dijous, 26 de desembre de 2013

QUO VADIS ESPAÑA? (A MODO DE CONCLUSIONES) (III)


Pues bien, lo más paradójico de todo esto es que en la segunda fase del nacionalismo español, que acabará eclosionando en la guerra civil 1936-39, los que se envolverán en la idea de nación -debidamente secuestrada y transmutada- serán precisamente los herederos históricos de todos estos sectores: espadones absolutistas como Franco, Mola o Carrero, clérigos integristas como el cardenal Segura o Guerra Campos, carlistas reciclados en nacionalistas como los requetés, y los falangistas. Estos últimos, de inspiración fascista italiana, pero con unos componentes "genéticos" de base tradicionalista y agraria fuertemente arraigados.


Y en el medio y origen de este secuestro y metamorfosis, la Restauración. Un apaño para adaptar el particularismo preilustrado a las inapelables exigencias de los tiempos que estaban corriendo, asentando un sistema que garantizara un dominio de clase atávico, pero con apariencias de modernidad que, en la mayoría de casos, eran puramente decorativos. Unos particularismos que, pese a envolverse en la bandera nacionalista, lo siguen siendo y cuya naturaleza excluyente parte desde su mismos orígenes, y en clave de enemigo interno, de la negación de la diferencia y, a la vez, de la necesidad objetiva de su existencia como categoría fundacional de su discurso. Una diferencia negada encarnada en los nacionalistas catalanes y vascos -en buena medida surgidos también del carlismo reciclado e igualmente particularistas- cuya singladura correrá paralela a la necesidad que de ellos tenía el particularismo reinventado como nacionalismo español, así como de los restos del nacionalismo español originario, situado ahora junto a separatistas o simplemente catalanistas o vasquistas moderados, en el saco común de la anti España.


Desde un planteamiento nacionalista. Alguien podría objetar, no sin buena parte de razón, que  el nacionalismo ilustrado español también negaba la diferencia, por ejemplo, a catalanes o vascos, desde un plano político o cultural. Y sin duda es cierto en la medida que no la contemplaba, al menos como hecho significativo. Pero con una diferencia fundamental. Esta no contemplación, o incluso negación, partía de un proyecto incluyente, universalizador y modernizador, frente al cual lo anterior era visto como obscurantismo, ignorancia y resabios feudales. Se trataba de crear un sujeto político. De ahí el concepto universal de ciudadano frente al de súbdito. Muy al contrario, en cambio, el modelo nacional pre ilustrado que le sucederá, parte del dominio de un particularismo frente a los otros. Una cosa es la superación de la diferencia, otra muy distinta su negación. 

No en vano, y desde la estricta perspectiva de los hechos, los particularismos nacionalistas identitarios periféricos sólo empiezan a cuajar cuando se instala como hegemónico el nacionalismo excluyente, igualmente particularista e identitario, de aquellos que, en su momento y por su propia naturaleza, eran los más ferozmente antinacionalistas.


Por lo demás, que esto haya sido una consecuencia del proyecto semifallido de estado moderno español, parece evidente. Los identitarismos de unos y otros, enfatizados ad nauseam por los cortos y mezquinos intereses de las clases dominantes, ya sea en los nacionalismos periféricos o en el central, no hay en mi opinión la menor diferencia, parecen habernos llevado a una situación sin solución de continuidad. Pero pudo no haber sido así, al menos como posibilidad. Hoy, con el camino recorrido, se antoja ciertamente más difícil, si no imposible. A lo peor, el problema es que este país no da más de sí.

dilluns, 23 de desembre de 2013

QUO VADIS ESPAÑA? (MODERNIDAD, SECUESTRO Y TRANSMUTACIÓN) (II)


El nacionalismo español, y su idea asociada de España como nación política, surge inicialmente de círculos ilustrados minoritarios que, de una forma u otra, se inspiran en la tradición francesa, que están mirando hacia Europa, y cuya propuesta fundamental es la modernización del país y la superación del obscurantismo y su aislamiento secular. Fundacionalmente lo situaríamos en las Cortes de Cádiz que proclaman la Constitución de 1812, conocida también como "La Pepa".
Tal vez en este mismo momento fundacional se halle la causa intrínseca de su debilidad y posteriores avatares, hasta su secuestro y transmutación por parte de quienes, en su primer periodo, habían sido sus más feroces enemigos -legitimistas, absolutistas, dinásticos, carlistas...-. Aunque de cariz algo más moderado, su modelo era el francés. En este sentido, su puesta de largo fue en el momento histórico coyunturalmente hablando más desfavorable. Por un lado, la influencia de los ilustrados españoles entre una población atrasada y atenazada por la ignorancia y el fanatismo religioso era más bien escasa. A esto hay que añadirle que en los mismos momentos en que aparece, España está invadida por el ejército napoleónico y el sentimiento anti francés estaba en su punto álgido. Y todo lo liberal y modernizador, convenientemente demonizado, olía a francés.

El nuevo modelo de nación española se implanta en una ciudad asediada en medio de una guerra que había sido declarada  por un alcalde de pueblo contra el Imperio Francés y el gobierno de José I Bonaparte, en el cual habían abdicado Carlos IV, Fernando VII y Napoleón, en la parodia de Bayona. Técnicamente, sirvió para dar imagen de Estado a un bando atomizado, el de los españoles que luchaban contra los franceses. Pero su naturaleza liberal, ilustrada y parlamentaria no suscitó demasiados entusiasmos entre la población. Además, buena parte de su clientela potencial se encontraba en el bando de los afrancesados y el gobierno de Jose I. Por su parte, los sectores reaccionarios dejaron hacer, por el momento, a la espera de que todo volviera al estado original de cosas -el Ancien Régime- cuando regresara el rey legítimo, como así fue efectivamente.

