del río Gaià podía decirse que nacía en las sierras de Queralt y la Brufaganya, y moría en el embalse que lleva su nombre. Sí, tal vez lo de «río» sea algo pretencioso para un caudal medio de 0.57m3/s a lo largo de 59km que, si descontamos los 11km que van del embalse hasta su desembocadura originaria, en Tamarit, se quedan en cuarenta y ocho. Ello no obstante, hay a lo largo todo de su recorrido, con caudal y si él, parajes realmente maravillosos e interesantes, tanto desde el punto de vista natural como de la actividad humana a lo largo de la historia, que lo hacen un entorno ideal para las más variadas rutas en BTT.
Que un río, por menor que sea, pero de caudal constante, muera en un pantano después del cual sólo queda un cauce seco, se le antoja a uno una salvajada aberrante, inédita hasta donde le consta, sin que sea preciso para tal consideración ser ningún ecologista furibundo. La presa de Gaià, situada a unos cuatro kilómetros arriba de la población del Catllar, la construyó ENPETROL –Empresa Nacional de Petróleos, hoy REPSOL- para cubrir las necesidades de agua de la refinería que por entonces empezó a entrar en servicio en las proximidades de Tarragona. Afortunadamente, la arrogancia tecnocrática tuvo su contrapunto, ya que las filtraciones debidas a las características del terreno –según me comentó un ingeniero compañero mío en el instituto donde trabajaba por entonces- impidieron que el pantano supere el 30% de su capacidad teórica, gracias a lo cual los acuíferos de la zona no se secarao completamente.
 
Tiene uno también la impresión, tal vez errónea, que la presa está a mayor altitud que los máximos niveles de la cuenca, y esta sería otra razón por la cual nunca acaba de llenarse. Aunque tal extremo, con las aguas desbordándose por laterales, nunca se ha dado. En realidad, el nivel del agua nunca ha llegado, ni de lejos, al de las compuertas. La vez que lo he visto al nivel más alto fue después de unas semanas de intensas lluvias torrenciales en los noventa. El agua llegó a anegar completamente los pinares circundantes, pero las compuertas de la presa seguían viéndose muy a lo alto. Como anécdota, guardo la sensación, a la par de horror y de perplejidad, de los domingueros y su prole bañándose y con colchones de playa sorteando las copas de los pinos que asomaban. Ignorancia y temeridad van parejas con frecuencia.

Las tenaces y perseverantes protestas de grupos ecologistas consiguieron que, finalmente y al cabo de treinta y cinco años, se mantuviera el caudal ecológico del río, que llega hoy hasta un par de kilómetros más allá del Catllar, y que tras los trabajos de limpieza del cauce seco –muy deteriorado- que se están llevando lentamente a cabo, acabará volviendo a desembocar donde siempre, en Tamarit. Agua, ya digo, no es que baje mucha, pero, sobre todo en las zonas donde se acumula, da paisajes verdaderamente pintorescos. Sobre todo porque el agua, en zona seca como esta, es siempre agradable de ver, y codiciada.
 
 
Distintas imágenes del curso del Gaia: El Catllar y Vespella de Gaià
 
Como decía, el nacimiento oficial del Gaià se sitúa en Santa Coloma de Queralt, donde se configura con las aguas que bajan de las sierras de Queralt y la Brufaganya, este último un hermoso donde la tradición sitúa el retiro del anacoreta Sant Magí, a la sazón copatrón de Tarragona y cuya festividad se celebra precisamente hoy, 19 de agosto. En su curso alto, circula forma bonitos meandros circulando a través de gargantas cuya frondosidad hace que con frecuencia su escaso caudal no sea visible a simple vista. Su curso está rodeado de castillos; fue frontera de hecho durante la Alta Edad Media, marcando los límites de la expansión cristiana, tras la cual se extendía una especie de terra nulius hasta las cercanías de Tortosa, unos cien kilómetros al sudoeste, donde empezaban los dominios musulmanes. Unos no poblaban la zona, probablemente por falta de demografía, sobre todo después de las incursiones de Almazor, y los otros porque su época expansiva ya había pasado.
Imágenes del alto Gaia: meandros entre Santes Creus y Aigua Múrcia, y cerca del Pont d'Armentera

 
El Gaià, en blanco y negro, a su paso por Vilabella (Els set ponts), bajo el puente del ferrocarril
 
