divendres, 27 de setembre de 2013

JOSÉ Mª FONTANA Y EL MAGNICIDIO DEL GENERAL PRIM




Prometí al autor en este blog, a través de sus interesantes intervenciones en él, que leería su libro “El magnicidio de Prim: los verdaderos asesinos”. Y aunque lo concluí hace ya bastantes meses, todavía no había dado fe de ello. Ahora la doy y, como es de menester, haré un breve comentario sobre el libro.


Diré, de entrada, que es lo mejor, de largo, que he leído sobre el tema Prim, a la vez que, quizás convenga matizarlo, cuando digo “de largo”, no me estoy refiriendo a su extensión, que también, sino, y sobre todo, a la solvencia de los datos que aporta.


Todo lo que he leído sobre Prim -que es bastante- se remite, en lo referente al atentado que le costó la vida, a la obra de Pedrol Rius, que sin duda no dejará de ser nunca un referente ineludible. Intrepretaciones; investigación de archivos; novelas  históricas o pseudohistóricas; especulaciones sobre qué pudo llevar a la “distracción” de documentos del expediente judicial con posterioridad a la susodicha obra (1960)... En fin, que todo muy bien, pero los datos; lo que son los datos, siempre más o menos los mismos y de indéntica fuente. Para tramas novelescas, para hagiografías más o menos indisimuladas, para demonologías incluso... Bueno, para lo que sea.

Fontana incorpora, en cambio, datos nuevos y, en mi opinión, altamente reveladores de la compleja trama que acabó con el asesinato del general Prim. Unos datos a los que accedió de entrada accidentalmente, según él mismo nos cuenta, y que le indujeron a iniciar una  meritoria investigación cuyo resultado es el libro que comento. Investigación que, sin duda, debió acabar siendo muy absobente. Esas cosas pasan. Hay dos cuestiones que me parece interesante comentar  aquí sobre el libro.

La primera es que yo no había leído el libro de José Mª Fontana, como habrá resultado evidente para cualquiera que siguiera mis modestas entregas en este blog, mientras las estaba publicando. Y he de decir en este sentido que nada, nada de aquello sobre lo que eulucubré en su momento, aparece como desmentido a priori, ni a posteriori. O al menos, condescendientemente para conmigo mismo, nada lo refuta como una eulucubración delirante. Más bien se insinúa inteligentemente, sin compromiso de historiador, o de sociólogo titulado.  Pruebas materiales, lo que son pruebas materiales, nos faltan en muchos aspectos; sólo, eso sí, tenemos indicios, muchos indicios. Y Tal como afirma en el libro ¿Cuántos indicios son necesarios para convertirse en prueba?

La segunda se me antoja mucho más importante y está relacionada con el que desde siempre había sido considerado autor material del asesinato de Prim, José Paúl y Angulo. Es un tema de honestidad intelectual por parte del autor cuando monologando consigo mismo en un momento de la obra, se "sorprende" en su propia perplejidad ante un factum historiográfico que no puede dejar de llamar la atención. Cómo puede ser, se pregunta, que los historiadores digamos de derechas, tiendan a culpabilizar a Paúl y Angulo y, en cambio los, digamos también, de izquerdas tiendan a exculparle. Él se define sin cortapisas, que nadie lo dude, pero diciendo, perdón, demostrando, que Paúl y Angulo no tuvo nada que ver con aquel atentado.

El libro es difícil de encontrar en los anaqueles de las librerías ad usum. Lo más fácil, por internet, aquí está el link.

Quien quiera saber sobre el atentado de Prim, que lea este libro. Es duro y sin concesiones, pero ameno también. Y por si sirve de algo, es lo mejor que yo he leído sobre el tema Prim. Mi enhorabuena al autor.

dilluns, 23 de setembre de 2013

EL SÍNDROME DE "LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ" (II de II)



Basada en la novela homónima de Margaret Mitchell, la película “Lo que el viento se llevó” evoca un pasado supuestamente idílico que se torció por una guerra y dio al traste con la sociedad que lo había producido. Una sociedad, la de los estados norteamericanos del sur, que se presenta como vertebrada socialmente a partir de unos valores de Ancien Régime y en la cual cada uno tiene el puesto que le corresponde, desde los esclavos negros que trabajan los campos de algodón hasta los más prominentes terratenientes, donde a cada cual lo suyo, claro. Barrida por la guerra y por la historia, su desaparición dio lugar a una idealización que la representó como el paraíso perdido al que ya nunca se podría volver, pero que adquiere estos tintes de evocación nostálgica que producen la certeza de lo irremisiblemente perdido y que, por lo tanto, podemos imaginar como queramos. Porque por eso, y no por otra razón, cualquier tiempo pasado fue mejor.