La idea de nación política, entendida en el sentido del Estado-nación moderno que se iría abriendo paso a lo largo del siglo XIX en toda Europa, no es que anidara precisamente en las mentes de las oligarquías españolas, de la influyente Iglesia, de buena parte del ejército, de la mayor parte de la población -más proclive al "viva las caenas"-, ni, por supuesto, en las camarillas reales de favoritos y consejeros áulicos. Su clientela era escasa y constituida por ilustrados, una parte de la oficialidad del ejército y una clase social que todavía no existía propiamente entendida como tal, en dimensión suficiente como la había en otros países europeos. 

El nacionalismo español del primer momento, el liberal, ilustrado y modernizador, es el de los los Jovellanos, Riego, Torrijos, Mendizábal, Olózaga, Prim, Ruiz Zorrila, Pi y Margall, Salmerón o Castelar, así como algunos moderados pragmáticos; figuras que irán transcurriendo asincopadamente a lo largo de los tres primeros cuartos del convulso siglo XIX español. Y sus herederos legítimos serían los Azaña, Alcalá Zamora, Prieto, Negrín o Besteiro. Por su parte, los más acérrimos enemigos del concepto ilustrado de nación, ora políticos, ora espadones, son los Calomarde, Donoso, Narváez, Bravo Murillo, González Bravo... dinásticos en general, así como los latifundistas oligárquicos, los legitimistas carlistas, los absolutistas... sin más proyecto que el de salvar todo lo posible de los viejos privilegios y con un concepto de régimen carente de proyecto en el sentido nacional del término, sino más bien de grupo o facción. En definitiva, particularismo.




diumenge, 22 de desembre de 2013

DEL CLIENTELISMO AL MASOVERISMO (La superación dialéctica terricabriana) (III de III)



Y este era el gran problema que supo captar la genialidad de Terricabras: psicológicamente, la idea del funcionario desaparecía con el planteamiento de CIU, pero sociológicamente, y hasta si me apuran ontológicamente, no; porque sigue habiendo allí un tío ocupando un cargo del que no puedo prescindir. Que el tío no sea el mismo siempre, es lo de menos, al fin y al cabo también concursan y se jubilan los actuales funcionarios, amén de otras maneras de sacárselos de encima. No, el problema es el puesto en sí, y a por él hay que ir.  Y para este cometido, nada mejor que el director-masovero. Porque el masovero no está para aplicar la ley en nombre del amo, sino para ser él la ley, con la única condición, eso sí, que no le complique la vida al amo... Los ingenuos de CIU o del PP no habían reparado en ello. Terricabras, sí.

El modelo de organización de los institutos en Cataluña bajo esta óptica ha sido impecable. Se ha empezado por erosionar la estructura, y una vez esta esté desmantelada, se irá a por los agentes que la componían, ya sin atribuciones. Seremos funcionarios mussilianos. Si sigue manteniéndose una cierta inercia es por la pervivencia de una  vaga tradición de sentido común; los contenidos formales que permanecen después de la desaparición de los materiales, como las estrellas que seguimos viendo porque su luz nos llega después de su extinción real. Pero dentro de poco ya ni eso. No estamos hablando de una estrella a cuarenta millones de años luz. Tienen prisa.

¿No puedo despedir a los funcionarios? pues iré a por sus funciones y cargos. Eso sí que se puede hacer. Y cuando la primera fase esté consumada, a por la segunda. Es la frívola avidez de los políticos convertida en materia de la astucia de la razón terricabrina. Así es como, de la simple frivolidad de clientelizar a los funcionarios, como si regresáramos al siglo XIX, el agroindependentismo, suprimiéndolos de iure, supo ir más allá que los burguesitos neoliberadores de CIU y les enmendó la plana trascendiéndolos de largo. Desde entonces, duermen en su regazo... el sueño de los tontos.

Cabe una última pregunta. El modelo «masover» se empezó aplicando en la enseñanza ¿Por qué? ¿Hay alguna razón para ello?
 
Pues sí. Ahí también el dilecto Terricabras afinaba más que Mas y sus pinyoleros. Empezando por la educación se aseguraban varias cosas. Por un lado se trataba de un sector funcionarial con unos sindicatos mayoritarios  mansos como corderos y glotones como gorrinos -no en vano dos de ellos desertaron en el momento clave de la lucha contra la LEC-. Por otra parte, se garantizaba así que los supuestos destinatarios del servicio, los futuros ciudadanos hoy adolescentes, no se enteren o, mejor aún, no se forjen jamás un criterio sobre lo que se ha pensado para ellos en el nuevo orden. Y eso también es una póliza de seguros contra una posible objeción al modelo agroindependentista: Si las estructuras políticas y sociales del siglo XIX llevaron a las del infausto XX ¿Qué nos asegura que las del «masover» del XVII no evolucionarán ahora hasta las del XIX?