 
Como cauce fluvial, queda configurado claramente a partir del Pont d’Armentera, donde hay abundantes restos del acueducto romano que suministraba agua potable a la Tarraco romana. Las mismas aguas que, ya en las cercanías de Tarragona, pasaban por el famoso acueducto del Pont del Diable. Al profano puede parecerle un contrasentido que, pasando el río Francolí a un kilómetro del acueducto, y siendo de mayor caudal que el Gaià –aunque tampoco vayamos a imaginarnos ahora el Amazonas-, los romanos trajeran el agua del Gaià, y de tan lejos. Simplemente no eran tontos. Aunque el Pont del Diable no esté en la cuenca del Gaià, llevaba sus aguas, por estolo incluimos aquí.
 

En su ruta hacia el pantano –o hacia el mar- el Gaià transcurre después por las poblaciones de Santes Creus –con su monasterio cisterciense-, Vila Rodona, Aigua Múrcia, Vilabella, Vespella de Gaià… Después del pantano, pasa, actualmente ya con caudal constante, por El Catllar, ya en el tramo denominado del bajo Gaià. Entre esta última población y Ardenya, a unos cuatro o cinco kilómetros, pierde su caudal a medio camino entre ambos. Luego La Riera de Gaià, La Nou de Gaià y, finalmente, Tamarit, en cuya playa desemboca.
El castillo de Tamarit

El tramo de cauce seco, actualmente entre Ardenya y Tamarit, tiene algún espacio húmedo. Especial mención merece La Resclosa, situada poco después de La Riera; una esclusa cuyos orígenes deben ser probablemente medievales, que recoge la aguas sobrantes de la comunidad de regantes de la población. Se extiende, entre antes y después de la pequeña presa, unos trescientos metros, y constituye un espacio húmedo con permanente presencia de patos, culebras de agua, tortugas de río autóctonas, carpas…
La resclosa
 

Más allá de una poza en el cauce de unos cinco metros de diámetro, situada entre Ferrán y el castillo de Montoliu –quedan cuatro piedras en lo alto de la cima, circundada por una urbanización-, el siguiente, y último espacio húmedo de aguas freáticas que se encuentra en el último tramo hasta la desembocadura, de unos cuatrocientos metros, con abundante fauna autóctona, aunque de vez en cuando se observa alguna tortuga de Florida –Traquemis scripta elegans- abandonada allí a su suerte por sus desprensivos propietarios.

El tramo final del Gaià
 

A pocos metros de la antigua estación de Tamarit –hoy en desuso-, se encuentran los interesantes restos de una antigua canalización por el método del sifón. Se trataba de recoger el agua del río por el margen derecho, para desviarla mediante un pequeño puentecillo al margen izquierdo para regadío. La canalización superior ha desaparecido, pero la construcción que desviaba el agua en la orilla derecha, no.
 


El sifón

 
Se supone que las aguas recogidas se utilizaban para regar las huertas que se crearon sobre la antigua laguna de Tamarit, que fue desecada a finales del siglo XVIII con el objetivo de convertirla en terrenos cultivables. Lógicamente,la fecha de construcción del suministro de regadío es coetánea a la desecación de la laguna y su conversión en huertas.

Y nada. A lo largo del Gaià y sus alrededores, desde Tamarit hasta Santes Creus, se pueden hacer las más variadas rutas en BTT, de toda distancia y complejidad según la preparación y las ganas de cada cual. Francamente recomendable.



 
 

dimarts, 18 d’agost del 2015

UN MAS DE COSTA

 
 
 

El mas que hoy nos ocupa está muy cerca de la costa, apenas a quinientos metros. Y tiene torreón, también de planta circular. Se encuentra situado en un claro del "Bosc de la Marquesa", un espacio que merece una entrega monográfica, y la tendrá. Por ahora diremos simplemente que se trata de un espacio boscoso, básicamente de pinares, de dos kilómetros de largo por unos seiscientos metros de ancho, en su tramo más amplio. Limita por el este con la playa de la Móra, y por el oeste con la Larga. Al sur, con el mar, y al norte, con la vía férrea y la Vía Augusta -antigua carretera nacional 340, hoy desplazada más al norte.
 
Cuando el bosque empieza a clarear por el norte, aparece este mas con torreón, más o menos equidistante entre la Móra. Desde allí hasta el ferrocarril, unos cuatrocientos metros más de bosque claro, muy distinto al estrictamente costero: algarrobos, algunos olivos y arbustos típicamente mediterráneos de variadas dimensiones, en un terreno más bien pedregoso.
 