El viejo Sur, Dixie, es en este sentido una ucronía ante la cual podían sentir nostalgia desde Scarlett O'Hara, añorante del glamour que había vivido, o su descendiente homóloga, Blanche Dubois -igualmente interpretada en la gran pantalla por Vivien Leigh-, que ya no lo vivió sino en un borroso recuerdo, hasta el esclavo liberado que, arrojado de la plantación que había sido su único mundo vaga, errabundo y desarraigado, por las calles de unas metrópolis  que no entiende, a la desesperada búsqueda de un pedazo de pan que llevarse a la boca. Pero claro, es que esto es precisamente la ucronía y en esto consiste: en pensarla como no fue. Es innegable que el viejo sur ha ejercido este influjo a distintos niveles. Pero precisamente como algo que, ni aun de haber sido, jamás se retornará a él, porque sólo es recuerdo.


Lo cierto, sin embargo, es que los estados del sur estaban al borde del colapso económico justo antes de empezar la guerra, que sus estructuras eran obsoletas, con una economía agraria basada en la esclavitud y que lo que luego se pudo evocar construido como una ucronía, era en realidad, en su momento, una anacronía. En el mejor de los casos, su influjo presente es el de la añoranza de una Arcadia convertida en género literario y antropológico, a la que nadie se plantea volver. Entre otras muchas razones, porque el viento se la llevó.


Ya volviendo a lo nuestro, me pregunto si aquí en Cataluña no se habrá construido un viejo Sur, tan ucrónico como Dixie, y a la vez tan anacrónico en su momento como lo fue la patria de Scarlett O'Hara imaginada por Blanche Dubois. Digo que me lo pregunto, no que lo afirme, porque no me atrevo a afirmarlo. Pero hay indicios que me inducen a pensar que sí. Con una diferencia fundamental respecto a Dixie. Allí, por más insignias, gorras y camisetas que se puedan ver con la bandera de la Confederación, es más que dudoso que nadie quiera volver a ella, y menos aún al día antes de la rendición de Appomattox, en 1865. Aquí, en cambio, uno tiene con demasiada frecuencia la impresión de que no sólo se quiere volver a la situación anterior al 11 de septiembre de 1714, sino de que también se cree posible que se pueda volver a ella. Y si no estrictamente en los contenidos, sí formalmente, y acaso también antropológicamente.


Claro que, también hay que decir que los vencedores de la guerra civil americana no se dedicaron a suprimir los derechos del vencido Sur, ni a abolir sus parlamentos, ni a ocuparlos militarmente más de lo estrictamente necesario para evitar que volvieran a las andadas, hasta que las cosas se calmaran y las heridas recientes cicatrizaran más o menos. El Sur fue vencido, no humillado, al menos no más allá de la inevitable humillación que toda derrota conlleva.


Aquí, en cambio, todo indica que lo de 1714 fue muy distinto, y tal vez haya sido esta innecesaria crueldad con el vencido -incluso diría que, más que crueldad, fue humillación, fue regodearse en la victoria- lo que aportó el pábulo necesario, casi dos siglos después, a la construcción de una ucronía sobre una realidad catalana que, en mi modesta opinión, era históricamente tan anacrónica en su momento como lo pudo ser Dixie después en el suyo. La única diferencia es que aquí, el vencedor era prácticamente igual de anacrónico que el vencido, y que también construyó su ucronía, una de cuyas partes substanciales fue el hiato entre vencedores y vencidos, como se ha demostrado en los posteriores siglos de la historia de España.


Un valle de pasiones, esa piel de toro; y de pocas razones. Así nos va.


dissabte, 21 de setembre de 2013

EL SÍNDROME DE "LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ" (I de II)




Uno, la verdad, no puede dejar de sorprenderse ante la convicción -prefiero no decir "obstinación"- con que tantos se han convertido al independentismo en los últimos tiempos, acaso sólo comparable, pensaba hasta hace poco, a la acriticidad con que tantos otros -los mismos, en algunos casos- se convirtieron en su momento al marxismo; idéntica, por cierto, a la de su “desconversión” posterior. Pero a estas alturas parece bastante claro que no se trata de fenómenos comparables.

Hay algo en el independentismo que no se deja reducir al análisis racional, una incorporación de matriz sentimental, una pulsión que hegemoniza el discurso y sateliza al resto de categorías, poniéndolas a su servicio. Incluso estoy convencido de que, en algunos casos, esta pulsión trivializa y desdeña argumentos que, de otro modo, podrían ser más que dignos de consideración.
 
 
Me estoy refiriendo, claro, al independentista convencido que, manipulado o no, ha sido el auténtico protagonista de la última Diada. Otra cosa muy distinta son los intereses “objetivos” de ciertos sectores que saldrían ganando con la independencia, desde productores culturales pesebristas o empresarios de la subvariante saprofítica, hasta politicastros de medio pelo cuya megalomanía deja corto al Ubú de otros tiempos. Pero no me estoy refiriendo a estos lobbies, sino al independentismo, o mejor, al independentista de a pie que, en el fondo, sabe que no iba a ganar nada, ni en el mejor de los casos, y que hasta puede que empeorara, en el peor de ellos, pero que le da igual. Me pregunto si el famoso mantra “España nos roba” no será algo cuya veracidad, o no, les tenga en el fondo sin cuidado. Porque en todo caso sería un argumento subsidiario, al servicio de una pulsión devenida idea-fuerza, que es la auténtica génesis del discurso independentista.