Buena objeción, pero no sirve. Porqué esta vez no habrá una revolución como la francesa, que fue la que lo echó todo a perder. Y para que no haya tampoco nunca una nueva Ilustración como la que la provocó, por eso se empieza por la enseñanza.

divendres, 20 de desembre de 2013

QUO VADIS ESPAÑA? (UN POCO DE PSICONACIONÁLISIS) (I)





Fue el simposio Espanya contra Catalunya el culpable de las últimas entregas de la serie Quo vadis Catalunya? y en cierto modo lo es también de la que ahora se inaugura, Quo vadis España? de la que es una secuela. En una serie anterior, los Phantasmata Hispaniarum, ya abordé los que a mí entender eran los tópicos fundacionales del nacionalismo español. Aquí voy a intentar hacerlo de otra manera, situándolo, o tratando de situarlo, en el contexto de la confrontación que sostiene con el nacionalismo catalán. Y sobre todo, en relación a esta perfecta simetría que mantiene con respecto a su antagonista, en la cual radica la incompletud conceptual de ambos. Hoy, el nacionalismo español no se reafirma frente al francés o al inglés, sino frente a sus epifenómenos periféricos catalán y vasco. Su función no consiste en reforzar la cohesión identitaria frente a la externalidad, sino frente a la internalidad que su propia rigidez le impide abarcar. Visto así, el nacionalismo español contemporáneo no se puede entender si no es en relación al catalán y al vasco, sus enemigos interiores. Esta es la perspectiva desde la cual aquí lo abordaré.

Contra lo que a primera vista pudiera parecer, el discurso nacionalista español es bastante más frágil, al menos formalmente, que el catalán o el vasco. Y ello pienso que es así por dos razones que definiría como inherentes a su propio recorrido histórico. La primera sería el secuestro de que fue objeto, con transmutación incorporada, en un momento histórico determinado, que situaríamos en algún punto de la segunda mitad del siglo XIX. En esta transmutación distinguiríamos claramente a las famosas dos Españas. La segunda, derivada de la primera, consistiría en un despliegue caracterizado más como reacción que como acción, como negación que como afirmación, es decir, el tema del enemigo interior. En realidad, este segundo momento del nacionalismo español surge y se despliega casi simultáneamente a los nacionalismos que pretenderá eliminar, pero precisando de ellos para retroalimentar su propio discurso.

Debido a estas singularidades, el nacionalismo español adolece de una inseguridad constitutiva que necesita reafirmarse constantemente en la negación de la diferencia y en un monolitismo auto inducido, inaplicable a una realidad que tuvo que reinventar fundamentando dogmáticamente mitos tan ficticios como los de sus antagonistas catalanes o vascos. La sublimación de esta inseguridad se resuelve en una necesidad de permanente reafirmación que, en sus manifestaciones más extremas, acaba siendo sectario y excluyente.

Por estas razones, y porque desde su transmutación tuvo que lidiar con los nacionalismos periféricos cuyo desarrollo estaba propiciando, y también como resultado de un proceso de consolidación como nación política semifallido, resulta, paradójicamente, más fácil de contrarrestar que el catalán o el vasco. Porque estos últimos evocan una arcadia originaria a modo de mito fundacional que el nacionalismo español habría truncado en su momento, mientras que el español, en su propio despliegue, precisa contrarrestarlos por negación, lo cual le lleva a una ficción fundacional unitaria,  anti histórica en la medida que pretende incorporar, por negación, a sus propios antagonistas. Una cosa es que todo mito falsifique la historia, otra es que la traicione tanto que no se le parezca en nada, y una tercera que la ignore. Este creo que es el caso del nacionalismo español. Al menos si es de España de lo que estamos hablando.

Estas son, a mi parecer, las debilidades constitutivas del nacionalismo español. Unas debilidades que se traducen en inseguridades chulescas cuando no manifiestamente violentas. No siempre fue así, pero de la misma forma que los mitos nacionalistas catalanes y vascos se justifican a partir de la supuesta anomalía de un proceso truncado por España, el nacionalismo español secuestrado vio su propio surgimiento y desarrollo condicionado por la aparición de sus epifenómenos periféricos. Tan frágil es, que piensa que al más mínimo movimiento se quiebra.

Si el nacionalismo catalán carece de sentido del humor, el español carece de ironía; no sabe establecer respecto a sí mismo la necesaria distancia como para caer en la cuenta de que quizás no deba tomarse tan en serio, requisito necesario para realimentarse en su identidad. Y por ello es siempre una reafirmación frente al antagonista, en un sistema cerrado que sólo, en todo caso, este propio antagonista retroalimenta. La autoestima del nacionalismo catalán se resuelve en auto compasión, de ahí su victimismo constitutivo; la del español en auto odio, de ahí su arrogancia, también constitutiva.

dijous, 19 de desembre de 2013

DEL CLIENTELISMO AL MASOVERISMO (El modelo Terricabras) (II de III)



El «masoverismo», «masoverisme» en catalán original, es una genuina institución de contrastado arraigo en la vida rural catalana, hoy prácticamente extinguida, pero que el agrocatalanismo de ERC recupera como órgano de control y cohesión de la sociedad urbana. El «masover» no es exactamente lo que en otras partes sería el capataz. Para que nos entendamos, el «masover» no es el Don Calogero del Gatopardo de Lampedusa, ni el Don Pedro cornudo de Los santos inocentes de Delibes. Pero tampoco el Manelic de la Terra baixa de Guimerà...