La construcción es de piedra y fango y está en estado ruinoso. Su cercanía a zonas habitadas y turísticas lo convierte en objeto de frecuentes incursiones para cumplimiento de las más variadas finalidades, a juzgar por los restos que se encuentran. La cantidad de inscripciones que se pueden observar en el muro de la foto superior, nos dan una idea del nivel de imbecilidad de tanto memo como hay. Claro que tampoco hemos de olvidar que el primer gamberro que inauguró tan vandálica tradición fue Lord Byron, en el templo griego de Cabo Sunión. La presencia en los alrededores de envoltorios arrojados al lado de los preservativos que contenían antes de ser extraídos para su uso, nos indican claramente que sus usuarios los abandonaron en el mismo lugar de autos. También debe haber alguna que otra jeringuilla, aunque no di con ninguna.


 
 
 
Al torreón se puede acceder, no sin cierto riesgo. Por lo demás, no es que la construcción tenga ninguna particularidad. Debió depender de una propiedad mayor -Mas Rabassa, probablemente, que sigue en funcionamiento- y tal vez, a la vista de la disposición de su interior, o lo que queda de él, podría haber servido en algún momento como acuartelamiento menor, de los que no eran raros en otros tiempos, cercanos a la costa. Aunque lo dudo, porque el bosque le quita toda posible visibilidad -excepto, quizás, en lo alto del torreón, y la torre de vigilancia costera por excelencia en la zona es la torre de la Möra, que estuvo en uso hasta hace algunas décadas para vigilar en contrabando. En fin, es sólo una especulación.
 
 
 
La antigua puerta de acceso al patio interior está camuflada por la vegetación y es apenas visible; se puede entrever en la foto superior izquierda. La construcción limita con el bosque de pinares por su lado sur, que se extiende unos quinientos metros hasta costa; por su lado norte, como ya dijimos limita a unos cuatrocientos metros con la línea del ferrocarril, barrera insalvable porque el tendido de las vía se encuentra a unos quince metros de desnivel artificial, prácticamente a lo largo de todo el tramo. Hasta no hace muchos años, se podía acceder desde la carretera a través de un puente del siglo XIX, que fue derruido cuando se "mejoró" la línea ferroviaria para adaptarla a los trenes Euromed, que, se suponía, circularían a mayores velocidades.

 
 

 
En las dos fotografías superiores se puede ver, a la derecha, lo que queda del viejo puente. Hoy sólo se puede acceder desde La Móra o desde la Larga. A la derecha, el camino que llevaba al puente, ya en los claros del bosque, al norte del mas.
 
 
Claro que, bien mirado, uno no acaba de entender el derribo del puente por razones de velocidad de los convoyes Euromed, sobre todo si tenemos en cuenta que la duración del trayecto Barcelona-Tarragona en un Regional-exprés normal es de una hora y diez minutos, mientras que la del Euromed, para el mismo recorrido, emplea una hora y media, como los borregueros de antaño. En fin, ya se sabe, cosas del progreso.
 
 
 
 
 


divendres, 14 d’agost del 2015

BIKING AROUND: UN "MAS" VENIDO A MENOS






Difiere de los demás en que no se ve como la típica masía o mas de la zona. No es construcción de piedra, sino más bien de obra. Aunque muy degradadas por el paso del tiempo, quedan en la fachada evidencias más que suficientes de los colores pintados que en un tiempo ornamentaron la fachada. A uno esto le recuerda, salvando las distancias, algunos edificios que vio en Italia.
 
Sin duda debió ser una propiedad importante, semipalaciega, y habitada por gente muy bien situada. En el costado izquierdo del edificio principal se encuentra un pabellón de una planta, que tal vez debió servir para guardar los aperos de faena, o también para vivienda del servicio, o para ambas cosas. A unos ciento cincuenta metros se encuentra otro pabellón, mucho mayor, de unos cuatrocientos metros cuadrados de planta, que tal vez sirviera para los animales de tiro. Volviendo al edificio principal, a la derecha del edificio se encuentra una gran balsa rectangular, hoy cubierta de vegetación, de unos veinte metros de largo por seis o siete de ancho, que bien podría servir como piscina debidamente rehabilitada.