Y es entonces cuando a uno no le queda más remedio que remitirse a lo que llamaré el síndrome de “Lo que el viento se llevó”, la evocación nostálgica de un pasado idealizado a partir del cual algo se torció, y al cual hay que volver para reenderezar el rumbo o, dicho en otros términos, para sublimar el desarraigo alimentado por este mismo síndrome.
(Continuará)


divendres, 20 de setembre de 2013

¿€UROCAT O €UROCUTRE?



Parece que el tema de la semana ha sido, y el de la que viene  y siguientes también, me temo, si la futura Cataluña independiente estará en la Unión Europea y/o en el euro. Y lo de “y/o” no es gratuito, porque con el rosario de declaraciones de las autoridades y paraautoridades catalanas desmintiendo prontas a las de la UE cada vez que éstas hacían alguna declaración en relación al tema, la última perla -cómo no, de Mas- ha sido que Cataluña podría tener el euro como moneda aunque no estuviera en la UE ni en la zona euro. Es decir, que ni aunque se empeñen en sacarnos de Europa y de la zona euro, ni así podrán evitar que la adoptemos como moneda catalana. Y es que esto ya es la repanocha... o que nos han tomado por imbéciles.

Porque los supuestos bajo los que un estado adopta una moneda extranjera sobre la que no tiene el menor control -la dolarización, por ejemplo- hasta ahora al menos ha afectado a países con los cuales no creo que quieran compararse ni Mas ni Junqueras. Y a ver ¿qué países usan como moneda el euro sin ser de la UE o de la zona euro? Tenemos por un lado países minúsculos y paraísos fiscales -o ambas cosas a la vez-, como Ciudad del Vaticano, San Marino, Andorra y Lienchestein; por el otro, ni más ni menos que Kosovo y Montenegro. ¿En qué tipología piensa Mas que encaja mejor Cataluña?

Porque si apunta hacia Kosovo o Montenegro, estamos apañados; y si cree que Cataluña, con sus 7.5 millones de habitantes, sus 32000 kilómetros cuadrados y su estructura económica, puede ser un paraíso fiscal... ¿Cuántos paraísos fiscales hay de más de unos pocos cientos de kilómetros cuadrados? ¿Se ha preguntado Mas por qué a partir de una cierta superficie, no hay paraíso fiscal que valga? ¡A ver si somos más serios!

Todo este cúmulo de majaderías me recuerda un viejo chiste en que un turista americano en San Marino le está explicando a un súbdito sanmarinense que él, en su rancho de Texas, se sube al coche a la salida del Sol y al atardecer, cuando se está poniendo, todavía está en sus propiedades. Y el otro le contesta: “yo también tuve un coche así hace una vez”.


Sobran los comentarios.


dimecres, 18 de setembre de 2013

A VECES LLEGAN CARTAS...



Hubo un tiempo en que escribir una carta era la forma usual de comunicarse con alguien que estuviera alejado, incluso a veces aunque fueran sólo unos pocos kilómetros. Desde los negocios o el conocimiento, hasta el amor o la amistad, pasando por la conspiración o la impostura, el universo epistolar adquirió una naturaleza que acabó tematizada en sí misma como género.  Desde "la carta robada"  de Edgar A. Poe, hasta "Un jeune facteur est mort, l'amour ne peut plus voyager, il a perdu son messager" de Moustaki, lo epistolar ha pasado prácticamente por todos los posibles registros, precisamente por ser en sí mismo un género que incorporaba todos los posibles mundos, los mejores y los peores.

Que lo epistolar fuera un género en sí mismo lo demuestra el hecho de que produjo su propio registro. Eso sí, sin contaminar al resto. Nadie hablaba como escribía, a diferencia de lo que ocurrió luego con los e-mails, cuya jerga ramplona acabó contagiando al resto de registros lingüísticos, hiriéndoles de muerte, por no hablar de los sms o del más moderno whatsapp...

Hoy nadie escribe ya cartas. Y como ellas, el lenguaje epistolar ha pasado a la historia. Hasta los e-mails son ya algo así como el paleolítico para cualquiera con menos de cuarenta años. Por ello,  sobrepasada ya con creces esa edad  a partir de la cual Pavese le consideraba a uno responsable de su propia cara, es imposible no quedarse perplejo ante la ramplona polémica epistolar con que han decidido entretener al personal ese par de ínclitos prohombres que son Mariano Rajoy y Artur Mas, jugando a ver a quién le toca ahora escribir y, lo que ya es el colmo del cutrerío, airerando públicamente los contenidos de sus misivas incluso antes de escribirlas o de que lleguen a su destinatario teórico ¿Será posible tanta zafiedad?

Cualquiera de mi generación sabe que las cartas eran algo privado. Eso era así hasta tal punto que las consecuencias de airear los contenidos de cierta correspondencia podía acarrear consecuencias imprevisibles, por lo general siempre indeseadas. Tampoco era infrecuente que el autor de una carta se guardara un duplicado, a salvo de indiscreciones, que acreditara su contenido para que nadie pudiera tergiversarlo después. Ha habido testamentos en los que el legado principal era la copia de las cartas que se enviaban. Y sirvieron acaso para esclarecer entuertos urdidos por herederos poco escrupulosos.