No, el «masover» ocupa por delegación la casa del dueño y explota la propiedad. Los acuerdos que pueda tener con un propietario que prácticamente no aparece, pueden variar según el caso. A Don Pedro lo pueden poner de patitas a la calle en cualquier momento; al «masover», no. Cierto que a Don Calogero tampoco a partir de un cierto momento, pero es que es el administrador y no trabaja con sus brazos la tierra; el «masover» . En fín, quizás lo más parecido a la figura del masover que podríamos encontrar literariamente fuera de Cataluña, sea la figura de Venancio, o la de Senén, éste ya en otra fase evolutiva, en el "El abuelo" de Galdós, autor muy a propósito, por cierto, en temas de funcionarios y cesantías.

Pues bien, esta figura atávica, que va mucho más allá del estricto clientelismo propio de CIU o PP en sus «modernizadores» proyectos de decimononización de sus administraciones, es la que pergeñó intelectualmente Terricabras y proyectó como modelo de dirección de los institutos de secundaria en la LEC. Una figura, la del modelo de director masovero, que acabó seduciendo ni más ni menos que a Wert. Un modelo que ya se está pensando en trasplantar a otros sectores, y de tan indudables ventajas para el poder que, auguro, se extenderá como la peste en la Edad Media.

Confieso no haberlo entendido en su momento. Yo soy la persona a la cual se refiere Jorge en su post sobre Terricabras cuando habla de la entrevista que el sindicato tuvo con este infausto personaje. Pero volvamos a mi confesión. Terricabras decía en su preámbulo que el modelo funcionarial que teníamos era decimonónico y que había que superarlo. No supe entenderlo. Es lógico, después de todo, que un catedrático de universidad alargue más que uno de instituto. Aun así, ahora que, unos años después, he acabado por entenderlo, intentaré explicar por qué.

Yo interpreté que Terricabras no sabía historia y que se estaba confundiendo, o mintiendo intencionadamente, cuando decía que eso del funcionariado estable laboralmente era cosa decimonónica. Craso error. Lo que ocurría es que, para mi confusión, creí erróneamente que el modelo que cuestionaba era el del funcionario del modelo propio de la Administración de un estado de derecho tal como cuajó en el siglo XX, con trabajo asegurado para evitar las cesantías y regalías galdosianas y la consiguiente politización y clientelización de la Administración. Un tema en el fondo tan ideológico como de pragmatismo, puesto que una Administración de cesantías y regalías no puede ser nunca efectiva.

Pues bien, no era esta la Administración ni el modelo de funcionario contra el que estaba apuntando Terricabras. Hábil sabueso intelectual, Terricabras olfateaba su presa  y, perfecto conocedor como era, de la profunda aversión que CIU siente genéticamente hacia  la idea de Administración con funcionarios fijos, les puso el dedo en la llaga.  La grandeza de Terricabras estribó en apuntar un estadio más allá, hacia el modelo clientelar del XIX, poniendo en evidencia la benévola transigencia con que CIU, en un pecado de frivolidad, trataba la propia idea del nacional-funcionariado.

Porque el funcionario clientelista decimonónico con el que se relamía CIU pensando en cuántos podría colocar, ya no sería por oposiciones ni con puesto asegurado, cierto, pero seguiría siendo, aunque clientelista y eventual, funcionario en tanto que depositario de unas atribuciones y competencias muy concretas y normativizadas. Que luego, cuando el partido pierde las elecciones se vaya a la calle y a pasear por las Ramblas hasta que las vuelvan a ganar, no soluciona nada, porque es substituido por otro funcionario, también clientelista, pero con idénticas atribuciones a las del funcionario del siglo XX, aunque recortadas en el tiempo. Pero en el tiempo subjetivo del afectado, no en el tiempo objetivo del Volksgeist, donde siempre, sea quien sea, hay un funcionario dándole la vara al político y al camarillero áulico.

dimecres, 18 de desembre de 2013

QUO VADIS CATALUNYA? (ALGUNAS CONCLUSIONES) (IV)



Tampoco en lo político, que ya hemos  abordado en parte, se diferenció Cataluña especialmente. Claro que hubo republicanos, federalistas, cantonalistas... como en el resto de España. Sin pretender acogernos al ejemplo facilón, el cantón más famoso no  fue precisamente catalán, sino el de Cartagena. Con la aparición de un incipiente proletariado y el surgimiento de los conflictos sociales ya en el plano moderno, es cierto que el anarquismo medró más que en otros lugares ¿Pero acaso hay algo más antinacionalista que el anarquismo?

A medida que a lo largo del siglo XIX se iban formando los estados-nación, centrados fundamentalmente en un mercado interno, Cataluña fue constituyéndose como una potencia económica cuyo mercado natural era el español y sus colonias. Algo que, dicho sea de paso, supuso unos niveles de desarrollo que difícilmente hubiera conseguido de mantenerse integrada en el imperio francés al cual la había agregado Napoleón en 1812. Otra cosa es que este estado resultara semifallido. Y quizás cuando se toma consciencia de ello es cuando las soluciones aportadas pasan a convertirse ellas mismas en parte del problema.