 
 
 
La edificación carece de torre o torreón, lo cual sería indicativo de su relativamente reciente construcción, ya sin las prioridades defensivas de otros tiempos, según se puede ver en la parte superior del arco de la puerta principal de entrada: año 1764.
 
 
Algo más arriba puede entreverse, por encima de una placa de hierro que ha servido como blanco de disparos con cartuchos de posta, otra inscripción, ilegible debido a los perdigonazos que recibió.
 
 
 
El interior está en franco estado de ruina y no parece aconsejable adentrarse demasiado en él. Algunas de las viejas bigas de madera están literalmente colgando y los restos de la estructura de las escaleras que llevaban a las plantas superiores también, tal como se puede ver en las siguientes imágenes.
 
 
 




Esta mansión se encuentra a más o menos un kilómetro del con el torreón de planta circular, y rodeado de masa boscosa consistente, básicamente, en pinos y, en menor medida, algarrobos, olivos y encinas. Desde el camino se llega al pabellón que cité más arriba, sin que, estando a apenas ciento cincuenta metros, sea visible desde allí. Algo más allá, en un pequeño claro, junto a lo que debió ser un lugar de descanso, se erige una soberbia encina que debía estar ya allí antes que el propio edificio. Les dejo con ella. El lugar, vale ciertamente la pena.
 
 
 
 

 


dilluns, 10 d’agost del 2015

BIKING AROUND: EL FALSO MENHIR (EL MÈDOL)





41º 08.261' N
01º 20.336' E

Alguien podría pensar que se trata de un recinto construido para la celebración de ceremonias rituales alrededor en un menhir de diecisiete metros de altura. Se equivocaría. Aun así, el error estaría a primera vista justificado. «El Mèdol» es en realidad una antigua cantera romana, y el supuesto menhir, la aguja de piedra que los romanos dejaron allí para que se supiera el nivel original del suelo. El encanto evocador se evapora con la quimera del templo megalítico con su menhir central, pero vuelve inmediatamente a poco que nos detengamos a observarlo con detenimiento. Más técnicamente, es perfectamente reseguible el método de extracción de los bloques de piedra mediante troncos de madera que, al mojarse, se dilataban y la cuarteba cuarteaban.

Es una de mis ruinas romanas favoritas. Y aunque cerca del punto de origen, apenas 2,5 kilómetros, con frecuencia me desvío ligeramente de la ruta y me detengo unos instantes a contemplarlo en mis salidas BeTeTeras. Forma parte del conjunto monumental de Tarragona declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad.

Desde su interior, al cual hoy en día no se puede acceder, en parte justificadamente dada la irreprimible pulsión de tantos visitantes por dejar allí los continentes de los consumibles que traen consigo, uno experimentaba la sensación de estar en un espacio cargado de historia entre colosales muros de piedra, y también, sin duda alguna, de sufrimiento. No eran precisamente obreros sindicados los que trabajaban allí. Hoy se ha de contentar con observarlo. La prohibición de entrar en el recinto se compensa con la modernidad de un circuito establecido alrededor del contorno superior de todo el perímetro del recinto -de unos quinientos metros-, con las debidas explicaciones en carteles y unas cuantas plataformas de observación. 

Para una mejor visualización desde estas nuevas atalayas, se optó por cortar la mayor parte de la densa vegetación que constituía en sí misma un pequeño microclima típicamente mediterráneo: los altísimos pinos y cipreses que, en busca de la luz, superaban en altura a la aguja de piedra fueron arrancados -se dejaron algunos como muestra- y la mayor parte de arbustos y vegetación de sotobosque fue también eliminada. Paisajísticamente no ha quedado tan mal, hay que reconocerlo, y no se tocó una piedra. 

Pero ha perdido una buena parte del sobrecogimiento que infundía antes. Ahora es más aséptico. Y uno, algo reacio a ciertas adecuaciones y reconstrucciones de vestigios antiguos para solaz de turistas ociosos, y que piensa que las ruinas son las ruinas así como los parques temáticos son los parques temáticos, tratándose en ambos casos de cosas de naturaleza muy distinta, alberga sus dudas sobre la idoneidad de la reciente reforma. A lo mejor es que, en el fondo, como el Hiperión de Hölderlin, cuya imagen de Grecia era la de las ruinas de Grecia, y ni se le hubiera pasado por la cabeza su reconstrucción porque eran precisamente su vestigio y su legado, no veo nada claras ciertas adaptaciones y concesiones a la modernidad. Pero mejor no seguir por ahí porque se me va la mano; se me va la mano pensando en reconstrucciones de monumentos antiguos que parecen haber sido llevadas a cabo por auténticos desalmados, y no es este el caso del Mèdol. Vaya, que sigue valiendo la pena acercarse por ahí, aunque gracias a los guarros de siempre ahora no se pueda entrar en el recinto interior.