Y aunque es cierto que desde siempre hubo metomentodos que hurgaban en la correspondencia ajena con fines inconfesables, desde el descubrimiento del cuerno  hasta el secreto de estado, también lo es que la privacidad que le era propia costaba mucho más de violar que el correo electrónico personal, el whatsapp o el recorrido biográfico de cualquier ciudadano por las páginas de internet, tal como demostró y denunció Snowden recientemente. 
Por todo eso le parece a uno el colmo del patetismo que este par de políticastros hayan decidido ahora, por un lado, comunicarse a través de correspondencia postal, y por el otro, anunciar a los cuatro vientos los contenidos de sus misivas incluso antes de que pasen por la estafeta. Pero a ver ¿es no tienen móvil? ¿no están en whatsapp? ¿A qué entonces esta fantochada de ceremonial epistolar trasnochado y casquivano con que pretenden tomarnos el pelo?

Francamente, me parece un ultraje al modelo epistolar, que tanto juego dio en su momento y que, precisamente por eso, es acreedor a mejor trato. Señores Mas y Rajoy, vuelvan al sms o a sus televisiones respectivas, pero por favor, dejen de enviarse cartitas.

divendres, 13 de setembre de 2013

¿QUÉ LLEVÓ REALMENTE AL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1714? (III de III)



Inglaterra intentó ocupar Cádiz, pero fracasaron a pesar de no haber prácticamente tropas para su defensa. Al año siguiente, en 1704, el almirante inglés George Rooke y el general austríaco Darmstad intentaron tomar Barcelona, pero fueron también rechazados por la coronela -nombre que recibía la milicia local-, sin que hubiera prácticamente tropas regulares españolas, ocupadas en rechazar una invasión por el valle del Tajo desde Portugal. Es en la ruta de regreso de su derrota en Barcelona cuando Rooke y Darmstad toman Gibraltar, con lo que los angloholandeses dispondrán desde entonces de una base para sus operaciones navales en el Mediterráneo.

El 15 de septiembre de 1705 los angloaustríacos consiguen tomar el castillo de Montjuic y desde allí bombardean Barcelona, que capitula el 9 de octubre. El 22 de este mismo mes entraba en Barcelona el archiduque Carlos, con el nombre de Carlos III, ayudado desde tierra por los vigatans, facción catalana que, poco antes, había optado por el Archiduque Carlos y a los que se llamaba así porque habían proclamado su manifiesto en la ciudad de Vic. Es entonces, y no antes, cuando tras ser tomada por las armas Barcelona y habiendo desembarcado en la ciudad el archiduque Carlos, Cataluña, Aragón y Valencia deciden optar abiertamente por el bando austracista en lo que se consideraba una guerra dinástica.

Poco antes de estos hechos, a principios de 1705, los ingleses habían intentado entrar en negociaciones con las autoridades catalanas para decantarlas hacia el bando austríaco. Al no conseguirlo, entraron en contacto con el grupo proaustracista de los vigatans, que subscribieron en nombre del Principado el pacto de Génova, comprometiéndose a defender la causa del archiduque Carlos.

Al morir el emperador de Austria, su hermano el archiduque pasaba a sucederle, y entonces Inglaterra, Portugal y Holanda le retiraron su apoyo para impedir una repetición del imperio de Carlos V, todo ello tras repartirse las posesiones españolas en Italia y Flandes, de acuerdo con Francia. El rumbo de la guerra, que había sido en principio favorable al bando austracista, se decantó inapelablemente del bando borbónico, ayudado por el ejército francés. Tras caer Aragón  y Valencia, Cataluña resistió sola un tiempo, defendiendo a un rey que ya no quería serlo. Inglaterra se pasó por el arco de triunfo el pacto de Génova y dejó a Cataluña abandonada a su suerte. El resto, hasta la toma de Barcelona por las tropas del duque de Berwick el 11 de septiembre de 1714, es de sobras conocido.

¿Por qué se convirtió posteriormente en guerra de secesión lo que en realidad fue una guerra de sucesión entre dos dinastías que se disputaban los despojos del imperio español? No parece haber sido ajena a ello la actitud del propio Felipe V, personaje de perfiles esquizoides y que sufría frecuentes depresiones, al actuar él mismo con respecto a Cataluña como un territorio ocupado. Pero eso ya es otra historia...


dijous, 12 de setembre de 2013

¿QUÉ LLEVÓ REALMENTE AL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1714? (II de III)



La Francia del 1700 era la potencia hegemónica en el continente europeo, pero había llegado tarde a la colonización de las Américas, que corrió fundamentalmente a cargo de españoles y portugueses, pero también de ingleses, holandeses y, en menor medida, de suecos, daneses y escoceses. Luis XIV había intentado remediar esta situación promoviendo la colonización del Canadá, por un lado, y de la Luisiana, por el otro, pivotando esta última sobre Nueva Orleans, con el proyecto de enlazar a través del Mississippi y el Missouri -San Luis-, la Luisiana con el Canadá, en lo que era el sueño de una gran América del norte francesa que se extendiera desde el golfo de México hasta la península del Labrador.