En resumen, y a modo de conclusión en lo que respecta a la deconstrucción de un modelo fundamentado en la idea según la cual Cataluña es una nación ocupada y colonizada por un país extranjero que es España, no creo que sea una idea sostenible con un mínimo de rigor. Cierto que, casi con toda seguridad, no habré conseguido convencer al convencido de que así es. Y en cierto modo, también he de reconocer que a veces puede uno pensar que no le falta razón a dicha tesis, pero al precio de partir de una perspectiva que, en mi opinión, sesga todo ulterior análisis. Pero no por ello no es menos cierto que, escuchando a los sicofantes del nacionalismo español, hasta uno mismo puede acabar pensando que, efectivamente, Cataluña sea en cierto modo un país ocupado, como mínimo en la medida que unos y otros, desde posiciones enfrentadas, parecen concebirlo y desearlo así.

A mí, en cualquier caso, y con independencia de la posibilidad lógica de entenderlo así, me parece una tesis insostenible. Otra cosa muy distinta es que haya realmente un problema, que sin duda lo hay, al cual más bien atribuiría otra naturaleza, ciertamente mucho más compleja que el reduccionismo maniqueista que lo explicaría todo a partir de claves «nacionales» identitarias.

Qué duda cabe que se han producido a lo largo de la historia desencuentros y conflictos de intereses territoriales, con sus correspondientes persecuciones políticas y culturales planificadas. Pero esto no es, en todo caso, ninguna singularidad que tenga que explicarse necesariamente a partir de constructos nacionalistas de uno u otro cuño. Puede hacerse, sin duda que sí, pero sigo remitiéndome a la conclusión que cerraba la anterior entrega: si renunciar a Marx ha de suponer que volvamos a creer en los Reyes Magos, estamos apañados.

dilluns, 16 de desembre de 2013

DEL CLIENTELISMO AL "MASOVERISMO" (La aportación catalana al desmantelamiento de las Administraciones Públicas) (I de III)




El excelente artículo de Francisco J. Laporta, hoy en "El País", es revelador de la actitud de la clase política ante "sus" administraciones públicas, que entiende como un lugar para «regalías». Lo que denuncia Laporta es la pugna entre funcionarios y burócratas, donde los primeros son los funcionarios de carrera, de oposición, mientras que los segundos son los designados por los políticos de turno en pago de favores o en compra de ellos, con cargos, carguitos y carguetes de confianza, en expansión exponencial, para eso no hay crisis. Profesionalmente se le llama intrusismo, socio políticamente, clientelismo.

En eso no parece haber diferencias «nacionales» entre las distintas administraciones, tan enfrentadas en otras cuestiones. La tendencia es a disminuir la presencia y funciones de los funcionarios públicos, y substituirlos por un sistema de libre designación a cargo de los cargos de confianza designados a su vez por los políticos. El PP ya está preparando el "despido libre" de los funcionarios, medida que CIU aplaudirá. Aquí, al final, cualquier nombramiento remitirá, en última instancia, al arzobispo de turno. Sin casulla ni cabeza tonsurada, pero con potestades de arzobispo, que es lo que cuenta. Y quien no lo quiera ver, o está ciego o es que cuenta que le irá bien en este modelo porque una prima suya es amiga de un sobrino del arzobispo. También cabe una tercera opción, que sea un tonto de baba.
El proceso es doble, los cargos de libre designación aumentan a la vez que invaden territorios "neutros" políticamente, hasta hacía poco reservados a funcionarios, que pierden como cuerpo a la vez que, individualmente, la seguridad laboral cada vez es más incierta. Pero hay algo más, y de carácter más teológico. No en vano su primera formulación se debe a un ilustre ex cura reciclado en filósofo analítico e ideólogo nacional-independentisa catalán. Sí, parece un mejunje algo raro, pero es que estamos hablando del inefable Josep Ma. Terricabras y su modelo de tránsito del clientelismo al masoverismo. La gran aportación del agroindependentismo catalán al desmantelamiento de las Administraciones públicas.

Que tanto el PP como CIU tienden al clientelismo efectivo en sus respectivos feudos, así como a la interinización de sus respectivos funcionarios, es algo fuera de duda. Tampoco se libra de ello la izquierda "realmente existente". En definitiva, se trata de volver a las cesantías del siglo XIX y a sus consiguientes regalías. Pero Terricabras no detiene su regresión en el XIX, su meta es el XVIII o el XVII, hasta puede que el XVI. Creo que como cabeza de lista de ERC en las próximas elecciones europeas, Terricabras se merece unas líneas que dignifiquen su inestimable aportación intelectual al desmanelamiento de las administraciones púbilcas. Es bueno que se sepa a qué dedica cada cual su talento.

Terricabras fue el autor intelectual -algunos dicen que hasta material- del Pacte Nacional per a l'Educació, un engendro que inspiró a la LEC, Ley de Educación de Cataluña. Lo realmente importante del Pacte Nacional per a l'Educació, de innecesaria traducción al castellano, no son los temas que fueron más objeto de polémica  en su momento, como las exigencias terricabrinas sobre la fiabilidad moral del docente o la obligatoria adscripción de éste al constructivismo como salvoconducto para lo anterior. No, lo importante aquí es  el tránsito intelectual que posibilitó Terricabras, del clientelismo al masoverismo, concretado en un modelo de dirección de los centros públicos tan irresistible que ni la LOMCE se ha zafado de él.

Sí, ya sé que suena raro que el ministro bronco que hablaba de la necesidad de españolizar a los alumnos catalanes lo haga a la par que catalanizando los institutos españoles, pero ahí radica la finezza del modelo terricabro, en su encanto para ciertas ideologías al margen de las diferencias identitarias.