Tampoco está de más recordar que la exuberante vegetación que hasta hace poco había allí, no se ve en las fotos de los años treinta del siglo XX, cuando, debido a la buena sonoridad de las paredes de piedra que circundan el recinto, se habían celebrado conciertos en su interior.

El Mèdol fue la principal cantera que abasteció de material de construcción a la ciudad durante los seis siglos presencia de romana. Su abandono, como no podía ser de otra manera, coincide con el inicio de la decadencia. Fundada por los Escipiones a finales del siglo III a.C., sobre lo que había sido la ciudad ibérica de Kosse,  Tarraco fue capital  de la Hispania Citerior, primero, y de la Tarraconense después, durante la época imperial. Históricamente es también la sede episcopal primada de las Españas y, en palabras de Araguren, la única ciudad española visitada con certeza por San Pablo. Algo, por cierto, nada inverosímil si atendemos al contexto de la época.

El Mèdol vivió en activo lo que duró el esplendor romano. Se abandonó cuando ya no se construía -la burbuja del tocho parece ser endémica- porque no había nada que construir, hacia finales del siglo III, principios del IV. Luego vino la decadencia, y con ella las invasiones, las epidemias, las hambrunas y los saqueos -el primero fue hacia el 250-. La población de Tarraco disminuyó hasta quedarse en cuadro, los supervivientes se amontonaron en torno a lo que había sido la parte monumental y la ciudad nunca volvió a ser lo que había sido. No precisaba ya de canteras, calzadas ni acueductos; bastaba con sobrevivir.

Tarraco mantuvo una cierta importancia durante la época visigoda, hasta quedar prácticamente despoblada tras el saqueo árabe, que tuvo lugar entre el 713 y el 714. No parece que los árabes llegaran a instalarse nunca -se habla de Tarrquna muy inciertamente-, pero se llevaron un buen botín en forma de columnas de los templos romanos que, a día de hoy, siguen plenamente funcionales en la mezquita de Córdoba. No sé cómo lo verán ustedes, pero a mí me da que el Mèdol, con sus silencios, sabe mucho de todo esto. A lo mejor, después de todo, sí tiene algo de recinto mágico.

Y para acabar, una posible fantasía verosímil. Verán. La ruta por tierra de las piedras hasta Tarraco era a través de la Vía Augusta, a más o menos 12 kilómetros. Pero parece ser que la mayoría del material se transportaba por mar; hasta donde me consta, se ingora dónde se embarcaba con rumbo al puerto de Tarraco. Pues bien, en el extremo oriental de la playa larga, cuando empiezan las rocas y uno se adentra en el bosque costero, afortunadamente intocado hasta ahora, y del que ya les hablaré en otra ocasión, aparecen unas formaciones rocosas tocando al mar que más bien parecen cinceladas por el hombre; ángulos demasiado precisos, superficies demasiado planas, sugerencias de entradas... ¿Sería aquello el pequeño puerto para llevar la piedra del Mèdol por mar a la ciudad? Bueno, pues dejémoslo así. Yo me lo creeré. Y próximamente les mostraré las imágenes. Ustedes, si lo ven alguna vez, júzguenlo.








dissabte, 8 d’agost del 2015

BIKING AROUD: EL TORREÓN INQUIETANTE Y LAS HISTORIAS DE PIRATAS





41º 09.450´´ N
01º 18.519 E



La mayoría de «masos» de la zona, abandonados o no -hay unos pocos todavía habitados, como el del Mèdol o el de la Creu, más cerca de la «civilización»- disponen de una torre fuerte o torreón. Acabaron sirviendo  de almacén para el grano y otras funciones similares, pero la presencia de matacanes en lo alto nos dice sobre sobre algunos dos cosas: que su función inicial fue otra y la época en que se construirían. Respecto a la primera, no cabe duda que ejercieron una función de refugio contra los piratas berberiscos que hasta los siglos XVII y parte del XVIII asolaron las costas mediterráneas. En cuanto a la segunda, no puedo manifestarme con conocimiento exhaustivo de causa, pero sus orígenes deben perderse en la noche medieval. Creo que este es precisamente el caso del torreón que hoy nos ocupa, cuya diferencia fundamental, a parte de su condición de inquietante, es que aquí no nos las habemos con una masía que tiene un torreón, sino con un torreón que tiene una masía.