No escatimó medios para ello, pero  el proyecto se resolvió en un fracaso más que parcial comparativamente a la dimensión del proyecto originario. La inapetencia de los franceses por emigrar a ultramar quizás fuera una de las razones, los intereses ingleses y holandeses, dueños del mar, la otra. Sea como fuere, la implantación francesa en estos territorios -con la probable excepción de Nueva Orleans- fue siempre precaria. Cuando setenta años después, tras la guerra de los siete años, Francia pierde sus posesiones continentales americanas -que luego recuperará sólo parcialmente y por breve tiempo- la presencia francesa en estos territorios se reducía a unos pocos miles de colonos. Por entonces, las colonias atlánticas inglesas de las que surgirán los Estados Unidos, tenían una población estimada de tres millones de habitantes.

El caso de Francia guardaba, en cambio, una simetría especular casi perfecta con respecto a España. España era una potencia agonizante, sin estructura económica ni capacidad para el comercio, pero disponía de unos territorios que sólo había aprovechado ínfimamente y que ofrecían grandes oportunidades a quien las supiera aprovechar. La mayor parte del comercio, y del contrabando, en las colonias españolas estaba en manos de ingleses y holandeses. Francia era, por su parte, un país con gran vigor demográfico, la primera potencia continental y empezaba a disponer de una burguesía con capacidad para administrar y enriquecerse con un imperio colonial, pero carecía de él. El proyecto de Luis XIV consistía en poner las colonias españolas bajo el control comercial francés. Pero esto era precisamente lo que ni Inglaterra ni Holanda iban a permitir bajo ningún concepto.

Siguiendo las indicaciones de su abuelo, Felipe V suprimió los monopolios de comercio con las Indias que habían funcionado durante el reinado de los Austrias en España y que habían acabado arruinándola. Hoy en día, diríamos que introdujo medidas de liberalización del comercio. Liberalización sólo en cierta medida, claro, puesto que los grandes beneficiarios de las nuevas concesiones fueron, tal como estaba previsto, las compañías francesas. Esta fue la política del primer año de reinado de Felipe V, como consecuencia de la cual se produjo el estallido de una guerra a escala europea como no se había visto desde la de los treinta años. La que se conoció como la guerra de sucesión española, aunque en realidad, la península ibérica fue sólo uno de los muchos escenarios donde se desarrolló este conflicto.

Cuando el trato de favor a las compañías francesas se hizo evidente, cundió la alarma en el resto de potencias coloniales, léase Inglaterra y Holanda, así como en menor medida, Portugal.  Un imperio tan vasto competentemente administrado en última instancia por Francia amenazaba con romper el status quo implícito desde la guerra de los treinta años: Francia como potencia continental e Inglaterra y Holanda como potencias marítimas. Si ahora Francia se hacía con la gestión económica y comercial de las colonias españolas, el equilibrio iba a romperse tarde o temprano en perjuicio de Inglaterra.
Austria, por su parte, era el único país que no había reconocido a Felipe V, y además, les tenía echado el ojo a las posesiones españolas del norte de Italia, que atacó por su cuenta y riesgo. No es hasta 1703 cuando Inglaterra, Holanda y Portugal, se deciden, en defensa de sus intereses, a reconocer y a apoyar las pretensiones al trono del Archiduque Carlos de Austria, que fue nombrado rey de España en septiembre de 1703.

dimecres, 11 de setembre de 2013

¿QUÉ LLEVÓ REALMENTE AL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1714? (I DE III)



El último Austria, Carlos II el "hechizado", había muerto sin descendencia y en su testamento dejaba como heredero de sus posesiones a su sobrino-nieto Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV y miembro de la casa de Borbón, con la cual los Austrias habían estado peleando los últimos cien años por la hegemonía europea, que se había resuelto a favor de los borbones.

Entronizado como Felipe V, y contra lo que se suele pensar, su reinado en las Españas se inició sin grandes sobresaltos. Había, eso sí, un sector austracista de influencia no desdeñable entre la aristocracia castellana, encabezado por el Gran Almirante de Castilla, así como en los territorios de la corona de Aragón -Aragón, Cataluña y Valencia- cuyo pretendiente era el archiduque Carlos, hermano del emperador José I de Austria y miembro de la casa de Habsburgo, sobrino nieto, al igual que Felipe de Anjou, del fallecido Carlos II.

El rechazo catalán hacia el Borbón se debía sólo en parte al supuesto centralismo francés. La razón fundamental era más bien la ancestral enemistad entre la corona de Aragón y el reino de Francia, que había heredado Castilla después de que ésta asumiera la hegemonía en la corona española tras los reyes católicos y bajo los Austrias. Para disipar estos recelos, Felipe V se trasladó a Zaragoza, Valencia y Barcelona, jurando en cada una de estas ciudades los fueros aragonés, valenciano y catalán, respectivamente. Era, por cierto, el primer monarca español en jurar estos fueros en doscientos años, desde Carlos V. Y lo dicho, el primer año de reinado transcurrió sin grandes sobresaltos; baste decir en este sentido que Felipe V contrajo nupcias precisamente en la ciudad de Barcelona, con gran jolgorio por parte de la población local. No, el problema que acabó generando la que se conoce como guerra de sucesión española fue otro muy distinto y de naturaleza internacional.