QUO VADIS CATALUNYA? (DE RENUNCIAR AL MARXISMO PARA VOLVER A CREER EN LOS REYES MAGOS) (III)



Exactamente igual que poco después, y ya en plenas guerras carlistas, los catalanes alzados en armas nunca lo fueron por una Cataluña más o menos independiente, sino en defensa de unos derechos dinásticos muy concretos a la corona de España, y de una monarquía  absolutista, teocrática y anti ilustrada, nostálgica de unos valores apegados a lo clerical y a lo rural. A su vez, los partidarios de los liberales  tampoco se distinguían de los el resto de España, salvo en que quizás hablaban catalán y, eso sí, empezaba a surgir una cierta burguesía comercial e industrial cuyos intereses estaban objetivamente con el modelo liberal. Una burguesía que en otras zonas de España, debido a su atraso económico endémico, no acabó de consolidarse hasta mucho, mucho, después.

Tampoco parece demasiado normal que un país invadido aporte al ejército invasor la cantidad de oficiales que Cataluña aportó al ejército español durante el XIX y principios del XX. Y no estoy pensando solamente en Prim, Milans, Cabrera o Baldrich... La presencia catalana entre la oficialidad del ejército español fue numerosa y, diría yo, en proporción a su población o aún más, dado el grado de militarización de la sociedad que las guerras carlistas impusieron en la Cataluña del siglo XIX. Igualmente, la presencia catalana en las guerras decimonónicas exteriores, como la de Marruecos y el cuerpo de voluntarios catalanes, fue en todo momento notoria. Más adelante, ya en la II República, Batet -fusilado luego por Franco- fue jefe del estado mayor del ejército. Tampoco está de más recordar que el mismo Francesc Macià, primer presidente de la Generalitat republicana, era un militar de carrera que alcanzó el grado de coronel antes de ingresar en las filas del catalanismo político nacionalista.

En el terreno político, la participación catalana no fue menor. Tres presidentes del gobierno -Prim, Figueras y Pi i Margall- y varios ministros, como Figuerola, instaurador de la peseta como moneda de curso legal. Y en el campo reaccionario tampoco faltaron, desde Cabrera -jefe de la casa real carlista- hasta el confesor de Isabel II y maestro de ceremonias de su camarilla, el posteriormente canonizado Antoni María Claret. En el terreno intelectual, Balmes, otra vez Pi... Ninguno, ninguno de ellos se caracterizó en ningún momento por nada que pudiera ser considerado como protonacionalismo catalán, incluso en la mayoría de casos, más bien al contrario. O Cambó...

En lo social, el auge económico y el comercio con lo que quedaba del imperio colonial -Cuba y Puerto Rico, fundamentalmente- creó una burguesía y un empresariado influyentes, dando lugar a la incipiente revolución industrial española -ubicada básicamente en Cataluña y en el País Vasco, aunque en este último caso de características más oligárquicas-. Sus alianzas y sus opciones políticas, así como sus filias y sus fobias, en todo momento vinieron marcadas por su propia posición y por los intereses objetivos que de ella se derivaban en cada caso. Los hubo de todos los colores políticos y según sus conveniencias, desde empresarios del algodón, del alcohol, del ferrocarril o harineros, hasta mercaderes de esclavos que con tal negocio hicieron fortunas que aún hoy disfrutan sus descendientes (más de una de las «200 familias» de Barcelona debe su fortuna a un antepasado negrero). Si en algún momento pudo hablarse genéricamente del «empresariado catalán» era, simplemente, porque la condición de empresario estaba mucho más extendida en Cataluña que en el resto de España, más latifundista y agraria, pero no porque constituyeran un cuerpo político o un lobby catalán que tendiera a la independencia. A lo que tendían, en todo caso, era a enriquecerse. A veces, parece que algunos han confundido renunciar al marxismo con volver a creer en los Reyes Magos.

dissabte, 14 de desembre de 2013

QUO VADIS CATALUNYA? (SOBRE "TORPEZAS Y HECHOS HISTÓRICOS") (II)


Y en este juego de simetrías en que uno hace de víctima y otro de verdugo, la ridícula gallardía con que ambos se prestan a sus respectivos roles hasta consigue a veces darle tintes de verosimilirud, que es de lo que se trata. Un ejemplo paradigmático lo tenemos en la réplica-botarate de PP, C's y UPyD al simposio-disparate de CIU i ERC. Muy metidos han de estar en su papel para no darse cuenta de su torpeza. Llevar este ridículo simposio a la fiscalía es, simplemente, legitimarlo.


Porque, volviendo a nuestro tema, hay cosas que están a la vista del que las quiera ver. Pero como aquí sólo se quiere ver lo que interesa y que sea encajable desde la perspectiva que de entrada determina qué es lo que interesará y qué lo que no, inevitablemente quien sale peor parada es la verdad... ello en el supuesto que esta palabra signifique todavía algo hoy en día.

1714 es el año a partir del cual el simposio estudia los agravios españoles hacia Cataluña. Pues bien, aquí también lo haremos, pero más bien a la manera deconstructiva. Empezaremos por la urdimbre nacionalista catalana y luego iremos a por la española, incidiendo en aquellos aspectos que no cuadran en el discurso y que, por lo tanto, se omiten o se tergiversan sin más. Y ahí de nuevo topamos con la simetría especular de ambos discursos. Hay que reconocerlo, se complementan a la perfección.

