dimecres, 2 de juny de 2021

Sobre 'Prohibido aprender' (Andreu Navarra, Anagrama 2021)

 



Siempre se puede discutir sobre el alcance real del impacto que las leyes educativas tienen en el ámbito sobre el cual legislan, es decir, en la escuela, entendida en su sentido más genérico. Los hay que entienden dicho impacto como  tenue, incluso prácticamente irrelevante; porque lo que cuenta de verdad es la dinámica educativa, su propia lógica y las bases sobre las cuales se asienta; otros las consideran en cambio decisivas y determinantes por su influjo sobre el sistema educativo. Puede que en última instancia dependa de las leyes en cuestión. Es posible que en otros pagos la legislación se atenga al mero acompañamiento de la realidad educativa y a la facilitación del sentido común. No es este el caso de España, como lo demuestra fehacientemente Andreu Navarra en su estupendo y, por ahora, último libro, con el impactante, pero certero título de ‘Prohibido aprender’ (Anagrama, 2021).

Ciertamente, desde la promulgación de la LOGSE hace ya treinta y un años, las leyes educativas que se han ido sucediendo han sido intrusivas, intervencionistas y socialmente agresivas. Y su impacto sobre la realidad del sistema educativo, brutal. Esto es ni más ni menos lo que se infiere del documentado repaso que Navarra hace de estas leyes y de sus negativos efectos, muy especialmente sobre la práctica docente cotidiana, en el día a día del aula, siempre tan alejada de los suntuosos despachos donde los expertos educativos pergeñan sus leyes y normativas.

Para entendernos, si pensamos en una ley sanitaria, más o menos todo el mundo puede comprender que, en lo que incumbe a la administración, se trata de dotar al país de hospitales y equipamientos para que los médicos puedan hacer en las mejores condiciones posibles su trabajo, a saber, curar a sus pacientes, que es lo que les compete. Y digo “compete” porque quienes son «competentes» en esta materia son los médicos. Es decir, los profesionales que saben «qué» hay que hacer y «cómo» hacerlo. Esto es, en un sentido pleno del término «competencia» -pericia, como nos recuerda Navarra-, que poco o nada tiene que ver con la acepción de uso más sesgado usual en la idioléctica jerga psicopedagógica; exactamente en la misma medida que, en su momento, el desplazamiento de las nociones de «instrucción» o «enseñanza» por la más genérica de «educación», consistió simplemente en convertir esta última en el totum revolutum de la noche en que todos los gatos son pardos, por amputación de uno de sus campos de significado, el que correspondía precisamente al dominio de la escuela: enseñar, instruir.

A nadie se le pasaría por la cabeza, o de pasársele lo consideraría un desatino si está en sus cabales, que una ley de sanidad prohibiera a los médicos realizar transfusiones de sangre, porque una determinada creencia religiosa, elevada a la categoría de dogma oficial por la propia ley, considere tales prácticas una violación de las leyes divinas o naturales. O imaginemos, otro dislate, que dicha ley impusiera como única praxis médica posible aquella basada en las teorías homeopáticas.

Pues esto, o su equivalente en el ámbito de desatinos educativos, es lo que ocurre en educación, y lo que han estado impulsando las leyes que repasa Navarra en su libro. Es decir, cómo las leyes educativas han perpetrado auténticos despropósitos, cuyo resultado ha sido la proliferación de guetos escolares expresados brillantemente en un título que refleja la paupérrima realidad educativa actual: prohibido aprender.

En definitiva, un interesantísimo e imprescindible abordaje sin concesiones al «espíritu» de unas leyes que nos han llevado al erial educativo que estamos padeciendo, sin que, por ahora al menos, se atisbe solución de continuidad. 

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