Cuando Luis XIV dijo "ya no hay Pirineos", estaba en realidad diciendo mucho más. Al colocar a su nieto como rey de España no sólo se aseguraba la subordinación política de ésta a los designios franceses, sino algo si cabe aun mucho más codiciado: la posibilidad de usufructuar el imperio español de ultramar. Y eso es lo que Inglaterra no iba a permitir bajo ningún concepto.
A la muerte de Carlos II, España era una potencia moribunda, en bancarrota económica, política y militar. Pero disponía todavía del mayor imperio colonial del mundo. Un imperio en ultramar que la proverbial incompetencia española en temas económicos y comerciales había desaprovechado, utilizando sólo sus posesiones americanas como economía puramente extractiva. Sin estructura financiera alguna que pudiera absorber dicho imperio, el oro y la plata de América solo pasaba por España en tránsito hacia los banqueros italianos, holandeses y alemanes. Pero Luis XIV tenía otros planes.

dimarts, 10 de setembre de 2013

EL RICTUS



¿Aquí quién manda? Es la pregunta que muy acertadamente se planteaba un veterano periodista el viernes en el programa de debate de Josep Cuní en la televisión de Javier el “Grande” (de España, claro) -léase “La Vanguardia” para lectores de fuera de Cataluña- a la vista del cúmulo de despropósitos en que incurrió el rey Arturo, máxima autoridad catalana, entre el jueves, con sus declaraciones sobre elecciones plebiscitarias para el 2016, y el viernes cuando fue a rendirle pleitesía a von Junker(as), a la sazón alcalde de la ilustre villa de Sant Vincenç dels Horts, para asegurarle que de aquello que se decía que había dicho, nada de nada, que no se le había entendido, que el iba a cumplir sus compromisos con los Junkers. Y aquí paz y allá gloria.



Pero la instantánea, esa inmobilización del tiempo en el espacio -que decia Lessing a propósito de la escultura- nos permite recoger expresiones y matices que sin duda vídeo pasaría por alto, parece decir otra cosa. Aunque sólo asomando el perfil, se percibe claramente en Mas un rictus de asqueo, una mueca de preocupación, de hartazgo de la resignación que violenta a la voluntad... ¿Cómo me he metido en este berengenal? Parece también estar preguntándose ¿Cómo voy a salir de él?



Es una instantánea mucho más que ilustrativa del día de rendimiento de pleitesía de un presidente de la Generalitat de Cataluña a un alcalde de pueblo. Es definitivamente significativa. A mí esta es la que me parece más trágica, y lo digo sin el menor asomo de sarcasmo.. Sólo recuerdo una foto similar, la del borrachín de Yeltsin marcándole con el dedo al infeliz de Gorbachov dónde tenía que firmar la disolución de la URSS.



Fíjense bien en la instantánea y en quién está robando pantalla a quién. No es un problema de mayor corpulencia física de uno frente a otro. No. Nada de eso. Es la expresión de Laoconte -a propósito de Lessing- preso de la serpiente que sabe que se lo va a tragar enterito y previo a la digestión, que será en el estómago y en vivo. Con una diferencia. Laoconte advirtió del peligro y por eso los dioses le enviaron la serpiente. Él , muy al contrario, sabe que a esa serpiente la alimentó él mismo irresponsablemente. Y ahora tal vez sea ya demasiado tarde. Moloch es insaciable y no se detiene ante nada.



Malos tiempos corren en Camelot. A lo mejor es que nunca fue Camelot. En realidad, tampoco Camelot fue nunca Camelot.

diumenge, 8 de setembre de 2013

Y AHORA...



...Sería maravilloso que la cadena por la independencia del 11 de setembre fuera un fracaso estrepitoso y a alguno que yo me sé le estiraran como Procusto a los infelices que caían en su cama... por gilipollas. 
 
Nos abriamos librado de dos momios casi, casi, gratis. Hasta podría uno empezar a pensar que hay justicia cósmica y que vamos camino del mejor de los mundos posibles. Y en cuanto a Procusto, eso seguro y de buena fuente, estará supervisando la cadena.
 
A ver, a ver...

dijous, 5 de setembre de 2013

DEL DEBATE A LA TERTULIA


Para empezar, hay que decir que es absolutamente falso que las tertulias -es un auténtico caso de justícia semántica que ya no se les llame “debates”- sean un fenómeno exclusivamente hispano. Haberlas, las hay en todas partes. Lo que si es exclusivo de aquende los Pirineos es el valor añadido que aquí se incorpora como marca de la casa, a saber, la inefable caspa ibérica -o lo que es lo mismo, un explosivo cocktail compuesto de ramplonería, altivez y contumacia, a partes iguales- por un lado, y la extraordinaria proliferación de programas con este formato, por el otro. Es decir, muchos y malos, además, por supuesto, de impúdicamente sectarios. Como decía en mi anterior post, sólo tienen valor antropológico, ningún otro... Al menos en lo que respecta a los que yo he visto, salvo algunas excepciones, eso sí, no ligadas a ningún programa en concreto.