De entrada hay que empezar dejando de lado fruslerías tales como que todos los catalanes eran austracistas en 1700 -añadamos también, por cierto, a aragoneses, valencianos y baleáricos- o todos los castellanos, borbónicos. El jefe del sector austracista era ni más ni menos que el Gran Almirante de Castilla y en aquella guerra, que fue de dimensión europea, lo que se ventilaba era cuál iba a ser la dinastía que iba a hacerse con los despojos del imperio español, por entonces ya relegado a un papel subalterno en el concierto de las potencias europeas, pero cuyo imperio ultramarino se mantenía prácticamente intacto, pero desaprovechado por falta de estructura naval y comercial en la metrópoli. Una guerra europea que en la península fue civil y durante la cual hubo muchos más cambios de bando de los que se quieren reconocer en un país tan dado al coriolanismo como este. 

En el capítulo de las anécdotas, no está de más recordar que, por ejemplo, el actual cuerpo de policía catalana, auténtica joya de la corona y motivo de orgullo nacional patrio para la Generalitat, los Mossos d'Esquadra, fue fundado ni más ni menos que por Felipe V. Y otro dato nada baladí: lo primero que hizo Prim después de "La Gloriosa", fue suprimir el cuerpo de los Mossos d'Esquadra. Para los catalanes liberales, federalistas y republicanos de 1868, los Mossos de Esquadra no se intepretaban como una policía propia, sino como un cuerpo tradicionalista, reaccionario y represor, ligado al absolutismo y al servicio de las oligarquías catalanas. Y en cuanto pudieron, de motu propio, lo suprimieron. Fue restablecido con la Restauración. Incluso hay un coronel que luego se pasó a la Guardia Civil y al cual algunos autores vinculan con los círculos de Serrano y conspirando en el atentado que le costó la vida a Prim. Así que mucho ojo con las instituciones identitarias. No siempre son lo que parecen.

Más datos. La última expedición colonial española, la conquista de California, fue llevada a cabo por una expedición catalana encabezada por Gaspar de Portolà, quien era a la sazón, hijo de un miembro de la pequeña nobleza rural catalana que había sido austracista durante la Guerra de Sucesión. Por aquellos tiempos, segunda mitad del siglo XVIII, Cataluña era ya una potencia económica dentro España -como observa, por ejemplo, Cadalso-, también en cuanto a dinamismo, mientras que sólo medio siglo antes era de las más depauperadas y plagada de bandolerismo. No es ajeno al «milagro económico» catalán que los Borbones abrieran las puertas al comercio con las colonias americanas a todos los puertos españoles, incluidos los catalanes, que siempre lo habían tenido vetado y que suprimieran aduanas interiores -en parte-; ni que, además de prohibir la lengua catalana -sin duda su gran error-, derogara también de paso toda una serie de leyes feudales que esclerotizaban la economía catalana con usos y prácticas anacrónicas. 

A veces, como comenta Gabriel Tortella, también hay que perder guerras. Aunque desde la perspectiva ideológica, igualmente legítima -siempre que no se imponga como verdad absoluta- no tenga porqué verse así , como sería igualmente el caso de Joan B. Culla. Para Cataluña como territorio con una población, no como nación, perder aquella guerra supuso una modernización que de otro modo tal vez no se hubiera llevado a cabo. El catastro, por ejemplo, se pudo llevar a cabo en Cataluña porque había perdido la guerra. En Castilla, al contrario, las presiones de los nobles vencedores consiguieron paralizarlo, condenádonla a un atraso endémico del que sólo en parte se ha recuperado. El problema, al final, siempre es si miramos a un territorio y a sus gentes o, en su lugar, al momento de despliegue en la historia del espíritu de la nación de la cual supuestamente emanan esas gentes, al cual se deben y que sólo usufructúan, pero que no les pertenece, en la línea del Volksgeist herderiano.

Tampoco acaba de cuadrar que durante la invasión napoleónica, apenas un siglo después de la Guerra de Sucesión, Cataluña se alzara contra los franceses -por cierto, contra todo sentido común- igual que el resto de España. ¿Qué mejor oportunidad para deshacerse del invasor que aliarse con su enemigo? Hemos de tener también en cuenta que, cuando en 1812 Napoleón segrega Cataluña de España y la integra en el Imperio Francés, declarando de paso el catalán lengua oficial, nadie pareció darse por aludido en Cataluña. No dispongo de datos, pero dudo mucho que el porcentaje de afrancesados en Cataluña durante la invasión napoleónica difiriera en mucho del resto de España. Más bien incluso tendería a pensar que era menor. 

Claro que, bien mirado, menos cuadra aún que unos años antes de la invasión napoleónica, cuando España se decide a participar en las coaliciones contra la Francia revolucionaria, la conocida como guerra del Rosellón -la guerra gran, por aquí- fuera recibida en Cataluña como una auténtica cruzada que iba a permitir recuperar los territorios perdidos en la Paz de los Pirineos, ciento cincuenta años antes, y participara activa y entusiásticamente en ella, tanto económica como militarmente. Lamentablemente, pese a tanto empeño y a la extraordinaria pericia militar del general Ricardos -que llegó a ocupar Perpiñán y Arles,  casi recuperando por entero la antigua Septimania-, la proverbial displicicencia administrativa de Godoy y la muerte de Ricardos convirtieron los éxitos iniciales en una estrepitosa derrota.
Pero es que poco después, hacia finales del reinado del felón de Fernando VII, la primera asonada precarlista de toda España se produce en Cataluña -algo de lo que, por cierto, no es como para estar orgulloso-, la guerra dels malcontents, la guerra de los agraviados, auspiciada, como no, por el clero y los sectores más reaccionarios, en defensa del absolutismo clerical y monárquico, y ante la sospecha de que  el felón estaba perdiendo poder frente a los ilustrados y liberales. Huelga decir que tamaña fidelidad no fue óbice como para que Fernando VII los pasara a todos por las armas. Cosas vederes...
(Continuará)

dijous, 12 de desembre de 2013

ALEA IACTA EST?




