Porque, vamos a ver. Hasta
ahora uno había entendido el discurso territorial de «PODEMOS», más o menos de
la siguiente manera. Se considera a España como una «nación de naciones», es
decir, como una unidad articulada compuesta por pueblos con diferencias
culturales más o menos significativas como resultado de las singularidades y avatares acaecidos a lo largo de la historia. Bien, de acuerdo,
si entendemos «nación» en un sentido histórico-cultural, preilustrado y no
político. Y así parece que se entendía, porque a continuación, la «nación
política», ahora sí en un sentido moderno, la que constituye un Estado, es
España. A partir de ahí, lo lógico es que dadas sus características, el modelo de
organización territorial más adecuado para este Estado, para esta «nación
política» constituida por una «nación de naciones», sea el de un estado federal.
Esta era más o menos la propuesta de «PODEMOS» hasta donde yo la he podido
entender. Luego, si lo de federal puede ser más confederalizante o más
restrictivo, ya sería otro tema...
Pero hay un problema. Sigo
tal como yo entendí la propuesta podemista. Debido a los derroteros políticos
por los que ha transcurrido este país, lo cierto es que hay en algunos
territorios, y por parte de una porción significativa de su población, una
aspiración a segregarse y constituir un estado propio, como consecuencia, dicho
muy sucintamente, de las luchas por cuotas de poder entre burguesías locales,
periféricas y centrales, que aúpan estos movimientos y les dan pábulo, también
a partir de la percepción de estos sectores de población que se han sentido
marginados y ninguneados en su identidad, bajo el modelo de un estado
fuertemente centralizado bajo la égida castellana, que se la negó durante los
últimos siglos. Admitamos que fue así, bien.
El resultado ha sido una suerte
de identitarismo político instrumentalizado por la derecha, central o periférica,
según el caso. Pero estamos de acuerdo en que el nacionalismo es de derechas;
con todos los respetos, pero de derechas. Digamos a las cosas por su nombre. Y
«PODEMOS» se reivindica precisamente como de izquierda y contrario a los
identitarismos, en sintonía con el universalismo humanista de raíz ilustrada
que se le supone. Ello, por supuesto, sin soslayar las diferencias. Lo
fundamental no es si a uno le atienden en urgencias hospitalarias en catalán o en castellano,
esto es en todo caso un tema secundario; lo importante es que le atiendan bien.
Igualmente, de lo que se trata es de que los alumnos aprendan matemáticas; en
qué lengua se les imparta, guste o no, es también una cuestión secundaria; tal
vez no irrelevante, pero secundaria, y que con unos mínimos de recíproca disposición
es fácilmente superable. Lo primero, lo de urgencias, es cita expresa de Pablo
Iglesias; lo de aprender matemáticas lo he añadido yo.
Prosigamos. Con estos mimbres, de lo que se
trata es de construir un cesto de la concordia bajo un proyecto común que incorpore todas las
particularidades y su reconocimiento. De ahí la propuesta federal en la que
todo el mundo se podría sentir cómodo y reconocido. Pero precisamente por esto,
si un sector de estas poblaciones sigue reclamando su «derecho» a
independizarse, y en aras a que nadie esté contra su voluntad en un proyecto
común, pero respetando el juego democrático de mayorías y minorías, se habla de
un proceso constituyente al final del cual una nueva Constitución, o la misma
reformada, reconocería este derecho mediante el ejercicio de una consulta
plebiscitaria con todas las garantías democráticas de rigor.
Insisto, así es como, más o
menos, uno ha entendido, por un lado, las propuestas de «PODEMOS» en relación a
la estructura territorial propuesta para España, que por cierto, comparto a
grandes trazos, y por el otro, su posición con respecto a qué salida darles a
los movimientos independentistas en aquellos territorios donde hayan llegado a
niveles significativos; que también comparto, igualmente a grandes trazos. Pues
bien, resulta que de lo visto en Cataluña en esta campaña
municipal, o yo no he entendido nada sobre sus propuestas, o no lo han
entendido la mayoría de sus candidatos, o se han metido en un berenjenal del
que les será difícil salir y que compromete sus resultados en las autonómicas
de septiembre –que sólo se celebrarán si se les ha neutralizado- o, finalmente,
es que están infiltrados hasta la médula por el entrismo.
Puedo asumir cualquiera de las
cuatro posibilidades, pero personalmente me quedo con la última, que responde
al proyecto nacionalista de subsumir en las CUP a un «PODEMOS» subsidiarizado,
antes de que alcancen una implantación en Cataluña que sería fatal para el
proyecto independentista.
Porque una cosa es reconocer
que, por cualesquiera atávicas o recientes razones, hay un problema y ha de
dársele una salida. Y hay independentismo en Cataluña, suficientemente
significativo y arraigado, aunque no sea mayoritario, pero sí hegemónico
todavía hoy por hoy, como para tomarse el problema en serio. Y esa salida es
que la nueva constitución prevea algún tipo de consulta con todas las garantías
democráticas y de ponderación. Y otra muy distinta es que «mi» modelo no pase
por aquí, sino por otra forma de estructuración del estado, sea federal,
confederal o la que fuere…
Dicho en otras palabras, «mis»
coincidencias con el independentismo empiezan y acaban en el reconocimiento de
garantías constitucionales que prevean un referéndum en que la población decida
libremente si quiere largarse o no de España. Un referéndum que, en mi opinión,
hablo ahora a título personal, ignoro la posición de «PODEMOS» sobre este
respecto, debería requerir un mínimo de participación de los dos tercios del electorado,
y un voto afirmativo de tres quintos, o cuatro séptimos, de los votantes. Pero ni «yo» -vuelvo impersonalmente a «PODEMOS»-
promoveré este referéndum, eso sería cosa del independentismo, ni, por supuesto,
iba a votar «sí» a la independencia en ningún caso. Porque «yo» ya tengo mi
modelo, y no coincide con el suyo. Estar a favor de despenalización del consumo
de drogas no implica consumirlas, ni incentivar su uso.
Paradójicamente, y para
perplejidad de muchos, el discurso territorial de «PODEMOS» que proviene de Madrid
es el que tendría más aceptación en Cataluña, entre un amplísimo sector
no-nacionalista harto de las milongas de la (supuesta) izquierda «nacional»,
pero sin voz articulada. Y con independencia de sus propuestas en otros órdenes,
es lo que más coadyuvaría por aquí a los resultados que arrojaban las encuestas
de hace sólo unos meses. Pero su discurso en Cataluña, al menos el de los
visibles bajos perfiles de sus dirigentes, es curiosamente otro que va por
derroteros opuestos, al menos por ahora. Y lleva a la subsidiarización y al más
de lo mismo.
Ya veremos qué pasa a
medida que se acerquen las autonómicas y las generales. Si «PODEMOS» recupera
su discurso territorial originario, sin complejos, ya les aseguro que no habrá
autonómicas y saltaríamos directamente a las generales.
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