¿Cuándo empezó todo y cómo se ha podido llegar hasta estos bajos fondos de degradación tan hediondos? ¿Cómo se pasó del debate a la tertulia? En relación a esto, uno recuerda los viejos tiempos de “La Clave” en el entonces UHF, y una anécdota muy a propósito de este proceso de deterioro, que nos llevó del debate a la tertulia, que hemos vivido y seguimos viviendo.


“La Clave” dejó de emitirse poco después de la llegada del PSOE al poder. Dicen las malas lenguas que fue el propio Alfonso Guerra quien se la cargó, acaso porque la consideraba amortizada después de haber asistido él mismo tantas veces como invitado a la misma. Sea como fuere, el caso es que unos años después, al aparecer las primeras televisiones privadas, Antena3 TV, concretamente, recuperó el programa con el mismo formato y presentador. No estoy seguro, pero debía ser hacia finales de los ochenta. La anécdota a que me refería trata sobre algo que ocurrió en uno de estos programas de la nueva “La Clave”, y que nos puede dar alguna clave -valga la reduncancia- sobre qué estaba empezando a pasar ya por entonces. Como siempre, aquellos polvos trajeron esos lodos.


Se trataba de un debate sobre mutaciones genéticas y entre los invitados, la mayoría de ellos de reconocido prestigio -todos menos uno-, recuerdo que se encontraba Mariano Barbacid, un par de colegas suyos, también españoles y un investigador alemán -la presencia de un extranjero con traducción simultánea siempre había sido una característica de “La Clave”- considerado una autoridad mundial en la materia. ¡Ah! también había un parapsicólogo.


El debate empezó con una aberrante perorata a cargo del parapsicólogo, cuya convicción íntima de estar en posesión de la verdad parecía autorizarle a interrumpir irrespetuosamente -creó escuela en esto, véase sino a P.R.- todos y cada uno de los tímidos amagos de cualquiera de los científicos presentes que intentaban reconducir el tema hacia unos parámetros más serios. En vano, porque el señor parapsicólogo les interrumpía a las primeras de cambio, sin que el presentador -el inefable Balbín- pareciera inquietarse lo más mínimo por el rumbo que estaba tomando aquello. Eso sí, de vez en cuando la cámara enfocaba al alemán y cualquiera podía percatarse del progresivo color escarlata que iba adquiriendo su cada vez más demudado rostro. Mientras tanto, el parapsicólogo seguía a su rollo.


En esto que el alemán, visiblemente molesto, tomo la palabra de golpe y le espetó a Balbín, a través de la traducción simultánea, más o menos lo siguiente: mire usted, soy una persona muy ocupada y si accedí a venir fue porque usted mismo me aseguró que este era un programa serio. Ya veo que no es así. Desde que empezó el programa, que se suponía que iba a ser un debate de divulgación para el gran público sobre un tema científico muy complejo, este señor de aquí (refiriéndose al parapsicólogo) no ha cesado de interrumpir de malas maneras, además de estar realizando unas afirmaciones que, desde la comunidad científica, no pueden ser consideradas sino como supersticiones o hechicerías. Me sorprende, de verdad, que mis colegas españoles estén tolerando esta payasada. Por mi parte, ahora empezaré a hablar sobre el tema que nos ocupa, y si este señor vuelve a interrumpirme durante mi exposición y usted sigue sin hacer nada para impedirlo, simplemente me largo”.


No había transcurrido ni medio minuto con el alemán hablando, cuando el parapsicólogo le interrumpió visiblemente contrariado y prácticamente a gritos, para quedarse él con la palabra. El presentador ni se inmutó y el alemán, tal como había anunciado, plantó encima de la mesa los auriculares de la traducción simultánea y puso los pies en polvorosa.


El único comentario que le mereció a Balbín este situación fue el siguiente, éste sí textual: “desde luego, es duro ver como hay gente tan intolerante que es incapaz de admitir opiniones opuestas a la suyas”. Por mi parte, me quedé sin saber nada nuevo sobre mutaciones genéticas, cerré el televisor y me fui a tomar un cubata -era viernes por la noche- que me aprovechó mucho mejor . Y nunca más volví a ver “La Clave”.


El aviso de “La Clave” pareció no afectar a nadie. Es más, incluso más de una vez, al comentar estos temas, te encuentras con que algún interlocutor adopta el papel de Balbín, más o menos cortesmente, según el caso. “¡Hombre! es que esto es «su verdad»!; “No, ya... pero es que la pobre no pudo estudiar, pero no por eso le vas a negar su derecho a la libertad de expresión”; “es que si no traemos a gente famosa ¿quién se va a tragar un debate sobre el calentamiento global?” ¿Quién no ha escuchado frases así? Y como a uno se le ocurra decir que de lo que se trataba, si era un programa sobre el big bang, era de que se pudiera aprender algo de él, en lugar de tener que escuchar sandeces proferidas por orates, entonces viene la puntilla: “bueno, al fin y al cabo, tampoco es un tema que se vaya a resolver en televisión, no es para tanto”.