Ya tenemos fecha y pregunta(s). En general, en todo este proceso hacia la consulta por la independencia de Cataluña, sólo he visto voluntarismo y convicción autoinducida. Ni una sola valoración de la correlación de fuerzas que concurre en el escenario que se está abriendo. Ni un solo cálculo político de cierta enjundia. Sólo la cerrazón en la "voluntat d'un poble".
Veamos. Los partidos convocantes del referéndum obtuvieron en las útimas elecciones catalanas un 57.76% del total de votos, con una participación del 67.66%. Esto supone un 39% del total del censo electoral. En las últimas generales, un 44.5% que, con una participación del 66.8%, supone un 29.7% del censo. Y aun sin contemplar que una parte del electorado de CIU se supone no independentista, por no hablar del de ICV ¿Es ese suficiente bagaje para tanto ruido?

Cuentan que los buenos generales, antes de entablar batalla, se aseguran la ruta de retirada por si acaso la cosa no sale del todo bien y así minimizar los daños en la medida de lo posible. Sólo me pregunto si alguien ha previsto las posibles consecuencias que todo esto puede tener. Me temo que no. Hay cosas que se sabe como empiezan, pero no como acaban. Y eso me preocupa.

dimarts, 10 de desembre de 2013

QUO VADIS CATALUNYA? (SOBRE EL SIMPOSIO) (I)


 
 
Como es sabido, estos próximos días tendrá lugar un simposio apadrinado por la Generalitat sobre el siguiente tema: Espanya contra Catalunya. Y como era de esperar, la polémica está servida. Desde la óptica de los organizadores, se trata de darle al tema un enfoque histórico riguroso y objetivo, «científico»; para sus detractores, de una «incitación al odio» en base a falsos mitos (¿Los hay verdaderos?). Para los menos, entre los que se cuentan personajes como John S. Elliot o José Álvarez Junco, en cuyo grupo modestamente me incluyo, más bien «es un disparate».

Porque vamos a ver, y más allá de la pertinencia o no de celebrar en estos momentos un simposio con esta temática, lo cierto es que Cataluña, en tanto que territorio con una población, tiene ciertamente razones históricas como para sentirse agraviada respecto a España, entendida como Estado; otra cosa muy distinta es que estos agravios -pasados, presentes o futuros- se puedan entender desde una perspectiva nacionalista como un contencioso entre la nación española y la catalana. Una perspectiva nacionalista que, por cierto, no es ni mucho menos exclusiva del nacionalismo catalán, sino que también participa de ella, y en grandes dosis, el español, siendo aquél una reacción frente a éste. No es por ello una casualidad que cuando braman determinados paladines del nacionalismo español clásico, su discurso sea tan simétrico al de los voceros del nacionalismo catalán. Porque, al menos en lo que aparentan, tanto parecen haber interiorizado los unos que Cataluña es una nación oprimida por España desde hace trescientos años, como los otros que, desde una delirante visión nostálgico-imperial, Cataluña es una posesión española a la que hay que mirar siempre con recelo, cuando no con inquina, porque a la mínima que se le dé cancha, se larga... y que de aquí no se va nadie. 

Tengo para mí que algunos transitaron demasiado precipitadamente del materialismo histórico al nacional-pesebrismo, y que en tal mudanza extraviaron o distrajeron ciertos enseres intelectuales que luego resituaron en anaqueles acaso no del todo adecuados a su naturaleza. Y de éstos los hay también en los dos bandos, siendo precisamente sus más vesánicos paladines aquellos que, cuando vociferan, si es un independentista hace españolistas; y si es un españolista hace independentistas. Son pues dos discursos complementarios, pero el problema es que, más allá de que sus paladines se lo crean verdaderamente o no, que de todo habrá, lo cierto es que, si provisionalmente aceptamos sus tesis, no solamente es que no nos cuadren las cuentas, sino que corremos el serio riesgo de no entender entonces nada. Claro que quizá esté ahí la gracia, en que nadie entienda nada y la única alternativa sea la ciega adscripción a uno u otro bando. Como la fe del carbonero.
Hay cosas que no se sostienen en ninguno de los sendos y complementarios discursos nacionalistas. Y la principal es la tesis según la cual Cataluña sería una nación ocupada  y colonizada por España desde hace trescientos años. Con ello no estoy afirmando ni mucho menos que los gobiernos españoles desde 1714 hayan sido mirlos blancos y que su actitud hacia Cataluña haya sido tan lisonjera y afectuosa que el problema del independentismo actual sea el de un niño malcriado y mimado al que nunca le han dicho que no a algo; ni que no haya un  anticatalanismo bastante arraigado en el resto de España, que ciertamente lo hay. No, lo que digo es que la cosa sigue sin cuadrar, ni desde una perspectiva ni desde otra.
(Continuará)