Las únicas plazas fuertes de la zona donde refugiarse de los ataques de los piratas si uno no tenía ganas de acabar como esclavo sexual en Argel, en Oran o en cualquier otro lugar del Mogreb, eran Tarragona y Tamarit -con puerto de cabotaje y fortificaciones en la misma línea del mar. Tarragona estaba demasiado lejos, a unos 15 kilómetros, para las comunicaciones de la época, o de las distintas épocas. Tamarit, por su parte, era una villa por entonces mucho más extensa que el perímetro amurallado que se conserva actualmente, con un puerto de cabotaje cuyas fortificaciones llegaban, y llegan todavía, hasta la misma línea del mar. Estaba ciertamente mucho más cerca que Tarragona, a unos 6 km en línea recta de nuestro torreón inquietante y ofrecía un refugio seguro. Pero tenía un problema: estaba en contradirección. Si desembarcaban los piratas y te dirigías hacia Tamarit para refugiarte allí, lo más seguro es que te cruzaras con ellos en el camino. Así que Tamarit tampoco servía.

Lo de la piratería berberisca norteafricana merece un comentario a parte. Afectó durante casi mil años a la práctica totalidad de los territorios cristianos del litoral mediterráneo occidental, hasta que Inglaterra la liquidó a cañonazo limpio después del Tratado de Utrecht, dejándola reducida a dimensiones mínimas y localizada en las propias costas de Berbería o africanas en general. Sólo entonces, habiendo la piratería dejado de ser un peligro, se produjo la ocupación de la costa por parte de sus habitantes, dando lugar a algo muy típico en el Mediterráneo, la villa o ciudad nueva está en la costa, mientras que la antigua y originaria se encuentra más al interior. Y todas las nuevas y costeras datan de la misma época. 

Quedó aún algún resto de piratería, pero muy circunscrito. Como curiosidades, los recién independizados Estados Unidos enviaron una misión de castigo a Trípoli en los años 1803/1804, para vengarse del abordaje de un bajel con bandera norteamericana. También, una de las razones de la guerra entre España y Marruecos 1859/1860 fue el ataque a pesqueros españoles por barcos piratas marroquíes. Pero en ambos casos la piratería ya estaba prácticamente extinguida fuera de sus propia inmediatez geográfica. Los mil años anteriores no  había sido así. A modo de curiosidad, recuerdo que en uno de los libros que Oriana Fallaci «dedicó» al Islam, se pregunta por qué Occidente ha de pedir perdón al Islam por el siglo XIX, si el Islam no lo pide por los mil años anteriores y la cantidad de antepasados nuestros que fueron capturados y esclavizados por ellos. Una buena pregunta, sin duda, pero volvamos a lo nuestro después de este excurso.




Desde muy antiguo, la vigilancia contra la piratería consistía en torreones costeros fortificados que daban el aviso por diferentes medios, según la época -señales luminosas, fuego, ópticas...- al divisar una vela pirata aproximarse. Dichas torres de costa se extendían a los largo de la costa mediterránea. En la zona que nos ocupa, esta función correspondía a la llamada  torre de la Móra, cuya imagen se puede ver al fondo de la foto que sirve de cabecera a este blog. 

Cuando el aviso de que había moros en la costa -de ahí viene la expresión- llegaba al personal, la gente se refugiaba en estos torreones fortificados, y desde allí procuraba resistir. Tampoco es cuestión de imaginarse el sitio de Zaragoza, sino algo de dimensiones mucho más modestas: quince, veinte, a lo sumo treinta piratas en torno a un torreón donde se guarecían acaso otros tantas personas, mujeres y niños incluidos.
Tampoco los piratas disponían de todo el tiempo del mundo. Lo suyo eran las razzias. Y al igual que los leones cazan a la gacela coja, vieja o enferma, los piratas preferían robar rápidamente lo que pudieran, raptar al despistado o despistada que pillaran -mejor despistada- y largarse con viento fresco antes de que llegaran hombres de armas de alguna de las plazas fuertes.