Con el tiempo, uno ha visto a tonadilleras opinando en programas similares sobre el big bang, a fubolistas cenutrios disertar sobre arquitectura o filosofía, o a exconvictos pontificando sobre deontología profesional... hasta hoy en día.


Por eso, precisamente por eso, el caso a que aludía en “Una orgía antropológica” me pareció especialmente significativo, porque al darle el presentador un giro imprevisto -si intencionado o no en cuanto a los resultados, lo ignoro- ocurrió lo del cazador cazado. El inquisidor pillado pecando, in fraganti.


Claro que, eso sí, ya no son debates, sino tertulias. Pues eso. ¿Qué queda entonces sino la mirada antropológica?

dimecres, 4 de setembre de 2013

UNA ORGÍA ANTROPOLÓGICA



Reconozco ser audiente esporádico de algunas de estas tertulias montaraces con que se solaza la derechona más vesánica del país. No se alarme nadie: los contenidos evacuados desde estas «tribunas» no tienen para mí el menor interés en la mayoría de ocasiones; son, además, recurrentes hasta el hastío, dada la naturaleza contumaz de los tertulianos y su inveterada reciedumbre energumenesca. No, lo que a mí me interesa de esto no es el mensaje, sino el medio. Bueno, no exactamente el medio.

Y ello no porque el medio sea en sí el mensaje, como ya dejó claro Mcluhan en su momento, sino porque a uno, más antropólogo que comunicólogo, lo que le pierde, como el canto de las sirenas perdía a los antiguos griegos, son los tipos humanos que deambulan erráticamente por estos saraos a la desesperada búsqueda de un lugar en el Sol. En resumen, la mirada antropológica. Con ello, lo que de otro modo no es sino la más sublime expresión estética de la cutrez, deviene a través de la mirada antropológica un espectáculo fascinante y, a la vez, sobrecogedor.

Siempre desde la perspectiva de la mirada antropológica, entre tan selecto elenco de tertulianos y tertulianas puede uno dar con los más variados sociotipos, porque haberlos, lo cierto es que los hay de toda laya y jaez: el «caricato», el «histrión», el «furibundo», el «enterao», el de «serie B», «el vesánico», el «tristón», el «frivolón», el «meapilas», el «ducho», el «jeremíaco»... Créanme, un verdadero espectáculo antropológico. Pues bien, previa justificación de mi adicción a tan nefando hábito, y aun asumiendo plenamente aquello de «excusatio non petita, accusatio manifesta», pasaré a comentar la experiencia por que transité anteayer en una de estas tertulias cuyo nombre, por razones de decoro, no citaré.

En alguna ocasión ya comenté por aquí el tema de la prueba de conocimientos generales en las oposiciones a maestro de primaria en la Comunidad de Madrid, así como la estupenda exposición argumental que de este mismo tema había publicado Alberto en su blog. Como sin duda ya sabrán, en dichas oposiciones se incluyó una prueba, con carácter eliminatorio, de conocimientos generales. Es decir, de lo que conocemos como «cultura general». Los tristes resultados y sus secuelas pueden consultarse en los links citados más arriba.

Pues resulta que el otro día di con un grupo de sesudos tertulianos pontificando sobre lo inadmisible de la incultura de los maestros a la vista de tales resultados y profiriendo descalificaciones de todo tipo contra el gremio docente en general. Personas la mayoría de ellas en edad más bien provecta o que, en cualquier caso, no estudiaron bajo el sistema educativo de la LOGSE.

En el zenit del clímax vesánico a que la coreografía del programa tiende irremisiblemente como un marrano al charco, el presentador interrumpió el debate y se dirigió a la secretaria del programa indicándole que les hiciera, a cada uno de los tertulianos, alguna de las muchas preguntas, contenidas en el cuestionario de la susodicha prueba, que la mayoría de los aspirantes a maestro no habían sabido responder correctamente. Fue una auténtica fiesta. Nadie debería habérsela perdido.

Al ser preguntada por la capital de Dinamarca, una tertuliana contestó que Estocolmo; otro sesudo tribuno no supo identificar que MCMLXIV se corresponde en números romanos al guarismo 1964 en arábigos; un tercero no supo, a la inversa, expresar MMXIII como equivalente al 2013, año en curso; uno de los que más vehementemente se había expresado ante la intolerable ignorancia de los maestros, lívido y absolutamente cariacontecido, rechazó categóricamente que a «él» le examinara nadie; creo recordar que otro no sabía que la raíz cuadrada de 16 no era sólo 4, si no 4 y -4; sólo uno salvó la papeleta con dignidad.

Pero la auténtica fiesta no fue la visión de tan apasionante escena, sino lo que vino después. Rápidamente se pasó a otro tema. ¿Cree alguien que después de semejante ridículo quedó alguno siquiera medianamente afectado? En absoluto, siguieron vociferando y profiriendo vesánicos juicios «Ex Cathedra» sobre cualesquiera otros temas de actualidad que se pusieran sobre la mesa. Sin el menor rubor.
Lo dicho, una auténtica y genuina orgía antropológica.