Se preguntarán sin duda qué tiene de inquietante este torreón junto a un mas en ruinas. Su función defensiva y de refugio está clara, así como lo está que algunos «masos» sin torreón son de construcción posterior, ya en el XVIII, cuando la única piratería todavía existente por estos pagos eran los mossos d'esquadra fundados por Felipe V. Sí, ¿no lo sabían? Otro día hablaremos de esto; hoy no toca.

El torreón inquietante está erigido junto a un mas no muy grande en estado de ruina avanzada, según se puede ver en la imagen. No así el torreón, que al menos exteriormente, parece estar en un estado de conservación más que aceptable. Tal vez la parte del edificio que se ve en la foto no parezca tan deteriorada, pero lo está verdaderamente. No he podido acceder a su interior. Tampoco he podido encontrar ningún acceso exterior al torreón, lo cual hace pensar que su única entrada sea a través del edificio en ruinas, probablemente tapiada.

El torreón se erige soberbio por encima de una edificación claramente posterior y en ruinas. Las construcciones anexas, lo que sería la antigua parte habitada del mas, son de dimensiones menores a las de muchos otros «masos» de la zona. Una edificación que en ningún caso parece haber tenido nunca nada de señorial, a diferencia de otros casos. Eso sí, eran tres plantas. Se entra por un pórtico derruido que daba a un patio interior, desde el cual se accedía a la edificación y a otro edificio que sería sin duda el establo. Algo muy común a todas estas edificaciones son los edificios anexos de obra, o que sin ser anexos, están a pocos metros. Pero nada de esto es lo inquietante.



Toda la edificación, con el torreón en cabeza, está construida sobre un promontorio hoy rodeado de masa boscosa. Cabe destacar también, pues, el relativamente amplio campo visual desde lo alto del torreón. Se distinguen perfectamente cuatro matacanes, y si como parece ser, en otros tiempos allí no había bosque, sino acaso cultivos, su visibilidad todavía lo haría más poderoso e imprescindible. Pero lo que se me antoja realmente inquietante es otra cosa. A lo mejor les parece una tontería, pero se la comento igualmente.

Todas las torres fortificadas y torreones anexos a los «masos» de esta zona que he podido ver, y que modestamente aseguraría que son su práctica totalidad, son de base cuadrangular, es decir, cuadrada o algo rectangular. Absolutamente todas. Desde las que se puede ver que en su momento ejercieron funciones de refugio y protección, hasta las que también se puede detectar que, siendo posteriores, su construcción obedeció desde un primer momento a otras finalidades, más relacionadas con la actividad agrícola que con la defensa. Pero, insisto, todas son de base cuadrangular. En realidad, también la torre medieval del arzobispo, en las murallas de Tarragona lo es, igual que la de Minerva, romana y en estas mismas murallas. Excepto en algunas reconstrucciones groseras llevadas a cabo por ayuntamientos incompetentes o por millonarios ignorantes, la mayoría de torreones y torres fortificadas de la zona son de base cuadrangular. Esta, en cambio, es de planta circular. ¿A qué obedece tal diferencia?

En los alrededores sólo hay otras dos torres de planta circular. Una de ellas es una torre de vigía en el castillo de Tamarit, pero no la torre del homenaje, que es cuadrangular, sino otra muy anterior, cerca de lo que fue el antiguo puerto de cabotaje y correspondiente a la primera fase de construcción, datada de los siglos XI o principios del XII. Y la torre de la Móra, claro, pero en este caso entiendo que no se trata de nada significativo, porque estuvo en uso hasta hace poco -la guardia civil la había utilizado para vigilar el contrabando- y ha estado sometida a infinidad de reconstrucciones. No puedo pues saber cómo era inicialmente. Y además, hay otra cosa que es cierta: la mayoría de torres costeras de vigía en el mediterráneo son de planta circular. Así pues, esa no cuenta.

Pero en esta zona, las torres interiores son cuadrangulares, todas excepto esas dos, la conocida de Tamarit y nuestro menos conocido torreón inquietante. No sé... tengo una explicación algo estrambótica que quizás algún día me atreva a exponer sobre los orígenes de este torreón. Sí, ya sé que me dirán que esto es la canícula. Vale, pero de me momento prefiero imaginarlo oteando en busca de piratas y quedarme con su condición de inquietante,